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Por qué no compramos libros

Comienzo con una confesión, algo ruborizado: compro libros desde hace treinta años, varios días a la semana. Como a los ludópatas en los casinos, estoy tentando de dejar dicho en las librerías que no me dejen pasar. Como en algún sitio dejó igualmente dicho o escrito Fernando Savater, para qué perder el tiempo leyendo cuando podemos utilizarlo comprando libros. Sea como fuere, una de las últimas golosinas de las que me encapriché me costó 8,95 €, la Poesía completa de Borges en bolsillo, una exquisitez que era a la vez una ganga. Hace algunos años había comprado la publicación de la editorial Destino, al doble de precio y en tapa dura. A veces hago esas cosas, convenciéndome a mi mismo de que la versión de bolsillo es más manejable  y cómoda de trasladar, mientras que la de tapa dura se acomoda mejor en la biblioteca. Es como tener un utilitario y un sedán de la misma marca, más o menos. Si cuento todo esto, algo sonrojado, es porque entre mis hábitos y prácticas culturales se encuentra la de adquirir libros de manera algo descomedida, la de asistir al cine y a representaciones teatrales con cierta frecuencia, la de acudir a exposiciones y museos, la de visitar ruinas arqueológicas… En fin, un conjunto de prácticas culturales bien demarcadas, por las que estoy dispuesto a gastar el dinero de que dispongo -cada vez menos-, determinadas en gran medida por mi itinerario educativo y mi recorrido profesional. No hay nada de predeterminación genética o de don gratuito de la naturaleza en ello; todo proviene de mi entorno familiar, de mi contorno escolar y del horizonte que esas influencias me delinearon (quien quiera saber más, mucho más, sobre la determinación sociocultural de nuestros hábitos y prácticas culturales, solamente tiene que consultar esa obra fundamental que es La distinción).

Los libros, en contra de todo lo que pueda argumentarse, no son caros (excepto, quizás, determinadas novedades que acabarán convirtiéndose en piezas abaratadas de bolsillo en poco tiempo). 8,95 € por toda la poesía de Borges es equivalente a una ración de calamares, cuatro desayunos en la barra de cualquier bar o medio asiento en la última grada de la fila más alta de cualquier estadio de fútbol. El problema no es tanto el precio como la predisposición a gastar algo en determinado tipo de bien. El problema no es que un libro sea supuestamente caro o barato sino, simplemente, si resulta siquiera concebible gastar unos pocos euros en lectura en lugar de hacerlo en otras prácticas más afines a nuestros gustos (estando esos gustos cumplidamente determinados por nuestra trayectoria social y cultural y la de nuestro entorno familiar).

Cuando la OCDE nos comunica, en su último informe, que la población adulta española tiene serios problemas de comprensión lectora -tanto de libros, cuyos argumentos no son capaces de seguir, como de una mera factura de la luz-, nos hemos topado con la verdad hiriente y reluciente: entre los 16 y los 65 años un 66,6% de la población adulta española presenta serios problemas de comprensión lectora, situándose entre los niveles <1 a 3 de la escala establecida por la OCDE (cuya interpretación puede encontrarse aquí). En el estudio publicado ayer por la OCDE, Skills outlook 2013, las correlaciones son aplastantes: en la página 216 del informe los resultados sugieren que “las actividades que se practican fuera del trabajo tienen una relación incluso más estrecha con las competencias evaluadas que las actividades correspondientes que se practican en el lugar de trabajo. En particular, los adultos que se implican muy poco en la lectura [...] fuera del trabajo, puntuan muy bajo en las variables evaluadas”, una correlación si se quiere de perogrullo, pero que indica quien más disposición tiene a practicar la lectura y la adquisición de libros como parte de sus prácticas culturales, más propensión tendrá a puntuar favorablemente en las escalas medidas.

¿A alguien le puede extrañar que al 70% de la población no le interese la poesía completa de Borges por 8,95 €, que ni siquiera forme parte de su imaginario, que no quepa plantear su adquisición, por muy económica que sea, como una práctica coherente con el resto de sus usos?¿A alguien le puede chocar que el gasto medio en el año 2011 en la compra de libros no de texto, en justa correlación, fuera de 22,2 €? Y, por último, ¿alguien cree que todo esto tiene que ver con la piratería y no con una deficiencia estructural aparentemente insalvable que nadie -ni administraciones públicas, ni gremios profesionales de la edición- se decide a tratar de manera estratégica y sostenida?

¿Alguien tiene alguna duda de por qué no compramos libros….?

