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El papel educador de la biblioteca

En el Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas, celebrado en el mes de noviembre en la ciudad de Badajoz, tuve la oportunidad de dialogar con Ramón Salaberría, director de la Biblioteca Vasconcellos de México D.F., con Kerwin Pilgrim, director del servicio de Educación de adultos de la Biblioteca Pública de Brooklyn, con la moderación de Hilario Hernández, Director de Investigación de la FGSR, sobre el papel educador de la biblioteca, sobre la necesidad de una profunda transformación acorde al papel que las instituciones públicas deberán jugar en un ecosistema en el que el conocimiento se democratizará y estará, en buena medida, al alcance de cualquiera.

 

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Neoludismo

El 1 de septiembre de 2008, regresado del verano, reproduje la misma pregunta que había encontrado en algunas revistas y semanarios internacionales: ¿nos hace Internet más tontos? El artículo de Nicholas Carr en The Atlantic, Is Google making us stupid?, abrió un periodo de reflexión y reacción frente a cierto fundamentalismo tecnocrático o tecnofílico que invadía nuestras vidas y nuestras mentes. Este movimiento de resistencia reflexiva al cambio digital no es nuevo en la historia de la humanidad: los luditas fueron aquellos obreros artesanos que lucharon contra la implantación de un modo de producción soportado por máquinas porque su introducción asolaba el sentido y el fundamento material de sus vidas. Y no les faltaba parte de razón, claro: aunque el formidable aumento de los estándares generales de vida de la población europea y norteamericana se debiera, en gran medida, a la adopción de métodos de trabajo fordistas sostenidos por la nueva maquinaria, también es cierto que eso trajo como consecuencia, a corto plazo, la desaparición de artesanías, modos de vida y comunidades y, a medio plazo, depredación de recursos naturales y un enorme impacto sobre nuestro entorno. Todo parece tener su anverso y su reverso.

Dos años después Carr publicó el libro The sallows. What the internet es doing in our brains, que incluí en un comentario titulado buzos y surfistas: antes, confiesa Carr, tendía a comportarme como un buzo que descendía a las profundidades persiguiendo palabras, con el propósito de descifrar su significado, esforzadamente, hasta dar con la pieza; hoy todos tendemos a comportarnos como surfistas que sobreponen el placer de la navegación superficial a las demandas que el submarinismo nos plantea. Aporta, para sostener la metáfora, múltiples ejemplos, incluso cercanos a quienes presumimos de lectores aguerridos: desde el año 2008 se revisaron 34 millones de artículos académicos publicados entre 1945 y 2005. Aunque la digitalización los había hecho accesibles a toda la comunidad científica, poniéndolos al alcance de sus dedos y de su ratón, lo cierto es que el número de citas en en las publicaciones actuales descendió en favor de las publicaciones más recientes. Disponer de un extraordinario acervo histórico sobre el que construir el conocimiento no fue suficiente para evitar la tendencia a sobrevolar y citar lo más actual, lo más cercano, lo más superficial. Ya lo dijo quien pasa por ser uno de los sumos sacerdotes de la red, Cory Doctorow: internet es un ecosistema de tecnologías que interrumpen, de tecnologías disruptivas y distractivas.

Aparece ahora la versión en castellano de ese libro que algunos califican ya como el manifiesto neoludita, aunque si alguien quiere saber algo más de esto le convendría gastarse unos cuartos en el libro de Steven E. Jones Against technology: from Luddities to neo-luddism. Nuestra vida -la mía, obviamente, que vivo instalado en un blog desde hace un lustro, que no puedo concebir mis relaciones sin el correo electrónico y otros canales digitales de comunicación o sin determinadas herramientas que, en gran medida, aumentan mi memoria, expanden mi inteligencia, acrecientan mi capacidad de análisis y reflexión, ensanchan mi vida y amplian mis horizontes, por decir sólo algunas de las cosas en las que las tecnologías digitales han cambiado mi manera de ser y de estar (termino paréntesis)-, ha cambiado de manera irreversible y la cuestión no es tanto de dimensión como de intensidad, de cualidad como de magnitud. Me explico: ayer leía el blog de mi amigo Luisgé Martín, al que tengo por uno de los hombres más cabales que conozco. En Ciberpost decía:

