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Leer no es natural: apuntes sobre el fomento de la lectura

El viernes 11 de noviembre se celebró el #díadelaslibrerías (http://www.diadelaslibrerias.es/) con las rituales invocaciones (incluidas las mías) al fomento de la lectura y su exaltación como valor cultural supremo. El caso es, sin embargo, que la mayoría de nuestros compatriotas no suelen pensar (ni practicar) lo mismo.

En un artículo de Manuel Rivas de este mismo fin de semana, titulado El estupor cultural, señala, con pasmo, lo siguiente: “Cada vez que se dan a conocer los datos del barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre los hábitos culturales en España, la gente que intenta explicarlos parece también sumida en un estado de estupor. Atrapada entre signos de interrogación y exclamación, a la manera gráfica en que se expresa la estupefacción en las viñetas de cómic. La última entrega del CIS podría figurar como apéndice cultural del Apocalipsis. Más del 36% de los españoles declaran que no leen nunca un libro. De cada 10 personas, 7 no han entrado en una biblioteca ni por equivocación. Volviendo al estupor, solo hay un detalle “nuevo” en la última encuesta: la sinceridad en el desastre. El 42% de los que no leen nunca un libro declaran que no lo hacen porque no les gusta o no les interesa”.

El diagnóstico de Rivas es manido e insuficiente (“El desastre cultural no tiene una sola causa, pero sí que se intoxica el medio ambiente con la subestimación de lo que se ha dado en llamar humanidades. Hay incluso voces públicas que asocian la libertad con un curioso derecho a la ignorancia: ¿Para qué aprender cosas inútiles, como lenguas muertas o filosofía?”), pero apunta a un hecho cierto: la desafección generalizada, la indiferencia cuando no la hostilidad contra la lectura y sus distintos soportes y modalidades (página 12 del último barómetro del CIS).

Sucede, casi siempre, que cuando proyectamos un análisis de este tipo lo hacemos desde la única y exclusiva perspectiva de una persona que ya es lectora y que extrapola sus hábitos y prácticas al resto de quienes no los comparten. Esa extensión incluye, subrepticiamente, la de las condiciones que inicialmente hicieron posible que nos convirtiéramos en lectores. Leer no es nada natural, que se lo digan a Sócrates, de manera que en la adquisición y desarrollo de ese hábito deben concurrir una serie de condiciones que lo hagan posible e, incluso, deseable. La necesidad de leer y de hacer la lecdtura extensible al resto de las personas, como un derecho fundamental, está inscrita en el inconsciente de los intelectuales, pero en ninguna otra parte. Hay que retornar a aquel extraordinario diálogo entre Roger Chartier y Pierre Bourdieu, “La lectura: una práctica cultural“, en el que el segundo decía:

Uno de los sesgos ligados a la posición de lector puede consistir en omitir la cuestión de saber por qué se lee, si leer es natural, si existe una necesidad de lectura, y debemos plantear la cuestión de las condiciones en las cuales se produce esa necesidad. Cuando se observa una correlación entre el nivel de instrucción, por ejemplo, y la cantidad de lecturas o la calidad de la lectura, cabe preguntarse cómo sucede eso, porque ésta no es una relación autoexplicativa.

Si la Radiografía de la educación en España persiste en mostrarnos que nuestro índice de abandono escolar sigue superando con creces la media de los países de la OCDE, eso quiere decir que hay muchos jóvenes que jamás incluirán en su posible horizonte de expectativas de consumo cultural nada que tenga que ver con el libro. No es que la construcción atrajera a muchos jóvenes porque prometiera dinero fácil y rápido: lo que es necesario explicar es por qué para muchos esa expectativa de una vida sin estudios dedicada a la construcción era más plausible que otra eventualmente dedicada al estudio y la lectura. Si uno se preocupa en cruzar esos datos de abandono escolar con los datos sobre el capital cultural y educativo de sus padres, comprobará que existe hoy todavía, ay, una estrecha e irrompible correlación.

Solamente si libreros, editores, educadores y administraciones públicas comprenden que leer no es algo natural, que es una práctica cultural fruto de una habituación e inculcación extensivas, que requiere de unas condiciones de posibilidad determinadas para que se desarrolle y florezca, cabrá celebrar con fundamento el día de las librerías. Mientras no sea así, nos gastaremos en juegos florales y exortaciones más o menos vacuas y cegadas por nuestra propia evidencia.

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Amazon, el demonio y cómo exorcizarlo

Leo en Manifeste pour la librairie et les lecteurs, una obra colectiva recientemente editada en homenaje al 120 aniversario de una de las librerías francesas más representativas y reputadas, la Librería Mollat de Burdeos:”numerosos compañeros y editores temen la concurrencia de Internet y, especialmente, de Amazon. El gigante americano de Seattle, que abrió su sitio francés en el año 2000, es de una inequívoca eficacia gracias a unos algoritmos diseñados para intentar sustituir la ayuda de un librero que aconseje qué libros comprar [...] Internet es un servicio de rescate, un complemento”, que no sustituye a la experiencia cercana de compra en la librería.

Aun cuando me gustaría creer a Denis Mollat, su actual heredero y director, lo cierto es que las informaciones que la prensa francesa revela apuntan en un sentido contrario: en el año 2012 en diario Le Figaro advertía que “Amazon pourrait devenir le premier libraire de France“, esto es, que Amazon estaba a punto de convertirse en el primero librero francés contra toda la prédica generalizada del valor de la excepción cultural.