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Crear, aprender, descubrir y compartir

Que las bibliotecas han ocupado siempre un espacio principal en el seno de sus comunidades es casi una obviedad, única veta de acceso público e indiferenciado al conocimiento allí donde las dotaciones o la voluntad faltaban. Que en los últimos años han comenzado a desplegar nuevos servicios y atenciones a sus usuarios vinculados con el uso de los dispositivos digitales o con la animación a la lectura, es una realidad contrastada. Que muchas de ellas han entrado de lleno en el uso de las redes sociales para propiciar un contacto y generar una relación más estrecha con sus lectores y beneficiarios, pone en evidencia el compromiso y el dinamismo de sus profesionales. Es, sin duda, uno de los gremios que más y mejor ha comprendido que su función principal es la de proporcionar más y mejores servicios a la comunidad que justifica y financia su existencia. La mayoría de ellos vencieron hace tiempo la tentación de acurrucarse dentro de la burbuja de silencio y seguridad que las paredes de las bibliotecas proporcionan, dedicados a ordenar y a clasificar el mundo, a prestar una pequeña proporción de lectura y conocimiento a sus usuarios.

Mañana miércoles y hasta el próximo viernes, en el marco de la Feria del Libro de Madrid, se inician las jornadas sobre “Nuevas lecturas, nuevas bibliotecas“, en las que intervendrán, entre otros, José Antonio Marina, Antonio Basanta, Manuel Gil, José Antonio Millán, José Manuel Lucía, Javier de la Cueva, Antonio Mª Avila, Mónica Ferández, Bernat Ruíz y yo mismo.

Aun cuando todo lo anterior sea cierto y el afán de mejora de las bibliotecas parezca, en general, incuestionable, su recorrido futuro debería tener en cuenta cuatro vectores fundamentales de desarrollo que convertiré en diez puntos por el prestigio y contundencia que los decálogos tienen:

  1. Las bibliotecas deben convertirse en el centro neurálgico de las comunidades de las que forma parte, esa debe ser, al menos, su aspiración y su vocación;
  2. Las bibliotecas deberían adoptar, tanto en la concepción de sus actividades y servicios como en el diseño de sus espacios y herramientas, el formato de los Hubs contemporáneos, de esos lugares que son, a la vez, espacios de creación y aprendizaje, de discusión y descubrimiento, de participación y colaboración. No se trata de que abandonen sus prácticas tradicionales, sino de que incorporen todas aquellas que la comunidad demanda y encuentra, ahora mismo, en otros espacios;
  3. Las bibliotecas deberán integrar a sus usuarios en el diseño, desarrollo y gestión de los nuevos servicios y actividades, poniendo en sus manos los espacios y los recursos necesarios para que puedan conducirlas con éxito;
  4. El uso de las redes sociales y de los espacios virtuales de conexión deberá servir para fortalecer el sentido de comunidad y de intereses compartidos;
  5. Lo físico y lo virtual son las dos caras de una misma moneda y no cabe desmembrarlos ni tratarlos como ámbitos distintos o disparejos, antes al contrario: el contenido y el conocimiento al que los usuarios deben tener acceso se desperdiga hoy en distintos soportes y formatos y el discurso que los bibliotecarios deben ayudar a reconstruir, el sentido que deben contribuir a restablecer, se encuentra por igual en el anverso y el reverso de la realidad;
  6. En la afirmación previa está contenida una obviedad: el préstamos de contenidos, herramientas y materiales será, indistintamente, físico y virtual, presencial o remoto;
  7. Es cierto que la sostenibilidad, la continuidad de la red de bibliotecas públicas está en entredicho, que sus infraestructuras y dotaciones son costosas, pero su importe estará justificado mientras sea capaz de convertirse en el núcleo de referencia de su comunidad y mientras incorpore mejoras en sus métodos de gestión interna;
  8. En esto, deberá abrirse a la posibilidad, por ejemplo, de incorporar, dar cabida y respaldo, a otras actividades y otros servicios públicos que quieran utilizar sus espacios, mucho más flexibles y adaptativos que antaño;
  9. Los bibliotecarios deberán asumir la formación continua como una divisa irrenunciable: usuarios avanzados de tecnologías y servicios digitales; dinamizadores de los espacios de creación, aprendizaje y colaboración; cartógrafos del nuevo mapa de la información;
  10. Los usuarios deberán recibir, también, formación específica adaptada a las necesidades de los tiempos: uso y manejo de las tecnologías digitales, de los nuevos soportes de lectura y consulta; dinamización lectora tanto para los soportes tradicionales como para los soportes digitales mediante el diseño de las actividades pertinentes y la convocatoria de clubs de lectura presenciales o virtuales; manejo y reconstrucción de las distintas fuentes de contenido e información que la biblioteca proporciona, etc.

Crear, aprender, descubrir y compartir: de esto y de algunas otras cosas relacionadas con el ocaso del ecosistema editorial tradicional hablaré el próximo viernes a las 10,45 Am.

