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Amazon, el demonio y cómo exorcizarlo

Leo en Manifeste pour la librairie et les lecteurs, una obra colectiva recientemente editada en homenaje al 120 aniversario de una de las librerías francesas más representativas y reputadas, la Librería Mollat de Burdeos:”numerosos compañeros y editores temen la concurrencia de Internet y, especialmente, de Amazon. El gigante americano de Seattle, que abrió su sitio francés en el año 2000, es de una inequívoca eficacia gracias a unos algoritmos diseñados para intentar sustituir la ayuda de un librero que aconseje qué libros comprar [...] Internet es un servicio de rescate, un complemento”, que no sustituye a la experiencia cercana de compra en la librería.

Aun cuando me gustaría creer a Denis Mollat, su actual heredero y director, lo cierto es que las informaciones que la prensa francesa revela apuntan en un sentido contrario: en el año 2012 en diario Le Figaro advertía que “Amazon pourrait devenir le premier libraire de France“, esto es, que Amazon estaba a punto de convertirse en el primero librero francés contra toda la prédica generalizada del valor de la excepción cultural.

El el Journal du Net, cuatro años más tarde, para que no quepa duda alguna de la evolución real, se titulaba: “Commnet le géant Amazon écrase l’e-comerce français“, o dicho de otro modo, de qué manera el gigante norteamericano se hace con el pleno control del comercio digital y aboca a los editores a capitular y a los libreros a reinventarse o desaparecer.

Y por si fuera necesario ratificarlo con datos de última hora, Amazon.fr es, a día de hoy, el triunfador en todos los órdenes de la red en Francia de acuerdo con los datos que proporciona Zdnet. A los lectores en particular y a los usuarios en general les da lo mismo, sinceramente, si el gobierno francés desaprueba sus políticas de distribución, si sus trabajadores llaman a la huelga o si, desmintiendo a Denis Mollat, Internet es un mero complemento o un reemplazo artificial de la experiencia local. A los lectores, a los usuarios, les da exactamente lo mismo que se haya tildado incluso a Amazon en Francia como el transunto del diablo o que Vicent Monadé, el Presidente del Centre National du Livre (CNL) haya declarado, dramáticamente, que “defender la librería independiente es más que una opción de la sociedad, es una opción de civilización”, del tipo de sociedad que pretendamos construir.

Quizás los alemanes sean culturalmente más pragmáticos que los franceses, al menos después de Schiller: el pasado 30 de junio se hizo pública una nueva iniciativa cooperativa en el ámbito de las librerías alemanas, una iniciativa que pretende combatir el banal e inútil lamento contra Amazon mediante el desarrollo de una nueva plataforma de contenidos agregados y servicios comparables a los de la multinacional americana: el proyecto, Genialokal, está constituido por la cooperativa eBuch eG, la cooperativa de libreros alemanes independientes, las empresas eBuch GmbH, Co.KG y Libri GmbH, con el apoyo de Tolino como soporte sobre el que distribuir las lecturas electrónicas. Solamente la cooperativa de los libreros independientes, compuesta por unos 600 representantes, venía organizándose desde el año 2014 para plantear una alternativa real a la presencia, también pujante de Amazon, en suelo alemán. En palabras de uno de sus promotores, Norbert Iwersen, un pequeño librero independiente de un pueblo cercano a la raya danesa, “queremos avanzar con los tiempos y ofrecer a nuestros clientes el servicio en línea completa que encontraron en las librerías de Internet”. Apelan, como consta en su logo, a “Hier leben wer, hier kaufen Wir”, aquí vivimos, aquí compramos, unos de los leitmotivs de las campañas que promueven la compra local como vehículo de integración social, pero más allá de eso ofrecen una masa crítica de contenidos acrecentada (6 millones de libros), formatos electrónicos interoperables, audiolibros descargables, sencillez de la experiencia de compra y distribución de libros en papel inmediata, bien al domicilio, bien en el punto de venta elegido.

Para exorcizar los demonios de Amazon hace falta algo más que apelar al miedo o la civilización; hace falta, sobre todo, aliarse y ofrecer una experiencia de compra online al menos equiparable, si no mejorada, a la que proponen sus satánicas majestades.

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La piel digital de la librería

No es previsible que quien haya experimentado con el comercio electrónico y haya realizado una compra cómodamente desde su dispositivo móvil vaya a renunciar fácilmente a proseguir e incluso aumentar su dedicación digital. 5 mil millones de dispositivos conectados ya a la red no se pueden equivocar.

