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¡Reinventemos la librería!

Que la librería es uno de los eslabones de la cadena de valor tradicional del libro abocada a la transformación o a la desaparición, es ya una obviedad. Si los soportes mutan y con ellos sus prácticas asociadas, los lugares donde se vendían esas mercancías carecerán, simplemente, de sentido, a no ser que reconceptualicen su razón de ser en un ecosistema (el digital) que no las echará de menos si dejan de existir. Si no se trata ya, simplemente, de vender -eso lo hacen tan bien o mejor los entornos web donde se proporcionan servicios, precios y contenidos que conocen las preferencias y gustos de sus clientes-, se tratará de cualificar la venta, de proporcionar alguna clase de valor añadido que justifique la visita a la librería, el sobreprecio y el desplazamiento. Eso es lo que han discutido esta semana los libreros británicos en la Independent Booksellers Week, y las conclusiones, no por obvias, son menos concluyentes y perentorias: las librerías independientes necesitan ofrecer más, como refleja la conclusión del periodista cultural de la BBC. Si los libros son artefactos sencillamente digitalizables y, por tanto, fácilmente distribuibles y comercializables a través de la web, deberá existir una poderosa razón que impulse a los lectores a abandonar su cómoda butaca, a gastar más de lo que tienen y dejarse convencer por el librero. Más aún: si buscamos el reemplazo de los lectores ya convencidos, nuevas clientelas, ese espacio de la libería deberá reconvertirse radicalmente.

Ese es el ejercicio y el reto que Rosanna de Lisle, una periodista de The Economist, planteó a cuatro estudios de arquitectos hace unas semanas: de qué manera reconfigurar los espacios tradicionales de la librería para generar una experiencia de compra distintiva, una experiencia más allá de la mera adquisición del volumen en papel. Los resultados saltan a la vista: espacios diáfanos donde se integran actividades complementarias, de ocio y de cultura, en los que pueden consultarse, conectarse y comprarse contenidos multiformato, donde la cantidad de los libros en papel es sustituida por la calidad y la selección cuidadosa, donde se dispone de tecnología digital suficiente para satisfacer la demanda de libros agotados o descatalogados (POD), donde los atributos visuales y sensoriales refuerzan la sensación de una experiencia que la web no puede proporcionar.

En The Book Plus Business Plan (B+Bp), un artículo que apareció en el número 14 de la excelente revista Texturas hace ahora tres años, escribí (y lo sigo manteniendo):

Ya están aquí. Todas. Es cierto que ya estaban antes, porque la virtualidad es lo que tiene, que no hace falta que estén físicamente aquí para estar presentes, pero esa aparente distancia digital, algo inverosímil, ejercía como de colchón amortiguador, de dique contenedor, por mucho que todos supiéramos que los bramidos acabarían traspasando la enclenque estructura del bastidor y que las olas nos anegarían por mucho que superpusiéramos sacos terreros. Ahora ya están aquí: Amazon, IBookStore, Google eBooks Store. Ahora no cabe mirar hacia otro lado ni tan siquiera echar mano del manido e inútil recurso de la filosofía retrospectiva: tendríamos que haber…, quizás hubiéramos debido…, de haberlo sabido antes… La realidad es ahora incontrovertible y las librerías tradicionales, predigitales y retrógradas en el uso de las tecnologías, por no hablar de los añejos distribuidores, amenazan con convertirse en especies en acelerada e irreversible extinción. La cuestión, en cualquier caso, no es la filosofía evocadora sino la acción inmediata: ¿qué hacer para que un tejido de librerías independientes que muchos consideramos indispensable pueda sobrevivir y aún sobrepujar a la oferta de los grandes intermediarios digitales, ninguno con verdadera vocación librera? Debo decir, en todo caso, que lo que acabo de enunciar no es sino una pregunta retórica formulada por alguien al que le gusta los libros y los compra a mansalva pero, ¿diría o pensaría lo mismo un comprador ocasional de libros de entretenimiento o, aún, un lector regular que vive, pongamos, en la provincia de Segovia con escaso acceso a los puntos de venta tradicionales o, por qué no, un comprador y lector compulsivo que por su misma bulimia no encuentra lo que desea en la librería tradicional? Quizás debiéramos comenzar entonces limando presuposiciones y lugares comunes: las grandes librerías virtuales ofrecen un catálogo amplísimo de títulos, más que el de cualquier librería tradicional; proporcionan métodos de búsqueda más precisos y pertinentes (buscadores, sí, pero también sistemas de etiquetado de los contenidos, metadatos asociados a nuestros hábitos de búsqueda y de compra); permite intercambiar puntos de vista y comentarios sobre las lecturas compartidas, generando un red de etiquetado social que agrega valor a los puros metadatos; identifica, de acuerdo con ese algoritmo de búsqueda y de compra repetida, los gustos posibles del lector y hace sugerencias acertadas en consecuencia; paquetiza las ofertas sumando el libro buscado a otros títulos que fueron supuestamente leídos por personas que comparten los mismos gustos; realiza descuentos por esas compras agregadas, sumando el libro que nos interesa a aquellos otros que supone que nos importa y nos quiere vender (nos anuncia, de paso, que el precio no es intocable y que pocos que no sean libreros o editores comprenden que este tipo de mercancía esté sujeto a restricciones legales); admite que hojeemos virtualmente parte del contenido del libro que nos interesa, en un remedo cada vez más perfeccionado de la experiencia lectora habitual; permite seleccionar los métodos de envío, envolverlos en papel de regalo si es necesario… En fin, que las librerías virtuales son imbatibles, para qué negarlo, y que si algunos de nosotros pensamos que las librerías tradicionales siguen manteniendo algo de valor, haríamos bien en pensar cuál es, porque sus funciones tradicionales no sólo han sido usurpadas sino, sobre todo, mejoradas, optmizadas.