El el Journal du Net, cuatro años más tarde, para que no quepa duda alguna de la evolución real, se titulaba: “Commnet le géant Amazon écrase l’e-comerce français“, o dicho de otro modo, de qué manera el gigante norteamericano se hace con el pleno control del comercio digital y aboca a los editores a capitular y a los libreros a reinventarse o desaparecer.

Y por si fuera necesario ratificarlo con datos de última hora, Amazon.fr es, a día de hoy, el triunfador en todos los órdenes de la red en Francia de acuerdo con los datos que proporciona Zdnet. A los lectores en particular y a los usuarios en general les da lo mismo, sinceramente, si el gobierno francés desaprueba sus políticas de distribución, si sus trabajadores llaman a la huelga o si, desmintiendo a Denis Mollat, Internet es un mero complemento o un reemplazo artificial de la experiencia local. A los lectores, a los usuarios, les da exactamente lo mismo que se haya tildado incluso a Amazon en Francia como el transunto del diablo o que Vicent Monadé, el Presidente del Centre National du Livre (CNL) haya declarado, dramáticamente, que “defender la librería independiente es más que una opción de la sociedad, es una opción de civilización”, del tipo de sociedad que pretendamos construir.

Quizás los alemanes sean culturalmente más pragmáticos que los franceses, al menos después de Schiller: el pasado 30 de junio se hizo pública una nueva iniciativa cooperativa en el ámbito de las librerías alemanas, una iniciativa que pretende combatir el banal e inútil lamento contra Amazon mediante el desarrollo de una nueva plataforma de contenidos agregados y servicios comparables a los de la multinacional americana: el proyecto, Genialokal, está constituido por la cooperativa eBuch eG, la cooperativa de libreros alemanes independientes, las empresas eBuch GmbH, Co.KG y Libri GmbH, con el apoyo de Tolino como soporte sobre el que distribuir las lecturas electrónicas. Solamente la cooperativa de los libreros independientes, compuesta por unos 600 representantes, venía organizándose desde el año 2014 para plantear una alternativa real a la presencia, también pujante de Amazon, en suelo alemán. En palabras de uno de sus promotores, Norbert Iwersen, un pequeño librero independiente de un pueblo cercano a la raya danesa, “queremos avanzar con los tiempos y ofrecer a nuestros clientes el servicio en línea completa que encontraron en las librerías de Internet”. Apelan, como consta en su logo, a “Hier leben wer, hier kaufen Wir”, aquí vivimos, aquí compramos, unos de los leitmotivs de las campañas que promueven la compra local como vehículo de integración social, pero más allá de eso ofrecen una masa crítica de contenidos acrecentada (6 millones de libros), formatos electrónicos interoperables, audiolibros descargables, sencillez de la experiencia de compra y distribución de libros en papel inmediata, bien al domicilio, bien en el punto de venta elegido.

Para exorcizar los demonios de Amazon hace falta algo más que apelar al miedo o la civilización; hace falta, sobre todo, aliarse y ofrecer una experiencia de compra online al menos equiparable, si no mejorada, a la que proponen sus satánicas majestades.

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¿Por qué ya no robamos libros?

Recuerdo que en La vida exagerada de Martín Romaña, Martín, trasunto del propio Bryce Echenique y protagonista de la novela, robaba con delectación e idolatría en las librerías del Barrio Latino, en aquellos años 60 de expatriación de los jóvenes latinoamericanos, tan intelectualmente hambrientos como económicamente menesterosos, que luego se convertirían en señas de identidad de la creación literaria en sus respectivos países. Por esa misma época -según me recordaba Manuel Ortuño hace un par de días mostrándome la cuarta de cubierta de la edición ampliada de las Memorias de un librero de Héctor Yánover- Masperó parece que tuvo que colgar un letrero en la entrada de su librería que rezaba: “La derecha nos quiere suprimir: si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colaboren con el enemigo”. Tan codiciados eran los libros, tal el volumen de ejemplares robados, tal la bulimia lectora, que una de las librerías de referencia de la capital francesa -que acabaría cerrando- tuvo que advertir a sus ladrones-lectores, que el hurto voraz y repetido que practicaban podía llevarle a la ruina.

¿Por qué hemos dejado de hacerlo? ¿Por qué, aunque dejáramos hoy una librería abierta de par en par, nadie se molestaría en distraer su contenido? ¿Por qué ya no robamos libros o por qué no tenemos ni siquiera la tentación de hacerlo? ¿Por qué -al menos en buena parte de los países occidentales donde el libro ocupó el lugar central del ecosistema cultural- ha perdido el libro ese valor de referencia cultural que lo convertía en un bien de primera necesidad por el que se estaba dispuesto a sufrir las consecuencias legales del hurto? ¿Cuándo dejó el libro de ocupar ese lugar preferencial? ¿Cuándo quedó postergado a la periferia del campo cultural? ¿Cuándo dejó por tanto de ejercer esa atracción sobre cualquiera que quisiera alcanzar cierto saber, conocimiento y erudicción? ¿Cuándo dejó de ser una pieza clave de toda educación intelectual para ser sustituido por otras fuentes, múltiples, de naturaleza digital? ¿Es malo que eso suceda, en cualquier caso? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

