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¿Pincha el ebook?

El viernes pasado el suplemento El cultural publicó un reportaje (predispuestamente) titulado “¿Pincha el ebook? El sector editorial confirma el estancamiento del libro electrónico pero confía en su implantación definitiva“. En la pregunta estaba contenida, en buena medida, la (supuesta) respuesta.

El reportaje, necesariamente polifónico y poliédrico, recogía las opiniones de editores y expertos. El contenido de las entrevistas individuales, obviamente, no puede recogerse literal ni completamente, de manera que muchas veces las opiniones de cada cual pueden aparecer truncadas o incompletas.

Por si pudiera ser de interés para alguien, transcribo el texto completo de la entrevista que Daniel Arjona, periodista de El Cultural, me hizo con ocasión de la elaboración del reportaje (con cuya tesis inicial, no comulgo):

1. En los últimos tiempos los medios hablan de un parón del libro digital en Estados Unidos y Europa. Los lectores parecen reacios a cambiar el papel por el ebook. Pero, en realidad, las cifras no están claras. ¿Cuáles son sus impresiones experimentadas al respecto? ¿Qué datos tiene usted?

Los datos pueden, episódicamente, mostrar una u otra tendencia, al alza o a la baja, pero lo incontrovertible, lo irreversible, es la transición de lo analógico a lo digital. No hay ninguna duda de que este es un proceso que va más allá de la sustitución de los soportes: es un cambio profundo en nuestras maneras de generar, comunicar, compartir y utilizar los contenidos, una transformación completa de nuestro ecosistema de comunicación. No me cabe duda, en consecuencia, que la sustitución de unos soportes por otros, como ha ocurrido siempre en la historia de las transiciones de los medios de comunicación, será progresiva pero plena. Otra cosa es que el público lector tradicional (entre el que me encuentro), forme parte de la especie que McLuhan denominaba “Homo Typographicus” y que mostremos un apego insobornable al libro en papel por muchas razones.

2. ¿En qué posición se encuentra España en lo que respecta a la expansión del ebook en comparación con países como Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Estados Unidos o las países de Latinoamérica?

La transición hacia lo digital es más lenta en todos los órdenes: tanto en el ámbito de los productores (editores y gestores de contenidos digitales de toda naturaleza), que no aciertan a desarrollar un modelo de negocio rentable que sustituya al conocido, como en el de los consumidores, que todavía muestran hábitos de lectura y consumo de contenidos ligados al estadio analógico. Esto, sin embargo, cambiará con seguridad cuando la generación de pesonas que ahora tienen entre 15-19 años tengan el suficiente poder adquisitivo para procurarse los contenidos que apetezcan.

3. Defensores del libro e papel como Roberto Casati lo valoran por servir como defensa contra la sobre-estimulación de un mundo digital “hostil a la lectura”. Ayer, la gente leía libros en el metro o en el bus. Hoy todos miran sus teléfonos móviles. ¿La lectura tradicional está en peligro?

La lectura supuestamente tradicional es lineal, sucesiva, acumulativa, reflexiva, silenciosa, porque la textualidad inscrita en las páginas de un libro exige que la leamos de ese modo. Es cierto que esa forma de lectura, históricamente datada, ha contribuido a que desarrollemos algunas de nuestras capacidades cognitivas de más alto nivel (la inferencia, el pensamiento analítico, la razón científica), pero también es cierto, como reprochaba McLuhan en la “Galaxia Gutenberg” al inventor de la imprenta, que ese tiipo de lectura hace preponderar algunos sentidos sobre otros, mermando en cierto sentido lo que debíamos a la oralidad, el tacto y otros sentidos que no intervienen. La lectura que propician los soportes digitales es naturalmente distinta, porque se agregan contenidos audiovisuales, gráficos animados y simulaciones, anotaciones compartidas y discusiones en línea, además de que los hipervínculos nos invitan a deshacer la linealidad tradicional. Esto no es ni bueno ni malo en sí mismo: es, simplemente, un hecho del que deberemos derivar sus consecuencias en los próximos años sin que eso signifique que debamos dejar de leer como lo hemos hecho hasta ahora.

