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Cómo conseguir que un niño no entre jamás en una librería

Hoy que se celebra el #DiaDeLasLibrerias, en que se apela de manera denodada al fomento de la lectura y al papel que las librerías deberían jugar como centros dinamizadores, quizás convenga recordar algunos principios capaces de repeler a cualquier aspirante a lector. Enumero, de memoria, en una mezcla personal, los principios que dos grandes, uno de la sociología y otra de la educación, formularon antes que yo:

  1. Dejen que los niños que provengan de familias culturalmente depauperadas sigan su propia inercia en los colegios;
  2. Cuando no muestren interés alguno por la lectura o por cualquier otro alto valor de la cultura, atribúyanlo a la falta de capacidad o, incluso, a la falta de competencia;
  3. No intenten sugerirles lecturas que puedan resultar significativas para ellos, que puedan hacerles comprender mejor su entorno; aférrense a las lecturas canónicas que el currículum establece;
  4. Mófense de cualquier otra práctica cultural que no sea la lectura, incluyendo los videojuegos, la televisión y los juegos de rol;
  5. Ríanse de la baja calidad literaria de las pseudoliteraturas que algunos de ellos puedan llegar a consumir, sean estas cómics, TBOs o cualquier derivada juvenil;
  6. Compárenlos con generaciones anteriores, habitantes del parnaso literario: si cotejan a su generación con la de ellos, debe parecer que todos leían a Goethe desde la infancia;
  7. Atribuyan la dejadez y la falta de ganas por la lectura a la multiplicidad de distracciones y estímulos de los que un niño goza o a los que estás sometido. No piense jamás que si realmente estuviera atraído por la lectura dejaría todo lo demás;
  8. Culpabilícelos, haga que sientan que arrastrarán un estigma toda su vida por no leer ni parecerse a los grandes lectores que pretenden ser sus prescriptores;
  9. Repita sin titubear, de la manera más punitiva posible: o lees o te quito la televisión, el mando de la XBox o el teléfono móvil. Que sienta que el libro es una herramienta de tortura;
  10. No dedique nunca tiempo a leerle a sus hijos, a sus alumnos, a compartir en voz alta sus emociones;
  11. Alabe sin tasa el espacio de las bibliotecas y las librerías como santuarios de la cultura. Conseguirá, en fin, que jamás se les ocurra poner un pie en ninguna de ellas.

Si nuestra pretensión es que un niño no entre jamás en una librería, como contracampaña sería perfecta. Si, por el contrario, quisiéramos insuflar cierto amor por la lectura y los libros, bastaría con hacer todo lo contrario.

Y mientras tanto, para los interesados, dos recomendaciones para este #DiaDeLasLibrerias: Escuela de fantasia. Reflexiones para profesores, padres y niñosEl amor al arte, de Gianni Rodari y Pierre Bourdieu, respectivamente.

 

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Futuros del libro. 10 años. 1º

Diez años después y cerca de 1000 entradas más tarde, reagrupadas temáticamente, editadas para salvar solamente aquellas que conserven vigencia, empaquetadas electrónicamente para que puedan ser leídas sencillamente en cualquier dispositivo y acompañado de amigos que han diseñado generosamente cubiertas y escrito prólogos, este es el primer título de una colección de 10 que aparecerán en los próximos meses. Todos disponibles gratuitamente mediante retuit o pago social.

1er título

Accede a El futuro de las librerías

 

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Amazon, el demonio y cómo exorcizarlo

Leo en Manifeste pour la librairie et les lecteurs, una obra colectiva recientemente editada en homenaje al 120 aniversario de una de las librerías francesas más representativas y reputadas, la Librería Mollat de Burdeos:”numerosos compañeros y editores temen la concurrencia de Internet y, especialmente, de Amazon. El gigante americano de Seattle, que abrió su sitio francés en el año 2000, es de una inequívoca eficacia gracias a unos algoritmos diseñados para intentar sustituir la ayuda de un librero que aconseje qué libros comprar [...] Internet es un servicio de rescate, un complemento”, que no sustituye a la experiencia cercana de compra en la librería.

Aun cuando me gustaría creer a Denis Mollat, su actual heredero y director, lo cierto es que las informaciones que la prensa francesa revela apuntan en un sentido contrario: en el año 2012 en diario Le Figaro advertía que “Amazon pourrait devenir le premier libraire de France“, esto es, que Amazon estaba a punto de convertirse en el primero librero francés contra toda la prédica generalizada del valor de la excepción cultural.