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Los libros y la libertad

Fue hace unos cuantos años cuando leí un párrafo de un libro de Emilio Lledó cuyo título no recuerdo en el que decía, parafraseando: “los seres humanos no estamos a la altura de las tecnologías que inventamos”, y puede que eso sea así y que estuviera en lo cierto, que la acelerada sucesión de las tecnologías enmascare una profunda menesterosidad del ser humano, pero también es verdad -y esto ya lo leí o lo descubrí en otra parte-, que las tecnologías que inventamos y desarrollamos nos cambian mediante su uso, que las tecnología nunca son ni política ni epistemológicamente neutrales, como alteran el entorno social en el que vivimos y modifican la manera en cómo vemos y hacemos las cosas. No creo que D. Emilio Lledó difiriera mucho de este criterio, porque la escritura y los libros no dejan de ser tecnologías que han alterado profundamente el orden del mundo y de nuestro propio ser.

En esta breve obra, Los libros y la libertad, que es una recopilación de artículos pasados con una introducción que los actualiza y contextualiza, Lledó nos recuerda que somos, sobre todo, lenguaje y memoria, pulsión de comunicación y administración del recuerdo. El lenguaje, en todo caso, no es meramente un instrumento que facilite el intercambio hablado de mensajes más o menos estructurados sino, sobre todo, capacidad de simbolización y representación y la memoria, más que un mero baúl de recuerdos, el sedimento sobre el que va construyéndose nuestra identidad. Lledó repasa ese momento de la historia -uno de sus lugares más queridos- en que el conocimiento se construía dialógicamente en el ágora, sin que quedara rastro de él una vez que el encuentro cara a cara finalizara, y destaca ese instante singular en el que la escritura viene para fijar nuestra memoria sobre un soporte distinto a nuestro cerebro, en el que la escritura es como un surco de la memoria que se va abriendo en cada página. Le interesa a Lledó, sobre todo, esta metáfora agrícola (cultus, culto, cultivo, cultivar), porque escribir es como arar duraderamente sobre un soporte en el que quedarán inscritos nuestros recuerdos y los libros serán esos testigos tangibles de nuestro devenir temporal. Los libros, por tanto, como surcos y cauces de esa memoria sucesiva, como encarnación del logos, de la memoria del lenguaje; los libros, por tanto, como posibilidad de encontrar el principio racional del universo; los libros, en consecuencia, como espacio inabarcable de nuestro ser y nuestra razón, de nuestra identidad, de nuestra posibilidad de libertad.

No rehúye Lledó, al menos en la introducción, el combate con las tecnologías digitales. No las anatematiza ni las devalúa, pero encuentra una distancia insalvable -a su juicio-, entre la tecnología tangible del libro que encarna físicamente la memoria y la tecnología de la red que esconde en sus innumerables pliegues virtuales un rastro evanescente. “En los instrumentos digitales, capaces de guardar, en un mínimo espacio, miles de páginas donde, recuadro a recuadro, contemplamos esa forma sorprendente de alumbramiento, solo vemos un presente irreal, una especie de oralidad luminosa que desaparecerá…”, escribe Lledó. Para él, según deja dicho, el conocimiento que puede adquirirse a través de la red y de los medios adquiere el mismo carácter quimérico y artificial que Sócrates achacaba a la escritura y que reprochaba a Fedro en su práctica lectora: “un conocimiento que podría ser una apariencia, un fenómeno sin sustancia que lo sostenga, pero no lo real mismo, la vida misma, y su verdadero rostro”.

Puede que ni siquiera los grandes filósofos -Sócrates lo era, Lledó lo es-, puedan escapar a ciertas determinaciones: el primero renegaba de la escritura y de la lectura porque sustituía al conocimiento verdadero que no era otro que el transmitido oralmente; el segundo reivindica el logos mítico como el depósito de la memoria y la sabiduría, y aprecia que los libros son su mejor amparo y resguardo, olvidando que en el ámbito de lo digital conviven, por primera vez, lo oral, lo gráfico y lo escrito, abriendo múltiples posibilidades de expresión y creación de conocimiento inexploradas, nuevos ámbitos de la libertad que tendremos que recorrer.

Los libros son un ámbito privilegiado de la libertad, depositarios de conocimiento y de memoria, compañeros tangibles y obedientes. Quienes los tenemos y nos rodeamos de ellos lo sabemos. Pero si algo nos enseña la historia y algo nos muestra la historia de Sócrates y los griegos, es que los grandes filósofos, a veces, se equivocan.

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La teoría de la conspiración

No concibo un mundo sin libros. Para mi sería mucho más pobre y se me haría en buena medida inhabitable. Me acompañan, me instruyen, me entretienen, me invitan, me estremecen… Entiendo, aún así, que quizás su papel preponderante en el ecosistema de la cultura y la información a lo largo del siglo XIX y XX esté en trance de desaparición. No tanto porque se haya urdido una conspiración internacional fundamentada sobre el desprestigio de la lectura y la apelación a sus (supuestamente) precios desmedidos, sino, más bien, porque la era digital desplaza su posición del lugar central que ocupaban a uno más lateral o complementario, forzados a convivir con otras muchas manifestaciones de naturaleza digital que construyen un nuevo ecosistema, un nuevo campo, en el que las certezas que nos sustentaban se han volatilizado.

