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#MasterYourselfPublishing en LIBER 2014

Nos enfrentamos a una revolución sin precedentes, no a la mera sustitución de los soportes o de los formatos. La revolución digital afecta a todos los órdenes de la cadena editorial tradicional y desbarata la manera en que trabajábamos, en que concebíamos y desarrolábamos los productos y los contenidos, en que los difundíamos y los comercializábamos. Todo está patas arriba. Y todo el mundo lo sabe, aunque muchos prefieran capear la tormenta escondidos bajo un endeble paraguas. Todos nos enfrentamos con gran incertidumbre a los retos que se nos plantean, sin certezas, tan sólo con conjeturas e hipótesis. Por eso es tan importante experimentar, probar, tratar de hallar una respuesta viable, equivocarse y aprender del error para mejorar el prototipo, compartir con los demás posibles soluciones para generar una masa crítica suficientemente representativa como para que el modelo tenga éxito.

Sería vano y pretencioso, por eso, ofrecer un programa formativo que ofreciera certezas y contenidos en lugar de dudas y espacios de experimentación. En Teamlabs hacemos esto segundo: generar comunidades de aprendizaje profesional que experimenten, que compartan los titubeos y las vacilaciones, que desarrollen proyectos reales desde el primer momento con la certidumbre de que fallarán y de que el error es un banco de pruebas que ofrece información valiosa. Decía Joseph Beuys, el artista alemán, con esa convicción performativa de todo artista, que solamente alcanzaremos el futuro que deseamos si somos capaces de inventarlo nosotros mismos. Y de eso estamos precisamente convencidos: que aprender es hacer y que no nos bastan ya los espacios tradicionales de aprendizaje para poner en marcha esa tarea de innovación y transformación tan urgente y tan llena de incertidumbres.

Mañana jueves 2 de octubre en el LIBER, dentro de la sesión Otro mundo es posible: iniciativas y proyecots del siglo XXI con Lorenzo Silva, Noemí Trujillo, Julieta Leonetti y yo mismo, Joaquín Rodríguez.

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No es necesario ir al LIBER para conocer qué pasa en la industria editorial…

Los datos no dejan lugar a interpretación alguna: “el retroceso de una década de la primera industria cultural de España se debe a que, por quinto año consecutivo, han descendido sus ventas y acumula ya una caída del 28,9%, desde el año 2008. Con 2.471 millones de euros facturados el año pasado en el mercado interior, las ventas cayeron un 10,9% con respecto a 2011″, datos reflejados hoy en la prensa nacional que ya conocíamos. Apenas cabe esbozar un gesto de sorpresa cuando la encuesta anual sobre Hábitos de lectura y compra de libros en España (2012), nos hablaban de un gasto promedio anual de 20 €. Cabría pensar que la contracción de la demanda se debe a la crisis económica y al paro generalizado, pero yo no soy tan optimista. La ausencia de demanda cultura refleja falta de interés por la cultura, sencillamente. Los precios de la mayoría de los libros que podemos adquirir no son disuasorios, son asequibles.Quien no ha tenido la oportunidad de crecer en un entorno familiar que favoreciera el contacto con los libros y la cultura en general o quien no ha conseguido que la escuela supiera esa carencia suscitándole ese interés, difícilmente considerará que un libro es un producto digno de su atención.

Claro que el libro tiene que concurrir con la variadísima oferta de contenidos digitales gratuitos que cualquiera puede encontrar en la red, y a eso no estaba acostumbrado. Antes era el rey de un ecosistema con escasa competencia, y ahora es solamente un monarca destronado que no encuentra acomodo. A veces recurre a la pataleta y dice que son los piratas quienes le han desbancado, quienes le roban lo poco que tenía, pero no debemos tomárselo en cuenta. Lo cierto es, solamente, que la revolución digital ha descentrado al libro y ya no volverá a ocupar esa posición central en la vida cultural. A los editores (también a los libreros), este cambio les pilló a contrapie: sabían quién era Gutenberg, hijo de orfebres que utilizaron una prensa de vino para imprimir de manera seriada libros hechos con tipos forjados en plomo, pero no imaginaban que las revoluciones tecnológicas pudieran afectarles en la misma medida que  la imprenta lo hiciera con otros gremios en su momento. Han pasado ya más de dos décadas desde que los primeros soportes digitales aparecieron en el mercado, pero todavía hay muchos que no terminan de encontrar su lugar bajo este nuevo sol digital. Toda la cadena de valor industrial tradicional debe redefinirse y sus agentes resituarse, en un ejercicio tan complejo como doloroso y necesario.

Es verdad que el modelo de negocio digital, al menos de momento, no ha sido capaz de sustituir, en facturación, al del libro en papel tradicional. Apenas representa un porcentaje de una cifra en la facturación global. Deberíamos saber, sin embargo, echando la vista atrás, que es posible prever la dirección del cambio e invertir en consecuencia, tanto en recursos como en formación.  Ni siquiera quienes decidan seguir haciendo solamente libros en papel están eximidos de entender que pueden mejorar la gestión de sus catálogos usando conscientemente herramientas digitales, redefiniendo sus flujos de trabajo bajo esa premisa, sirviendo a sus usuarios mediante el uso adecuado de la tecnología.