Otro puñado de preguntas, ahondando en esta misma paradoja que encadena libros, lectura y librerías: ¿por qué en alguno de los municipios que rodean Madrid -Pozuelo de Alarcón, Majadahonda, Las Rozas- que son, al mismo tiempo, los más ricos en renta per capita y en capital educativo de los allí empadronados, no hay (casi) ni una sola librería que merezca ese nombre? ¿En qué momento aquellos que disponen de la renta suficiente y del capital cultural necesario apartaron los libros de su horizonte de realización cultural? ¿Por qué abundan otra clase de comercios, incluso con cierto aire artesanal e independiente, pero apenas encontramos un puñado irregularmente surtido de papelerías-libererías? ¿Satisfacen esos comercios mixtos y devaluados las necesidades menguadas de lectura de los más (supuestamente) ricos en capital cultural? ¿No será que ya no perciben el libro como ese objeto que aportaba a la vez valor, lustre y conocimiento? ¿No será que no se trata de una cuestión de disponibilidad de la renta como de una pérdida irreversible de valor referencial del libro? ¿Es eso intrínsecamente malo? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

[Fuente: https://antinomiaslibro.wordpress.com/2014/12/11/forever-fil/]

Otro racimo de preguntas, esta vez trasladándome de continente: ¿por qué ante la puerta de la FIL de Guadalajara se forman todos los años colas con centenares de adolescentes que pugnan por acceder a un recinto atestado de libros (solamente libros)? Aunque su vista fuera fruto de una clara prescripción escolar: ¿por qué permanecen en el recinto durante horas, por qué buscan con ahinco la firma de los autores, por qué preguntan reiteradamente por determinadas referencias? ¿Qué hace que en América Latina el libro siga siendo percibido como refugio de un valor que asegura cierto progreso pesonal, social y profesional? ¿Por qué sige percibiéndose en América Latina que el libro es un valor en el que vale la pena invertir (tiempo, atención y dinero)? ¿Cómo es posible, sin embargo, que las librerías, si contáramos su número per capita, en países como México, no alcancen más que el 0,000006% (y eso contando con que estuvieran homogéneamente distribuidas por el territorio)? ¿Hay algún Estado latinoamericano que esté en condiciones de hacer el esfuerzo simultáneo de atender a esa demanda todavía pujante y latente sobre el libro con políticas de promoción de la librería? ¿No sería más cabal, rápido, racional y barato -y sé que tiro piedras contra algunos tejados- seguir el consejo de la UNESCO cuando sugiere, en su Reading in the mobile era, que conviene saltarse etapas en los países en desarrollo para pasar al desarrollo y gestión de plataformas digitales de préstamo, venta y distribución, habida cuenta de la penetración de los dispositivos móviles entre la población?

No me cabe la menor duda que antes de poder responder a cualquier reto es necesario disponer de buenas preguntas.

Ofrezco este manojo más o menos depurado a un amigo que se va -Enrique Richter- y a otro que llega -Javier López Yáñez-.

¿Por qué ya no robamos libros? ¿Por qué ya no entramos en las librerías?

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La avidez de Amazon

En alemán Gnadenlos significa despiadado, implacable, insensible. Hace una semana, el semanario alemán Der Spiegel, publicaba un artículo a propósito de la presencia de Amazon en Alemania y relataba, en otras sabrosas interioridades, que el dominio gnadenlos.com redirigía, directamente, a la página de Amazon, en un claro ejercicio de filiación e identificación de la empresa con un determinado tipo de valores. Y digo que eso fue hace una semana y yo pude comprobar, personalmente, desde una ID alemana que, efectivamente, esa redirección se producía. Hoy, algunos días después, supongo que movidos por el escándalo que el reconocimiento de esa insensibilidad supone, el dominio está a la venta. En todo caso, tal como conté en Las librerías en el mundo, los reportajes televisivos que las cadenas nacionales alemanas emitieron (sobre todo el de ARD, Ausgeliefert! Leiharbeiter bei Amazon) en febrero de 2013, pusieron de manifiesto que las condiciones laborales en las que los trabajadores despachaban los pedidos electrónicos, se acercaban más a los estándares asiáticos que a los europeos. El libro de Jean-Baptiste Malet, En los dominios de Amazon, publicado por Trama, no vino sino a corroborar lo que ya sospechábamos, primero, y sabíamos, después.

Cierto es que para el usuario, para el cliente de Amazon, tanto los precios como los servicios que ofrece carecen casi de parangón (dicho sea de paso, los supuestos escándalos laborales abanicados por los medios de comunicación no han hecho sino aumentar su facturación las pasadas navidades). Su éxito radica, precisamente, en tomarse en serio esa máxima clásica del márketing tradicional que decía que el cliente era el rey, que aquel que demanda un producto o un servicio es el que abona nuestros salarios, en definitiva, y así debe ser correspondientemente atendido. Para alcanzar ese grado de prestancia, Amazon desarrolló varios mecanismos que luego han sido copiados o remedados por otros agentes de la red: algoritmos precisos de recomendación; generación de foros de comentarios (más o menos manipulados, más o menos lícitos) entre lectores; adquisición de redes sociales de lectura; un proceso de compra claro y sencillo, que ha llegado a patentar el procedimiento de compra mediante un solo Click; facilidad en la subida de contenidos y conversión de formatos; creación de una plataforma de autopublicación y autoedición para los aspirantes a la desintermediación; creación, sobre todo, de una cadena de integración vertical cómoda para el usuario y demoledora para la industria (una plataforma rica y variada en contenidos, un formato propietario y un dispositivo de lectura propio que no es mejor ni peor que los demás, pero que proporciona acceso a esa ingente cantidad de contenidos digitalizados). Además de eso, como no podría ser de otra manera, la magnitud de la empresa ha permitido a Amazon, progresivamente, imponer unas condiciones en precios y descuentos a proveedores y empresas que le han permitido abaratar sus mercancias hasta arrasar con cualquier forma de competencia (el famoso dumping en forma de precio para los libros electrónicos de 9,99 $, por ejemplo), abocándoles a una paradoja irresolube (prescindir del canal de Amazon y condenarse a la invisiblidad o aceptar las condiciones del gigante entrando en pérdidas y perdiendo los canales tradicionales de venta).