 

Ni los libros ocuparán ya un lugar central;  ni los editores serán los únicos agentes legimitadores (tampoco los críticos tradicionales ni los medios a los que servían); ni los autores, tales como los entendíamos, poseerán el monopolio de la creación, ahora tan democratizada; ni las librerías serán los únicos canales a través de los cuales se distribuyan y/o comercialicen los libros.

Invocar una conspiración como causa del cambio inminente e inevitable, tal como hizo ayer Juan Cruz en un artículo publicado por el diario El País, es algo reconfortante, porque nos permite enfrentarnos a un supuesto enemigo, invisible, pero enemigo al fin y al cabo, al que podría combatirse con algunas dosis de promoción de la lectura y de recorte de márgenes de contribución. El problema es que en nuestro país poseemos un déficit estructural de lectura que parece insoluble y que no es de ahora; el problema es que nunca, en nuestra historia reciente, la población lectora regular ha sobrepasado el 20% de la población; el problema, como decía Roger Chartier hace poco, es que “históricamente, no ha habido una revolución en la lectura semejante a la digital”, y conviene que nos enteremos qué entraña este cambio; el problema es que la industria, atada a un modo de producción predigital, ha seguido una senda de sobreproducción que hoy ha hecho aguas; el problema es que los precios han seguido incrementándose debido a la asunción del euro y a una estructura de costes (irrefrenable e inasumible) vinculada a un modo de producción predigital; el problema es que nuestras estructuras gremiales siguen siendo medievales en su concepción de los oficios separados cuando necesitamos transparencia, apertura y coordinación en un contexto digital. . El problema, en el fondo, es que no existe conspiración alguna y que, el único culpable, si es que lo hay, somos nosotros mismos, que ni supimos ver lo que se nos venía encima, ni queremos entender ahora lo que está ocurriendo (menos aún, claro, emplear las herramientas digitales para aprovechar las oportunidades que se presentan en toda crisis).

Constantino Bértolo decía ayer en su Twitter: “J C escribe un artículo – cursi- sobre una conspiración contra el libro. Debe ser uno de los juramentados, porque hay defensas que matan”.

No existe conspiración alguna; más bien una (confortante y ofuscada) teoría sobre la existencia de una conspiración.

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La summa + de Gutenberg

El paréntesis de Gutenberg. La religión digital en la era de las pantallas ubicuas, el último trabajo de Alejandro Piscitelli, es un libro imprescindible para entender el cambio de era y las múltiples implicaciones que la alteración de las textualidades genera, simplemente. Eso sí: de la misma manera que Alejandro me calificó una vez como retromoderno, o algo parecido, no creo equivocarme si me atrevo a calificarle, utilizando la esgrima verbal de la pugna intelectual, de ciberepico. Esa calificación, obviamente, necesita de una aclaración fundamentada.


El hecho de que la textualidad predominante los últimos 900 años (desde el siglo XII, no desde el siglo XV, que es el momento en que los códices se dotan de todos los dispositivos textuales actuales) esté en trance de ser complementada, que no completamente sustituida, por una lógica hipertextual, transmedia y alineal, donde cabe la creación colaborativa, la renuncia a la propiedad intelectual en beneficio de la construcción compartida y la mezcla y la adición derivadas de una dinámica creativa potencialmente diferente, no invalida en nada la importancia cognitiva determinante de la textualidad tradicional. De la misma manera que Piscitelli nos recuerda, asiduamente, que la escritura sustituyó a la oralidad y que ese cambio no fue impremeditado, sino que comportó cierto sometimiento a las autoridades administrativas que controlaban el código, sería un desperdicio que la nueva hipertextualidad transmediática pretendiera abolir la transcendencia de la lectura profunda, recogida y reflexiva, capaz de seguir argumentos largos y complejos. Piscitelli lo sabe, y en algunas ocasiones, pocas, se le escapa entre las líneas: “la progresiva desaparición de los libros eruditos”, dice en la  página 145, “está llevando a la pérdida de un tipo de investigación y análisis, de una sutileza y densidad a veces exageradas, pero no por ello menos valiosas cuando lo que se quiere analizar es precisamente estas mediamorfosis”. Claro, de hecho Piscitelli ha escrito una triología tradicional para explicarla.

No le falta razón, en ningún caso, cuando pormenoriza el correlato claro que ha existido durante mucho tiempo entre la textualidad lineal y normativa de los libros tradicionales, donde se refugiaban los argumentos de autoridad, y la pedagogía enunciativa y reproductiva tradicionales, contenta con que los alumnos repitieran los contenidos que se equiparaban al conocimiento. Sin duda los libros han podido tener ese efecto secundario reprobable. Las nuevas pedagogías resaltan todo lo contrario, y Piscitelli, que es maestre de una de ellas, el edupunk, lo explica y practica con exuberancia: adqurir nuevos conocimientos, nuevos saberes, no es cosa de acumularlos mediante su mera lectura y reproducción sino cosa de descubrimiento e investigación, de indagación y pesquisa, de reconstrucción de los fragmentos de un discurso forzosamente fragmentario donde el antiguo profesor no es ya el sabio que transmite masiva e indiferenciadamente un sólo parlamento. El conocimiento contemporáneo, si es algo, exige el reconocimiento mutuo del desconocimiento. En todo caso, podemos aspirar a gestionar colectivamente nuestro desconocimiento, fundamentada y racionalmente, mediante una labor de averiguación que requiere todos nuestros recursos digitales.

