Posts etiquetados con ‘Libros de texto’

Open Education Week

Esta semana se celebra en todo el mundo la #openeducationwk, Open Education Week, una inciativa promovida por el Open Education Consortium. El propósito que empuja el trabajo del consorcio no es otro que el de generar recursos educativos, de manera colaborativa, en abierto, para favorecer el intercambio sin restricciones y el acceso sin límites.

Todo parte de unas cuantas convicciones que se agregan fácilmente:

  • internet es una plataforma que favorece la colaboración, de manera que cabe idear y construir recursos educativos mediante la agregación del esfuerzo de muchas personas interesadas, como es el caso de Open Textbooks;
  • los libros de texto tradicionales cumplieron una función concreta cuando la educación estaba meramente basada en la memorización de un conjunto de contenidos prescritos curricularmente, pero hoy sabemos que hacer es aprender, que el saber hacer es un principio epistemológico que debe inspirar la construcción de nuevos contenidos educativos. Hasta los colegios jesuitas de Cataluña han anunciado que abolen las asignaturas, los exámenes y los horarios en pos de una educación adaptada a los ritmos y estilos de aprendizaje de los alumnos individuales;
  • el aprendizaje basado en proyectos, que es uno de los principios rectores de la pedagogía contemporánea (inventado, eso sí, a mediados del siglo pasado), requiere del diseño de secuencias de aprendizaje integradas y transversales que no se encuentran, necesariamente, en los libros de texto: se encuentra en la colaboración de los profesores y sus claustros;
  • la comunidad escolar, los profesionales de la educación, tienen en su mano la posibilidad, como sucede en el caso de Procomún. Red de recursos educativos en abierto, de intercambiar con los demás el fruto de su trabajo, de reutilizar, contextualizarlo y mejorarlo (si cabe), y de volver a compartirlo con los demás es un ciclo eventualmente inacabable de iteraciones y mejoras;
  • los precios de los libros de texto, sobre todo de los universitarios, han sufrido un incremento constante e injustificado en los últimos treinta años, de manera que su abaratamiento mediante el trabajo cooperativo, puede ser una buena fórmula para favorecer el acceso universal. Collegeopentextbooks (#OPENTEXTBOOK) es una de las iniciativas que cuelga del Open Consortium;
  • la agenda digital europea exige que podamos leer, utilizar y compartir los contenidos digitales en cualquier soporte, en cualquier momento y en cualquier lugar, es decir, que se promuevan los estándares y la interoperabilidad, camino que no han elegido la mayoría de los editores y fabricantes, que suelen preferir los formatos propietarios y los DRM no interoperables. Un esfuerzo compartido por trabajar en formatos abiertos es, también, un elemento que contribuiría a esa demanda de accesibilidad y libre disposición de los contenidos digitales.

La suma de esas razones es suficiente para pensar que no cabe conformarse con contenidos educativos precocinados, cerrados y propietarios, sino que es necesario despertar la conciencia y la adopción de los libros de texto (de los contenidos digitales educativos) abiertos.

Feliz y productiva #openeducationwk

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La defunción de los libros de texto

En la portada del semanario alemán Die Zeit del mes de octubre de 2014 podía leerse: ¿Se muere el libro de texto? La pregunta no era, obviamente, un estrambote, sino una cuestión plenamente justificada afecta, al menos, a toda la educación y la pedagogía y a la industria que ha vivido decenas de año de la confección y fabricación de esos artefactos.