El el Journal du Net, cuatro años más tarde, para que no quepa duda alguna de la evolución real, se titulaba: “Commnet le géant Amazon écrase l’e-comerce français“, o dicho de otro modo, de qué manera el gigante norteamericano se hace con el pleno control del comercio digital y aboca a los editores a capitular y a los libreros a reinventarse o desaparecer.

Y por si fuera necesario ratificarlo con datos de última hora, Amazon.fr es, a día de hoy, el triunfador en todos los órdenes de la red en Francia de acuerdo con los datos que proporciona Zdnet. A los lectores en particular y a los usuarios en general les da lo mismo, sinceramente, si el gobierno francés desaprueba sus políticas de distribución, si sus trabajadores llaman a la huelga o si, desmintiendo a Denis Mollat, Internet es un mero complemento o un reemplazo artificial de la experiencia local. A los lectores, a los usuarios, les da exactamente lo mismo que se haya tildado incluso a Amazon en Francia como el transunto del diablo o que Vicent Monadé, el Presidente del Centre National du Livre (CNL) haya declarado, dramáticamente, que “defender la librería independiente es más que una opción de la sociedad, es una opción de civilización”, del tipo de sociedad que pretendamos construir.

Quizás los alemanes sean culturalmente más pragmáticos que los franceses, al menos después de Schiller: el pasado 30 de junio se hizo pública una nueva iniciativa cooperativa en el ámbito de las librerías alemanas, una iniciativa que pretende combatir el banal e inútil lamento contra Amazon mediante el desarrollo de una nueva plataforma de contenidos agregados y servicios comparables a los de la multinacional americana: el proyecto, Genialokal, está constituido por la cooperativa eBuch eG, la cooperativa de libreros alemanes independientes, las empresas eBuch GmbH, Co.KG y Libri GmbH, con el apoyo de Tolino como soporte sobre el que distribuir las lecturas electrónicas. Solamente la cooperativa de los libreros independientes, compuesta por unos 600 representantes, venía organizándose desde el año 2014 para plantear una alternativa real a la presencia, también pujante de Amazon, en suelo alemán. En palabras de uno de sus promotores, Norbert Iwersen, un pequeño librero independiente de un pueblo cercano a la raya danesa, “queremos avanzar con los tiempos y ofrecer a nuestros clientes el servicio en línea completa que encontraron en las librerías de Internet”. Apelan, como consta en su logo, a “Hier leben wer, hier kaufen Wir”, aquí vivimos, aquí compramos, unos de los leitmotivs de las campañas que promueven la compra local como vehículo de integración social, pero más allá de eso ofrecen una masa crítica de contenidos acrecentada (6 millones de libros), formatos electrónicos interoperables, audiolibros descargables, sencillez de la experiencia de compra y distribución de libros en papel inmediata, bien al domicilio, bien en el punto de venta elegido.

Para exorcizar los demonios de Amazon hace falta algo más que apelar al miedo o la civilización; hace falta, sobre todo, aliarse y ofrecer una experiencia de compra online al menos equiparable, si no mejorada, a la que proponen sus satánicas majestades.

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Amazon en el altillo

En el último número del suplemento cultural Babelia, Colm Tólbín, el escritor irlandés, recibe en su domicilio a Winston Manrique: “Está su habitación, que da a la calle, con una antigua cama de madera presidida por un mosaico de retratos con sus dioses tutelares: Henry James, James Joyce, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Thomas Mann… Otra puerta conduce a su estudio. Es un refugio de paredes tapizadas de libros en cuyo suelo de madera crecen pilas de obras literarias de donde emerge una mesa desbordada de más libros y papeles”. Una descripción sin duda ideal del refugio del creador.

