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Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación (un homenaje a Ángela Ruiz Robles)

En el año 2013 apareció en el número 23 de la revista Texturas (que ahora cumple 10 meritorios años y a la que habrá que dispensar el homenaje que se merece a su debido tiempo) un artículo mío enigmáticamente titulado “Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación”, un homenaje personal a una de las precursoras de la lectura no lineal e inventora de un tipo de soporte capaz de facilitar ese tipo de consulta, Ángela Ruiz Robles. Hoy es Google y la prensa nacional e internacional quienes se hacen eco de su contribución pionera.

Reproduzco el texto completo del artículo por si todavía pudiera resultar de interés:

En una fotografía presumiblemente tomada en la Segunda Exposición Internacional de Invenciones y Nuevas Técnicas celebrada en Ginebra en el año 1969, puede verse con aspecto circunspecto y respetable, sentada en primera fila, sosteniendo mano sobre mano el diploma obtenido, a Dña. Ángela Ruiz Robles, única mujer entre quince varones inventores que presentaron sus patentes a tan reconocido evento. Inventar en la España de los años 40 y 50 -porque la patente de su invento más visionario, el libro mecánico, data de 1949-, solamente podía ser una cosa de hombres o, en el caso de que se inmiscuyera una mujer, solamente podía ser cosa de una vocación pedagógica indestructible, de una disposición indesmayable por trasladar los beneficios de la técnica a los que la necesitaban, de una enérgica convicción al servicio de la educación. En torno al año 1970, de hecho, el director de la revista Técnica e invención reconocía la anomalía que Dña. Ángela constituía en un entorno preponderantemente masculino, donde ni siquiera llamaba la atención “la ausencia de referencias a inventos femeninos”. Con el paso del tiempo su soledad no se subsanó, pero su empuje suplió con creces ese aislamiento, hasta el punto de convertirse, a finales de los años 50 en «Gestora delegada de la Agrupación Sindical de Inventores Españoles» y, algo más tarde, en los años setenta del siglo pasado, en «Jefa Provincial» de la Federación Politécnica Científica de Inventiva Internacional.

 

Reseñar su condición de mujer en una sociedad masculina, en un entorno geográfico periférico, es resaltar el redoblado esfuerzo que debió de realizar Dña. Ángela para sacar una familia como viuda adelante, para asumir profesional y voluntariamente las cargas que la profesión docente le deparó, y para sostener a lo largo de toda su vida su vocación inventiva, innovadora. El horizonte profesional que podía vislumbrar una mujer de clase relativamente acomodada, con una educación más o menos esmerada -hija de farmacéutico y ama de casa-, era el de alcanzar con mucha suerte la condición de maestra, algo que Dña. Ángela consiguió a los 22 años, después de haber cursado sus estudios de Magisterio en la Escuela superior de León. Su nombre no sería conocido, seguramente, si se hubiera conformado con asumir el papel de maestra de señoritas, de conductora y conformadora de la identidad femenina y los valores que se le presuponían, tal como muestra la foto, tomada seguramente en torno a los años 20, con la imagen de Primo de Rivera al fondo, en la escuela de Santa Uxía de Mandía, en Ferrol, donde tiempo después sus parroquianos le tributarían un homenaje espontáneo por su competencia y dedicación.