Si nos fijamos bien, la tecnología del libro de texto -un contenido cerrado y acotado, ajustado a un currículum oficial, pensado para que un oficiante lo declame en público y una tropa de pacientes lo esuche, memorice y reproduzca- está firmemente apegada a una lógica industrial de la educación que buscaba eficiencia y homegeneidad. Hoy sabemos que eso no nos sirve por múltiples causas concomitantes:

  • Porque todos los niños nacen altamente dotados y capacitados y el sistema escolar tiene la obligación de hacer aflorar y desarrollar esas capacidades;
  • Porque en una sociedad fuertemente jerarquizada podía admitirse que hubiera tontos y listos fruto del funcionamiento de esa maquinaria educativa, pero hoy necesitamos de la inteligencia agregada de todos;
  • Porque el aprendizaje no es meramente visual, memorístico y repetitivo. Muy al contrario: el aprendizaje, tal como demuestra la pedagogía desde hace decenios, está fundamentada en una pirámide invertida en la que la base es el aprendiaje práctico basado en proyectos;

  • Porque se aprende más cuanto más interactivo, práctico, real y participativo sea el proceso de aprendizaje, todo lo contrario al diseño de la experiencia tradicional;

  • Porque los contenidos cerrados y clausurados tienen que dar paso a recursos reutilizables y acomodables en secuencias de aprendizaje integradas;
  • Porque la información ya no es un secreto celosamente guardado, sino un bien superabundante accesible a través de múltiples dispositivos ubicuos, que hacen del aula tradicional un receptáculo patibulario;
  • Porque nuestros jóvenes son nativos digitales, aborígenes de un ecosistema de la información distintos, en el que preponderan otros sentidos diferentes al meramente visual (una relectura de MacLuhan no vendría mal);
  • Porque la sociedad de la información es conocimiento democratizado, y para eso hay que capacitar en las nuevas competencias a nuestros alumnos.

En la última Feria del Libro de Guadalajara 2014, dentro del forto de “Contenidos educativos digitales”, tuve la suerte de poder convocar un taller para repensar y reinventar los libros de texto. Este resumen y la presentación que lo acompañan son la parte que puede incorporarse a un blog.

El ingenio y los más que estimables resultados fruto del trabajo de toda una mañana son todos mérito de los profesionales que intervinieron.

Gracias a todos por los aprendizajes mutuos.

El libro de texto, tal como lo conocimos, ha muerto -más allá de las resistencias de la industria y de su corta o larga inercia-. Estamos pues, obligados, a reinventarlo.

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El precio y el valor de los libros de texto

En uno de los últimos número de la revista The Economist (poco sospechosa de no creer firmemente en la economía del libre mercado), pudimos observar un gráfico cuyo título no dejaba lugar a dudas: “Un caso de manual de manipulación de precios”, refiriéndose al incremento exponencial e injustificado del precio de los libros de texto en los Estados Unidos.

De acuerdo con el último informe de ANELE sobre “El precio de los libros de texto“, “la subida media de los precios de los manuales para el curso 2014‐2015 se sitúa en el 0,8%”, incremento achacable, en buena medida, al sobreesfuerzo derivado de la LOMCE y de la necesaria creación de nuevos contenidos y materiales. Los precios medios por nivel educativo, de acuerdo con el mismo informe, estarían en torno a las 18,45 €, 24,60 € y 27,24 € si nos referimos a primaria, secundaria y bachillerato. Como toda medida central, se ignoran los extremos, aunque muchos tengamos la experiencia de que gran parte de los libros de texto obligatorios alcancen precios que rondan los 30-35 €.

La pregunta que suele formularse y que no tiene tan fácil respuesta como la mayoría piensa, está, sin embargo, plenamente justificada: ¿son caros los libros de texto? ¿aportan el valor suficiente como para que su alto precio esté justificado? ¿tiene sentido ese desembolso en un ecosistema educativo digital, en el que el libro de texto tradicional pierde en buena medida su papel y su significado? Poca gente sabe que en la concepción y elaboración de un libro de texto intervienen muchas personas: autores que perciben un tanto alzado, editores especializados que supervisan con profesionalidad el proceso de trabajo, grafistas y diseñadores que traducen a imágenes y cuadros gran parte de la información, documentalistas que buscan las mejores imáganes de acompañamiento y abonan los derechos correspondientes por su uso, impresores que realizan su labor tradicional ajustando los precios cada vez más, distribuidores que hacen llegar miles de copias a los puntos convenidos, librerías, grandes almacenes y cadenas que comercializan los libros de texto a cambio del margen comecial correspondiente. Y aún cabría añadir algunos otros epígrafes a la cuenta de gastos de un libro de texto… La cuestión, por tanto, es que en la lógica de producción tradicional y analógica de un libro de texto tradicional, su precio está en buena medida justificado. Es decir: es caro porque el proceso de creación, producción, distribución y comercialización lo es, y porque los márgenes que los grandes grupos demandan a sus productos son cada vez, también, mayores.