 

Manuel Gil y yo escribimos en El paradigma digital y sostenible del libro, en el año 2011, que los agujeros negros no tiene la culpa de comportarse como tales, absorbiendo toda la energía y la masa que encuentran a su alrededor. La culpa, en todo caso, es de quienes se acercan al agujero negro y de quienes no han ideado galaxias alternativas. Yo soy de los que ni siquiera piensa que Amazon esté incurriendo en ninguna forma de ilegalidad por tributar en paraísos fiscales, como Luxemburgo, porque la responsabilidad, una vez más, no es de quien se aprovecha de esa prerrogativa fiscal, sino de quienes no han querido o no han sabido ponerle coto mediante una armonización fiscal a escala europea. Tampoco creo, al contrario que Jean Baptiste Malet, que Amazon sea una amenaza para la sociedad democrática, porque desarmar las cadenas de valor tradicionales mediante las potencialidades que la red ofrece (incluida la del libro), es un ejercicio no solamente lícito, sino irreversible. Y si nuestra conciencia como consumidores no nos lleva a preferir a los proveedores locales mediante un acto de compra justa y responsable (como pretende el movimiento de Buy local, promovido por los libreros alemanes), no podremos achacar tampoco a Amazon que los pedidos sigan amontonándose en su carrito de la compra.

Plantear una alternativa a este modelo multinacional, naturalmente agresivo, ávido y despiadado, no creo -en contra de lo que la Ministra de Cultura francesa, Aurélie Filippetti ha venido declarando -tanto en Le Figaro como en Le Monde- que deba basarse en una táctica de denuncia al supuesto malhechor (como hacen reiteradamente quienes no saben cómo proceder); debería basarse, más bien -en contra de la desconfianza de aquellos que creen que las iniciativas gremiales o institucionales están de más-, en una respuesta unificada de los gremios afectados mediante la creación de plataformas agrupadas propias y en la generación de una conciencia de compra responsable mediante la difusión de campañas al público lector.

Todo lo demás, mucho me temo, no será más que contribuir a que la avidez por conquistar nuevos sectores siga alimentado la expansión de ese agujero negro que es Amazon.

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Librerías

Con ocasión del X Encuentro Nacional de las Librerías celebrado en Burdeos el 3 de junio de 2013, la Ministra de Cultura Francesa, Aurélie Filippetti, declaraba: “hoy en día todo el mundo está cansado de Amazon, de sus prácticas de dumping, de su política de recorte de precios para penetrar mejor en los mercados y, después, hacerlos remontar una vez que están en situación de cuasi-monopolio”. “El sector del libro y de la lectura”, continuaba con absoluta convicción e investida de buenas razones, “está en competencia con ciertos sitios que utilizan todos las posibilidades para introducirse en el mercado del libro francés y europeo […] Eso resulta destructor para las librerías”. El Presidente del Sindicato Nacional de la Edición (SNE), Vincent Montagne, presidente de Média-Participations y del Syndicat National de l’Edition (SNE), decía en la conferencia de clausura del Encuentro Nacional de la Librerías:

Esa es la razón por la cual hoy, nosotros, editores, reafirmamos nuestra voluntad de ayudar a las librerías, prioritariamente a aquellas librerías que redoblan su creatividad para desarrollar su actividad. Me complace anunciar, en nombre del SNE, un esfuerzo sin precedentes, un esfuerzo excepcional de los editores, que se han fijado el objetivo voluntario de financiar por una cantidad de 7 millones de euros un fondo complementario de ayuda a la librería.

El total de las ayudas concedidas, sin entrar ahora en pormenores, asciende a 18 millones de euros, cantidad que llevó al Presidente de los libreros franceses, Matthieu de Montchalin, a declarar: “Nunca habíamos conocido un plan en favor de la librería de tal cuantía”.

En septiembre de 2013, tres meses después, en la cumbre bilateral germano-francesa celebrada en Berlín bajo el título El futuro de los libros, el futuro de Europa, sus dos ministros de cultura (de nuevo Filippetti junto a Bernd Neumann), asumían que “el mayor desafío para los participantes del mercado europeo en la actualidad es hacer frente a las compañías globales de Internet como Amazon y Google, garantizando así la calidad y la diversidad en el mercado europeo de libros digitales”. Y reconocían a continuación, expresamente, el compromiso específico de las empresas editoriales: “las pequeñas y medianas empresas europeas invierten constantemente en calidad y bibliodiversidad. Generan unos 40 mil millones de euros al año y emplean alrededor de 200.000 personas en puestos de trabajo cualificados”. Por primera vez en la historia reciente los alemanes -reacios a adoptar medidas estatales para la protección de sus librerías-, firmaron un pacto o un acuerdo para su salvaguarda, un documento que recoge cuatro asuntos tan polémicos como pertinentes: el precio fijo de los libros; la armonización tributaria de las sociedades en el seno de la Unión Europea; la igualación del IVA para los libros electrónicos y la protección de los derechos de autor.