4. Algunos expertos explican que tenemos un problema psicológico con el libro digital. Un libro en papel es un mapa que el lector puede recorrer en todas direcciones. Un libro digital no lo es es y su lectura provoca cierta sensación de pérdida, de orfandad. ¿Cuál es su opinión?

No creo que nadie haya dicho que puedan derivarse problemas psicológicos de la lectura digital. En todo caso, como decía McLuhan, “toda tecnología inventada y “exteriorizada” por el hombre tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización”, y es precisamente en ese momento de entumecimiento y embotamiento en el que nos encontramos. La opocisión que planteas es, en todo caso, artificial: en un libro electrónico o un tablet puede leerse como se lee en un libro en papel, de manera sucesiva y lineal. Los dispositivos que los seres humanos inventaron para facilitar la lectura en papel (índices, numeración de páginas, etc.), se reinventan en los soportes digitales mediante sistemas de etiquetas que permiten navegar por los contenidos de una manera también ordenada y satisfactoría. Mi opinión no puede ser otra que la de McLuhan: nos encontramos en la fase primera del entumecimiento de las conciencias.

5. Los ereaders tipo kindle no se han popularizado tanto como se pensaba y podrían en el futuro servir sólo a un grupo reducido de voraces lectores. La lectura es cada vez más multisoporte: tableta, móvil, pc, y el viejo papel… ¿Cómo ve usted el futuro de la lectura a corto y medio plazo?

Durante el tiempo al menos en que la generación de lectores de 40 años en adelante siga leyendo, ambos soportes convivirán, porque tienen muy arraigado en sus hábitos perceptivos y lectores el uso de los soportes en papel. Otra cosa es lo que suceda con las generaciones de nativos y jóvenes digitales: su predisposición natural será la del uso de soportes únicamente digitales. Nuestra misión como adultos, sin embargo, será la de enseñarles a compaginar esos hábitos con los propios de la lectura en papel. Como sugería Maryanne Wolf en La historia y ciencia del cerebro lector, de lo que se trata es de educar cerebros bitextuales, cerebros bilingües, capaces de realizar una inmersión profunda en la lectura sosegada y capaces de seguir las invitaciones más aleatorias e interactivas de los soportes digitales.

¿Pincha el ebook? No lo creo…

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La avidez de Amazon

En alemán Gnadenlos significa despiadado, implacable, insensible. Hace una semana, el semanario alemán Der Spiegel, publicaba un artículo a propósito de la presencia de Amazon en Alemania y relataba, en otras sabrosas interioridades, que el dominio gnadenlos.com redirigía, directamente, a la página de Amazon, en un claro ejercicio de filiación e identificación de la empresa con un determinado tipo de valores. Y digo que eso fue hace una semana y yo pude comprobar, personalmente, desde una ID alemana que, efectivamente, esa redirección se producía. Hoy, algunos días después, supongo que movidos por el escándalo que el reconocimiento de esa insensibilidad supone, el dominio está a la venta. En todo caso, tal como conté en Las librerías en el mundo, los reportajes televisivos que las cadenas nacionales alemanas emitieron (sobre todo el de ARD, Ausgeliefert! Leiharbeiter bei Amazon) en febrero de 2013, pusieron de manifiesto que las condiciones laborales en las que los trabajadores despachaban los pedidos electrónicos, se acercaban más a los estándares asiáticos que a los europeos. El libro de Jean-Baptiste Malet, En los dominios de Amazon, publicado por Trama, no vino sino a corroborar lo que ya sospechábamos, primero, y sabíamos, después.