En las alturas los gigantes disputan la última de las grandes batallas y el más grande de ellos reconoce que el futuro será de aquel que sepa ofrecer a sus clientes, en el ámbito de lo digital, una experiencia de compra satisfactoria. Mientras tanto, el pequeño comercio -la librería- se aferra a algunos argumentos insuficientes, prácticamente inservibles, para perpetuar su opción exclusivamente analógica, disgregada y escasamente colaborativa: el formento de la compra local, el valor cultural de su oferta, el trato cercano y personalizado. Y no es que estos últimos argumentos sean falsos en sí mismos, sino que no pueden plantearse como una alternativa exclusivista enfrentada a los retos que plantea el ámbito de lo digital.

En Alemania acaban de poner en marcha lo que algunos de nosotros hace tanto tiempo pensábamos que debería ser una de laa más plausibles alternativas a la rigurosa concentración vertical de las grandes plataformas: el portal Koliro.de  facilita que cualquier usuario realice su compra online y decida a continuación a qué librería local debe adjudicarse la transacción, una suerte por tanto de plataforma centralizada que no solamente muestra en qué librería pueden encontrarse los libros que uno quiera adquirir sino que permite realizar la compra y recibirla a domicilio. Un acuerdo nacional con una de las grandes distribuidoras alemanas, Koch, Neff und Volckmar (KNV), garantiza que los envíos se realizarán con la misma puntualidad y celeridad que su amenazante contraparte multinacional. También, claro, pueden realizarse compras de contenidos digitales para descargarlos de manera inmediata en formato estándar (EPub 3.0) y con simples marcas de agua como DRM.

Es cierto que este fenómeno no es nuevo en Alemania y que Libreka ya representaba en buena medida esa posibilidad de compra online: Libreka es hoy directamente gestionada por Buchhandel, la asociación de los libreros alemanes, y su lema reza de la siguiente manera: “Compre los libros en su librería local. 3 millones de títulos. 900 librerías. Un portal”. Y por si quedara alguna duda de espíritu cooperativo en tiempos de necesaria colaboración, se definen así mismos como Das gemeinsame Portal des deutschsprachigen Buchhandels, el portal común de las librerías alemanas, y su publicidad se subraya con una campaña que dice: Global Klicken. Lokal kaufen, hacer click global, comprar local.

La estrategia parece evidente: solamente la agregación o integración de las pequeñas librerías en una única plataforma en la que el usuario pueda encontrar una masa crítica de contenidos variada y de calidad, en un entorno sencillo de utilizar sin los engorros y dificultades que habitualmente interponen muchas plataformas, valiéndose del apalancamiento que el precio fijo proporciona, garante de la interoperabilidad, puede afianzar la pervivencia de un entorno librero diezmado y en franco peligro de desaparición. Acatar las reglas de un juego que dan al usuario la potestad de repartir los márgenes de la compra realizada al librero que elija, de manera que el beneficio de la agregración revierta en el pequeño comercio. Lo digital al servicio de la supervivencia de lo analógico, la piel digital que la librería necesita para perdurar en esa función cultural que tantos deseamos que preserve y potencie.

Muchos otros servicios de naturaleza digital pueden reforzar y enriquecer la vida del entorno analógico: la suma de las fuerzas de algunas empresas de producción (que bien podrían haber estado lideradas por los libreros), han dado como resultado la formación de Bibliomanager, que persigue hacer realidad lo que hace tiempo que la impresión digital promete: un patrimonio bibliográfico siempre accesible a disposición de cualquier lector en formato analógico.

Entre nosotros se han dado pasos, qué duda cabe, en el sentido acertado: Todostuslibros.com podría y debería ser ese espacio, por ahora incomprensiblemente desgajado de su complementario Todostusebooks.com y ajeno a la posibilidad de compra, que compitiera por un lugar bajo el sol de las plataformas preferidas de los compradores de libros y servicios asociados. O las pequeñas y medianas librerías se integran de manera que su oferta editorial disuada a los potenciales lectores de adquirir el mismo contenido en otras plataformas, haciéndolo con la misma o mayor facilidad y pertinencia, renunciando al eventual beneficio individual en beneficio del colectivo librero, o mucho me temo que nos rasgaremos las vestiduras y nos arrancaremos los cabellos cuando ya sea demasiado tarde.

Poner una piel digital a las librerías, en fin.

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¿Por qué ya no robamos libros?