En una entrevista concedida a Radio Nacional cuando sus principales inventos habían recibido ya reconocimientos nacionales e internacionales, en un lenguaje llano, espontáneo, poco estructurado, Dña. Ángela revelaba al menos tres de los fundamentos pedagógicos, tres de las convicciones educativas, que habían sostenido su trabajo como profesora e inventora: “todo lo que se presenta ante nuestros ojos”, decía Dña. Ángela a una entrevistadora algo atildada, “tiene un poder mucho más fuerte y potente que la palabra hablada”. Esa certeza en la eficacia de lo visual por encima, incluso, de lo verbal, está presente, cómo no, en su Primer Atlas gramatical del idioma español, del año 1958, en el que los dialectos, los idiolectos, la fonética, se encarnan geográficamente, dándole a la lengua concreción territorial, topográfica. Con gran atrevimiento conceptual, el Mapa científico gramatical concretaba gráficamente lo que hoy entenderíamos por pensamiento visual o mapas de conceptos, una herramienta que permitía desagregar esquemáticamente las complejidades de las formas verbales, de la gramática del español; y se encontraría, sobre todo, en la que pasa por ser su más conspicua invención, la patente del denominado Procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros, más conocido como Enciclopedia mecánica: quizás por primera vez y de manera precursora se integraban en un mismo soporte imágenes y cartografías; textos, gráficos y esquemas; sonidos, todo al servicio de un tipo de aprendizaje a disposición “del deleite y el agrado” de los aprendices, como se dice en el texto de la patente, una verdadera revolución pedagógica en un contexto educativo centrado en la repetición, la memorización, la discursividad y la disciplina. “Reconociendo las conveniencias de la enseñanza intuitiva, amena y para aprovechar con rapidez los momentos que la atención pueda estar fija hacia un punto determinado recibiendo y aprovechando productos, evitando y aminorando las fatigas intelectuales que ocasiona a las facultades mentales tenerlas en actividad largo tiempo”,  puede leerse en el texto presentado a la Oficina de Patentes, con el número 190698, “ES POR LO QUE APLIQUÉ MIS FACULTADES INTELECTUALES a la labor de ingeniar e inventar la manera de que el libro participase de las admirables ventajas que estas materias (o sus similares) tienen”.

No dejaba de ser un atrevimiento singular el querer modificar la estructura de los libros tradicionales, de las fuentes de saber primordiales, de la tecnología del conocimiento por antonomasia, pero parece que Dña. Ángela respetaba no tanto las fórmulas mostrencas de transmisión del conocimiento como el uso de la tecnología al servicio de la educación y el aprendizaje. Tampoco parecía demasiado amiga de los flagelos pedagógicos y sí de la adaptación a las necesidades y progresión individuales y del lúcido disfrute del saber mediante el adecuado uso de la técnica. En la mencionada entrevista de Radio Nacional, intentando hacerse entender con no pocas dificultades, Dña. Ángela aseguraba con tanta sencillez como rotundidad: “la técnica beneficia en todo el mundo a individuos y colectividades”, la técnica, me permito reinterpretarla, es esa forma de inteligencia y asistencia suplementaria que nos transforma y nos mejora al usarla. En el preámbulo algo solemne y grandilocuente de la memoria descriptiva de la patente de su enciclopedia mecánica también lo había dejado escrito: “Considerando que, en épocas anteriores, se desconocían las materias que la elaboración inteligible del hombre nos viene proporcionando para uso y facilidad, tales como la electricidad, el llamado cristal irrompible….”, etc., así debía y podía desarrollarse un ingenio que soportara la exposición y desarrollo de todas las materias que componían el currículum; que permitiera reproducir, al menos potencialmente, imágenes y sonidos; que facilitara la interacción con el estudiante o el lector mediante el uso de teclados u otros mecanismos de introducción de datos; que fuera portable, ligero, trasladable, utilizable bajo cualquier circunstancia. En este soporte mecánico se conjugaban conceptos pedagógicos muy avanzados para aquel tiempo, quizás inasumibles: un cuerpo central con las competencias fundamentales, relativas al estudio y práctica de la lectura, la escritura, la aritmética y el cálculo, lo que hoy llamaríamos competencias fundamentales, y un segundo cuerpo dedicado a la inserción de las materias o asignaturas, en rollos extensibles o desplegables, valiéndose de las bobinas que podían instalarse y alternarse, en uno o varios idiomas, con la asistencia o no de la lámina de aumentos y la luz que el ingenio ponía a disposición de sus potenciales usuarios.

“Como que se le quita a la humanidad una preocupación bastante fuerte”, respondía literalmente Dña. Ángela a la entrevistadora radiofónica que indagaba sobre la facilidad de uso (la usabilidad) del ingenio mecánico, y así era, porque tras sus cubiertas inicialmente de bronce (sic) y luego de nylon plástico, se escondía una triple revolución que pretendía disipar y resolver esas enconadas preocupaciones, una revolución al mismo tiempo editorial, pedagógica y comunicativa: editorial, porque el soporte daba al traste con la idea misma de libro, de secuencialidad, de volumen autosuficiente, de objeto encuadernado con cierta cantidad de hojas de papel en su interior, y aventuraba abaratar la producción de sus contenidos y hacerlos más portátiles; pedagógica, por la concepción transmedial e interactiva del aprendizaje, por la preponderancia de su componente visual, por su rechazo de la instrucción basada en la opresión y su alabanza del deleite como fundamento de la educación; comunicativa, por su idea, tan avanzada, de recuperar la parte más dialógica e interactiva del proceso de aprendizaje como cimiento del conocimiento.