Lo que seguramente no tuviera en cuenta el entrevistador, quizás se le pasara por alto, es el detalle de la caja que reposa en la cúspide de libros y envalajes dispuestos sobre una repisa, una mesilla o un altillo en la cabecera de la cama del escritor: al lado de las deidades literarias, al mismo nivel, incluso un poco por encima de ellas, una caja de libros de Amazon contempla el templo creativo. Es posible que Tólbín siga rindiendo tributo a ciertas majestades literarias indiscutibles, pero se hace con sus títulos -o con los de otros dioses menores-, en la mayor librería online del mundo, no en librerías de maderas olorosas y personal competente, como Chapters, The Gutter Bookshop o The Winding Stair. Conscientes seguramente de que ese cliente distinguido que antes rondaba por las librerías ya no comparece con la misma asiduidad, las liberías irlandesas han comenzado a cavilar, colectivamente, qué hacer ante esa situación. En How are Irish bookshops coping against Amazon?, el propietario de The Gutter Bookshop, esa librería que Tólbín seguramente ya no visite, declaraba: “Amazon es un gigantesco retailer multinacional y constituye la mayor amenaza para las librerías físicas en Irlanda. También contribuye poco a la economía irlandesa en términos de impuestos y empleo. Como gran multinacional, intenta acaparar tantos clientes como sea posible. Es necesario reestablecer el equilibrio “. Es posible que Bob Johnston, el propietario de la librería y, adicionalmente, Presidente del Gremio de Libreros, no conozca el dormitorio de Tólbín ni sus nuevos hábitos de compra porque su enrocamiento en las certezas tradicionales no le deja ver la luz digital: “hay una gran presión para que las tiendas independientes venden en línea, pero no hay necesidad de competir directamente con Amazon. Mientras que todo el mundo necesita una presencia en línea para animar a los clientes potenciales, las librerías tienen que hacer valer sus puntos fuertes. Nuestras fuerzas están en la recomendación de libros a nuestros clientes y en el servicio personalizado”. Bien. Quizás su antiguo cliente piense de otra manera.

No quiero llevar al extremo algo que bien pudiera ser anecdótico y ocasional, en todo caso real y legítimo, pero la imagen me parece lo suficientemente inquietante como para desencadenar una reflexión colectiva en torno al futuro de la librería tradicional, de su ceguera corporativa. Escruten la fotografía del dormitorio de Tólbín, con una lupa, y vean en el altillo la caja de libros de Amazon, y piensen después de qué manera han cambiado los usos y hábitos de compra y lectura de, incluso, los más exquisitos y excelsos representantes de la cultura.

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Las 400 librerías

La primera noticia que saltó a los medios especializados decía que Amazon pretende, aparentemente, abrir 300 librerías a pie de calle, 300 librerías de ladrillo para complementar la descomunal maquinaria de su plataforma online. Otros medios profesionales, inmediatamente después, se han venido haciendo eco sobre la posible expansión terrenal del gigante digital, y otros han sumado 100 más hasta llegar a las 400.

Hay quien se echa las manos a la cabeza porque Amazon haya tomado esta decisión, pero a mi me parece perfectamente lógica y legítima: apostó por el mercado digital cuando ningún librero ni editor creía en él; generó una plataforma que facilita la búsqueda y adquisición de toda clase de libros, nuevos y descatalogados, gracias a la integración de Abebooks y sus filiales; su sitema de recomendación automatizado y su espacio para los comentarios de los lectores han marcado una tendencia ineludible; su soporte de lectura digital, capaz de encadenar al lector mediante su formato propietario, permite al usuario buscar, elegir, descargar y leer en apenas unos pocos pasos; su agresiva política de precios, además, cuando no trabaja en mercados de precio fijo, daba a los lectores la oportunidad de comprar más por menos; su espacio de autopublicación ha dado visibilidad global a autores desconocidos que ahora pueden aspirar a ser leídos y, lo que resulta todavía más decisivo, su plataforma da cobijo a los editores independientes, que venden ya mucho más que los Big five norteamericanos. El 45% del millón de ebooks diarios que se venden en Amazon son títulos de editores independientes.

Dominado el mercado digital completamente -y un cuarto de la venta online de todos las novedades físicas de trade y dos tercios de todos los trade normales-, desarbolada la competencia -sobre todo la de los libreros renuentes y los editores despistados- cuando no en liquidación o arruinada, quedaba conquistar un espacio físico desguarnecido. Y a eso parece que van a dedicarse ahora.

Este artículo, aunque no lo parezca, no es una loa de Amazon, pero tampoco una diatriba. Si ha conquistado el mercado digital hasta casi el monopolio de hecho, ha sido tanto por sus propios méritos como por los deméritos de los demás. Reconquistar el espacio perdido es apenas una hipótesis, una quimera, pasado ya el tiempo en que una respuesta coordinada, transversal, respaldada por los colectivos profesionales y las administraciones públicas, hubiera podido persuadir al usuario de que existía una verdadera alternativa. Escudarse en que las condiciones laborales que ofrece a sus trabajadores son pésimas o en que apresa a sus lectores en sus formatos propietarios, me suena al argumento de Los 400 golpes, cuando la culpa y el miedo arrastran al protagonista a una proferir una serie de mentiras que poco a poco van calando en su ánimo. De la misma manera, Las 400 librerías redundarán en la culpa, el miedo y la incertidumbre de libreros y editores y, si no cambian mucho las cosas, en su parálisis y desaparición.