Pero, siendo conscientes de esa paradoja del precio, ¿está justificado abonar esa cantidad por un objeto analógico, no actualizable, difícilmente reutilizable, que fue concebido para las aulas del siglo XIX en las que el paradigma pedagógico era el del modelo de transmisión unilateral del conocimiento, el de la memorización y la repetición, el del control cuantitativo del rendimiento como supuesta herramienta de evaluación, el del contenido fragmentado y compartimentado en asignaturas sin relación alguna, el del espacio del aula como compartimento cerrado sobre si mismo donde transcurre con exclusividad el aprendizaje? Y aún más: ¿está justificado abonar esa cantidad de dinero por un objeto en papel cuando la distribución y comercialización de los recursos educativos cabría hacerla de una manera digital enteramente distinta? Sí, es cierto que existen gastos e inversiones vinculados al desarrollo de los contenidos digitales que antes no existían, pero también lo es que las amortizaciones son mucho más rápidas y que los ahorros pueden contabilizarse en muchos miles de euros.

No, no parece que ese gasto esté a día de hoy justificado. No, no parece que ese incremento exponencial e imparable de los precios de los libros de texto, como ya advirtiera también The Huffington Post, pueda ampararse por la aportación de un supuesto valor que ya no tienen ni detentan, al menos en exclusiva. La explosión de internet y la lógica de los recursos educativos digitales, hace redundantes cuando no innecesarios muchos de los materiales que utilizamos antaño.

La Fundación Samsung ha elaborado un informe titulado “Los padres ante la tecnología en los colegios” sobre el que debatiremos la próxima semana, un documento que nos servirá en el fondo de justificación para reflexionar sobre la inevitable transición de un modelo docente basado en el manual más o menos clausurado, fruto de una época determinada, y un presente que demanda recursos digitales dinámicos y reutilizables al servicio de un proceso de aprendizaje basado en el descubrimiento y la exploración. Una transición díficilmente asumible por la industria editorial y díficilmente comprensible por parte de muchos padres, emigrantes digitales perplejos ante las costumbres comunicativas de sus hijos.

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¿Qué será de los libros de texto?

No puede entenderse el lugar, la evolución y el posible futuro de los libros de texto sin atender a su contexto. De poco vale arriesgar opiniones sobre el aspecto lúdico, adaptativo, interactivo y digital de los eventuales libros de texto del futuro si no discutimos, previamente, sobre el imaginario pedagógico del siglo XXI y sobre las competencias necesarias para desenvolverse en el siglo actual. Porque la tecnología es recursiva, como casi cualquier otra cosa que afecta a los seres humanos: modifica su comportamiento, su percepción y su manera de hacer y pensar las cosas al mismo tiempo que es modificada por el uso que se le da. Dicho lo cual, el libro de texto ha sido y sigue siendo en buena medida un artefacto propio del imaginario del siglo XIX, una tecnología del conocimiento que presta sustento y soporte a los principios pedagógicos forjados en la sociedad industrial: la escolarización se entendía como un modelo fabril y homogeneizante que pretendía transmitir a los futuros trabajadores un conocimiento discreto, finito y suficiente para el resto de su vida útil; que concebía el conocimiento, por tanto, como algo estático e inmutable; que entendía la inteligencia de los impasibles alumnos como algo inamovible y dado; que configuraba comunidades humanas culturalmente uniformes, análogas; que daba por buena la idea de que la educación era, en definitiva, algo que los profesores producían para el consumo pasivo de los alumnos.