Y no seré yo el que le diga que no: de acuerdo en todo, menos en aquello de que haya que arrumbar, en esta nueva alfabetización digital, a las alfabetizaciones tradicionales. Lugares tan innovadores como Quest to learn, que está revolucionando la educación en el mundo, siguen sosteniendo que la tríada “reading, writing and numeracy” siguen siendo el fundamento del aprendizaje.

Quizás, como en todo libro que se tiene por manifiesto de un nuevo porvenir y que se escribe con cierto furor de sustitución y de arreglo de cuentas, el aliento ciberépico lleve a Piscitelli a afirmaciones, para mi, excesivas e injustificadas. No creo en el paréntesis de Gutenberg y sí, sin embargo, en la summa.

Mañana, en la Universidad de Huelva, en el ciclo Libros de ayer, lectores de hoy: del impreso a Leer.com, hablaremos de esto y muchas otras cosas.

 

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Diseño y lectura: un nuevo reto para los libros digitales

Quienes venden libros electrónicos dicen que, al menos, tienen dos ventajas fundamentales sobre los soportes vegetales: que son capaces de almacenar muchos textos y que el lector puede alterar a su gusto y convenencia el cuerpo de la fuente y, en consecuencia, el tamaño de la caja de composición, por si no tuviera a mano las gafas de ver. La primera de las hipotéticas ventajas se desmonta fácilmente: una vez escuché decir al gran José Afonso Furtado que si en un país como los nuestros (Portugal y España) en que las personas que adquieren más de veinte libros al año no pasan de puñado, de unos pocos miles, no parece tener demasiado sentido invertir en un aparato que nunca va a amortizarse, porque apenas se aprovechará para descargar una decena de libros a lo largo de una vida. En lo que respecta a la segunda ventaja supuesta, la cosa es aún peor: si uno tiene la osadía de hacer crecer o disminuir la fuente de un texto en una pantalla electrónico, encontrará una caja que no respeta márgenes, unos párrafos fragmentados, líneas truncadas, palabras mal cortadas, paratextos desaparecidos, dispositivos textuales inexistentes (numeración de hojas y demás), etc., etc. Un puro despropósito compositivo que atenta contra la legiblidad, la lecturabilidad y la integridad del mensaje. La responsabilidad, claro, no es solamente de quienes importan esos cachivaches chinos, porque seguramente carezcan de la sensibilidad necesaria para apreciarlo; la responsabilidad recae en los editores y en los diseñadores, que han hecho hasta ahora dejación de sus funciones poniéndola en manos de cualquiera que arguyera que sabía transformar ficheros nativos en cualquier otra cosa.

Si cuento esto es porque ayer, en el Liber, Alvaro Sobrino y un servidor hablamos y discutimos, mano a mano, sobre la Conciliación del diseño y la lectura: nuevos retos para los libros digitales, un tema que podría parecer a simple vista menor, siempre, claro, que uno no haya leído a MacLuhan ni a Ivan Illich. Que el sentido del mensaje está condicionado por la forma en que se expresa, por la morfología del medio que lo modifica, conforma y transmite, es ya una obviedad que no debería ni siquiera volver a recordarse, pero por si acaso lo hago, para los olvidadizos. En un libro tan importante como poco leído, En el viñedo del texto, Ivan Illich decía que la coincidencia de la fundación de las primeras universidades en el siglo XII y la invención de los párrafos y el resto de los dispositivos textuales que todavía hoy utilizamos (paginado, indexación, etc.), no era una mera casualidad. De ahí la importancia trascendental de las textualidades digitales contemporáneas, el diseño de la página, y el tipo de lectura que propicie.

Algunos proponen una solución aberrante (y que me perdone Steve Jobs): diseñemos todo para los IPad, que son el soporte digital que nos enseña el camino del futuro. Quien ha tenido uno en las manos sabe que cuando se redimensiona un texto achicándolo o agrandándolo, se pierde por completo el aspecto de la composición original, se obtiene una vista fragmentada, parcial, descompuesta, incluso si se trata de un PDF. Siendo eso así, tendríamos que diseñar todos los textos para que casaran con las medidas de la pantallas de Apple, es decir, como si alguien hubiera decidido que tuviéramos que editar todos los libros en octavo. Si estiráramos esa paradoja llegaríamos al completo absurdo: necesitaríamos un libro electrónico distinto para cada tamaño de texto.