No es por eso exagerado reivindicar la enciclopedia mecánica como soporte antecesor de los libros electrónicos, no porque, obviamente, anticipara su futura lógica digital sino, más bien, porque entendía el aprendizaje como un proceso disconforme con la mera discursividad sucesiva y textual de los libros tradicionales, necesitada por tanto de estímulos visuales y auditivos integrados y complementarios, en soportes portátiles y ligeros que hicieran fácil y posible su traslado y acarreo, que permitieran la consulta simultánea de las distintas materias conformadoras del currículum y una interactividad incipiente que no relegara al estudiante a su condición más pasiva de mero receptor y repetidor. Y todo eso podía hacerse con el concurso de la técnica, de una innovación entendida al servicio de esa fuertes preocupaciones que la humanidad padecía.

No se adivina en las palabras de Dña. Ángela desánimo ni desaliento ninguno cuando la locutora de Radio Nacional le increpa por el desarrollo futuro de tan osada idea, quizás porque el tesón fuera un rasgo esencial de su carácter. Se trata, sin embargo, reconocía en la entrevista, de un entorno “fuertemente complicado y complejo” donde no basta tener buenas ideas ni recibir órdenes o premios nacionales o internacionales. Antes que eso hubiera sido necesario contar con una “industria fuerte” que hubiera podido hacerse cargo del desarrollo fabril de esa patente que quedaría arrumbada en el olvido hasta que hoy reconocemos en ella una precursora conceptual, quizás por ello inadmisible, de los libros electrónicos actuales.

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Contra los gigantes

En un reciente artículo así titulado en la prensa alemana, Contra los gigantes, se resaltaba el éxito de la estrategia que los editores y libreros alemanes pusieron en marcha al conjurarse en torno a un dispositivo digital compartido (Tolino), a la agregación de contenidos para incrementar la disponibilidad de títulos, a la apuesta por la interoperabilidad y la desaparición de los DRM estrictos, etc., etc. Algo de todo eso deberíamos aprender si pretendemos que las mera eclosión puntual de nuevas librerías sea algo más que flor de un día.

La afirmación inicial es, no obstante, relativamente engañosa: los grupos que inicialmente impulsaron este acuerdo, con la intención de contrarrestar fundamentadamente el empuje de las grandes iniciativas multinacionales, no eran tampoco pequeños editores o libreros independientes: a la cabeza estaban el grupo WeltBild, Hugendubel, Thalia y el gigantesco y tentacular grupo Bertelsmann. Es cierto que a ese grupo de pioneros se han ido sumando otros miembros relevantes, como puede ser el caso de la cadena de librerías Osiander en el sur de Alemania o de Mayersche en Nordrhein-Westfalen, porque subyace la convicción de que solamente mediante la cooperación y la neutralidad cabe plantar cara a la tormenta digital: de acuerdo con las últimas cifras proporcionadas por la empresa especializada de estudios de mercado GfK, la cuota de mercado de Amazon en Alemania ha descendido por primera vez a causa de la extensión de Tolino, del millón de libros disponibles en formatos estándares, y de la tecnología que garantiza y asegura la interoperabilidad. A día de hoy, la cuota de mercado de Tolino y su red asociada de distribución es del 40%; la de Amazon del 47%.

Si la cuota del Tagus en España sigue siendo irrelevante, no es porque el dispositivo sea mejor o peor, sino porque la estrategia global de su puesta en marcha y funcionamiento fue asumida por un sólo grupo, porque seguramente aquí hicimos todo lo contrario de lo que el Director de la Börsenverein aconseja: “Tiene que aumentar la comprensión de que, sobre todo en los negocios digitales, solamente las solcuiones grandes y colectivas llegan a su objetivo”. La puesta en marcha de una estrategia multicanal respaldada por todos los agentes implicados, es una apuesta por el futuro colectivo del sector.