Acabo de leer Superficiales, el libro de Nicholas Carr que reconstruye qué está haciendo internet con nuestras mentes, como explica el antetítulo. Se titula Superficiales porque es un libro de divulgación con mimbres científicos y armazón teórico, pero podría titularse Imbéciles, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo al parecer gracias al uso de las nuevas tecnologías. El otro día, justo cuando terminaba de leer el libro, me encontré con un amigo al que le acababan de quitar la escayola de un brazo roto. Lo tenía pálido y magro a causa de la inactividad. Ponía juntos los dos brazos y parecían de personas distintas. Eso es según Carr lo que está pasando en nuestros cerebros: estamos perdiendo la capacidad de profundidad, de reflexión y de análisis. No es un libro pretecnológico ni antitecnológico. No es un libro incendiario ni superficial. No es dogmático. Ni siquiera es perentorio, pues se intuye entre líneas una cuestión casi metafísica que, a la postre, resulta mucho más desoladora: nos estamos volviendo imbéciles, inanes e inconstantes, pero en el contexto completo de la naturaleza humana, ¿qué más da?

Ayer también -día aparentemente antitético- acudí como invitado a la reunión del Espacio-Red de Prácticas y Cuturas digitales, un grupo de trabajo que se esfuerza por comprender de qué manera cambiará, sobre todo, el diseño de nuetros entornos educativos mediante el uso de las tecnologías digitales que rompen con la concepción de transmisión y repetición unilaterial del conocimiento tradicional. En el fondo, lo mismo que persiguen los autores de Re-designing learning context: technology-rich, learner-centred ecologies: ¿cómo diseñar ese nuevo ecosistema de recursos digitales para favorecer e impulsar un proceso de enseñanza y aprendizaje más rico?

En el próximo número de El profesional de la información -por añadir una última coda de publicidad gratuita-, el de marzo de 2011, doy rienda suelta a mi lado más neoludita en “La contracción digital del presente” (si a alguien le entran ganas de quemar tablets después de leerlo, que aguante).

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Una invitación a cenar

Tuve la suerte durante casi una década de compartir con Amador Fernández-Savater la dirección de la (extinta) revista Archipiélago. En pocas ocasiones puede uno encontrarse con una persona tan inteligente, generosa y bienhumorada como en el caso de Amador, lo que no quiere decir, afortunadamente, que siempre esté de acuerdo con él. En los últimos días ha corrido como pólvora en la red el post que incluyó en el blog de la Editorial Acuarela que ahora dirige refiriéndose a la cena ministerial a la que le habían invitado a participar con motivo de la desestimación de la Ley Sinde(scargas). Ese post, que ha sido masivamente retweeteado y ha sido luego publicado en un ejercicio de reingeniera informativo por El País, se titulaba “La cena del miedo” que fue, al parecer, el ingrediente con el que se cocinaron las viandas servidas. Es cierto que la culpabilización o la persecución masivas sin que prevalezcan las garantías jurídicas indispensables no parece una estrategia adecuada. La vigilancia tecnológica perfecta, la pesadilla de un gran hermano tecnológico ajeno al control jurídico efectivo, que pueda intervenir en las comunicaciones privadas sin el resguardo que la Ley procura, no parece que sea la estrategia que un Estado de derecho deba adoptar. La naturaleza elusiva de la red, su arquietectura nodal, permitirá eludir casi todos los controles que se interpongan, por otro lado. Hasta aquí puedo convenir con el autodenominado movimiento por el procomún o el acceso libre su preocupación por esa posible violación jurídica. No creo que alentar el miedo sea la fórmula pedagógica que nos haga entendernos ni aprovechar todas las potencialidades que la red nos ofrece.