Cierto es que para el usuario, para el cliente de Amazon, tanto los precios como los servicios que ofrece carecen casi de parangón (dicho sea de paso, los supuestos escándalos laborales abanicados por los medios de comunicación no han hecho sino aumentar su facturación las pasadas navidades). Su éxito radica, precisamente, en tomarse en serio esa máxima clásica del márketing tradicional que decía que el cliente era el rey, que aquel que demanda un producto o un servicio es el que abona nuestros salarios, en definitiva, y así debe ser correspondientemente atendido. Para alcanzar ese grado de prestancia, Amazon desarrolló varios mecanismos que luego han sido copiados o remedados por otros agentes de la red: algoritmos precisos de recomendación; generación de foros de comentarios (más o menos manipulados, más o menos lícitos) entre lectores; adquisición de redes sociales de lectura; un proceso de compra claro y sencillo, que ha llegado a patentar el procedimiento de compra mediante un solo Click; facilidad en la subida de contenidos y conversión de formatos; creación de una plataforma de autopublicación y autoedición para los aspirantes a la desintermediación; creación, sobre todo, de una cadena de integración vertical cómoda para el usuario y demoledora para la industria (una plataforma rica y variada en contenidos, un formato propietario y un dispositivo de lectura propio que no es mejor ni peor que los demás, pero que proporciona acceso a esa ingente cantidad de contenidos digitalizados). Además de eso, como no podría ser de otra manera, la magnitud de la empresa ha permitido a Amazon, progresivamente, imponer unas condiciones en precios y descuentos a proveedores y empresas que le han permitido abaratar sus mercancias hasta arrasar con cualquier forma de competencia (el famoso dumping en forma de precio para los libros electrónicos de 9,99 $, por ejemplo), abocándoles a una paradoja irresolube (prescindir del canal de Amazon y condenarse a la invisiblidad o aceptar las condiciones del gigante entrando en pérdidas y perdiendo los canales tradicionales de venta).

 

Manuel Gil y yo escribimos en El paradigma digital y sostenible del libro, en el año 2011, que los agujeros negros no tiene la culpa de comportarse como tales, absorbiendo toda la energía y la masa que encuentran a su alrededor. La culpa, en todo caso, es de quienes se acercan al agujero negro y de quienes no han ideado galaxias alternativas. Yo soy de los que ni siquiera piensa que Amazon esté incurriendo en ninguna forma de ilegalidad por tributar en paraísos fiscales, como Luxemburgo, porque la responsabilidad, una vez más, no es de quien se aprovecha de esa prerrogativa fiscal, sino de quienes no han querido o no han sabido ponerle coto mediante una armonización fiscal a escala europea. Tampoco creo, al contrario que Jean Baptiste Malet, que Amazon sea una amenaza para la sociedad democrática, porque desarmar las cadenas de valor tradicionales mediante las potencialidades que la red ofrece (incluida la del libro), es un ejercicio no solamente lícito, sino irreversible. Y si nuestra conciencia como consumidores no nos lleva a preferir a los proveedores locales mediante un acto de compra justa y responsable (como pretende el movimiento de Buy local, promovido por los libreros alemanes), no podremos achacar tampoco a Amazon que los pedidos sigan amontonándose en su carrito de la compra.

Plantear una alternativa a este modelo multinacional, naturalmente agresivo, ávido y despiadado, no creo -en contra de lo que la Ministra de Cultura francesa, Aurélie Filippetti ha venido declarando -tanto en Le Figaro como en Le Monde- que deba basarse en una táctica de denuncia al supuesto malhechor (como hacen reiteradamente quienes no saben cómo proceder); debería basarse, más bien -en contra de la desconfianza de aquellos que creen que las iniciativas gremiales o institucionales están de más-, en una respuesta unificada de los gremios afectados mediante la creación de plataformas agrupadas propias y en la generación de una conciencia de compra responsable mediante la difusión de campañas al público lector.

Todo lo demás, mucho me temo, no será más que contribuir a que la avidez por conquistar nuevos sectores siga alimentado la expansión de ese agujero negro que es Amazon.

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El pico de la producción editorial

En la última entrada del blog de Nicholas Carr, el autor de Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, conjeturaba con la posibilidad de que la venta y penetración de los libros electrónicos hubieran alcanzado un pico de difusión máxima a partir del que sólo quedaría constatar su progresiva desaceleración.