Para llegar hasta este punto subyacía un acuerdo esencial: resulta pertinente y necesario que los gobiernos nacionales y la misma Unión Europea intervengan en la protección de su industria cultural -en este caso las librerías y la edición independiente- porque su patrimonio, su herencia, su legado y su acceso están amenazados por la pujanza y poder igualador (devaluador) de las operadoras multinacionales. Soy de la opinión de que estas empresas multinacionales operan de manera lícita utilizando para ello los mecanismos y los espacios que la propia Unión les proporciona: el hecho de que tributen en países distintos a los que comercializan o que utilicen mano de obra en condiciones de explotación laboral (como denuncia el libro de En los dominios de Amazon, de Jean-Baptiste Malet, recientemente publicado por Trama o los reportajes que a finales del año pasado emitió la TV nacional alemana), no es tanto una falta achacable a la empresa como una expresión de la incapacidad jurídica y política de la Unión. Sea como fuere, se ha buscado un chivo expiatorio (varios chivos expiatorios) fácilmente reconocibles que, al menos, sirven para concitar las fuerzas de los afectados. Al menos en algunos sitios…

Entre nosotros, que casi siempre somos la excepción, las cosas no se ven de esta manera (al menos por ahora). En el Plan Estratégico General de la Secretaría de Estado de Cultura 2012-2015 publicado en septiembre de 2012, no se encuentra la palabra “librería” en ninguna de sus 124 páginas. “Libro” solamente se encontrará asociado a una cuestión meramente instrumental: la adecuación de las subvenciones concedidas a libros y revistas. Las librerías no forman parte en nuestro país, obviamente, de una política de Estado que las comprenda como puntos de acceso insustituibles a la cultura, como salvaguarda de la diversidad de la oferta cultural y como sostén de la convivencia ciudadana. Claro que esto resulta comprensible si estamos de acuerdo con lo que nuestro Secretario de Estado de Cultura opina respecto a las medidas destinadas a la protección de la “excepción cultural”:

Es el instrumento que países como Francia han tenido que utilizar para no ser diluidos por la potencia económica y cultural de Estados Unidos. España no necesita esa protección porque tiene detrás una cultura compartida por 500 millones de hispanohablantes en el mundo. Somos una gran potencia y tenemos que ser capaces de proyectarla

No conforta mucho saberse un gran potencia cuando nuestras librerías están seriamente amenazadas de quiebra y consunción. Jorge Carrión, en el estupendo y reciente Librerías, nos recuerda el trance funesto en el que muchas de ellas están: “en todos los países del mundo las librerías como el Pensativo [en Guatemala] han desaparecido o están desapareciendo o se han convertido en una atracción turística y han abierto su página web o en parte de una cadena de librerías que comparten el nombre y se transforman inevitablemente, adaptándose al volátil [...] signo de los tiempos”.

Esa misma sensación de urgencia es la que seguramente haya llevado a la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, a requerimiento de la Junta de Castilla y León, a invitarnos a unas cuantas personas -Manuel Gil, José Manuel Anta, Enrique Pascual, Javier Celaya y yo mismo), a reflexionar sobre las estrategias que cabría poner en marcha para potenciar y salvaguardar nuestras librerías, ese bien insustituible, foco de tolerancia y cultura. En mi caso, como he dejado entrever, hablaré de las librerías en el mundo, sobre los sistemas de distinción, respaldo y promoción de la librería en el ámbito internacional. Porque ser una potencia mundial quizás no sea suficiente y convenga mirar y entender las razones de los demás.

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El precio de los libros

En contra de lo que mi antinómico y admirado Manuel Gil sostiene en su artículo de obligada lectura “Falacias y mixtificaciones del precio fijo“, no creo que los libros sean caros. Más bien se han encarecido. Y ha sido así porque el precio de los prototipos se ha incrementado, las ventas han seguido cayendo, el capital circulante ha menguado, los bancos han dejado de descontar letras y lo único que las editoriales han podido alterar ha sido el precio para intentar mantener unos márgenes ya parcos de por si.

Es posible que el precio fijo ya no sirva para el propósito que fue concebido: en primer lugar, es una falacia, porque el 50% del mercado ya se rige por la libertad de precios; en segundo lugar, muchas editoriales se saltan los supuestos pactos no escritos entre los sellos y los canales, haciendo de la venta directa su fuente principal de ingresos; en tercer lugar, su uso no ha contribuido a una multiplicación de los puntos de venta especializados e independientes, sino a un incremento de las librerías que hacen de la venta del libro de alta rotación su credo comercial, traicionando su propósito original; en cuarto lugar, tampoco ha servido para que las editoriales automoderen y controlen su oferta. Más bien todo lo contrario: ha servido para desatar un flujo perverso de activo circulante que contribuye a la precarización de todos; en quinto y último lugar, por no prolongar la lista, pocos compradores pueden comprender que este bien material sea una excepción que requiera de una clase de protección de la que otros sectores no gozan, por mucho que los franceses -Vive la france-, pretendan aplicar el precio fijo como excepción cultural transfronteriza a los mismos productos electrónicos.

Existen escasas evidencias empíricas a favor o en contra de su mantenimiento o de su liberalización: se calculaba, eso sí, como nos recuerda el diario Telegraph de hoy mismo, que cerca del 50% de los libreros independientes británicos habían echado el cierre después de la liberalización de los precios y que, además de esa pérdida de puntos de venta, el precio de venta al público había acabado encareciéndose por el efecto de la concentración consiguiente. Es posible, no lo negaré. Perderíamos, sin duda alguna, librerías que reprodujeran el modelo de la venta de títulos de venta masiva e indiferenciada y eso, quizás, acabaría afectando a los editores, que dispondrían de menos puntos a los que servir sus mercancías, un tejido comercial que irrigaría el territorio de manera más parca y selectiva. Los suizos, que para eso son seres pragmáticos, realizaron un estudio de los efectos que la liberalización de precios tuvo en su país (libre en la parte italiana; sujeta a acuerdos particulares entre editores y libreros en la parte alemana y libre desde los años 90 en la parte francesa). El estudio, Erste auswirkungen der Abschaffung der Buchpreisbindung (Primeros efectos de la abolición del precio fijo del libro), no fue excesivamente concluyente, pero sí dio una pista elemental: los precios no variaron excesivamente en las librerías físicas, pero se desató una verdadera guerra de descuentos en la web y se desarrollaron multitud de sitios dedicados al comercio electrónico de libros desarrollados por editores y/o libreros.