Recuerdo que en La vida exagerada de Martín Romaña, Martín, trasunto del propio Bryce Echenique y protagonista de la novela, robaba con delectación e idolatría en las librerías del Barrio Latino, en aquellos años 60 de expatriación de los jóvenes latinoamericanos, tan intelectualmente hambrientos como económicamente menesterosos, que luego se convertirían en señas de identidad de la creación literaria en sus respectivos países. Por esa misma época -según me recordaba Manuel Ortuño hace un par de días mostrándome la cuarta de cubierta de la edición ampliada de las Memorias de un librero de Héctor Yánover- Masperó parece que tuvo que colgar un letrero en la entrada de su librería que rezaba: “La derecha nos quiere suprimir: si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colaboren con el enemigo”. Tan codiciados eran los libros, tal el volumen de ejemplares robados, tal la bulimia lectora, que una de las librerías de referencia de la capital francesa -que acabaría cerrando- tuvo que advertir a sus ladrones-lectores, que el hurto voraz y repetido que practicaban podía llevarle a la ruina.

¿Por qué hemos dejado de hacerlo? ¿Por qué, aunque dejáramos hoy una librería abierta de par en par, nadie se molestaría en distraer su contenido? ¿Por qué ya no robamos libros o por qué no tenemos ni siquiera la tentación de hacerlo? ¿Por qué -al menos en buena parte de los países occidentales donde el libro ocupó el lugar central del ecosistema cultural- ha perdido el libro ese valor de referencia cultural que lo convertía en un bien de primera necesidad por el que se estaba dispuesto a sufrir las consecuencias legales del hurto? ¿Cuándo dejó el libro de ocupar ese lugar preferencial? ¿Cuándo quedó postergado a la periferia del campo cultural? ¿Cuándo dejó por tanto de ejercer esa atracción sobre cualquiera que quisiera alcanzar cierto saber, conocimiento y erudicción? ¿Cuándo dejó de ser una pieza clave de toda educación intelectual para ser sustituido por otras fuentes, múltiples, de naturaleza digital? ¿Es malo que eso suceda, en cualquier caso? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

Otro puñado de preguntas, ahondando en esta misma paradoja que encadena libros, lectura y librerías: ¿por qué en alguno de los municipios que rodean Madrid -Pozuelo de Alarcón, Majadahonda, Las Rozas- que son, al mismo tiempo, los más ricos en renta per capita y en capital educativo de los allí empadronados, no hay (casi) ni una sola librería que merezca ese nombre? ¿En qué momento aquellos que disponen de la renta suficiente y del capital cultural necesario apartaron los libros de su horizonte de realización cultural? ¿Por qué abundan otra clase de comercios, incluso con cierto aire artesanal e independiente, pero apenas encontramos un puñado irregularmente surtido de papelerías-libererías? ¿Satisfacen esos comercios mixtos y devaluados las necesidades menguadas de lectura de los más (supuestamente) ricos en capital cultural? ¿No será que ya no perciben el libro como ese objeto que aportaba a la vez valor, lustre y conocimiento? ¿No será que no se trata de una cuestión de disponibilidad de la renta como de una pérdida irreversible de valor referencial del libro? ¿Es eso intrínsecamente malo? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

[Fuente: https://antinomiaslibro.wordpress.com/2014/12/11/forever-fil/]

Otro racimo de preguntas, esta vez trasladándome de continente: ¿por qué ante la puerta de la FIL de Guadalajara se forman todos los años colas con centenares de adolescentes que pugnan por acceder a un recinto atestado de libros (solamente libros)? Aunque su vista fuera fruto de una clara prescripción escolar: ¿por qué permanecen en el recinto durante horas, por qué buscan con ahinco la firma de los autores, por qué preguntan reiteradamente por determinadas referencias? ¿Qué hace que en América Latina el libro siga siendo percibido como refugio de un valor que asegura cierto progreso pesonal, social y profesional? ¿Por qué sige percibiéndose en América Latina que el libro es un valor en el que vale la pena invertir (tiempo, atención y dinero)? ¿Cómo es posible, sin embargo, que las librerías, si contáramos su número per capita, en países como México, no alcancen más que el 0,000006% (y eso contando con que estuvieran homogéneamente distribuidas por el territorio)? ¿Hay algún Estado latinoamericano que esté en condiciones de hacer el esfuerzo simultáneo de atender a esa demanda todavía pujante y latente sobre el libro con políticas de promoción de la librería? ¿No sería más cabal, rápido, racional y barato -y sé que tiro piedras contra algunos tejados- seguir el consejo de la UNESCO cuando sugiere, en su Reading in the mobile era, que conviene saltarse etapas en los países en desarrollo para pasar al desarrollo y gestión de plataformas digitales de préstamo, venta y distribución, habida cuenta de la penetración de los dispositivos móviles entre la población?

No me cabe la menor duda que antes de poder responder a cualquier reto es necesario disponer de buenas preguntas.

Ofrezco este manojo más o menos depurado a un amigo que se va -Enrique Richter- y a otro que llega -Javier López Yáñez-.