Pero, ¿tiene algún sentido que los libros de texto sigan formando parte de ese imaginario pedagógico del siglo XIX, de la educación adocenada y estática que propiciaba la formación de los trabajadores industriales? ¿Qué aspecto deberían tener los libros de texto del siglo XXI cuando sabemos, con certeza, que la identidad y el destino de cada alumno será diferente, cambiante y fluido a lo largo de sus vidas, para lo que necesitarán renovar sus conocimientos y competencias de manera constatne; cuando sabemos que la inteligencia posee múltiples dimensiones y aprehende y capta mejor aquello que le interesa, en espacios donde se genere la confianza y el refuerzo suficiente; cuando sabemos que el conocimiento no es una cantidad medible y discreta sino algo dinámico e inestable; cuando la configuración humana de nuestras escuelas es cultural y lingüísticamente heterogénea, como una ventana al mundo globalizado en el que vivimos; cuando la diferencia se percibe como una riqueza y no como un lastre; cuando el papel de los profesores es el de ayudar a que cada individuo desarrolle sus potencialidades específicas, en contextos de trabajo colaborativo y en entornos donde se propicie el descubrimiento; cuando el aprendizaje se entiende como algo que puede suceder en cualquier tiempo y lugar y cuando los alumnos asumen, en igualdad de condiciones, la responsabilidad sobre sus procesos de aprendizaje?

Las competencias para vivir en el siglo XXI pueden resumirse, como nos decía ayer Ferran Ruiz Tarragó (@frtarrago), en el seminario organizado por José Antonio Millán -La edición y el futuro de la educación- en la capacidad para actual de manera autónoma; en la capacidad para emplear herramientas interactivas; en la capacidad para desenvolverse en grupos sociales heterogéneos, y la pregunta sobre el aspecto que tendrán los libros de texto en el futuro no puede ser otra que la de pensar de qué forma pueden contribuir a promocionar esas competencias.

Los libros de texto no serán tanto objetos finitos y cerrados sobre si mismos como recursos al servicio de esos objetivos, y su morfología será digital o no, porque cada situación educativa requerirá recursos de una naturaleza distinta. Augusto Ibáñez hizo una reflexión editorialmente desacostumbrada, tan valerosa como atinada, en la que vislumbraba un futuro para las editoriales educativas vinculado, sobre todo, a la generación de dinámicas educativas que mediaran entre el contenido, el mediador o profesor y el alumno. La editorial como prestadora de servicios educativos, por tanto, como asistente en el diseño de ese nuevo espacio educativo que requerirá recursos diversos (desde la tutoría y la evaluación pasando por el aprendizaje por proyectos hasta llegar a la simulación o la gamificacion y el uso de la tecnología no como elemento sustitutivo sino articulador).

Ese sí será el futuro de la edición escolar: no persistir tanto en un modelo ligado a un imaginario pedagógico arcaico como el de reflexionar sobre el tipo se servicios de valor añadido que pueden proporcionar a la escuela en el siglo XXI. Dos reflexiones estimulantes para un futuro no menos apasionante.

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Acceso al conocimiento a través de las redes de colaboración

Mañana 26 de octubre se celebra en Madrid las II Jornadas Técnicas de ANELE (la Asociación Nacional de Editores de Libros y Material de Enseñanza) bajo el título de “Comportamiento de los lectores ante los libros de texto digitales: innovación en las aulas“.