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Contra los gigantes

En un reciente artículo así titulado en la prensa alemana, Contra los gigantes, se resaltaba el éxito de la estrategia que los editores y libreros alemanes pusieron en marcha al conjurarse en torno a un dispositivo digital compartido (Tolino), a la agregación de contenidos para incrementar la disponibilidad de títulos, a la apuesta por la interoperabilidad y la desaparición de los DRM estrictos, etc., etc. Algo de todo eso deberíamos aprender si pretendemos que las mera eclosión puntual de nuevas librerías sea algo más que flor de un día.

La afirmación inicial es, no obstante, relativamente engañosa: los grupos que inicialmente impulsaron este acuerdo, con la intención de contrarrestar fundamentadamente el empuje de las grandes iniciativas multinacionales, no eran tampoco pequeños editores o libreros independientes: a la cabeza estaban el grupo WeltBild, Hugendubel, Thalia y el gigantesco y tentacular grupo Bertelsmann. Es cierto que a ese grupo de pioneros se han ido sumando otros miembros relevantes, como puede ser el caso de la cadena de librerías Osiander en el sur de Alemania o de Mayersche en Nordrhein-Westfalen, porque subyace la convicción de que solamente mediante la cooperación y la neutralidad cabe plantar cara a la tormenta digital: de acuerdo con las últimas cifras proporcionadas por la empresa especializada de estudios de mercado GfK, la cuota de mercado de Amazon en Alemania ha descendido por primera vez a causa de la extensión de Tolino, del millón de libros disponibles en formatos estándares, y de la tecnología que garantiza y asegura la interoperabilidad. A día de hoy, la cuota de mercado de Tolino y su red asociada de distribución es del 40%; la de Amazon del 47%.

Si la cuota del Tagus en España sigue siendo irrelevante, no es porque el dispositivo sea mejor o peor, sino porque la estrategia global de su puesta en marcha y funcionamiento fue asumida por un sólo grupo, porque seguramente aquí hicimos todo lo contrario de lo que el Director de la Börsenverein aconseja: “Tiene que aumentar la comprensión de que, sobre todo en los negocios digitales, solamente las solcuiones grandes y colectivas llegan a su objetivo”. La puesta en marcha de una estrategia multicanal respaldada por todos los agentes implicados, es una apuesta por el futuro colectivo del sector.

De acuerdo con las últimas cifras proporcionadas en el verano pasado por el gremio de editores, la cuota de mercado había ascendido aun 4,3%, las ventas habían alcanzado los 24,8 millones de ejemplares, y el precio medio había caído a los 7,8 €. El gremio, como en otros lugares, se ha quejado de la posición monopolística que pueden llegar a alcanzar los gigantes, pero no se limita a comportarse como un enano quejoso, sino que desarrolla una estrategia colectiva al servicio de los intereses de los lectores y de los agentes de la cadena del libro.

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La piel digital de la librería

No es previsible que quien haya experimentado con el comercio electrónico y haya realizado una compra cómodamente desde su dispositivo móvil vaya a renunciar fácilmente a proseguir e incluso aumentar su dedicación digital. 5 mil millones de dispositivos conectados ya a la red no se pueden equivocar.

En las alturas los gigantes disputan la última de las grandes batallas y el más grande de ellos reconoce que el futuro será de aquel que sepa ofrecer a sus clientes, en el ámbito de lo digital, una experiencia de compra satisfactoria. Mientras tanto, el pequeño comercio -la librería- se aferra a algunos argumentos insuficientes, prácticamente inservibles, para perpetuar su opción exclusivamente analógica, disgregada y escasamente colaborativa: el formento de la compra local, el valor cultural de su oferta, el trato cercano y personalizado. Y no es que estos últimos argumentos sean falsos en sí mismos, sino que no pueden plantearse como una alternativa exclusivista enfrentada a los retos que plantea el ámbito de lo digital.