¿Por qué ya no robamos libros? ¿Por qué ya no entramos en las librerías?

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Re(d)flexiones veraniegas en torno al mercado digital del libro

En el año 2003 varios economistas del MIT, entre ellos Erik Brynjolfsson, autor de Rage against the machine y The second machine age, escribieron un artículo, Consumer Surplus in the Digital Economy: Estimating the Value of Increased Product Variety at Online Booksellers, que dejaba establecido de una vez para siempre el efecto que la acumulación de masa crítica de contenidos de relevancia y de servicios asociados en un sitio web tendría para los usuarios, o dicho de otra manera, la enorme ventaja competitiva que representaba en Internet generar espacios con una oferta suficientemente variada y cuantiosa soportada por un conjunto de servicios ventajosos. “Las librerías de Internet”, sostenían los autores, “disponen de un inventario virtual potencialmente ilimitado gracias a sus servicios de almacenamiento centralizados y aus acuerdos de distribución. Gracias a ello, pueden ofrecer acceso, de manera más fácil y conveniente que las librerías tradicionales, a una gran selección de productos”, algo que, obviamente, decantaría las búsquedas y las transacciones hacia los sitios que fueran capaces de congregar esa oferta acumulada. De hecho, aunque durante mucho tiempo se supuso que la especialización de algunas pequeñas librerías online podría contrarrestar, de alguna manera, ese efecto de progresiva concentración, la realidad es tozuda y se opone a la conjetura inicial: “aunque alguno de esos productos”, dicen los autores, “pudieran estar disponibles en tiendas especializadas o pudieran ser encargados en librerías físicas, los costes de búsqueda y transacción para localizar esos comercios especializados o para emplazar esos pedidos, son prohibitivos para la mayoría de los consumidores”.

La espiral de la concentración -librerías virtuales que agregan cada vez más contenidos de muy diversos sellos, que añaden la posibilidad de la autoedición, que ofrecen descuentos y servicios ventajosos para los consumidores, que se convierten en un escaparate al que nadie puede renunciar porque la visibilidad que proporciona en Internte resulta indispensable para sobrevivir- lleva, como resulta obvio en todo proceso de centralización, a que se acaben imponiendo condiciones comerciales en buena medida inasumibles para los sellos que desean utilizar ese canal virtual y a que se produzca un efecto del que nadie se atrevía a hablar pero que todo el mundo (sentía) y conocía. Lo describe muy bien el mismo Erik Brynjolfsson en su último libro, The second machine age:

Los mercados de las superestrellas (y de la larga cola) se describen mejor mediante la Ley Potencial o curva de Pareto, en el que un número muy pequeño de personas obtiene una cantidad desproporcionada de las ventas. Esto se caracteriza, normalmente, mediante la fórmula del 80/20, donde un 20% de los participantes obtienen el 80% de las ganancias, pero puede llegar a darse una situación todavía más extrema. Por ejemplo, en una investigación [conducida por el propio Erik, contenida en el artículo mencionado al inicio] encontramos que las ventas de libros en Amazon podían caracterizarse mediante una distribución basada en la Ley Potencial.

El problema, por tanto, es que “cuanto más digital es un mercado, la economía del ganador-se-lleva-todo (winner-take-all economics), es cada vez más irresistible”. O dicho en términos de la economía clásica: la evolución hacia el oligopolio es casi inevitable en Internet, a no ser que…

A no ser que alguien repare en que existe un principio o casi ley concomitante que puede contener la tendencia a la concentración y sus devastadores efectos: la del “efecto red“, la de que una plataforma o un recurso digital incrementa su valor y su utilidad, exponencialmente, en la medida en que se agregan nuevos agentes que la utilicen o, dicho de otra manera, que el valor de un recurso para cada uno de sus usuarios se incrementa con cada usuario adicional. Lo digo más fácil: vale la pena colaborar, o como podía leerse esta misma mañana en The Guardian, A single publisher going it alone won’t counter the might of Amazon. Mantener la ilusión -como tantos editores, libreros y distribuidores siguen haciendo- de que desarrollando un sitio web propio podrán lidiar con la dinámica de la web, es una mera falacia sin fundamento.  “La mayoría de las falacias económicas”, decía Milton Friedman, economista poco sospechoso de no profesar una firme creencia en el libre mercado, “deriva de la tendencia a asumir de que solamente existe un pedazo de pastel único, que unos no pueden ganar más que a costa de los demás”.

No creo que a mi, a nuestra vuelta en septiembre, las cosas hayan cambiado demasiado. En todo caso, la pujante e insoslayable ley del winner-take-all economics, acabará devastando el sector editorial, demasiado ensimismado en intentar devorar su pedazo de tarta.

