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Lectura y distribución digital

Roger Chartier ha escrito en reiteradas ocasiones que la lectura del futuro estará condicionada, en buena medida, por la manera en que creemos, distribuyamos y utilicemos los contenidos digitales. Suele hablarse mucho del primer y el tercer de los condicionantes pero bastante menos de los canales a través de los que se distribuirá ese contenido, de la manera, en consecuencia, en que llegará a nuestras pantallas, a los dispositivos a través del que los consumamos. Y, sin embargo, es uno de los elementos decisivos de la transformación del ecosistema editorial. La edición de libros, como sostuvo la responsable de Epub Direct, ha cambiado para siempre (y los hábitos de compra y lectura, en consecuencia).

No suele ser frecuente, entre nosotros, que se organicen encuentros multilaterales, con presencia internacional, donde se compartan con transparencia las experiencias que se están desarrollando, los aciertos y los errores que se estén cometiendo. Esa ha sido la virtud y el acierto de José Manuel Anta, director de FANDE, que la semana pasada convocó en Madrid el 1º Encuentro Europeo de Distribuidoras Digitales, en el que comparecieron profesionales de Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y España. Por el espacio de la FGSR en Madrid pasaron los responsables de Nielsen, ePub Direct, Frankfurt Book Fair, Libreka, Bookwire, Pubbles/Tolino, Editis, Numilog, Edigita, Book Republic, Media Library, etc. En la escuadra nacional jugaron Fande, Libranda, Esdecomic, Tagus y Zonaebooks.

Hablar de un denominador común es complicado, porque cada caso es diferente y seguramente difieran de mis apreciaciones, pero me pareció entrever algún hilo común y compartido que permitía adivinar el futuro de la distribución digital y, por consiguiente (al menos en parte), de la lectura:

  1. La cuota que los ebooks representan en el total de las adquisiciones es creciente e imparable, sobre todo en los mercados anglosajones. El hecho de que existan periodos de cierta latencia o estancamiento como el actual, no entraña que la revolución digital, como tal, se haya detenido o paralizado. Antes al contrario, la progresión es imparable e irreversible;
  2. Los precios de los contenidos digitales son sensiblemente inferiores a los de sus homólogos en papel, y en algunos países admiten, además, variaciones dinámicas;
  3. Los dispositivos de lectura dedicados (e-books) y los tablets comparten ya, casi, la misma cuota de penetración en el mercado y los usuarios los alternan indistintamente;

  1. Los grandes distribuidores digitales incluyen siempre a los canales tradicionales, librerías físicas, entre sus clientes. Los productos digitales también se comercializan y sirven a través de las librerías físicas, sin excepción, al contrario de la presuposición de muchos editores españoles, empeñados en relevar al canal físico tradicional;
  2. La mayoría de ellos, en su relación con las bibliotecas públicas y las modalidades de préstamos que puedan derivarse de esa relación, abogan por construir un marco que respete los derechos de los lectores, siguiendo en esto las directrices de IFLA COPYRIGHT Limitations and Exceptions for Libraries and Archives;
  3. Las ventas en los canales particulares de las editoriales son absolutamente residuales, apenas relevantes, y casi todo se concentra en plataformas donde haya suficiente masa crítica de contenidos de calidad. La apuesta, en consecuencia, no es solamente tecnológica (que también), sino que se centra en la agregación de contenidos legales de calidad y de pago, porque los usuarios prefieren realizar una visita significativa a decenas de consultas sin resultados;
  4. La mayoría de ellos vislumbraban un futuro de convergencia entre grandes plataformas de distribución europeas para hacer frente a los colosos norteamericanos. La suma de los catálogos respectivos no se percibe, como defendieron algunos de los distribuidores italianos, como una amenaza, sino como la oportunidad de generar un entorno rico en contenidos de calidad;
  5. Los distribuidores apuestan, en general, por la interoperabilidad, los formatos abiertos y la ausencia de DRM. Es cierto que la mayoría de ellos -los prestadores de servicios como Bookwire, por ejemplo- se adecúan a la demanda del cliente y del usuario, pero existe la convicción casi unánimemente compartida de que los formatos propietarios, protegidos y no interoperables son propios de grandes operadores que juegan al juego de la integración vertical;
  6. Los contenidos se sirven sobre todo, por tanto, en Epub y PDF, aunque no queden excluídos, claro, MobiPocket e IOS.
  7. Surgen nuevos modelos de negocio que tienden a ocupar todas las facetas del mercado: un solo agente puede ser, como en el caso de BookRepublic, editor, distribuidor, retailer, agente y proveedor de distintos servicios relacionados con el marketing y la comunicación necesarios para la autoedición.