Dejo en suspense la resolución al enigma planteado, pero el arreglo, al menos parte de él, parece obvio: es necesario reinventar la librería, con apoyo estatal y/o autonómico, eso es cierto, pero desde la premisa que los primeros que deben repensar su lugar en la cadena de valor digital son los propios libreros, sin falsas soluciones ni mesar de cabellos ni eventuales apagones de Internet, que eso no funciona, sino desde el coraje de afrontar una situación irreversible.

Reinventemos la librería.

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La importancia del tamaño

Cabe la posibilidad de que uno sea la librería Tropismes de Bruselas, la Livraria Lello de Oporto o la Selexyz Dominicanen de Maastricht, para no preocuparse demasiado por el sino de los tiempos y esperar a que los lectores acudan en procesión y recogimiento a esos espacios singulares donde los libros son eternos. Puede que uno regente la editorial Serpent’s Tail, Actes Sud o Wagenbach y que la consistencia y prestigio del nombre del sello les permita congregar a un grupo siempre fiel de lectores regulares. Muchos otros -sin mirar a nadie y sin pretensión de ofender-, no son así, necesitan de coaliciones o asociaciones que les doten de la fortaleza que, aisladamente, no conseguirían alcanzar.

Ser independiente es apostar por la calidad sin concesiones del contenido que se produce, edita, distribuye y vende, y no hace falta reiterar, una vez más, que la calidad y la cantidad no siempre son conviven armónicamente. En tiempos, cuando se generó el campo editorial y adquirió progresiva independencia, la complicidad estructural entre escritores, creadores, editores y libreros era el cimiento básico sobre el que cabía la posibilidad de que lo escrito por un creador ensoberbecido en su tarea (Flaubert), pudiera editarlo y venderlo a través de canales igualmente comprometidos con la libertad y la autonomía creativas. Muchos sabían, entonces y ahora, que el peligro residía en permitir que el dinero influera excesivamente en ese precario equilibrio que tanto esfuerzo había costato alcanzar: “No hay oso blanco encaramado en su témpano del polo que viva más olvidado que yo en la tierra”, escribía Flaubert a su esquiva Colet, dándole a enteder los rigores que el creador aislado padecía.

Hoy se celebra en Zaragoza el encuentro Otras miradas, encuentro de Editores y Libreros independientes Latinoamericanos, bajo el auspicio de Paco Goyanes, el librero más inquieto de este lado del Ebro. Su propósito, presumo, es intentar restaurar y reconstruir las maltrechas complicidades y connivencias en las que se encuentra la relación entre editores y libreros independientes, unos y otros desorientados en un ecosistemas nuevo dentro del que no acaban de encontrar su lugar, rotos los lazos, cada vez más laxos, que alguna vez les unieron. Y tiene todo el sentido que esta alianza orgánica se restituya, analógica y digitalmente: en presencia de una oferta digital masiva, como la que nos propondrán los tres gigantes digitales -Amazon, Google y Apple-, parece más necesario que nunca crear plataformas de edición independiente temáticamente agrupadas capaces de aglutinar a comunidades que compartan afinidades electivas. Sólo así, generando entornos compartidos donde proliferen las voces y las conversaciones en torno a asuntos de mutuo interés, cabe preservar espacios de independencia y emancipación. En esos espacios es donde cobra sentido cabal el modelo de negocio de la larga cola, porque cabe la posibilidad de explotar el fondo de los sellos que han sumado sus catálogos (algo parecido al maltrecho proyecto de Librería independiente, sita en medio de la Gran Vía madrileña, que unos cuantos sellos editoriales independientes intentaron promover hace unos meses y que, antes siquiera de comenzar, ya había ocasionado la dimisión masiva de su director y otros cuantos consejeros).

El tamaño tiene su importancia, sobre todo cuando se acercan los gigantes y uno solamente dispone de su independencia para contraponerla. Sumadas las complicidades, sin embargo, restablecidos los lazos, generadas plataformas digitales colaborativas donde se sumen los catálogos y la oferta se haga visible, coherente y atractiva, es posible que aún perviva durante mucho tiempo aquella convicción básica de Flaubert: “a veces tengo grandes hastíos, grandes vacíos, dudas que se ríen en mi cara”, quién no, “en medio de mis satisfacciones más ingenuas. Pues bien: no cambiaré todo eso por nada, pues me parece, en conciencia, que cumplo con mi deber, que obedezco a una fatalidad superior, que hago el Bien, que estoy en lo Justo”.

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