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La renuncia de la educación

Pongamos, por enumerar solamente unas pocas, que las competencias que demandamos para nuestros hijos en el siglo XXI son las siguientes: que sean ciudadanos cívicamente implicados, que contribuyan a construir y sostener nuestra convivencia democrática, respetando y conviviendo con la diversidad y la heterogeneidad de las personas que conforman nuestra sociedad; que sepan ponerse en el lugar de los demás, intentando entender los distintos puntos de vista sobre una misma situación, con el fin de establecer un diálogo constructivo que no esté basado en meros prejuicios o categorías a priorísticas; que cobren plena conciencia de los efectos que sus acciones pueden tener sobre la realidad, sobre el devenir de las cosas; que en las sociedades modernas no cabe la exclusión por razones achacables al origen social o a razones de cualquier otra índole; que asuman la diversidad como una riqueza, no como un lastre; que asuman plenamente la responsabilidad sobre su propio proceso de aprendizaje, estableciendo sus propios objetivos, ritmos e hitos de evaluación; que cooperen y compartan el trabajo y el conocimiento, pero también las responsabilidades, las dudas y las incertidumbres; que sepan buscar la información que necesitan para resolver los problemas que se les plantean, que sepan filtrarla y valorar cabalmente su calidad, que establezcan un diálogo crítico con ella; que sean capaces de asumir los errores como hitos necesarios de mejora y evolución; que afronten la incertidumbre con entereza y resolución, que sepan que es parte irrenunciable de su devenir futuro, porque tiene mucho más de líquido que de sólido; que recuperen en la medida de lo posible el pensamiento lateral y disruptivo, esa capacidad infantil de pensamiento divergente que la edad tiende a agostar.

Pero, ¿cómo podemos asegurar que esas competencias se desarrollen en una escuela que excluye al 50% de sus alumnos, personas que no acabarán con la educación secundaria obligatoria y que no dispondrán de apoyo adicional para evitar la exclusión? ¿Cómo podemos garantizar que sean capaces de desarrollar inteligencias robustas, resolutivas y resilentes, capaces de innovar y enfrantarse solos a la incertidumbre, cuando solamente encontrarán contenidos, examenes, reválidas, notas, repetición, castigos, amenazas, segregación, aburrimiento, jerarquización? ¿Cómo podemos pensar que nuestros hijos adquieran las competencias que les serán necesarias para vivir en este siglo si les seguimos entrenando con parámetros, idearios y premisas del XIX? ¿Cómo creemos que pueden reaccionar quienes nacieron en Internet y tienen a su disposición una cantidad ingente de contenidos y conocimientos ante la cerrazon de las asignaturas tradicionales, el discurso unilateral y monocorde de muchos profesores y el ambiante cerrado y axfisiante del aula?

El hecho de que el último informe de la OCDE, Panorama de la educación. Indicadores de la OCDE 2014,  vuelva a poner de manifiesto los mismos problemas que, reiteradamente, presenta nuestra educación duarante los últimos veinte años, no es ya una cuestión de retoques más o menos cosméticos del plan de estudios. Es una cuestión que requiere de una verdadera revolución de los planteamientos y principios pedagógicos subyacentes, el primero de los cuales, como ya supieron ver los finlandeses en los años 70, es el de que nadie quede atrás. Una escuela verdaderamente comprehensiva que impulse el desarrollo de las capacidades innatas que todos poseemos, de las competencias que serán necesarias en un contexto sociológico globalizado que nada se parece al del siglo XX o, peor aún, al del XIX.

Si la educación no cumple con ese precepto fundamental, habrá renunciado por completo a su cometido esencial, aunque se trasvista con los ropajes administrativos de las sucesivas reformas educativas.

Necesitamos una escuela nueva, una escuela abierta, una escuela integradora, una escuela impulsora de las competencias y capacidades innatas de cada uno de sus alumnos, una escuela polialfabetizadora, una escuela capacitadora y empoderadora, una escuela inclusiva que dé cabida a todos los agentes que integran la comunidad escolar, una escuela democrática en su manera de autogestionarse, una escuela que asuma, en fin, el papel primordial que debe jugar en el siglo XXI.

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