Esa tormenta perfecta en ámbito editorial de la que tanto se habla, compuesta por los tres sumandos anteriores (caída de la demanda y desinterés por los libros; desplazamiento del libro dentro del ecosistema de la información y transformación digital; redefinición de la industria y su cadena de valor), no se puede acometer individualmente. Tan sólo una estrategia coordinada, global y consciente de los retos a los que se enfrenta puede tener unos mínimos visos de éxito. Utilizar chivos expiatorios oportunos que nos sirvan para explicar por qué estamos tan mal como estamos (dos empiezan por A y otro por G), puede ser una estrategia comprensible, un puro reflejo de la desesperación, pero en todo caso absolutamente insuficiente. O parte de los colectivos profesionales y de las administraciones públicas, o no tenemos nada más que discutir.

El hecho, como ya he comentado en otras ocasiones, que el PLAN ESTRATÉGICO GENERAL 2012-2015 de la Secretaría de Estado de Cultura, por ejemplo, no aluda por ninguna parte al libro o la industria editorial (más allá de mencionar la necesidad de evaluar mejor los criterios para la concesión de subvenciones), no parece que induzca espontáneamente al optimismo.

Durante estos días se celebra en Madrid la Feria del libro profesional, LIBER, y son tantos los asuntos de primera magnitud que me parecen dignos de discusión que nunca termino de encontrar en su programación un foro de discusión global digno de tal nombre. Quizás sean ínfulas y manías mías.

Quizás es que, como he podido leer esta mañana, “no es necesario ir al LIBER para conocer qué pasa en la industria editorial” (aunque quizás querían decir otra cosa).

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Los libros secuestrados

Liber está a la vuelta de la esquina; también Frankfurt y, poco después, Guadalajara, lugares concebidos, cómo no, para la compra y venta de derechos, para el fichaje de autores y títulos, para la transacción de vanidades también. Mientras me preparo para acudir a la primera de ellas, leo: “en lugar de promocionar libros que exigen una lectura profunda, la industria editorial de nuestro tiempo crea objetos unidimensionales, libros superficiales que no dan a los lectores la posibilidad de explorarlos a fondo”.

Hay que tener una sensibilidad muy encallecida o un criterio muy embotado para no estar de acuerdo, en el fondo, con Alberto Manguel. En su último y más que recomendable libro, La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias, tras reflexionar sobre el papel de la literatura y del lenguaje frente a la cerrazón y clausura inherente al discurso político, arremete contra todos los eslabones que componen, todavía hoy, la anquilosada cadena de valor del libro. Y hay para todos. Para empezar, la propia materia prima subvertida de la buena literatura, el lenguaje: “[...] la lengua literaria (ambigua, abierta, compleja, capaz de un infinito enriquecimiento) puede ser suplantada por la lengua de la publicidad (breve, categórica, imperiosa, definitiva), de forma que, finalmente, lo que se ofrece son respuestas en vez de preguntas y la gratificación instantánea y superficial sustituye a la dificultad y la profundidad”. Reinvindicar la complejidad del discurso y el tiempo necesario para desentrañarlo, no es, desde luego, nadar a favor de la corriente.

La esencia y naturaleza industrial misma de la cadena de valor del libro no añade ya hoy nada, sustancialmente, a lo que deberíamos esperar de un libro: “el modelo económico aplicado desde la Revolución Industrial a la mayoría de las tecnologías y a la mayor parte de las industrias para producir mercancías con el menor coste y el mayor beneficio posibles, alcanzó en el siglo XX a los dominios del libro”, algo que muchos consideran, desde luego, una forma de perversión del esfuerzo necesario para alcanzar la autonomía del campo litearario. “Con el fin de alcanzar ese objetivo”, continúa Manguel, impertérrito, gran parte de la industria editorial, especialmente en el mundo anglosajón, creó equipos de especialistas encargados de decidir qué libros habían de producirse basándose en una previsión supuestamente matemática de qué libros podrían venderse”. La cadena de especialistas que iban armando -que siguen armando- ese objeto al que todavía llamamos libro, fueron construyendo algo que cada vez es menos un producto para lectores especializados como para consumidores indiferenciados. Y lo trágico de todo ello es hasta qué punto la vocación se acaba transformando, inevitablemente, en sumisión, aquello que Ernest Rowohlt señalaba ya en sus memorias: un editor, al final de su vida, no sabe si publica algo porque le gusta o porque puede venderlo. Se convierte, inevitablemente, en un bastardo.

“Ciertamente”, continúa Manguel, poniendo el dedo en la llaga supurante, “muchos de los que llegaron a la edición movidos por el amor a los libros siguen siendo tercamente fieles a su vocación, pero lo hacen a costa de resistir una fuerte presión, especialmente en el seno de los grandes grupos editoriales”, y que tire la primera piedra quien no lo haya sentido así, “que exigen de ellos considerar el libro por encima de todo un objeto vendible”. Los libreros y la gestión de sus espacios, tampoco salen muy bien parados, cómplices de este mercadeo desnaturalizador: “la industria del libro no sólo produce este dogma sino que se asegura también de que se conceda muy poco espacio a todo aquello que se atenga a él. Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea….”. Y, por si quedara todavía títere con cabeza, Manguel reparte lo suyo a los críticos literarios y los suplementos periodísticos: “los suplementos literarios, obligados generalmente por la política del periódico a dirigirse a un público supuestamente poco culto, conceden más y más espacio a esos libros de consumo, creando así la impresión de que son tan valiosos como cualquier clásico y que los lectores no son lo bastante inteligentes como para disfrutar de la buena literatura. Esto último es fundamental: la industria debe inculcarnos la estupidez porque nosotros no nos convertimos en estúpidos de forma natural”.

Como dijo Anthony Burgess, con más razón ahora que se acerca de nuevo el encuentro anual de Liber, “creo que la tradición editorial  [...] necesita en este momento una buena reprimenda”. Quizás podamos dársela en Barcelona y liberar a los libros secuestrados.

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