Como eso rozaría el absurdo, sólo queda una solución: diseñar intencionalmente con software que nos permita generar contenidos multiformato y multicanal, practicar el cross-media publishing de manera consecuente, de forma que preveamos en qué soportes y formatos leerán nuestros posibles lectores. Vale la pena echar un vistazo a dos entornos de trabajo digital que cambiarán por completo nuestra manera de ver y hacer las cosas:  Censhare y Woodwing. Que cada uno elija el suyo. Y que cada cual diseñe libros digitales o en papel con el esmero que merece.

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Lecturas y pantallas

Hace poco hablaba de la escasa base empírica de la mayoría de las afirmaciones que se profieren en el debate sobre la preponderancia de lo digital sobre lo analógico o viceversa. Afortunadamente, algunos esfuerzos se encaminan a resolver esta situación, planteando etnografías digitales que redunden sobre los procesos de adquisición, uso y lectura, para contrastar de manera fehaciente hasta qué punto son verídicas o no las afirmaciones que se profieren y no obedecen a intereses más o menos explícitos, más o menos encubiertos, de uno y otro signo. Eso es lo que lleva haciendo tiempo Jakob Nielsen y los resultados parciales de sus primeros estudios sobre la usabilidad de los IPad pueden leerse desde hace algo más de un mes. El futuro de las tabletas digitales, tal como vaticina Nielsen, será brillante, qué duda cabe, porque todo el ecosistema digital está orientado a verter su propuesta en ese receptáculo. Aún así, Nielsen observa: “una característica de todo el uso de los IPad es que está completamente dominado por el consumo de contenidos audiovisuales, excepción hecha de la pequeña cantidad de producción implicada en el intercambio de correos electrónicos”.

Quizás esa sea su propiedad esencial, al mismo tiempo virtud y pecado; quizás no. En todo caso, dirimir sobre el grado de legibilidad y lecturabilidad de los contenidos en una tableta digital no puede ser cosa de una charla de café con una copa de 103 sobre la mesa. Tiene que ser forzosamente fruto de un estudio empírico. Y eso es lo que nos ofrecen en la página de Miratech, una empresa especializada en usabilidad y empleo de técnicas de eyetracking para su mejora. En la comparativa que nos ofrecen uno de los resultados más llamativos es el de la legibilidad asociada con la retención, memorización y comprensión de la información procesada. A menudo he discutido de este mismo asunto relacionándolo con la educación: la cuestión no es saber si necesitamos soportes digitales en las aulas, en las escuelas; la cuestión es saber si mejoran o no la experiencia de aprendizaje y, en todo caso, darnos pistas suficientes para mejorarla.

El 20% de los usuarios de la muestra utilizada, memorizaron y comprendieron mejor los contenidos leídos en papel, quizás porque estaban habituados a una composición de página diferente, quizás porque las tipografías de los titulares y del cuerpo del texto explicitan y diferencia de manera más clara la distinta naturaleza del mensaje, quizás porque todavía no se han acostumbrado a descifrar esa clase de contenidos en soportes distintos, quizás porque, simplemente, no se sentían cómodos con un objeto todavía bizarro para muchos.

Quiero recordar que en el estudio Report on users surveys, deep log analysis, print sales and focus groups el Report from first phase of e-textbooks business models, que fue objeto hace tiempo de un análisis pormenorizado, ya se adelantaba que “la lectura que se practica sobre los libros electrónicos es, fundamentalmente, extractiva, fragmentaria, informativa. No suelen leerse textos extensos, profundos o complejos, si bien existe un grupo de early adopters, de superusuarios avanzados que conforman la avanzadilla de la campana de Gauss, que demandan títulos de todo tipo y practican cualquier clase de lectura sobre los nuevos soportes”. Sea como fuere, las únicas investigaciones relevantes serán las que desvelen, empíricamente, la calidad de la comprensión lectora de los usuarios. Lo demás serán solamente bobadas y reclamos comerciales.

 

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Límites y fronteras de la lectura

Leer no es sencillo. Existen condicionantes fisiológicos, neurológicos,  sociológicos y pedagógicos, al menos.

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La lectura requiere, para empezar, que seamos capaces de reconocer un conjunto limitado de signos arbitraios y los asociemos a otros tantos sonidos no menos casuales y lo hagamos en milésimas de segundo. Para eso, una parte de nuestro cerebro, que coincide con una variación de apenas unos milímetros en la anatomía de todos los seres humanos, especializada en el registro visual de esos rasgos, necesita un largo entrenamiento. Un periodo que alcanza, aproximadamente, los diez años. Ese milagro neurológico es la base sobre la que se asienta la posibilidad misma de la lectura.