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La avidez de Amazon

En alemán Gnadenlos significa despiadado, implacable, insensible. Hace una semana, el semanario alemán Der Spiegel, publicaba un artículo a propósito de la presencia de Amazon en Alemania y relataba, en otras sabrosas interioridades, que el dominio gnadenlos.com redirigía, directamente, a la página de Amazon, en un claro ejercicio de filiación e identificación de la empresa con un determinado tipo de valores. Y digo que eso fue hace una semana y yo pude comprobar, personalmente, desde una ID alemana que, efectivamente, esa redirección se producía. Hoy, algunos días después, supongo que movidos por el escándalo que el reconocimiento de esa insensibilidad supone, el dominio está a la venta. En todo caso, tal como conté en Las librerías en el mundo, los reportajes televisivos que las cadenas nacionales alemanas emitieron (sobre todo el de ARD, Ausgeliefert! Leiharbeiter bei Amazon) en febrero de 2013, pusieron de manifiesto que las condiciones laborales en las que los trabajadores despachaban los pedidos electrónicos, se acercaban más a los estándares asiáticos que a los europeos. El libro de Jean-Baptiste Malet, En los dominios de Amazon, publicado por Trama, no vino sino a corroborar lo que ya sospechábamos, primero, y sabíamos, después.

Cierto es que para el usuario, para el cliente de Amazon, tanto los precios como los servicios que ofrece carecen casi de parangón (dicho sea de paso, los supuestos escándalos laborales abanicados por los medios de comunicación no han hecho sino aumentar su facturación las pasadas navidades). Su éxito radica, precisamente, en tomarse en serio esa máxima clásica del márketing tradicional que decía que el cliente era el rey, que aquel que demanda un producto o un servicio es el que abona nuestros salarios, en definitiva, y así debe ser correspondientemente atendido. Para alcanzar ese grado de prestancia, Amazon desarrolló varios mecanismos que luego han sido copiados o remedados por otros agentes de la red: algoritmos precisos de recomendación; generación de foros de comentarios (más o menos manipulados, más o menos lícitos) entre lectores; adquisición de redes sociales de lectura; un proceso de compra claro y sencillo, que ha llegado a patentar el procedimiento de compra mediante un solo Click; facilidad en la subida de contenidos y conversión de formatos; creación de una plataforma de autopublicación y autoedición para los aspirantes a la desintermediación; creación, sobre todo, de una cadena de integración vertical cómoda para el usuario y demoledora para la industria (una plataforma rica y variada en contenidos, un formato propietario y un dispositivo de lectura propio que no es mejor ni peor que los demás, pero que proporciona acceso a esa ingente cantidad de contenidos digitalizados). Además de eso, como no podría ser de otra manera, la magnitud de la empresa ha permitido a Amazon, progresivamente, imponer unas condiciones en precios y descuentos a proveedores y empresas que le han permitido abaratar sus mercancias hasta arrasar con cualquier forma de competencia (el famoso dumping en forma de precio para los libros electrónicos de 9,99 $, por ejemplo), abocándoles a una paradoja irresolube (prescindir del canal de Amazon y condenarse a la invisiblidad o aceptar las condiciones del gigante entrando en pérdidas y perdiendo los canales tradicionales de venta).

 

Manuel Gil y yo escribimos en El paradigma digital y sostenible del libro, en el año 2011, que los agujeros negros no tiene la culpa de comportarse como tales, absorbiendo toda la energía y la masa que encuentran a su alrededor. La culpa, en todo caso, es de quienes se acercan al agujero negro y de quienes no han ideado galaxias alternativas. Yo soy de los que ni siquiera piensa que Amazon esté incurriendo en ninguna forma de ilegalidad por tributar en paraísos fiscales, como Luxemburgo, porque la responsabilidad, una vez más, no es de quien se aprovecha de esa prerrogativa fiscal, sino de quienes no han querido o no han sabido ponerle coto mediante una armonización fiscal a escala europea. Tampoco creo, al contrario que Jean Baptiste Malet, que Amazon sea una amenaza para la sociedad democrática, porque desarmar las cadenas de valor tradicionales mediante las potencialidades que la red ofrece (incluida la del libro), es un ejercicio no solamente lícito, sino irreversible. Y si nuestra conciencia como consumidores no nos lleva a preferir a los proveedores locales mediante un acto de compra justa y responsable (como pretende el movimiento de Buy local, promovido por los libreros alemanes), no podremos achacar tampoco a Amazon que los pedidos sigan amontonándose en su carrito de la compra.