La Ley de Propiedad intelectual, en el Artículo 2 de su Título 1º dice que “la propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. No hace falta ser Catedrático de Derecho en Salamanca para interpretar el sentido de la Ley: cada cual puede disponer soberanametne del contenido original que cada uno pueda producir. Solamente resulta irrenunciable la propiedad moral, pero es plenamente conferible la propiedad material o patrimonial de lo creado. El copyleft es, en definitiva, copyright, no son extremos antagónicos, sino potencialidades contenidas en el mismo texto de la ley. En estas circunstancias, lo que habría que explicar, en una pedagogía verdaderamente amplia de la propiedad intelectual (no en la estrecha y atrabiliaria iniciativa de Esdelibro), es por qué, en algunas ocasiones, puede resultar extremadamente beneficioso desprenderse patrimonialmente de lo creado, haciéndolo circular, para verlo exponecilametne acrecentado. La generación de contenidos científicos en abierto es el ejemplo por antonomasia de este extremo, porque el fin principal de la ciencia es, precisamente, ese: construir conocimiento a partir del conocimiento heredado en una hilazón sin fin; o, también, el ejemplo por excelencia de la Wikipedia, donde el esfuerzo sumado de cientos de miles de personas logra construir el mayor repositorio de conocimento abierto de la web. Las licencias Creative Commons -creación común y compartida, creación comunitaria-, no son distintas al Copyright: son, simplemente, la posibilidad de graduar a voluntad la disponibilidad legal de lo creado, haciendo posible que cualquiera ponga a disposición de los demás el contenido generado si así lo desea y si piensa que de su contribución puede derivarse un beneficio personal y general. Las leyes no pueden ni deben coaccionar la creatividad si los autores han decidido, voluntariamente, valerse de este recurso legal.

En Free Culture, el libro con el que Lawrence Lessig llamó la atención sobre este enrevesado asunto, se discutía la manera en que las grandes corporaciones pretendían acaparar los derechos de las obras huérfanas, evitando su reutilización y extendiendo, en la medida de sus fuerzas, el ámbito temporal de aplicación del copyright, pero en ningún caso -y Lessig lo reiteraba sin ambages-, abogaba por la piratería o el hurto de contenido sin la aquiescencia de sus legítimos propietarios. Es un silogismo inicuo aludir a que la naturaleza virtual e infinitamente reproducible de los bienes digitales nos obliga casi a una suerte de intercambio incontrolado de contenidos, a un tráfico de copias y difusión sin barreras, a la justificación, en fin, de la descarga y la copia. En esto -igual que me ocurre con Amador-, tengo que disentir de uno de los abogados más inteligentes e intelectualmente inquietante que conozco: Javier de la Cueva, del que tanto he aprendido. Es otro silogismo trivial aludir a que compartir e intercambiar es esencialmente bueno: claro, también lo es en el mundo físico y analógico, igual que lo sería que todos dispusiéramos de alimento y vivienda gratuitos y, a ser posible, de un trabajo bien remunerado y gratificante. La esencia reproducible de los bienes digitales y las posibilidades de comunicación y transferencia ilimitadas que la red nos ofrecen no son razón suficiente para enajenar forzosamente ningún contenido si no media la voluntad de su autor.