La lectura no es un acto espontáneo, sino inferido, provocado, fortalecido por el contexto social que lo propicia. Lo “natural”, en todo caso, es escuchar y relatar historias. Eso lo sabemos desde hace cincuenta años, al menos, porque los hijos de padres que con escasos títulos escolares y poco capital cultural, que no han desarrollado hábitos de lectura regulares, no trasladan esa necesidad o no inculcan esa costumbre a sus hijos. Al contrario también es cierto: la correlación entre títulos escolares paternos, éxitos educativos y hábitos lectores, muestra una fuerte correlación estadística. Si esto es así, sólo la enseñanza infantil y primaria, estratégicamente avisada y preparada para tal eventualidad, para ejercer de contrapeso, puede enmendar, en alguna medida, lo que parece un destino fatídico, una predestinación que se asume como limitación o incapacidad natural, cuando es enteramente social.

La lectura tampoco es sencilla en el entorno escolar: se da por sentando, en el entorno escolar, demasiado a menudo, que una vez que se ha aprendido a repetir mecánicamente el vínculo entre grafema y fonema, el papel del profesor ha acabado o, en todo caso, se deriva hacia las vagas responsabilidades del profesor de lengua y literatura, que es quien se encarga de las letras. El fracaso escolar en secundaria y bachillerato y el puro analfabetismo funcional de muchos universitarios -incapaces de entender textos complejos- deriva, en buena medida, de esa falta de entrenamiento transversal continuado a lo largo de todo el perido formativo. Las estrategias de enseñanza coordinadas en las diversas áreas de contenido parece ser una de las fórmulas capaces de garantizar el éxito.

Leer no es sencillo, tampoco, porque las bibliotecas, que atesoran libros y recursos informativos de diversa índole, permanecen desvinculadas del entorno educativo y a penas se coordinan entre sí. Las bibliotecas escolares siguen siendo, pese a todos los esfuerzos, apoyos y discusiones, una isla deshabitada en un archipiélago de asignaturas y departamentos. Las bibliotecas públicas no constituyen un referente para los jóvenes ni para los adolescentes, no son percibidas como espacios donde quepa seguir trabajando, encontrándose, formándose, como una continuación de sus espacios naturales. En otros países han comenzado a remediar este asunto mediante una estrategia que exige un gran nivel de coordinación: los currículum en espiral, una estrategia de trabajo que requiere trabajar periódicamente los materiales contiguos con una profundidad progresivamente superior, que demanda secuenciar los contenidos y administrar su presentación en los distintos ámbitos.

Con mayor o menor éxito -sospecho que más de lo segundo que de lo primero-, es lo que pretendí trasladar en el Tercer Seminario del Aula Jordi Rubió de la Facultad de Documentación de la Universidad de Barcelona. El milagro de traspasar los límites y fronteras de la lectura.

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¿Le gustan al cerebro los libros electrónicos?

Es una pregunta algo enrevesada, lo sé, pero esperad a que la formule con su debida complejidad: ¿se tiene en cuenta la naturaleza de nuestras bases cerebrales para entender el proceso de adquisición de objetos culturales tan recientes históricamente como la escritura y la lectura?¿No nos damos cuenta que la estructura de nuestro cerebro, fruto de la evolución a lo largo de millones de años, condiciona muy estrechamente la manera en que procesamos y comprendemos las cosas que leemos? Sabemos -y no es la primera vez que lo escribo- que el área cerebral por medio de la que se distinguen los signos que conforman las letras, con las que se construyen palabras, con las que se generan mensajes, se encuentra, invariablemente, en un espacio muy preciso de la región inferior temporal izquierda de nuestro cerebro; sabemos, también, que no existe predisposición genética alguna para que seamos lectores, que la lectura es un ejercicio de reinvención y reciclaje de las redes neuronales, que el cerebro es a ese respecto una tabula rasa, una suerte de arquitectura abierta, maleable de acuerdo con el tipo de medio al que se exponga (libros, pantallas, dispositivos digitales, etc.).

Y sabemos que el cerebro es capaz de distinguir la forma visual precisa de una letra en 100-150 milisegundos; que integra esa información en una vasta conexión visual, semántica y sonara en unos 300 milisegundos y que, en 100 0 200 milisegundos adicionales se desatan procesos cognitivos mucho más complejos como la inferencia, el razonamiento analógico, el análisis crítico, el conocimiento contextual y, sobre todo, la culiminación de la lectura: la evocación, la reminiscencia, la capacidad de invocar imágenes y recuerdos mojando una magdalena en una taza de té, por recurrir a un ejemplo archiconocido. En la Etica a Nicómaco (p27), Aristóteles trataba de convencer a su pupilo de que una de las tres vidas más valiosas para la sociedad es la contemplativa, la teorética, la reflexiva, la que se alcanza mediante la introspección y la introversión, la que alcanza la raíz de nuestra identidad, la que viene propiciada por la lectura profunda tal como la conocemos, agrego yo.