Plantear una alternativa a este modelo multinacional, naturalmente agresivo, ávido y despiadado, no creo -en contra de lo que la Ministra de Cultura francesa, Aurélie Filippetti ha venido declarando -tanto en Le Figaro como en Le Monde- que deba basarse en una táctica de denuncia al supuesto malhechor (como hacen reiteradamente quienes no saben cómo proceder); debería basarse, más bien -en contra de la desconfianza de aquellos que creen que las iniciativas gremiales o institucionales están de más-, en una respuesta unificada de los gremios afectados mediante la creación de plataformas agrupadas propias y en la generación de una conciencia de compra responsable mediante la difusión de campañas al público lector.

Todo lo demás, mucho me temo, no será más que contribuir a que la avidez por conquistar nuevos sectores siga alimentado la expansión de ese agujero negro que es Amazon.

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Librerías y entorno digital

En este nuevo número de Texturas -esa revista indispensable para todos los que quieran reflexionar con cierto sosiego y media distancia sobre el devenir de los distintos avatares y manifestaciones de la cultura escrita y sus aledaños-, se trata de un asunto inflamable y altamente explosivo: en qué lugar -literalmente- quedan las librerías tradicionales en un ecosistema de hábitos de consumo y lectura en el que acabarán predominando, irremisiblemente, las librerías virtuales, con Amazon, IBookStore y Google a la cabeza. ¿Queda, si quiera, sitio en ese abarrotado espacio de oferta editorial sobreabundante? ¿Cabe que los libreros, especie casi siempre adormecida y sesteante, puedan o quieran estar a la altura de los tiempos que les ha tocado vivir y responder en el mismo orden de magnitud en el que han sido retados y desbancados por agentes por completo externos al campo editorial?

Casi todos los cambios y revoluciones vienen propiciados por bárbaros que no conocen ni respetan las reglas que tradicional y maquinalmente se seguían sin preguntar. Cuando Amazon llama a la puerta de DILVE y, como corresponde y no podría ser de otra manera, se lleva empaquetados los registros XML de gran parte de la oferta editorial viva del sector, los libreros deberían haberse congregado urgentemente para contrarrestar lo que se les avecina utilizando los mismos recursos y herramientas, pero la semana pasada no vi ninguna turba de libreros recorriendo la Gran Vía, así que me temo que por esa parte no llegamos a ningún sitio.

Es posible, por eso, que esa batalla esté en gran medida perdida -por desidia, por desconocimiento, por temor, por comodidad, por incapacidad de entender que la cultura digital es forzosamente abierta y colaborativa, por imposibilidad de comprender que existen más que nunca multitud de temas en común con el resto de los gremios que forman parte de la pretérita cadena de valor del libro – y que el plan de negocio en el que los libreros tengan que pensar para tener la más mínima posibilidad de ocupar un lugar bajo el nuevo y radiante sol digital pasen por recuperar algunas de las propiedades más físicas y comunitarias de las librerias -esos espacios donde una comunidad de personas con intereses afines comparten una pasión y dialogan sobre ella-, incoporando, además, técnicas de gestión digital.

Mi modesta propuesta -con rima en consonante- se titula The Book Plus Business Plan (B+Bp), un plan de negocio alternativo que incluyendo los libros vaya más allá de los libros, y como castellano hay que utilizar una paráfrasis he usado el inglés que es más conciso y le da una tonalidad de revista de negocios seria y solvente. Un fragmento del diagnóstico inicial que se encuentra en ese texto dice: “las librerías virtuales son imbatibles, para qué negarlo, y que si algunos de nosotros pensamos que las librerías tradicionales siguen manteniendo algo de valor, haríamos bien en pensar cuál es, porque sus funciones tradicionales no sólo han sido usurpadas sino, sobre todo, mejoradas, optimizadas. Las librerías virtuales exorcizan todos los reproches que se le puedan hacer, incluso los de aquellos que pretenden demonizarlas porque, con su fortaleza y capacidad de acaparamiento, vendan los espacios de mayor visibilidad al mejor postor (como hacen, por otra parte, las librerías de ladrillo y mortero), rebajen los precios (¡qué pecado poner al alcance de la mano, a importes más asequibles, las lecturas que todos proclamamos necesarias y aún imprescindibles), desmoronen el mercado tradicional… y además, casi lo olvido, sirven libros en cualquier soporte y en cualquier formato… Despidámonos”.

Como dice el maestro Manuel Gil en su entrada en Antinomias del libro, corran a comprar este número, a suscribirse, a sostener uno de los pocos foros de reflexión serios que nos quedan sobre el libro… o ya vendrán otros a decirnos lo que tenemos que hacer.