Por eso quiero yo invitar a cenar, ahora, a Amador y a Javier, y también a la Ministra y al resto de los comensales miedosos que abogaban por soluciones tajantes, para intentar explicarles este punto de vista conciliador: las penalizaciones sin control jurídico, el gran hermano vigilante, no son la solución; las campañas arteras de los gremios editoriales y de las asociaciones que gestionan los derechos de autor (parte interesada poco proclive a perder sus privilegios), tampoco lo son; una pedagogía integral de la propiedad intelectual que explique que los autores pueden disponer soberanamente de sus derechos, sí  lo es; una didáctica que exponga hasta qué punto puede resultar extraordinariamente beneficioso, para el autor y la comunidad, liberar los contenidos creados valiéndose de la fuerza irreductible de la web y de la condición inagotable de los bienes digitales, también me parece que puede ser una solución satisfactoria para todos las partes; el copyright, paradójicamente, recobra vigencia en la web, porque la sobreabundancia informativa exige intermediadores cualificados, brokers o curadores digitales, que pongan su criterio selectivo a trabajar y se beneficien de ello; utilizar con conocimiento las licencias que nos permiten operar voluntariamente de una u otra forma, en diferentes contextos, también será la solución; emplear licencias aún más novedosas, como la Public Domain Mark 1.0, para calificar como obras de Dominio público a aquellos contenidos sobre los que no existe restricción alguna -evitando el uso abusivo que las corporaciones puedan hacer sobre las obras huérfanas-, también lo es.

Pago yo.

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Buzos y surfistas

Nicholas Carr es el autor de ese debatido artículo que corrió por la red hace dos años: Is Google making us stupid?, en el que cuestionaba las virtudes de la red por el efecto nocivo que el aluvión de información indiscriminada podría provocar en nuestros hábitos lectores y, en definitiva, en la configuración de nuestro cerebro. Carr acaba de publicar la consecuencia lógica y aumentada de esas afirmaciones preliminares: The sallows. What the internet es doing in our brains, algo que me atrevería a traducir como Los bajíos, o las agus poco profundas. Lo que Internet está haciendo en nuestros cerebros.

La comparación persiste: antes, confiesa Carr, tendía a comportarme como un buzo que descendía a las profundidades persiguiendo palabras, con el propósito de descifrar su significado, esforzadamente, hasta dar con la pieza; hoy todos tendemos a comportarnos como surfistas que sobreponen el placer de la navegación superficial a las demandas que el submarinismo nos plantea. Aporta, para sostener la metáfora, múltiples ejemplos, incluso cercanos a quienes presumimos de lectores aguerridos: desde el año 2008 se revisaron 34 millones de artículos académicos publicados entre 1945 y 2005. Aunque la digitalización los había hecho accesibles a toda la comunidad científica, poniéndolos al alcance de sus dedos y de su ratón, lo cierto es que el número de citas en en las publicaciones actuales descendió en favor de las publicaciones más recientes. Disponer de un extraordinario acervo histórico sobre el que construir el conocimiento no fue suficiente para evitar la tendencia a sobrevolar y citar lo más actual, lo más cercano, lo más superficial. Ya lo dijo quien pasa por ser uno de los sumos sacerdotes de la red, Cory Doctorow: internet es un ecosistema de tecnologías que interrumpen, de tecnologías disruptivas y distractivas.

En Alemania Payback. Warum wir im Informationszeitalter gezwungen sind zu tun, was wir nicht tun wollen, und wie wir die Kontrolle über unser Denken zurückgewinnen, que sería algo así como Recupere su inversión: por qué en la era de la información nos obligan a hacer lo que no queremos y cómo podemos recuperar el control sobre nuestro pensamiento, se ha convertido en un bestseller de ecos obviamente socráticos, porque arremete con fortaleza y argumentos contra el control creciente que las tecnologías ejercen sobre nosotros, sobre nuestra manera de pensar y de actuar, de rememorar y de relacionarnos.

Ser cauto -ya que las evidencias positivas y perniciosas se acumulan de uno y otro lado-, es la mayor de las enseñanzas que la lectura retrospectiva del Fedro nos enseña: las mediaciones hacia el conocimiento mutan en la historia y, con ellas, todo el ecosistema de nuestras relaciones con el pasado, con el prójimo y con nosotros mismos. Solamente estamos en los albores de esta era y tratamos, desesperadamente, de comprenderla, descendiendo a profundidades abisales o cabalgando la gran ola.

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