De acuerdo con las últimas cifras proporcionadas en el verano pasado por el gremio de editores, la cuota de mercado había ascendido aun 4,3%, las ventas habían alcanzado los 24,8 millones de ejemplares, y el precio medio había caído a los 7,8 €. El gremio, como en otros lugares, se ha quejado de la posición monopolística que pueden llegar a alcanzar los gigantes, pero no se limita a comportarse como un enano quejoso, sino que desarrolla una estrategia colectiva al servicio de los intereses de los lectores y de los agentes de la cadena del libro.

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La piel digital de la librería

No es previsible que quien haya experimentado con el comercio electrónico y haya realizado una compra cómodamente desde su dispositivo móvil vaya a renunciar fácilmente a proseguir e incluso aumentar su dedicación digital. 5 mil millones de dispositivos conectados ya a la red no se pueden equivocar.

En las alturas los gigantes disputan la última de las grandes batallas y el más grande de ellos reconoce que el futuro será de aquel que sepa ofrecer a sus clientes, en el ámbito de lo digital, una experiencia de compra satisfactoria. Mientras tanto, el pequeño comercio -la librería- se aferra a algunos argumentos insuficientes, prácticamente inservibles, para perpetuar su opción exclusivamente analógica, disgregada y escasamente colaborativa: el formento de la compra local, el valor cultural de su oferta, el trato cercano y personalizado. Y no es que estos últimos argumentos sean falsos en sí mismos, sino que no pueden plantearse como una alternativa exclusivista enfrentada a los retos que plantea el ámbito de lo digital.

En Alemania acaban de poner en marcha lo que algunos de nosotros hace tanto tiempo pensábamos que debería ser una de laa más plausibles alternativas a la rigurosa concentración vertical de las grandes plataformas: el portal Koliro.de  facilita que cualquier usuario realice su compra online y decida a continuación a qué librería local debe adjudicarse la transacción, una suerte por tanto de plataforma centralizada que no solamente muestra en qué librería pueden encontrarse los libros que uno quiera adquirir sino que permite realizar la compra y recibirla a domicilio. Un acuerdo nacional con una de las grandes distribuidoras alemanas, Koch, Neff und Volckmar (KNV), garantiza que los envíos se realizarán con la misma puntualidad y celeridad que su amenazante contraparte multinacional. También, claro, pueden realizarse compras de contenidos digitales para descargarlos de manera inmediata en formato estándar (EPub 3.0) y con simples marcas de agua como DRM.

Es cierto que este fenómeno no es nuevo en Alemania y que Libreka ya representaba en buena medida esa posibilidad de compra online: Libreka es hoy directamente gestionada por Buchhandel, la asociación de los libreros alemanes, y su lema reza de la siguiente manera: “Compre los libros en su librería local. 3 millones de títulos. 900 librerías. Un portal”. Y por si quedara alguna duda de espíritu cooperativo en tiempos de necesaria colaboración, se definen así mismos como Das gemeinsame Portal des deutschsprachigen Buchhandels, el portal común de las librerías alemanas, y su publicidad se subraya con una campaña que dice: Global Klicken. Lokal kaufen, hacer click global, comprar local.

La estrategia parece evidente: solamente la agregación o integración de las pequeñas librerías en una única plataforma en la que el usuario pueda encontrar una masa crítica de contenidos variada y de calidad, en un entorno sencillo de utilizar sin los engorros y dificultades que habitualmente interponen muchas plataformas, valiéndose del apalancamiento que el precio fijo proporciona, garante de la interoperabilidad, puede afianzar la pervivencia de un entorno librero diezmado y en franco peligro de desaparición. Acatar las reglas de un juego que dan al usuario la potestad de repartir los márgenes de la compra realizada al librero que elija, de manera que el beneficio de la agregración revierta en el pequeño comercio. Lo digital al servicio de la supervivencia de lo analógico, la piel digital que la librería necesita para perdurar en esa función cultural que tantos deseamos que preserve y potencie.