Me cuesta creer que el precio fijo de compra para los canales (como propone Manuel Gil) sea una solución factible. Si la desregulación del 50% de los precios ha de llegar, da lo mismo que el descuento se practique al inicio o al final, porque el margen de maniobra en la fijación del precio no variará demasiado.

A mi juicio, la cuasi inevitable y quizás deseable liberlización debería redundar en dos cosas fundamentales: el crecimiento del comercio electrónico de libros, la decidida apuesta de los libreros y los editores por la construcción de plataformas compartidas y coaligadas, y la especialización definitiva de la librería, su conversión en un espacio de cultura y entretenimiento preferente, de encuentro de un grupo de personas a las que reúne el mismo interés.

El precio de los libros no me parece caro y ni siquiera la baza más determinante (they no longer think they have to compete on price. Instead, they compete in different ways, puede leerse en How to survive as an independent bookshop), pero, en todo caso, la electrificación y la especialización son indispensables.

 

 

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Las barbas de tu vecino

Quizás debiéramos comenzar hoy limando presuposiciones y lugares comunes: las grandes librerías virtuales ofrecen un catálogo amplísimo de títulos, más que el de cualquier librería tradicional; proporcionan métodos de búsqueda más precisos y pertinentes (buscadores, sí, pero también sistemas de etiquetado de los contenidos, metadatos asociados a nuestros hábitos de búsqueda y de compra); permite intercambiar puntos de vista y comentarios sobre las lecturas compartidas, generando un red de etiquetado social que agrega valor a los puros metadatos; identifica, de acuerdo con ese algoritmo de búsqueda y de compra repetida, los gustos posibles del lector y hace sugerencias acertadas en consecuencia; paquetiza las ofertas sumando el libro buscado a otros títulos que fueron supuestamente leídos por personas que comparten los mismos gustos; realiza descuentos por esas compras agregadas, sumando el libro que nos interesa a aquellos otros que supone que nos importa y nos quiere vender (nos anuncia, de paso, que el precio no es intocable y que pocos que no sean libreros o editores comprenden que este tipo de mercancía esté sujeto a restricciones legales); admite que hojeemos virtualmente parte del contenido del libro que nos interesa, en un remedo cada vez más perfeccionado de la experiencia lectora habitual; permite seleccionar los métodos de envío, envolverlos en papel de regalo si es necesario… En fin, que las librerías virtuales son imbatibles, para qué negarlo, y que si algunos de nosotros pensamos que las librerías tradicionales siguen manteniendo algo de valor, haríamos bien en pensar cuál es, porque sus funciones tradicionales no sólo han sido usurpadas sino, sobre todo, mejoradas, optmizadas. Las librerías virtuales exorcizan todos los reproches que se le puedan hacer, incluso los de aquellos que pretenden demonizarlas porque, con su fortaleza y capacidad de acaparamiento, vendan los espacios de mayor visibilidad al mejor postor (como hacen, por otra parte, las librerías de ladrillo y mortero), rebajen los precios (¡qué pecado poner al alance de la mano, a importes más asequibles, las lecturas que todos proclamamos necesarias y aún imprescindibles), desmoronen el mercado tradicional… y además, casi lo olvido, sirven libros en cualquier soporte y en cualquier formato… Despidámonos…

¿A qué viene todo esto?, se preguntarán mis más antentos y entregados lectores: pues a que Amazon España llegará para la primavera y a que muy orgullosos y pimpantes, se anuncia hoy en las noticias de DILVE que “la Federación de Gremios de Editores de España y Amazon han firmado un acuerdo para la integración de los metadatos procedentes de DILVE en los sistemas de información de Amazon”, cosa extraordinaria como apuntaba al comienzo de la entrada de hoy, porque estos chicos, que son la mar de listos, saben que en el nuevo entorno virtual explotar los datos y los metadatos adecuadamente -expresados en XML y formato ONIX- es parte de la piedra filosofal. Lo curioso no es que ellos lo hayan solicitado antes de llegar y estén preparados para que cualquier libro cuyos datos hayan sido subidos a DILVE por un editor español, esté inmediatamente disponible y descargable en Amazon, no. Lo chocante, por no decir estrambótico, es que ni los libreros, ni los distribuidores ni los editores hayan conseguido ponerse de acuerdo para hacer lo mismo. O que ni siquiera lo hayan pensado. O que cuando lo han medio pensado la cosa se haya quedado en una plataforma -Libranda- que no prospera.

La cadena Borders, mientras tanto, quiebra y cierra una tras otra la cadena de sus librerías de ladrillo y cemento; y en Canadá la especie mastodóntica de los distribuidores, al menos sus más grandes ejemplares, ocupan ya las vitrinas de los géneros desaparecidos y disecados. ¿Cómo era eso de las barbas de tu vecino y las librerías virtuales?