Es posible, efectivamente, que el contigente de personas que adoptan las nuevas tecnologías de manera más vehemente haya llegado ya a sus confines; es posible que las prácticas lectoras asociadas al papel sigan tan estrecha y hondamente vinculadas en el hábito de muchos de nosotros, que el salto a los nuevos dispositivos sea progresivo y asegure un periodo de convivencia determinado; es posible que, incluso admitiendo las tesis principales de Carr, algunos sigamos pensando que la lectura profunda de las textualidades tradicionales depara placeres que un hipertexto fragmentado no puede proporcionanos; es posible que las tecnologías de reproducción sean todavía inmaduras y que muchos estén cansados del desfile de dispositivos y de formatos, incomprensible para tantos; es posible que en muchos países el comercio electrónico no penetre a la velocidad que en los países anglosajones, más habituados a la compra por catálogo, a la compra virtual y al pago mediante mecanismos de crédito; es posible que no exista todavía una oferta legal y a precios razonables suficiente para satisfacer una demanda. Es posible que eso y muchas otras cosas sean ciertas pero…

Pero las cifras que Amazon ofreció en la última Feria del Libro de Frankfurt muestran un crecimiento imparable de la venta de sus propios dispositivos de lectura, venta de soportes que va acompañada -en países como el Reino Unido o los USA- por una venta de archivos electrónicos superior, ya, a la venta en papel.

La historia nos de muestra, de manera muy tozuda, que en todos los episodios históricos donde han concurrido la transformación de los medios de creación y reproducción; la transformación de la entidad de los textos y los soportes sobre los que se practica la lectura, es inútil resistirse a los cambios. Sucederán, lo queramos o no lo queramos. Los periodos de convivencia están bien documentados y en el caso histórico de la imprenta, último de ellos, se puede apreciar un periodo aproximado de un siglo, momento a partir del cual el dominio de la imprenta y del libro en papel respecto al documento reproducido manualmente por un copista fue completo.

De esto y de muchas otras cosas irreversibles en la cadena de valor del libro hablamos ayer en el Curso de Edición que organiza Hotel Kafka junto a Ámbito Cultural. Más que del “pico” del libro electrónico deberíamos ser conscientes de que el “pico” de producción del libro en papel llegará mucho más pronto que en otros momentos de cambio histórico, porque la aceleración en el cambio tecnológico a la que asistimos carece de prencendentes.

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Libros a 79 $ o el inevitable derrumbe de una industria

Veamos: si un libro electrónico me cuesta 79 $ (56.9932 € al cambio de hoy, quién sabe después de las turbulencias financieras que arrecien todavía las próximas semanas); si quien me lo vende renuncia a obtener un margen notable con la venta del artilugio en beneficio de los servicios y contenidos que pueda venderme; si quien me lo vende resulta que es, además, el primer librero del mundo (suma del catálogo de Amazon más el catálogo de Abebooks; si la disponibilidad por tanto de novedades y libros de fondo es mucho más copiosa que en otra red o plataforma cualquiera; si me subvenciona la inclusión de la conexión 3G de por vida si adquiero el modelo que lo lleva integrado; si el formato de los textos que puedo consultar es propietario y se llama MobiPocket y es incompatible con cualquier otro estándar; si la experiencia del proceso de compra es satisfactoria por la facilidad de la transacción y la calidad de las sugerencias aportadas, además del hilo de conversaciones y críticas de la comunidad de lectores interesada en los mismos títulos; si los algoritmos que maneja esa plataforma comercial son ya capaces de generar ofertas específicas para cada tipo de cliente y comprador, en función de sus hábitos de compra, la regularidad de sus adquisiciones , etc. ; si el lector medio percibe que la integración vertical de todos estos productos y servicios redunda, aparentemente, en su beneficio, en su comodidad,  ¿a alguien le cabe la menor duda de que las librerías, tal como las conocemos, a penas aportarán valor distinguible y palpable para el comprador medio, para el lector general?

Amazon, junto con el resto de los grandes agentes gemelos (Google, Apple), representa una singularidad espacial que, como los agujeros negros, generará un campo gravitatorio a su alrededor que absorberá todo el negocio de la red de librerías tradicionales.