En Alemania acaban de poner en marcha lo que algunos de nosotros hace tanto tiempo pensábamos que debería ser una de laa más plausibles alternativas a la rigurosa concentración vertical de las grandes plataformas: el portal Koliro.de  facilita que cualquier usuario realice su compra online y decida a continuación a qué librería local debe adjudicarse la transacción, una suerte por tanto de plataforma centralizada que no solamente muestra en qué librería pueden encontrarse los libros que uno quiera adquirir sino que permite realizar la compra y recibirla a domicilio. Un acuerdo nacional con una de las grandes distribuidoras alemanas, Koch, Neff und Volckmar (KNV), garantiza que los envíos se realizarán con la misma puntualidad y celeridad que su amenazante contraparte multinacional. También, claro, pueden realizarse compras de contenidos digitales para descargarlos de manera inmediata en formato estándar (EPub 3.0) y con simples marcas de agua como DRM.

Es cierto que este fenómeno no es nuevo en Alemania y que Libreka ya representaba en buena medida esa posibilidad de compra online: Libreka es hoy directamente gestionada por Buchhandel, la asociación de los libreros alemanes, y su lema reza de la siguiente manera: “Compre los libros en su librería local. 3 millones de títulos. 900 librerías. Un portal”. Y por si quedara alguna duda de espíritu cooperativo en tiempos de necesaria colaboración, se definen así mismos como Das gemeinsame Portal des deutschsprachigen Buchhandels, el portal común de las librerías alemanas, y su publicidad se subraya con una campaña que dice: Global Klicken. Lokal kaufen, hacer click global, comprar local.

La estrategia parece evidente: solamente la agregación o integración de las pequeñas librerías en una única plataforma en la que el usuario pueda encontrar una masa crítica de contenidos variada y de calidad, en un entorno sencillo de utilizar sin los engorros y dificultades que habitualmente interponen muchas plataformas, valiéndose del apalancamiento que el precio fijo proporciona, garante de la interoperabilidad, puede afianzar la pervivencia de un entorno librero diezmado y en franco peligro de desaparición. Acatar las reglas de un juego que dan al usuario la potestad de repartir los márgenes de la compra realizada al librero que elija, de manera que el beneficio de la agregración revierta en el pequeño comercio. Lo digital al servicio de la supervivencia de lo analógico, la piel digital que la librería necesita para perdurar en esa función cultural que tantos deseamos que preserve y potencie.

Muchos otros servicios de naturaleza digital pueden reforzar y enriquecer la vida del entorno analógico: la suma de las fuerzas de algunas empresas de producción (que bien podrían haber estado lideradas por los libreros), han dado como resultado la formación de Bibliomanager, que persigue hacer realidad lo que hace tiempo que la impresión digital promete: un patrimonio bibliográfico siempre accesible a disposición de cualquier lector en formato analógico.

Entre nosotros se han dado pasos, qué duda cabe, en el sentido acertado: Todostuslibros.com podría y debería ser ese espacio, por ahora incomprensiblemente desgajado de su complementario Todostusebooks.com y ajeno a la posibilidad de compra, que compitiera por un lugar bajo el sol de las plataformas preferidas de los compradores de libros y servicios asociados. O las pequeñas y medianas librerías se integran de manera que su oferta editorial disuada a los potenciales lectores de adquirir el mismo contenido en otras plataformas, haciéndolo con la misma o mayor facilidad y pertinencia, renunciando al eventual beneficio individual en beneficio del colectivo librero, o mucho me temo que nos rasgaremos las vestiduras y nos arrancaremos los cabellos cuando ya sea demasiado tarde.

Poner una piel digital a las librerías, en fin.

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¿Por qué ya no robamos libros?

Recuerdo que en La vida exagerada de Martín Romaña, Martín, trasunto del propio Bryce Echenique y protagonista de la novela, robaba con delectación e idolatría en las librerías del Barrio Latino, en aquellos años 60 de expatriación de los jóvenes latinoamericanos, tan intelectualmente hambrientos como económicamente menesterosos, que luego se convertirían en señas de identidad de la creación literaria en sus respectivos países. Por esa misma época -según me recordaba Manuel Ortuño hace un par de días mostrándome la cuarta de cubierta de la edición ampliada de las Memorias de un librero de Héctor Yánover- Masperó parece que tuvo que colgar un letrero en la entrada de su librería que rezaba: “La derecha nos quiere suprimir: si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colaboren con el enemigo”. Tan codiciados eran los libros, tal el volumen de ejemplares robados, tal la bulimia lectora, que una de las librerías de referencia de la capital francesa -que acabaría cerrando- tuvo que advertir a sus ladrones-lectores, que el hurto voraz y repetido que practicaban podía llevarle a la ruina.