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Las barbas de tu vecino

Quizás debiéramos comenzar hoy limando presuposiciones y lugares comunes: las grandes librerías virtuales ofrecen un catálogo amplísimo de títulos, más que el de cualquier librería tradicional; proporcionan métodos de búsqueda más precisos y pertinentes (buscadores, sí, pero también sistemas de etiquetado de los contenidos, metadatos asociados a nuestros hábitos de búsqueda y de compra); permite intercambiar puntos de vista y comentarios sobre las lecturas compartidas, generando un red de etiquetado social que agrega valor a los puros metadatos; identifica, de acuerdo con ese algoritmo de búsqueda y de compra repetida, los gustos posibles del lector y hace sugerencias acertadas en consecuencia; paquetiza las ofertas sumando el libro buscado a otros títulos que fueron supuestamente leídos por personas que comparten los mismos gustos; realiza descuentos por esas compras agregadas, sumando el libro que nos interesa a aquellos otros que supone que nos importa y nos quiere vender (nos anuncia, de paso, que el precio no es intocable y que pocos que no sean libreros o editores comprenden que este tipo de mercancía esté sujeto a restricciones legales); admite que hojeemos virtualmente parte del contenido del libro que nos interesa, en un remedo cada vez más perfeccionado de la experiencia lectora habitual; permite seleccionar los métodos de envío, envolverlos en papel de regalo si es necesario… En fin, que las librerías virtuales son imbatibles, para qué negarlo, y que si algunos de nosotros pensamos que las librerías tradicionales siguen manteniendo algo de valor, haríamos bien en pensar cuál es, porque sus funciones tradicionales no sólo han sido usurpadas sino, sobre todo, mejoradas, optmizadas. Las librerías virtuales exorcizan todos los reproches que se le puedan hacer, incluso los de aquellos que pretenden demonizarlas porque, con su fortaleza y capacidad de acaparamiento, vendan los espacios de mayor visibilidad al mejor postor (como hacen, por otra parte, las librerías de ladrillo y mortero), rebajen los precios (¡qué pecado poner al alance de la mano, a importes más asequibles, las lecturas que todos proclamamos necesarias y aún imprescindibles), desmoronen el mercado tradicional… y además, casi lo olvido, sirven libros en cualquier soporte y en cualquier formato… Despidámonos…

¿A qué viene todo esto?, se preguntarán mis más antentos y entregados lectores: pues a que Amazon España llegará para la primavera y a que muy orgullosos y pimpantes, se anuncia hoy en las noticias de DILVE que “la Federación de Gremios de Editores de España y Amazon han firmado un acuerdo para la integración de los metadatos procedentes de DILVE en los sistemas de información de Amazon”, cosa extraordinaria como apuntaba al comienzo de la entrada de hoy, porque estos chicos, que son la mar de listos, saben que en el nuevo entorno virtual explotar los datos y los metadatos adecuadamente -expresados en XML y formato ONIX- es parte de la piedra filosofal. Lo curioso no es que ellos lo hayan solicitado antes de llegar y estén preparados para que cualquier libro cuyos datos hayan sido subidos a DILVE por un editor español, esté inmediatamente disponible y descargable en Amazon, no. Lo chocante, por no decir estrambótico, es que ni los libreros, ni los distribuidores ni los editores hayan conseguido ponerse de acuerdo para hacer lo mismo. O que ni siquiera lo hayan pensado. O que cuando lo han medio pensado la cosa se haya quedado en una plataforma -Libranda- que no prospera.

La cadena Borders, mientras tanto, quiebra y cierra una tras otra la cadena de sus librerías de ladrillo y cemento; y en Canadá la especie mastodóntica de los distribuidores, al menos sus más grandes ejemplares, ocupan ya las vitrinas de los géneros desaparecidos y disecados. ¿Cómo era eso de las barbas de tu vecino y las librerías virtuales?

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Deus (digo Google) ex machina

Las primeras veces, hace ya algunos años, que escuché los planes de Google Books o Edition, parecían bastante ensimismados, enclaustrados en la idea propietaria de competir con Apple: lenguajes propietarios, integración vertical de plataformas y dispositivos, computación en la nube, acceso por propiedad, aplicación estricta del DRM propio para impedir la lectura de los contenidos en otros lugares distintos al original. Ya digo, fueron los primeros tanteos, los primeros ensayos y errores mediante los que suele proceder -sabiamente, quizás- Google. Ayer, sin embargo, en el anuncio oficial de Google eBooks Store, sucedió lo que a estas alturas es obvio que, estratégicamente, pasaría: podremos leer cualquier libro, en cualquier formato (sea Epub, Ipad, Android o cualquier otro), servido para cualquier dispositivo, en cualquier lugar con conectividad, con o sin DRM, de acuerdo con el criterio que el editor establezca. Un giro copernicano que apuesta por retar a los modelos cerrados valiéndose, a su vez, de la apabullante fuerza de un buscador que ofrecerá a cualquier usuario multitud de ocurrencias encontradas en las páginas de los libros indexados. El sueño quizás de un Alejandría completa a golpe de un ratón, Google ex Machina, Google surgido de la máquina, la deidad tecnológica o informática que nos ayudará a encontrar cualquier palabra escrita o publicada. ¿Exagero? Sólo el tiempo lo dirá.