Javier Celaya, que lo organiza y coordina, me reserva un tema de rabiosa actualidad, quizás tan frenética que pocas veces se encuentra una reflexión pausada sobre la verdadera utilidad y fundamento de esas herramientas sociales y colaborativas para la generación de contenidos y la adquisición de nuevos conocimientos. Como en muchos casos, se confunden las herramientas con los objetivos a los que deben servir, a los que deben supeditarse. La herramienta suplanta en demasiadas ocasiones al fin que se persigue, sustituyéndolo y enturbiando su carácter meramente funcional. Y digo eso porque, sin ir más lejos, en el Bookcamp de Kosmpolis en Barcelona de este último fin de semana pude leer un twitter (del que suprimiré su autor) que decía: “Shakespeare era el padre del mash-up #bck10″. Es cierto, como sostenían Barthes y compañía, que no hay texto enteramente original, porque todos son un cruce de influencias y de caminos; de ahí a pensar que la mera agregación de piezas y fragmentos (el mash-up digital, el collage tradicional) pueda convertirse en una obra de la originalidad y la altura poética de Shakespeare, dista un trecho gigantesco. Es, en todo caso, un equívoco pedagógico que confunde, de nuevo, los medios con los objetivos. Ni aprender a escribir garantiza convertirse en un clásico de la literatura ni manejar algunas herramientas de retoque digital le convierten a uno en un creador original, por mucho que Henry Jenkins lo propague y lo postule.

Henry Jenkins from New Learning Institute on Vimeo.

Pero puestas las cosas en su sitio, las posibilidades que las herramientas digitales y las redes de colaboración ofrecen para reforzar y dinamizar las comunidades de aprendizaje y la práctica dialógica, son extraordinarias. Ramón Flecha, nuestro más prestigioso especialista y una autoridad internacional en la materia, cifra las virtudes del aprendizaje dialógico, básicamente, en los siguientes elementos:

  • Las calificaciones globales son mejores;
  • Los alumnos más retrasados se benefician del conocimiento de los más adelantados;
  • Los alumnos más adelantados se benefician del esfuerzo de racionalización y comunicación que deben hacer para transmitir lo que saben;
  • Hay, en la idea de comunidades de aprendizaje y dialógico un fundamento ético de solidaridad e inclusión social. También un componente irrenunciable de reconocimiento de la diferencia como elemento unificador: paradójicamente,  todas las personas somos diferentes y esto es precisamente lo que nos iguala;
  • El diálogo promueve que los argumentos se tomen en cuenta según su valor, no según la relación autoritaria inherente a toda relación;
  • Las inteligencias se refuerzan unas a otras: inteligencias prácticas y múltiples que entran en cadencia y se complementan;
  • Se premia tanto el proceso y su maduración progresiva, la transformación, como el resultado. El error es un elemento valioso;
  • En las comunidades de aprendizaje se promueve, sobre todo, la autonomía y la autoafirmación del alumno, su capacidad para plantearse los medios a través de los que alcanzar los objetivos que se persiguen.

En estas circunstancias, si realmente fomentamos en el aula entornos colaborativos donde el diálogo y la cooperación son elementos prioritarios, las redes sociales y todas sus herramientas no harán otra cosa que catapultar sus competencias. Dice Ramón Flecha en “Lectura dialógica: interacciones que mejoran y aceleran la lectura“: “las aulas digitales tutorizadas no suponen solo su apertura a la comunidad sino la organización de estos espacios de manera que se acrecienten las interacciones entre los alumnos para incrementar el aprendizaje instrumental. Lo que pueden hacer los estudiantes cuando trabajan solos en la biblioteca o con un ordenador es menos que lo que llegan a lograr con ayuda de personas «más capaces». En el caso de las aulas digitales tutorizadas, cabe destacar el desarrollo de habilidades de lectura relativas a la lectura de textos en la red que los niños van incorporando al conjunto de estrategias de comprensión lectora”.

No se trata tanto, en resumen, de las herramientas como el uso que de ellas se haga y de la manera en que se diseñe su integración en el entorno educativo para potenciar la colaboración, el diálogo y el aprendizaje. Mañana, en conversación con Laura Borrás y Eduardo Picón abordaremos este y otros temas de rabiosa y esquiva actualidad.

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