Muchos otros servicios de naturaleza digital pueden reforzar y enriquecer la vida del entorno analógico: la suma de las fuerzas de algunas empresas de producción (que bien podrían haber estado lideradas por los libreros), han dado como resultado la formación de Bibliomanager, que persigue hacer realidad lo que hace tiempo que la impresión digital promete: un patrimonio bibliográfico siempre accesible a disposición de cualquier lector en formato analógico.

Entre nosotros se han dado pasos, qué duda cabe, en el sentido acertado: Todostuslibros.com podría y debería ser ese espacio, por ahora incomprensiblemente desgajado de su complementario Todostusebooks.com y ajeno a la posibilidad de compra, que compitiera por un lugar bajo el sol de las plataformas preferidas de los compradores de libros y servicios asociados. O las pequeñas y medianas librerías se integran de manera que su oferta editorial disuada a los potenciales lectores de adquirir el mismo contenido en otras plataformas, haciéndolo con la misma o mayor facilidad y pertinencia, renunciando al eventual beneficio individual en beneficio del colectivo librero, o mucho me temo que nos rasgaremos las vestiduras y nos arrancaremos los cabellos cuando ya sea demasiado tarde.

Poner una piel digital a las librerías, en fin.

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Vivan las caenas (digitales)

Ayer comenzó en Villa Reale di Monza un encuentro auspiciado por la UNESCO en torno al sugerente asunto de The book tomorrow: the future of the written word, con la aspiración, por tanto, de reflexionar sobre el papel del libro y la lectura, de los nuevos soportes y las nuevas formas de creación, estudio y entretenimiento.

De lo que llevo visto y leído creo que lo más reseñable es, sin duda, la reflexión de Richard Stallman, su certera descripción de lo que, hace bien poco, Slavoj Zizek describiera en Corporate rule of cyberspace, las reglas corporativas del ciberespacio: somos tanto más ricos en el acceso a los contenidos digitalizados cuanto más nos dejamos encadenar por tecnologías y lenguajes propietarios, por nubes etereas e inalcanzables que registran sistemáticamente nuestra actividad y nuestra identidad, y que ni siquiera nos permiten poseer aquello que creemos que poseemos. Stallman, en un texto corto, rotundo y sencillo, dice: “los libros electrónicos, tal como son usados en la actualidad, atacan la libertad de los lectores. Por ejemplo, el timo del Kindle de Amazon deniega a los usuarios la libertad de adquirir libros de manera anónima; darlos, prestarlos o venderlos; conservarlos durante todo el tiempo que se desee; incluso la libertad de poseer un libro. Hace todo eso a través de unas esposas digitales (software malicioso que restringe las libertades de los usuarios) y por medio de instrumentos legales. Los libros electrónicos encriptados requieren el uso de software propietario, software sobre el que los usuarios no tiene control porque el software libre que sería capaz de leerlo, está censurado en Estados Unidos y en la Unión Europea”.

Y Stallman, como activista de los derechos civiles fundamentales, apela a la responsabilidad de los lectores: “nosotros, lectores, debemos defendernos de ese ataque. No debemos darnos por satisfechos con un mero cambio parcial que respete parte de nuestras antiguas libertades. En nombre de la libertad, nosotros, lectores, debemos rechazar los libros electrónicos y realizar campaña contra ellos hasta que respeten nuestras libertades. Debemos insistir en que los ebooks puedan ser comprados (no, simplemente, licenciados); en que puedan ser adquiridos anónimamente; que no demanden la aceptanción de condiciones contractuales restrictivas; y que sean publicados en formatos basados en estándares abiertos, de manera que la gente pueda escribir y usar software, libremente, para leerlos”.
Es improbable, sin embargo, que los usuarios y lectores se amotinen para pedir algo similar. Más bien, al contrario, como en tiempos de Fernando VII, sería más probable que se escuchara ¡Viva las caenas!, porque no otra cosa es el uso de dispositivos digitales conectados con plataformas de distribución y comercialización de los mismos fabricantes mediante tecnologías y lenguajes propietarios. Pero que tire el primer IPod quien no haya utilizado nunca un dispositivo encadenado.