Ni el IBookStore de Apple ni tampoco Amazon podrán ofrecer una gran resistencia. Apple, quizás, muera de consunción en su perfecta perfección; Amazon reculó en su momento e incluyó en su dipositivo, el feísimo Kindle, aplicaciones que  permitieran consumir y leer contenidos en formatos alternativos al MobiPocket. Sólo falta saber cuándo aparecerá el dispositivo de lectura propio de Google. Incluso la promesa de emancipación que el formato EPub ofrece a los editores (próximamente en su versión 3.0), ha sido asumida por el gigante maquínico, como una declaración de apertura y no agresión a las comunidades de software libre. En esta batalla por generar la librería más grande del mundo, Google ha demostrado de manera fehaciente que construir colectivamente sobre estándares abiertos es mucho más inteligente que jugar a la perfección y el encerramiento de los formatos propietarios.

A día de hoy la página de Ebook Store no incorpora, dentro del rango de las IPs españolas, los libros que puedan ya consultarse en los Estados Unidos. No faltará mucho para que eso suceda. Mientras tanto, los libreros se golpearán el pecho y se mesarán los cabellos mientras los editores corren a ofrecer sus fondos y las plataformas de distribución digital corren a engalanarse para seducir al gigante informático. Google ex machina.

“Leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”, acaba de decir Vargas Llosa en su discurso del Nobel. Prefiero aferrarme a esa idea como último consuelo…

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La unión (digital) hace la fuerza

En la próxima Feria del Libro de Madrid -con un adelanto previo esta misma semana, en pase privado, para los miembros de CEGAL- se presentará la plataforma de distribución digital de tres grandes grupos editoriales. El proyecto se basa en la convicción de que la unión de los grandes, la suma de sus catálogos, su poder de atracción, sumará una cantidad de oferta digitalmente atractiva suficiente para augurar su éxito. Esto mismo es, seguramente, lo que pensaron hace algún tiempo nuestros vecinos franceses. El tiempo y la experiencia, sin embargo, les han hecho cambiar de opinión: en “Les trois plateformes de livres numériques proposent un catalogue commun” podemos comprobar, precisamente, cómo la lógica de la economía digital premia dos cosas aparentemente distintas: la agregación, la construcción de ventanas únicas sindicadas, la suma de catálogos de grandes, medianos y pequeños, el uso de estándares abiertos y lenguajes de intercambio de información; o, en el extremo contrario, el uso inteligente de las tecnologías de la comunicación y la relación social para construir pequeñas comunidades de afinidad temática, en el extremo inferior de la larga cola, que justifiquen el trabajo de un pequeño sello editorial.

La lógica de la economía digital, sin embargo, no recompensa la mera masa muscular incrementada fruto de la suma de los grandes. Al contrario, tal como demuestra el giro estratégico de nuestros vecinos galos hacia la creación de puntos únicos de acceso. Entre nosotros los ejemplos de gestión colectiva inteligente son escasos: el Kiosko digital de ARCE o Biblioandalucia son dos de ellos.

El entendimiento adecuado, también, de los modelos de negocio de la web y de las modalidades de distribución y lectura de los contenidos electrónicos tiene que ir -al menos, así lo pienso y considero yo-, hacia aplicaciones que nos aseguren la perdurabilidad de los contenidos que adquirimos, la intercambiabilida de los soportes en los que leemos, la propiedad cierta sobre lo que compramos y la posibilidad derivada de hacerlo circular y prestarlo, la lectura legible y gustosa de los textos que descargamos. La intrincada selva de las Apps de lectura es objeto de un artículo en el New York Times titulado “E-reader applications for today, and beyond“, que invita a los lectores a ser lentos y cautos en la instalación de aplicaciones para la lectura en sus dispositivos digitales y, en consecuencia, en la adquisición de contenidos y la compra de soportes. Si hubieran apostado, quizás, por lenguajes abiertos, intercambiables y perdurables, para evitar precisamente la volubilidad de las tecnologías y los dispositivos, quizás otro gallo digital les cantara.

La unión (digital), libre, consentida, abierta y colaborativa, hace la fuerza.

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