George Orwell, en “Recuerdos de un librero“, reflexionando en voz alta sobre lo que parecía hacer inmortales a las librerías, decía: “los grandes grupos no podrán asfixiar al pequeño librero independiente hasta arrebatarle la existencia, tal como han hecho ya con el tendero de ultramarinos y el lechero”. Me temo que esto pudiera ser así en 1936, pero que ha llegado el aciago momento de compartir nuestro destino con el de tenderos y comerciantes de ultramarinos, a menos que…. A menos que los libreros sepan utilizar en su beneficio las mismas herramientas que Amazon utiliza, empezando por lo que Damià Gallardo apunta en “Nada debe cambiar el espíritu del librero“: “Nuestra aspiración”, dice, “no es copiar a Amazon, sino trasladar la experiencia de pasear por la librería a internet. Por esa razón, muchos libreros, como los de Laie, que sienten pasión por los libros, se ocupan ellos mismos de la actividad en las redes sociales (blogs, Twitter y Facebook) en lugar de encargarlo a empresas externas”. Saber generar y gestionar una comunidad de intereses compartidos donde las conversaciones entre los interesados, sus gustos y apetencias, sirvan para construir el catálogo de la librería, es una de las estrategias de comunicación y fidelización fundamentales del librero.

Hay más cosas que hacer, muchas más, pero lo primero quizás sea reflexionar sobre el significado y las secuelas de vender libros electrónicos a 79 $.

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Incunables digitales

Chavi Azpeitia, que es cocinero antes que fraile o fraile antes que cocinero, no sé muy bien el orden, se ha encargado de organizar un curso de edición de lujo que apenas está teniendo difusión, y eso que quien lo acoge podría haberle dedicado algo más de músculo promocional. Pero para estamos los demás, para echar un cable. La edición en tiempos de cambio es el curso que Chavi ha montado y este jueves, mal me está decirlo, tiene un cartel de Plaza de Las Ventas (por orden alfabético, para que las estrellas no se deslumbren mutuamente): Javier Celaya (Dosdoce), Luis Collado (Google Books) y Joaquín Rodríguez, un servidor, hablaremos, discutiremos y es posible que lleguemos a las manos dialécticas en torno al libro electrónico y su futuro.

Comenzaré con algunos datos contrastados e incuestionables, para que no parezca que soy antidiluviano: desde enero de 2011 la curva de crecimiento de la venta de libros electrónicos (dispositivos dedicados) y tabletas (IPads, sobre todo), ha crecido exponencialmente. A la zaga le va la venta de contenidos, porque para eso se supone que se compra uno esos cacharros: 180 millones de libras en Reino Unido, un 20% más que en 2010; 441 millones de dólares en USA, 272% más que en 2010; distribuidores como Amazon y Bloomsbury que alegan ventas digitales que sobrepasan las del papel (105 por cada 100, en Amazon), o 1.5 millones de libras en el primer trimestre del 2011 en el segundo. Penguin y Random House también arrojan datos en forma de profecía que intenta autoverificarse: ventas que triplican en el primer trimestre las que se produjeron en 2010, en el primer caso, y ventas que alcanzan los dos millones de unidades en el segundo, lo que supone un incremento de más del 10%.

En esta alocada carrera de obsolescencia tecnológica programada, los Tablets multifunción, polivalentes, parece que fagocitarán a los últimos vestigios de los e-readers. El propio Kindle, enseña todavía de un mercado que acapara el 48% de las ventas de contenidos digitales, está abocado a la extinción, y Amazon prepara ya su sustituto.