La cuestión, a mi entender, no es tanto que los lectores se revelen como que los editores y los autores entiendan las consecuencias de dejar todo en manos de unos pocos, de los efectos que sobre su independencia pudiera tener, y abogaran por la construcción de una plataforma propia e independiente por medio de la cual promocionar, distribuir y comercializar sus fondos bibliográficos, libres de cortapisas legales y trabas digitales.

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Los futuros del libro de nuevo

Bueno, ya lo tenemos todos. Unos por una vía y otros a través del correo enviado por el Gremio de Editores. Turning the page: the future of eBooks, es el informe desarrollado por PriceWaterhouseECoopers donde vaticinan el aspecto que la industria editorial y sus productos tendrán en un futuro cercano. Comienzo por la conclusión, tan conocida ya por quienes llevamos algunos años reflexionando sobre su devenir, que nos ha parecido insulsa y alicorta, pero al menos con la virtud de reconocer que el futuro es el de la convivencia: “los ebooks se establecerán como un formato de libro adicional junto a los libros de bolsillo y los de tapa dura”, se afirma en el punto final del estudio, “Con el Kindle, Amazon ha mostrado los criterios necesarios a este respecto. Al final de julio de 2010, Amazon informó que había vendido un millón de copias de la trilogía Milenium de Stieg Larsson a través de su librería virtual. Si queremos que los mercados para los libros electrónicos legales se establezcan y que los editores puedan obtener algún beneficio de su desarrollo, es esencial que todos los proveedores consideren el proceso de digitalización de la industria del libro como una oportunidad para convertir la lectura en una ocupación popular de uso del tiempo libre para todos los grupos sociales, incluidas las generaciones más jóvenes. Generar beneficios a partir de los ebooks no será sencillo, pero los editores, los fabricantes de dispositivos, y las tiendas online tendrán que trabajar en colaboración centrándose en las necesidades de los usuarios, asegurando de esta manera una transición sosegada y exitosa”.

Hasta aquí, poco nuevo y mucho consabido. En todo caso, confirmación de lo que muchos especialistas, desde las trincheras de sus blogs y otros canales digitales, llevan mucho tiempo discutiendo. “Los editores”, continúan esas conclusiones, “tendrán que explicar a los lectores las ventajas de los eBooks y los eReaders: fiabilidad, funcionalidad, facilidad de uso. Además de eso, dispositivos usables con vínculos permanentes a tiendas en línea; beneficios claros y bien comunicados a los posibles usuarios, una combinación inteligente de  todos los canales de distribución y un amplio espectro de contenidos son las claves del éxito”, es decir, todo lo que nos queda todavía por hacer. “Los Ebooks”, termina el equipo de consultores, “no reemplazarán al libro en papel”. Qué alivio… “Estarán disponibles en paralelo junto a los libros impresos y estimularán el comportamiento lector”. Y la fanfarria final, el llamamiento a las dispersas tropas editoriales para que cierren filas en torno al futuro digital que les aguarda: “el mercado del libro encara un futuro excitante. Si los editores quieren beneficiarse de ese proceso, deben invertir ahora”.

Un trabajo interesante y valioso, en todo caso, para conocer los hábitos de compra y consumo de los lectores (no españoles, porque la muestra no los incluye), los factores que realmente parecen influir en su percepción sobre los nuevos soportes y, en consecuencia, las tendencias que de ahí parecen derivarse (yo siempre hubiese pensado que una puesta en página armónica, una caja equilibrada, unos tipos bien diseñados, y un dispositivo que no pareciera una máquina de coser deberían ser elementos determinantes, además de pluralidad en la lectura de los formatos y una buena y nutrida oferta editorial, pero no, parece que no siempre coincide el criterio de quienes nos dedicamos a ello con el de quienes leen y compran). Menos interesante, al contrario, en todo lo que respecta al cambio de paradigma en la industria editorial, a la reconfiguración de su cadena de valor y al papel que sus diversos agentes deberán jugar.