Particular interés tuvo la intervención de Ronald Schild, CEO de Libreka, porque plantea una cuestión de fondo fundamental: ¿queremos que sean las grandes plataformas multinacionales las que acaparen la intermediación y distribución de contenidos digitales entre los editores y los lectores o cabe plantear alternativas que procedan de la propia industria asumiendo de manera independiente el reto de ofrecer una oferta digital de calidad, a precios competitivos y multicanal? Si la respuesta es no, nos valdría con adecuarnos al primero de los gráficos; si la respuesta es sí, vale la pena echar un ojo a la iniciativa del gremio alemán, al grado de consenso que pueden alcanzar empresas que aparcan sus diferencias para buscar, en este terreno, el beneficio común.

La manera en que creamos, distribuimos y usamos los contenidos ha cambiado, sin remisión ni vuelta atrás y -tal como me recordaba un amigo estos días al hilo de la polémica sobre Uber-, será necesario trabajar con y no contra el futuro.

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Deus (digo Google) ex machina

Las primeras veces, hace ya algunos años, que escuché los planes de Google Books o Edition, parecían bastante ensimismados, enclaustrados en la idea propietaria de competir con Apple: lenguajes propietarios, integración vertical de plataformas y dispositivos, computación en la nube, acceso por propiedad, aplicación estricta del DRM propio para impedir la lectura de los contenidos en otros lugares distintos al original. Ya digo, fueron los primeros tanteos, los primeros ensayos y errores mediante los que suele proceder -sabiamente, quizás- Google. Ayer, sin embargo, en el anuncio oficial de Google eBooks Store, sucedió lo que a estas alturas es obvio que, estratégicamente, pasaría: podremos leer cualquier libro, en cualquier formato (sea Epub, Ipad, Android o cualquier otro), servido para cualquier dispositivo, en cualquier lugar con conectividad, con o sin DRM, de acuerdo con el criterio que el editor establezca. Un giro copernicano que apuesta por retar a los modelos cerrados valiéndose, a su vez, de la apabullante fuerza de un buscador que ofrecerá a cualquier usuario multitud de ocurrencias encontradas en las páginas de los libros indexados. El sueño quizás de un Alejandría completa a golpe de un ratón, Google ex Machina, Google surgido de la máquina, la deidad tecnológica o informática que nos ayudará a encontrar cualquier palabra escrita o publicada. ¿Exagero? Sólo el tiempo lo dirá.

Ni el IBookStore de Apple ni tampoco Amazon podrán ofrecer una gran resistencia. Apple, quizás, muera de consunción en su perfecta perfección; Amazon reculó en su momento e incluyó en su dipositivo, el feísimo Kindle, aplicaciones que  permitieran consumir y leer contenidos en formatos alternativos al MobiPocket. Sólo falta saber cuándo aparecerá el dispositivo de lectura propio de Google. Incluso la promesa de emancipación que el formato EPub ofrece a los editores (próximamente en su versión 3.0), ha sido asumida por el gigante maquínico, como una declaración de apertura y no agresión a las comunidades de software libre. En esta batalla por generar la librería más grande del mundo, Google ha demostrado de manera fehaciente que construir colectivamente sobre estándares abiertos es mucho más inteligente que jugar a la perfección y el encerramiento de los formatos propietarios.

A día de hoy la página de Ebook Store no incorpora, dentro del rango de las IPs españolas, los libros que puedan ya consultarse en los Estados Unidos. No faltará mucho para que eso suceda. Mientras tanto, los libreros se golpearán el pecho y se mesarán los cabellos mientras los editores corren a ofrecer sus fondos y las plataformas de distribución digital corren a engalanarse para seducir al gigante informático. Google ex machina.

“Leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”, acaba de decir Vargas Llosa en su discurso del Nobel. Prefiero aferrarme a esa idea como último consuelo…

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Por qué Libranda no funcionará, al menos por ahora (Bonus track)

Sé que me había despedido, pero la cabra tira al monte digital… y además sé que ni siquiera en las calenturas estivales mi improbable legión de lectores me abandona. El asunto de Libranda, a cuyo trapo no quise entrar directamente, al menos no públicamente, es como el de un tábano veraniego molesto y zumbón que todo el mundo trata de quitarse a manotazos pero pocos tratan de comprender. No digo que mi juicio ni mi veredicto sean los últimos, ni siquiera los más versados, pero quizás sí uno de los más sistémicos y comprehensivos. Me explicaré, dando un rodeo analógico y unas pinceladas de design thinking:

imaginemos que quiero comercializar coches que se mueve con biocombustible. Antes de hacerlo, o al mismo tiempo, al menos, me preocuparía por generar una red de abastecimiento capaz de satisfacer la demanda de los nuevo vehículos; me interesaría, también -ya que estaríamos metidos en un negocio verde-, por el ciclo de vida de los materiales que se utilizan en la construcción de los coches que importo, por cumplir con los requisitos de reciclaje de materiales y deshechos que pudieran generar al final de su vida; me importaría también, por último, como mínimo, desarrollar una campaña de comunicación en la que se hablara, sobre todo, de un nuevo modo de vida, de la manera en que un tipo de transporte distinto, que aminora el impacto sobre el medio, puede cambiar nuestra existencia.

Lo mismo pasa, a mi juicio, con los libros: no basta con crear una plataforma de distribución digital de algunos grandes editores (a los que se suman algunos pocos editores). Es necesario, es imperativo, cambiar el ecosistema completo del libro, realizar una verdadera reingeniera de toda su cadena de valor, que conciba la forma en que los libreros deben participar (no, desde luego, la irrisoria que se les asinga ahora, que nadie toma en serio); la manera en que los distribuidores tradicionales necesitan concentrarse y dirimir sus diferencias en una plataforma de distribución digital única (y no los tímidos y descoordinados intentos actuales); el modo en que una gran cantidad de editores agreguen sus contenidos a esa plataforma de gestión digital única, enriqueciendo de manera sistemática los registros de DILVE; los procedimientos mediante los que los lectores puedan disfrutar de los contenidos que adquieran en el soporte que deseen, sin tasa ni limitación (y no, como ahora, que padecen la escasez en las librerías tradicionales y las cortapisas tecnológicas en las librerías digitales); y hablando de soportes, preocuparse de manera sistemática por la certificación de las cadenas de aprovisionamiento de las materias primas propias de la industria del libro, sea el papel, sean circuitos electrónicos (que no es oro casi nada de lo que reluce).

Queda la pincelada del diseño, entendido como ejercicio de reconceptualización sistemática de la experiencia del usuario: ¿alguien se ha preocupado por realizar una mínima etnografía digital que replique las experiencias de los usuarios, la lucha desigual contras las dificultades tecnológicas, la inexplicable preferencia por unos formatos y unos soportes sobre otros (que excluyen a los más extendidos), la aplicación de un sistema de control sobre su distribución que recorta los derechos del lector sobre aquello que ha adquirido?

Todo esto lo han comprendido hace mucho Apple, Google, Telefónica, Vodafone o cualquiera de los muchos agentes que, instaurando modelos de negocio de perfecta integración vertical, consiguen poner de acuerdo a parte de nuestra industria, dejando fuera a mucha otra. En la lógica de la economía digital, sólo la suma transversal de esfuerzos, la agregación masiva y regular de contenidos enriquecidos, el uso de formatos estándares y abiertos, la redefinición de los servicios y, por tanto, de la cadena de valor en su conjunto y del lugar que cada agente debe ocupar en ella, podría llegar a tener éxito frente las iniciativas de las grandes multinacionales ajenas al sector.

Este es el Bonus Track del verano.

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