¿Por qué hemos dejado de hacerlo? ¿Por qué, aunque dejáramos hoy una librería abierta de par en par, nadie se molestaría en distraer su contenido? ¿Por qué ya no robamos libros o por qué no tenemos ni siquiera la tentación de hacerlo? ¿Por qué -al menos en buena parte de los países occidentales donde el libro ocupó el lugar central del ecosistema cultural- ha perdido el libro ese valor de referencia cultural que lo convertía en un bien de primera necesidad por el que se estaba dispuesto a sufrir las consecuencias legales del hurto? ¿Cuándo dejó el libro de ocupar ese lugar preferencial? ¿Cuándo quedó postergado a la periferia del campo cultural? ¿Cuándo dejó por tanto de ejercer esa atracción sobre cualquiera que quisiera alcanzar cierto saber, conocimiento y erudicción? ¿Cuándo dejó de ser una pieza clave de toda educación intelectual para ser sustituido por otras fuentes, múltiples, de naturaleza digital? ¿Es malo que eso suceda, en cualquier caso? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

Otro puñado de preguntas, ahondando en esta misma paradoja que encadena libros, lectura y librerías: ¿por qué en alguno de los municipios que rodean Madrid -Pozuelo de Alarcón, Majadahonda, Las Rozas- que son, al mismo tiempo, los más ricos en renta per capita y en capital educativo de los allí empadronados, no hay (casi) ni una sola librería que merezca ese nombre? ¿En qué momento aquellos que disponen de la renta suficiente y del capital cultural necesario apartaron los libros de su horizonte de realización cultural? ¿Por qué abundan otra clase de comercios, incluso con cierto aire artesanal e independiente, pero apenas encontramos un puñado irregularmente surtido de papelerías-libererías? ¿Satisfacen esos comercios mixtos y devaluados las necesidades menguadas de lectura de los más (supuestamente) ricos en capital cultural? ¿No será que ya no perciben el libro como ese objeto que aportaba a la vez valor, lustre y conocimiento? ¿No será que no se trata de una cuestión de disponibilidad de la renta como de una pérdida irreversible de valor referencial del libro? ¿Es eso intrínsecamente malo? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

[Fuente: https://antinomiaslibro.wordpress.com/2014/12/11/forever-fil/]

Otro racimo de preguntas, esta vez trasladándome de continente: ¿por qué ante la puerta de la FIL de Guadalajara se forman todos los años colas con centenares de adolescentes que pugnan por acceder a un recinto atestado de libros (solamente libros)? Aunque su vista fuera fruto de una clara prescripción escolar: ¿por qué permanecen en el recinto durante horas, por qué buscan con ahinco la firma de los autores, por qué preguntan reiteradamente por determinadas referencias? ¿Qué hace que en América Latina el libro siga siendo percibido como refugio de un valor que asegura cierto progreso pesonal, social y profesional? ¿Por qué sige percibiéndose en América Latina que el libro es un valor en el que vale la pena invertir (tiempo, atención y dinero)? ¿Cómo es posible, sin embargo, que las librerías, si contáramos su número per capita, en países como México, no alcancen más que el 0,000006% (y eso contando con que estuvieran homogéneamente distribuidas por el territorio)? ¿Hay algún Estado latinoamericano que esté en condiciones de hacer el esfuerzo simultáneo de atender a esa demanda todavía pujante y latente sobre el libro con políticas de promoción de la librería? ¿No sería más cabal, rápido, racional y barato -y sé que tiro piedras contra algunos tejados- seguir el consejo de la UNESCO cuando sugiere, en su Reading in the mobile era, que conviene saltarse etapas en los países en desarrollo para pasar al desarrollo y gestión de plataformas digitales de préstamo, venta y distribución, habida cuenta de la penetración de los dispositivos móviles entre la población?

No me cabe la menor duda que antes de poder responder a cualquier reto es necesario disponer de buenas preguntas.

Ofrezco este manojo más o menos depurado a un amigo que se va -Enrique Richter- y a otro que llega -Javier López Yáñez-.

¿Por qué ya no robamos libros? ¿Por qué ya no entramos en las librerías?