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Así que pasen cinco años

Nicholas Negroponte no ha temblado al decirlo: cinco años, al libro en papel le quedan exactamente -ni más ni menos, puntual y certeramente-, cinco años de vida. En la entrevista que concedió  hace unos pocos días a la CNN, Negroponte, el autor de Being digital, profesor del MIT e impulsor de One Laptop Perchild, argumentó que los libros en papel se distribuyen mal y no cumplen, por eso, su misión de diseminación del conocimiento. Durante algo más de cinco siglos la parte más soleada del mundo ha gozado de un acceso razonable a ese tesoro, pero apenas ha rozado aquellos otros lugares, olvidados, que más los necesitarían. No es mal argumento. No sé por qué lo único que recuerdo de Being digital es que auguraba la desaparición de la cadena Blockbuster porque acabaría imponiéndose un modelo de distribución digital de video. Blockbuster cerró y Google está negociando ahora con Hollywod, así que habrá que tomarse en serio los augurios de Negroponte.

Este sábado, sin embargo, los organizadores del Bookcamp de Kosmópolis, en el CCCB de Barcelona, me han propuesto un reto: explicar en qué consiste la bibliofrenia y por qué resulta bastante improbable que algunos de nosotros estemos dispuestos a ratificar las profecías de Negroponte. Se me ocurren muchas razones, y querría exponer ahora alguna de ellas, como aperitivo sabatino. Hay razones físicas: la tecnología del libro en papel obliga, en general, a practicar una lectura silenciosa, sucesiva, reflexiva, introspectiva, necesariamente subjetiva. La relación que se establece con el objeto va más allá de una mera correspondencia funcional, que un encuentro utilitario. La relación que se establece es, al contrario, estrecha, intransitiva, íntima. Y, como en toda relación de intimidad, se establece, simultáneamente, una relación sensual: a menudo evocamos el tacto, el olfato o la vista para recalcar la personalidad física e independiente de cada libro.  En efecto, cada libro es único,  porque, aun cuando su producción sea industrial y seriada, cada cual adquiere una personalidad propia y exclusiva.  Cada libro resulta inconfundible para quien lo posee. ¿Acaso podríamos confundir a uno de nuestros hijos, a una de nuestras/os amantes?  ¿Qué tiene que ver, por tanto, esa relación fraternal o concupiscente con un libro con lo que un dispositivo electrónico nos ofrece?  No niego que los objetos electrónicos no puedan apelar a nuestros sentidos y que cualquier joven pudiera enumerar sus atractivos. Yo, que no soy en absoluto insensible a la electrónica, prefiero, sin embargo, el lujurioso contacto del papel. Las bibliotecas, las viejas bibliotecas donde sólo había libros –un reino en franca retirada, en cualquier caso-, no eran cementerios ni necrópolis. Al contrario: eran balnearios donde uno podía bañarse en las fuentes del conocimiento y dialogar en silencio con viejos amigos desaparecidos. Nuestras propias bibliotecas, las bibliotecas de nuestras casas, son un rasgo distintivo de nuestra personalidad, una encarnación de nuestra intimidad, de nuestros gustos, tendencias y pareceres, un lugar donde se encuentra amigos íntimos en calmado parlamento. Nuestras bibliotecas, así lo veo yo,  son remansos, oasis y, muchas veces también, muros de contención contra el ruido y la furia exteriores, contra el sinsentido.

¿Cabrá pensar que alguna vez un solo dispositivo digital capaz de almacenar todas nuestras bibliotecas juntas pueda suplantar esa dimensión física de nuestra personalidad? Yo no lo creo… Me reservo el resto de las razones psicológicas y la galería de los personajes que lo encarnaron para el próximo sábado. Allí nos vemos.

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Razones para la convivencia

Hoy empieza Liber y vamos a hablar, de nuevo, de la posible, probable o deseable convivencia entre los soportes, del lugar que cada uno acabará ocupando en un ecosistema redefinido donde, qué duda cabe, los dispositivos digitales, la nube intangible de libros ubicuamente accesibles, se convertirá en el sueño de la gran biblioteca universal. En todo caso, en la efervescencia de las opiniones y del subidón digital, creo que conviene siempre reparar en la perfección de la tecnología de que disponemos y en su asociación con determinados procesos cognitivos. Si tuviera que intentar resumir en una frase la razón por la cual perdurarán, al menos durante un trecho del tiempo que nos aguarda, los libros en papel, diría: fijaos en cómo ese artefacto nos obliga a leer su contenido de manera lineal, sucesiva, acumulativa, obligándonos a profundizar, progresivamente, en sus sucesivas capas de sentido, a anticipar lo que quizás suceda, a inferir las razones por las cuales algo pase, a comprender, profundamente, los argumentos o las ideas que un autor expone, a conformarnos con ellas, a aceptarlas, a rebatirlas quizás, a formanos nuestra propia opinión crítica sobre lo expuesto. Esta forma de leer, inmersiva, envolvente, que exige bucear hasta las profundidades abisales del sentido, es una propiedad inherente a los libros hecha, además, con la materia prima fundamental: el lenguaje.