A día de hoy (ojo, que aquí comienzo a sacar el aguijón, para que se preparen Javier y Luis), sin embargo, muchas son las pegas, contradicciones e inconsistencias de esos soportes. Enumero unas pocas, muy pocas, bien porque ya las haya enumerado, bien porque me guarde algún as en la manga para la contienda dialéctica:

  • las ventas proporcionales de los libros digitales representa el 8% en el mercado norteamericano, el 4% en el inglés y el 1.5% en el español. Es un mercado potencial de previsible crecimiento que muchos editores, ahogados por las apreturas cotidianas, no terminan de creerse;
  • la mayoría de los dispositivos que posee un libro analógico y la manera en que gestiona las notas, bibliografía y paratextos, por no hablar de las anotaciones, llamadas y referencias, aún no se han incorporado satisfactoriamente a los dispositivos digitales;
  • los dispositivos que nos venden y que copan el mercado (Kindle, IPad), son los eslabones finales de cadenas de integración vertical que atan al usuario a un proveedor único. Y lo que es peor: encadenan a los editores a plataformas de distribución y comercialización masivas que imponen formatos y condiciones, a menudo draconianas;
  • no puedo prestar mis textos, mis libros, a mis amigos, porque mis libros no son exactamente míos. Se nos escamotea la propiedad y nos dan a cambio el acceso;
  • los formatos de los contenidos que leemos en esos mismos dispositivos que tanto celebran algunos, son propietarios. Solamente Epub garantiza libertad respecto al proveedor y al contenedor;
  • no todos los contenidos, no todos los textos, no todas las textualidades, se prestan con la misma desenvoltura a ser leídos en esos soportes: van bien con los contenidos científicos, informativos, de referencia y consulta (incluídos los ilustrados). No van tan bien con el resto;

Y una última, para guardarme algo en la manga:

Nos encontramos, en fin, en la era de los incunables digitales, ese periodo de tiempo que durará unos cincuenta años, con fecha de inicio, aproximada, en 1990 y fecha previsible de fin en 2040. Mientras tanto, sigamos discutiendo.

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Los problemas del Kindle

Muchos se prometían un futuro del libro, al menos en el ámbito de los libros de estudio y consulta, claramente digital, donde el papel en las aulas fuera enteramente sustituido por libros electrónicos polivalentes y de alta capacidad de almacenamiento. Eso es lo que Amazon pensó cuando propuso a algunas universidades norteamericanas lanzar algunos proyectos pilotos para introducir el Kindle DX (la versión XXL del Kindle normal, con una pantalla más grande adaptada a los requisitos de la lectura de manuales y/o libros técnicos) en las aulas y evaluar el comportamiento de sus usuarios.

Las conclusiones de los alumnos de la Darden School of Business de  la Universidad de Virginia, según el comunicado de prensa de la propia escuela donde se resumen los resultados de la prueba piloto, son incontestables: “la mayoría de los estudiantes prefieren no utilizar libros electrónicos en el aula”. Las razones -conocidas para muchos de los que hemos intentando, arduamente, introducirlos en nuestro ecosistema informacional- son convincentes: “es necesario mostrar un alto grado de compromiso en el aula todos los días… y el Kindle no es suficientemente flexible… puede ser muy tosco. No puedes moverte entre las páginas, entre los documentos, las tablas y los gráficos, tan fácilmente como lo haces en las páginas de papel”.  De hecho, para quienes trabajan seriamente con las especificaciones y lenguajes y puesta en página del libro electrónico, esto no es nada nuevo. El Epub forum ya había advertido, en su última convocatoria de desarrolladores, que tanto los sistemas de navegación de los libros electrónicos como la administración y gestión de las notas y el enlace a los elementos paratextuales, era muy deficiente. Amazon no tiene por qué ser tan sincero, pero hay quienes lo son por él. El experimento dentro de la escuela terminó con dos escuetas preguntas a los encuestados: ¿recomendarías el uso del Kindle DX a un estudiante que se incorporara a la escuela? y ¿recomendarías el Kindle DX a un estudiante que se incorporara a la escuela como dispositivo de lectura? A la primera pregunta, el 75-80% de la población respondió que no; a la segunda el 90-95% de los encuestados respondió que tampoco.

Es posible, como seguramente diría el maestro Piscitelli, que parte del fracaso se deba a que usamos nuevos instrumentos a la vieja usanza: la transmisión tradicional del conocimiento uno a uno reinterpretada digitalmente mediante un dispositivo poco capacitado para propiciar una experiencia educativa renovada. ¿Deberíamos renunciar, simplemente, al uso de esos soportes rígidos, por muy digitales que sean, para practicar formas de aprendizaje compartido y colaborativo que requiren de otra clase de tecnologías y aplicaciones, como parece sugerir el #Reinventate2.0.