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La gran transformación de las librerías

Dentro de la inmensidad de foros y eventos para profesionales que desarrolla la FIL tuvimos el placer y el privilegio de compartir Manuel Gil y yo una conferencia sobre la situación de la librería. Se trataba del Foro para Libreros de la FIL y la titulamos: La librería como red social sin algoritmos: políticas públicas de apoyo.

La tesis principal de la exposición era la de señalar la situación de deterioro generalizado en que se encuentran las librerías en el mundo, por lo que compartimos los datos de situación de las librerías en Europa (y específicamente de España), y las políticas públicas de apoyo que se están poniendo en marcha en sus respectivos ámbitos.

El diagnóstico del que partíamos se basaba en la consideración de que mucho antes de que estallara la crisis que ha asolado el mundo del libro en España ya existían indicadores negativos de la situación que permitían prever cómo la cadena de valor predigital, la cadena de valor analógica tradicional, comenzaba a desintegrarse.

La idea de desarrollar políticas públicas de apoyo a la librería (mediante el desarrollo de sellos de calidad, beneficios fiscales y apoyo financiero directo, además de la defensa contra las iniciativas multinacionales que amenazan con convertirse en monopolios de hecho), parte de la convicción de la necesidad de garantizar el acceso a los lectores a la enorme riqueza bibliográfica de nuestro país, de preservar la diversidad de la oferta cultural mediante el mantenimiento de una red que la comercialice y distribuya, de avanzar en un rediseño y reingeniería de estos espacios para encontrar nuevos mix, nuevos modelos de negocio que permitan reflotarlas, adaptarlas a una nueva cadena de valor en la que tienen que encontrar su sitio y su función.

Una idea que propusimos fue la de poner en marcha un Pacto Nacional por el Libro que incluya no sólo a los agentes de la cadena de valor, sino también a lectores y bibliotecarios, todo ello auspiciado por unas administraciones públicas sensibles con el devenir de una industria en serias dificultades en el momento actual, y con unas expectativas sombrías de futuro.

Compartimos aquí la presentación para todos nuestros lectores interesados en el tema. A buen seguro entendemos posible abrir un debate y una reflexión colectiva sobre el asunto. Consideramos que promover una cierta complicidad con la situación de las librerías y los libreros forma parte de una actitud de renovación y de protección del sector, algo que está entre las preocupaciones más acuciantes del Cerlalc por impulsar políticas públicas de apoyo a la librería en Iberoamérica, algunas de cuyas líneas ya están definidas en la Nueva agenda del Libro y la Lectura y que serán desarrolladas en un plan específico en los próximos meses.

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¡Reinventemos la librería!

Que la librería es uno de los eslabones de la cadena de valor tradicional del libro abocada a la transformación o a la desaparición, es ya una obviedad. Si los soportes mutan y con ellos sus prácticas asociadas, los lugares donde se vendían esas mercancías carecerán, simplemente, de sentido, a no ser que reconceptualicen su razón de ser en un ecosistema (el digital) que no las echará de menos si dejan de existir. Si no se trata ya, simplemente, de vender -eso lo hacen tan bien o mejor los entornos web donde se proporcionan servicios, precios y contenidos que conocen las preferencias y gustos de sus clientes-, se tratará de cualificar la venta, de proporcionar alguna clase de valor añadido que justifique la visita a la librería, el sobreprecio y el desplazamiento. Eso es lo que han discutido esta semana los libreros británicos en la Independent Booksellers Week, y las conclusiones, no por obvias, son menos concluyentes y perentorias: las librerías independientes necesitan ofrecer más, como refleja la conclusión del periodista cultural de la BBC. Si los libros son artefactos sencillamente digitalizables y, por tanto, fácilmente distribuibles y comercializables a través de la web, deberá existir una poderosa razón que impulse a los lectores a abandonar su cómoda butaca, a gastar más de lo que tienen y dejarse convencer por el librero. Más aún: si buscamos el reemplazo de los lectores ya convencidos, nuevas clientelas, ese espacio de la libería deberá reconvertirse radicalmente.

Ese es el ejercicio y el reto que Rosanna de Lisle, una periodista de The Economist, planteó a cuatro estudios de arquitectos hace unas semanas: de qué manera reconfigurar los espacios tradicionales de la librería para generar una experiencia de compra distintiva, una experiencia más allá de la mera adquisición del volumen en papel. Los resultados saltan a la vista: espacios diáfanos donde se integran actividades complementarias, de ocio y de cultura, en los que pueden consultarse, conectarse y comprarse contenidos multiformato, donde la cantidad de los libros en papel es sustituida por la calidad y la selección cuidadosa, donde se dispone de tecnología digital suficiente para satisfacer la demanda de libros agotados o descatalogados (POD), donde los atributos visuales y sensoriales refuerzan la sensación de una experiencia que la web no puede proporcionar.