La cuestión no es tanto que nuestro cerebro dude del valor de los libros electrónicos o de su cuestionable estética de máquina de coser, como que resulta sencillamente imposible acelerar el proceso de decodificación y comprensión profunda de un texto, incomodado e interrumpido, las más de las veces, por la proliferación de estímulos en una pantalla en forma de contenidos audiovisuales o de enlaces a otros fragmentos de narrativa. Se invoca a menudo el valor de la comunicación y la relación instantánea como irrefutable, como un signo de nuestra época, como un rasgo constituyente de la personalidad de nuestros jóvenes pero, siendo eso cierto, ¿no cabe reclamar la vigencia de la tercera de las vidas de Aristóteles?

En un estudio realizado en Chile en el año 2007, “Lectura en papel y en pantalla de computador“, se resaltan cuatro conclusiones muy significativas: a) la comprensión fue muy baja en ambos medios; b) la lectura en papel fue más rápida y el desempeño en la prueba de comprensión fue mejor cuando utilizaban ese soporte; c) los sujetos que leyeron primero el texto en papel obtuvieron mejores puntajes en la segunda aplicación en pantalla; d) la actitud hacia la lectura en pantalla no influyó significativamente en el logro en la prueba de comprensión.

Muy recientemente, en el magnifico estudio etnográfico llevado a cabo dentro de Territorio Ebook sobre el uso de los dispositivos digitales en diversos grupos de edad, se ha documentado de manera fehaciente que los resultados de la lectura en esas pantallas ubicuas son tanto mejores cuanto más acompañados están de labores de guía  y  acompañamiento lector, que el soporte gana en tanto que se dinamiza la lectura mediante estrategias de animación específicas, que -en palabras de Ricardo García- “en la fase semidirigida los lectores guiados (los del grupo experimental que habían participado en las actividades de las bibliotecas) aportan más detalles sobre el personaje principal, mencionan más personajes, captan mucho más sobre el contexto musical y con rotundidad ofrecen más detalles sobre la trayectoria de los Beatles”. Cuanto más posibilidades se les dan, por tanto, de reproducir la experiencia de la lectura profunda en un nuevo soporte.

Al cerebro, por finalizar, le gustarán los libros electrónicos y sus primos hermanos los tablets si saben comportarse como conviene, esto es, dándole la posibilidad de leer detenida y prolongadamente un texto.

(A propósito, de estas y otras cosas hablaremos en Límites y fronteras de la lectura. Universidad de Barcelona. Facultad de Biblioteconmia i Documentaciò. 4 de mayo)

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Reading is our life

Dicen que en el frontispicio de las academias griegas, las de Platón y Sócrates, figuraba siempre un lema inspirador que guiaba la labor y el trabajo de los alumnos. Que nadie entre que no sepa matemáticas, parece que decía la primera; Conócete a ti mismo, parece que decía el de la segunda. Me hubieran echado de las dos, seguramente. Si por mi fuera, yo elegiría el que los finlandeses de la Team Academy tienen en su escuela (la más creativa del mundo, según Peter Senge): “Reading is our life”, la lectura es nuestra vida, y no hay probablemente ningún eslogan que pueda inspirar en mi una adhesión tan espontánea. La lectura no ha dejado de tener vigencia en el mundo digital, por más que los vientos de la ultramodernidad líquida quieran hacer pasar gato por liebre, esto es, twitter por libro, porque los asuntos complejos requieren de reflexiones complejas propiciadas por  lecturas demoradas y reflexivas. Giovani Sartori lo dijo hace tiempo en el capítulo sobre “Videopoder” de sus Elementos de teoría política (que luego elongaría en su célebre y distópico Homo Videns): “el hombre que lee, el hombre de la Galaxia Gutenberg, está constreñido a ser un animal mental; el hombre que mira y nada más es únicamente un animal ocular”. Claro que reconozco cierta cojera digital, porque atribuyo más valor a lo que domino y conozco que a lo que me provoca displacer y desasosiego, pero me tengo por bilingüe e intento dar a cada cosa el valor y el peso que tiene, más aún cuando celebramos hoy a Cervantes y al placer de la lectura continuada sobre todas las cosas.

En el Orlando furioso, por poner un ejemplo distinto al de El Quijote aunque igualmente ilustrativo, tal como ahora lo recuerdo o lo reinterpreto, Atlante es un pobre viejo canoso que se enfrenta a la rutilante y brava Bradamente con la sola ayuda de un libro mágico que tiene la propiedad de convertir en realidad el sortilegio que el brujo lee. Atalante despliega armas incruentas que detienen a Bradamente hasta el punto que, en algún momento, la temeraria amazona se deja caer al suelo como si uno de los dardos verbales de Atlante la hubiera herido mortalmente -argucias de mujer, claro-, y el hechicero, que también es caballero (como Richard Gere, pero antes), se precipita en su ayuda… hasta que… ahí lo dejo, para obligaros a leerlo.

Lo importante no es tanto el final de esa aventura como la moraleja que puede extraerse: la de la victoria incruenta de los libros y de la lectura sobre cualquier otra cosa, algo que celebramos este día, porque la lectura es nuestra vida, todos los días, y todas las noches.

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