Tampoco resulta rápida ni cómoda la lectura en el dipositivo, tal como demostrara Jacob Nielsen en uno de sus últimos experimentos, realizado entre personas con coeficiente de competencia lectora equiparable.

Los dispositivos dedicados de lectura, Kindle y familia, no parecen ser los llamados  a sustituir a los viejos libros de papel ni los viejos apuntes. Podrán o no serlo las herramientas de trabajo cooperativo o los tablets dotados de aplicaciones interactivas, pero no parece que Amazon vaya a ganar esta partida.

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La velocidad de la lectura

Uno de los misterios esenciales del aprendizaje de la lectura es el de la invariabilidad: nuestro cerebro aprende a pasar por alto, progresivamente, las variaciones irrelevantes de los caracteres y, al contrario, a maximizar o ampliar las diferencias relevantes. Es decir: un lector cualquiera, para poder tener siquiera la posibilidad de descifrar un texto, tiene que pasar por alto las diferencias de rasgos ornamentales que constituyen una letra (imagínense si tuviéramos que aprender cada una de las “t” de cada una de las familias tipográficas que existen para poder entender la  palabra “tarugo”). En esto, lo cierto es que no me queda más remedio que contradecir a los tipógrafos, diseñadores y componedores de toda la vida: el rasgo o el palo seco nada quitan o añaden a la legibilidad de un texto.

Ese aprendizaje de la invariabilidad, que nos permite comprender millones de textos distintos independientemente de la fuente que utilicen, también afectan a su tamaño o cuerpo, el lugar que la letra o la palabra ocupe en la página o la forma que adopte el carácter (cursiva,  negrita, etc.). Ese es parte del misterio del aprendizaje de la lectura. Sabemos que ocurre y que es así porque practicamos una suerte de economía de la lectura que, sin embargo, debe amplificar cambios aparentemente pequeños: si, al contrario, escribo “tinta” o “pinta”, sabremos que lo primero sirve para escribir y, lo segundo, para celebrar que mañana ganará alguna de las dos selecciones que se enfrenta en el Mundial. Una simple letra retrata dos campos semánticos completamente distintos.

Acaba de  hacerse público un estudio sobre la velocidad de la lectura en cuatro soportes que conviven en la actualidad: un IPad, un Kindle, la pantalla de un ordenador y un libro de papel. Los resultados obtenidos mediante una muestra de 24 usuarios de nivel cultural alto y buenos lectores (para aminorar las diferencias que pudieran deberse, precisamente, a las diferencias de competencia lectora), son significativas: el soporte de mejor legibilidad, el que facilita la lectura y propicia una mayor velocidad, es el libro de papel, aquel cuya resolución, opacidad, composición de  la página, largo de línea, interlineado e interletrado, mejor asegura, todavía hoy, la lectura de un cuento de Hemingway (que fue el texto que leyeron todos los encuestados); la velocidad en el IPad descendió un 6,2%; con el Kindle se aminoró en un 10,7% y, en la pantalla del ordenador, definitivamente poco capacitada para ese propósito, muy inferior. Si esos datos son extrapolables -aunque otros especialistas lo desmientan y defiendan que la experiencia lectora es equiparable, como José Antonio Cordón-, ¿a qué puede obedecer esa diferencia? Si nuestro cerebro lector está entrenado en la invariabilidad y no podemos achacar discrepancia al tamaño, la forma o el rasgo del alfabeto, ¿cabe pensar que existe una disimilitud esencial entre los soportes? ¿Se salvará, simplemente, con mejoras técnicas sucesivas en la resolución de las pantallas o persistirá para siempre…?

POdeMos LEEr a VELociDAdeS norMalES indePENdiENtEMente del TAmaÑo dE Los CARActERes y de La FAMilIA tIPOgrAFIca EMPleaDA.

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