En The Book Plus Business Plan (B+Bp), un artículo que apareció en el número 14 de la excelente revista Texturas hace ahora tres años, escribí (y lo sigo manteniendo):

Ya están aquí. Todas. Es cierto que ya estaban antes, porque la virtualidad es lo que tiene, que no hace falta que estén físicamente aquí para estar presentes, pero esa aparente distancia digital, algo inverosímil, ejercía como de colchón amortiguador, de dique contenedor, por mucho que todos supiéramos que los bramidos acabarían traspasando la enclenque estructura del bastidor y que las olas nos anegarían por mucho que superpusiéramos sacos terreros. Ahora ya están aquí: Amazon, IBookStore, Google eBooks Store. Ahora no cabe mirar hacia otro lado ni tan siquiera echar mano del manido e inútil recurso de la filosofía retrospectiva: tendríamos que haber…, quizás hubiéramos debido…, de haberlo sabido antes… La realidad es ahora incontrovertible y las librerías tradicionales, predigitales y retrógradas en el uso de las tecnologías, por no hablar de los añejos distribuidores, amenazan con convertirse en especies en acelerada e irreversible extinción. La cuestión, en cualquier caso, no es la filosofía evocadora sino la acción inmediata: ¿qué hacer para que un tejido de librerías independientes que muchos consideramos indispensable pueda sobrevivir y aún sobrepujar a la oferta de los grandes intermediarios digitales, ninguno con verdadera vocación librera? Debo decir, en todo caso, que lo que acabo de enunciar no es sino una pregunta retórica formulada por alguien al que le gusta los libros y los compra a mansalva pero, ¿diría o pensaría lo mismo un comprador ocasional de libros de entretenimiento o, aún, un lector regular que vive, pongamos, en la provincia de Segovia con escaso acceso a los puntos de venta tradicionales o, por qué no, un comprador y lector compulsivo que por su misma bulimia no encuentra lo que desea en la librería tradicional? Quizás debiéramos comenzar entonces limando presuposiciones y lugares comunes: las grandes librerías virtuales ofrecen un catálogo amplísimo de títulos, más que el de cualquier librería tradicional; proporcionan métodos de búsqueda más precisos y pertinentes (buscadores, sí, pero también sistemas de etiquetado de los contenidos, metadatos asociados a nuestros hábitos de búsqueda y de compra); permite intercambiar puntos de vista y comentarios sobre las lecturas compartidas, generando un red de etiquetado social que agrega valor a los puros metadatos; identifica, de acuerdo con ese algoritmo de búsqueda y de compra repetida, los gustos posibles del lector y hace sugerencias acertadas en consecuencia; paquetiza las ofertas sumando el libro buscado a otros títulos que fueron supuestamente leídos por personas que comparten los mismos gustos; realiza descuentos por esas compras agregadas, sumando el libro que nos interesa a aquellos otros que supone que nos importa y nos quiere vender (nos anuncia, de paso, que el precio no es intocable y que pocos que no sean libreros o editores comprenden que este tipo de mercancía esté sujeto a restricciones legales); admite que hojeemos virtualmente parte del contenido del libro que nos interesa, en un remedo cada vez más perfeccionado de la experiencia lectora habitual; permite seleccionar los métodos de envío, envolverlos en papel de regalo si es necesario… En fin, que las librerías virtuales son imbatibles, para qué negarlo, y que si algunos de nosotros pensamos que las librerías tradicionales siguen manteniendo algo de valor, haríamos bien en pensar cuál es, porque sus funciones tradicionales no sólo han sido usurpadas sino, sobre todo, mejoradas, optmizadas.

Dejo en suspense la resolución al enigma planteado, pero el arreglo, al menos parte de él, parece obvio: es necesario reinventar la librería, con apoyo estatal y/o autonómico, eso es cierto, pero desde la premisa que los primeros que deben repensar su lugar en la cadena de valor digital son los propios libreros, sin falsas soluciones ni mesar de cabellos ni eventuales apagones de Internet, que eso no funciona, sino desde el coraje de afrontar una situación irreversible.

Reinventemos la librería.

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