Ese será uno de los argumentos que expondré esta mañana:
Convivencia de formatos

Para quien quiera, además, seguir en directo las charlas del Liber 2010, a partir de las 11 de la mañana (hora española), puede hacerlo aquí:

Live Video streaming by Ustream


Canal UStream Futurosdellibro en Directo


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Los problemas del Kindle

Muchos se prometían un futuro del libro, al menos en el ámbito de los libros de estudio y consulta, claramente digital, donde el papel en las aulas fuera enteramente sustituido por libros electrónicos polivalentes y de alta capacidad de almacenamiento. Eso es lo que Amazon pensó cuando propuso a algunas universidades norteamericanas lanzar algunos proyectos pilotos para introducir el Kindle DX (la versión XXL del Kindle normal, con una pantalla más grande adaptada a los requisitos de la lectura de manuales y/o libros técnicos) en las aulas y evaluar el comportamiento de sus usuarios.

Las conclusiones de los alumnos de la Darden School of Business de  la Universidad de Virginia, según el comunicado de prensa de la propia escuela donde se resumen los resultados de la prueba piloto, son incontestables: “la mayoría de los estudiantes prefieren no utilizar libros electrónicos en el aula”. Las razones -conocidas para muchos de los que hemos intentando, arduamente, introducirlos en nuestro ecosistema informacional- son convincentes: “es necesario mostrar un alto grado de compromiso en el aula todos los días… y el Kindle no es suficientemente flexible… puede ser muy tosco. No puedes moverte entre las páginas, entre los documentos, las tablas y los gráficos, tan fácilmente como lo haces en las páginas de papel”.  De hecho, para quienes trabajan seriamente con las especificaciones y lenguajes y puesta en página del libro electrónico, esto no es nada nuevo. El Epub forum ya había advertido, en su última convocatoria de desarrolladores, que tanto los sistemas de navegación de los libros electrónicos como la administración y gestión de las notas y el enlace a los elementos paratextuales, era muy deficiente. Amazon no tiene por qué ser tan sincero, pero hay quienes lo son por él. El experimento dentro de la escuela terminó con dos escuetas preguntas a los encuestados: ¿recomendarías el uso del Kindle DX a un estudiante que se incorporara a la escuela? y ¿recomendarías el Kindle DX a un estudiante que se incorporara a la escuela como dispositivo de lectura? A la primera pregunta, el 75-80% de la población respondió que no; a la segunda el 90-95% de los encuestados respondió que tampoco.

Es posible, como seguramente diría el maestro Piscitelli, que parte del fracaso se deba a que usamos nuevos instrumentos a la vieja usanza: la transmisión tradicional del conocimiento uno a uno reinterpretada digitalmente mediante un dispositivo poco capacitado para propiciar una experiencia educativa renovada. ¿Deberíamos renunciar, simplemente, al uso de esos soportes rígidos, por muy digitales que sean, para practicar formas de aprendizaje compartido y colaborativo que requiren de otra clase de tecnologías y aplicaciones, como parece sugerir el #Reinventate2.0.

Tampoco resulta rápida ni cómoda la lectura en el dipositivo, tal como demostrara Jacob Nielsen en uno de sus últimos experimentos, realizado entre personas con coeficiente de competencia lectora equiparable.

Los dispositivos dedicados de lectura, Kindle y familia, no parecen ser los llamados  a sustituir a los viejos libros de papel ni los viejos apuntes. Podrán o no serlo las herramientas de trabajo cooperativo o los tablets dotados de aplicaciones interactivas, pero no parece que Amazon vaya a ganar esta partida.

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