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Hipótesis distópica del editor y la librería

8 de febrero de 2011. En mi nave del tiempo me he trasladado al 16 de marzo, al archipiélago canario. En la ciudad de Las Palmas los libreros debaten su futuro en el 22 Congreso Nacional. Nadie me ha invitado. Me planto entre ellos sin acreditaciones pero con cara de lector conspicuo. Febrero, ya se sabe, es el mes en el que las golondrinas reconstruyen sus nidos en los aleros y resaltes de las casas y el mes en que los libreros devuelven hasta el último ejemplar de esos molestos productos que se llaman libros (productos que nadie suele demandar y menos aún comprar). En los corros que se forman en los pasillos y ante las puertas de las diversas salas del Auditorio Alfredo Kraus noto un nerviosismo exacerbado, una inquietud angustiada, un desasosiego inconsolable. La noticia ha corrido como yesca prendida: el gremio de editores se ha disuelto, los sellos editoriales se han dado de baja en el registro mercantil (no ha hecho falta que se diesen de baja en el IAE porque la profesión de editor nunca ha existido, por ser de maleantes y de gente de mal vivir) y nadie en el Observatorio de la Lectura y el Libro parece que se haya percatado.

Pesadumbre… Asombro… Pasmo y estupefacción… Parece que, tirando del hilo de lo que ha venido aconteciendo en las últimas semanas, muchos libreros habían comenzado a demandar a los editores que entregaran sus libros en consigna, una especie de depósito sin fecha de devolución previsible por el no abonarían ni un céntimo. Alguien repara en que los editores llevan viviendo décadas sosteniéndose sobre un mecanismo de financiación tan infernal como circular que consiste en depositar las novedades, cobrar por ellas, utilizar el activo circulante como financiación para editar el próximo libro antes de tener que abonar la devolución donde ya habrá colocado la próxima novedad. Es cierto que también se valían de otro mecanismo, es verdad: el descuento de letras que las sucursales bancarias solían practicar, pero con eso de la crisis del crédito y de que a los bancos les va más el espíritu de Las Vegas que el de las aburridas Pymes, no hay nada que hacer.

No hace falta esperar a la distopía de Bradbury: muchas pequeñas editoriales comenzaron despidiendo al escaso personal que sostenía su trabajo cuando el crédito sobre el que se sustentaban comenzó a escasear y acabaron atrincherándose en sus domicilios, en una labor heroica que muy pocos conocen y reconocen. Otros pusieron en peligro sus parejas, sus familias y sus propias vidas por mantener una equívoca vocación, creyendo que todavía existían complicidades y afinidades estructurales que justificaban ese sacrificio. El día que el director de la sucursal de la esquina les cerró el grifo y el día en que su distribuidor les comunicó que solamente se depositaban libros en consigna, decidió darse de baja en el oficio. Dentro de lo malo, lo bueno es que dejar de ser editor es tan fácil como convertirse en editor.

Nos trasladamos del Auditorio Alfredo Kraus a las playas del sur de Gran Canaria. Tomamos el sol y discutimos. A la mayoría no parece molestarles que ya no haya libros que vender. Alguien apunta, sin embargo, que quizás hubiera habido que diseñar estrategias conjuntas que hubieran permitido rediseñar la cadena de valor para que los editores no se hubieran encontrado con una crisis crediticia que les hubiera obligado a cerrar sus empresas…. pero a 38º con una humedad del 99% la verdad es que este debate no termina de calar.

Hipótesis distópica del editor y la librería.

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Los libros secuestrados

Liber está a la vuelta de la esquina; también Frankfurt y, poco después, Guadalajara, lugares concebidos, cómo no, para la compra y venta de derechos, para el fichaje de autores y títulos, para la transacción de vanidades también. Mientras me preparo para acudir a la primera de ellas, leo: “en lugar de promocionar libros que exigen una lectura profunda, la industria editorial de nuestro tiempo crea objetos unidimensionales, libros superficiales que no dan a los lectores la posibilidad de explorarlos a fondo”.

Hay que tener una sensibilidad muy encallecida o un criterio muy embotado para no estar de acuerdo, en el fondo, con Alberto Manguel. En su último y más que recomendable libro, La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias, tras reflexionar sobre el papel de la literatura y del lenguaje frente a la cerrazón y clausura inherente al discurso político, arremete contra todos los eslabones que componen, todavía hoy, la anquilosada cadena de valor del libro. Y hay para todos. Para empezar, la propia materia prima subvertida de la buena literatura, el lenguaje: “[...] la lengua literaria (ambigua, abierta, compleja, capaz de un infinito enriquecimiento) puede ser suplantada por la lengua de la publicidad (breve, categórica, imperiosa, definitiva), de forma que, finalmente, lo que se ofrece son respuestas en vez de preguntas y la gratificación instantánea y superficial sustituye a la dificultad y la profundidad”. Reinvindicar la complejidad del discurso y el tiempo necesario para desentrañarlo, no es, desde luego, nadar a favor de la corriente.

La esencia y naturaleza industrial misma de la cadena de valor del libro no añade ya hoy nada, sustancialmente, a lo que deberíamos esperar de un libro: “el modelo económico aplicado desde la Revolución Industrial a la mayoría de las tecnologías y a la mayor parte de las industrias para producir mercancías con el menor coste y el mayor beneficio posibles, alcanzó en el siglo XX a los dominios del libro”, algo que muchos consideran, desde luego, una forma de perversión del esfuerzo necesario para alcanzar la autonomía del campo litearario. “Con el fin de alcanzar ese objetivo”, continúa Manguel, impertérrito, gran parte de la industria editorial, especialmente en el mundo anglosajón, creó equipos de especialistas encargados de decidir qué libros habían de producirse basándose en una previsión supuestamente matemática de qué libros podrían venderse”. La cadena de especialistas que iban armando -que siguen armando- ese objeto al que todavía llamamos libro, fueron construyendo algo que cada vez es menos un producto para lectores especializados como para consumidores indiferenciados. Y lo trágico de todo ello es hasta qué punto la vocación se acaba transformando, inevitablemente, en sumisión, aquello que Ernest Rowohlt señalaba ya en sus memorias: un editor, al final de su vida, no sabe si publica algo porque le gusta o porque puede venderlo. Se convierte, inevitablemente, en un bastardo.

“Ciertamente”, continúa Manguel, poniendo el dedo en la llaga supurante, “muchos de los que llegaron a la edición movidos por el amor a los libros siguen siendo tercamente fieles a su vocación, pero lo hacen a costa de resistir una fuerte presión, especialmente en el seno de los grandes grupos editoriales”, y que tire la primera piedra quien no lo haya sentido así, “que exigen de ellos considerar el libro por encima de todo un objeto vendible”. Los libreros y la gestión de sus espacios, tampoco salen muy bien parados, cómplices de este mercadeo desnaturalizador: “la industria del libro no sólo produce este dogma sino que se asegura también de que se conceda muy poco espacio a todo aquello que se atenga a él. Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea….”. Y, por si quedara todavía títere con cabeza, Manguel reparte lo suyo a los críticos literarios y los suplementos periodísticos: “los suplementos literarios, obligados generalmente por la política del periódico a dirigirse a un público supuestamente poco culto, conceden más y más espacio a esos libros de consumo, creando así la impresión de que son tan valiosos como cualquier clásico y que los lectores no son lo bastante inteligentes como para disfrutar de la buena literatura. Esto último es fundamental: la industria debe inculcarnos la estupidez porque nosotros no nos convertimos en estúpidos de forma natural”.

Como dijo Anthony Burgess, con más razón ahora que se acerca de nuevo el encuentro anual de Liber, “creo que la tradición editorial  [...] necesita en este momento una buena reprimenda”. Quizás podamos dársela en Barcelona y liberar a los libros secuestrados.

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Por qué Libranda no funcionará, al menos por ahora (Bonus track)

Sé que me había despedido, pero la cabra tira al monte digital… y además sé que ni siquiera en las calenturas estivales mi improbable legión de lectores me abandona. El asunto de Libranda, a cuyo trapo no quise entrar directamente, al menos no públicamente, es como el de un tábano veraniego molesto y zumbón que todo el mundo trata de quitarse a manotazos pero pocos tratan de comprender. No digo que mi juicio ni mi veredicto sean los últimos, ni siquiera los más versados, pero quizás sí uno de los más sistémicos y comprehensivos. Me explicaré, dando un rodeo analógico y unas pinceladas de design thinking:

imaginemos que quiero comercializar coches que se mueve con biocombustible. Antes de hacerlo, o al mismo tiempo, al menos, me preocuparía por generar una red de abastecimiento capaz de satisfacer la demanda de los nuevo vehículos; me interesaría, también -ya que estaríamos metidos en un negocio verde-, por el ciclo de vida de los materiales que se utilizan en la construcción de los coches que importo, por cumplir con los requisitos de reciclaje de materiales y deshechos que pudieran generar al final de su vida; me importaría también, por último, como mínimo, desarrollar una campaña de comunicación en la que se hablara, sobre todo, de un nuevo modo de vida, de la manera en que un tipo de transporte distinto, que aminora el impacto sobre el medio, puede cambiar nuestra existencia.

Lo mismo pasa, a mi juicio, con los libros: no basta con crear una plataforma de distribución digital de algunos grandes editores (a los que se suman algunos pocos editores). Es necesario, es imperativo, cambiar el ecosistema completo del libro, realizar una verdadera reingeniera de toda su cadena de valor, que conciba la forma en que los libreros deben participar (no, desde luego, la irrisoria que se les asinga ahora, que nadie toma en serio); la manera en que los distribuidores tradicionales necesitan concentrarse y dirimir sus diferencias en una plataforma de distribución digital única (y no los tímidos y descoordinados intentos actuales); el modo en que una gran cantidad de editores agreguen sus contenidos a esa plataforma de gestión digital única, enriqueciendo de manera sistemática los registros de DILVE; los procedimientos mediante los que los lectores puedan disfrutar de los contenidos que adquieran en el soporte que deseen, sin tasa ni limitación (y no, como ahora, que padecen la escasez en las librerías tradicionales y las cortapisas tecnológicas en las librerías digitales); y hablando de soportes, preocuparse de manera sistemática por la certificación de las cadenas de aprovisionamiento de las materias primas propias de la industria del libro, sea el papel, sean circuitos electrónicos (que no es oro casi nada de lo que reluce).

Queda la pincelada del diseño, entendido como ejercicio de reconceptualización sistemática de la experiencia del usuario: ¿alguien se ha preocupado por realizar una mínima etnografía digital que replique las experiencias de los usuarios, la lucha desigual contras las dificultades tecnológicas, la inexplicable preferencia por unos formatos y unos soportes sobre otros (que excluyen a los más extendidos), la aplicación de un sistema de control sobre su distribución que recorta los derechos del lector sobre aquello que ha adquirido?

Todo esto lo han comprendido hace mucho Apple, Google, Telefónica, Vodafone o cualquiera de los muchos agentes que, instaurando modelos de negocio de perfecta integración vertical, consiguen poner de acuerdo a parte de nuestra industria, dejando fuera a mucha otra. En la lógica de la economía digital, sólo la suma transversal de esfuerzos, la agregación masiva y regular de contenidos enriquecidos, el uso de formatos estándares y abiertos, la redefinición de los servicios y, por tanto, de la cadena de valor en su conjunto y del lugar que cada agente debe ocupar en ella, podría llegar a tener éxito frente las iniciativas de las grandes multinacionales ajenas al sector.

Este es el Bonus Track del verano.

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