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¿Dónde quedó la educación para la emancipación?

El Director del Colegio de mis hijos, en la última entrevista que mantuve con él, hace unas pocas semanas, lo dejó meridianamente claro: su trabajo consistía en preparar a todos los alumnos para los exámenes de acceso a la Universidad. Toda la primaria y la secundaria no podían ser otra cosa, por eso, que una carrera de obstáculos preparatoria, una sucesión de controles administrativos, un ejercicio de adaptación a los más estrechos criterios curriculares. Y lo cierto, no le faltaba razón, es que la gran mayoría de los padres reclaman y demandan que eso sea así, que sus hijos sean entrenados de manera que se les garantice el éxito en la feroz competencia por el acceso a los mejores centros de enseñanza superior.

Hace cuarenta años hubo un conato de lucidez en el que  muchos filósofos y pedagogos reclamaban algo completamente distinto. En el año 1973, Ivan Illich, ese filósofo injustamente olvidado, a caballo entre la vieja Europa y el Nuevo Mundo, escribía:

Lo que enseña el maestro no tiene ninguna importancia, desde el momento en que los niños deben pasarse centenares de horas reunidos en clases por edades, entrar en la rutina del programa (o currículum) y recibir un diploma en función de su capacidad de someterse a él. ¿Qué se aprende en la escuela? Se aprende que cuantas más horas se pase en ella, más vale uno en el mercado. Se aprende a valorar el consumo escalonado de programas. Se aprende que todo lo que produce una institución prioritaria tiene valor, incluso lo que no se ve, como la educación y la salud. Se aprende a valorar la promoción jerárquica, la sumisión y la pasividad, y hasta la desviación tipo, que el maestro interpretará como síntoma de creatividad. Se aprende a solicitar sin indisciplina los favores del burócrata que preside las sesiones cotidianas: el profesor en la escuela, el patrón en la fábrica. Se aprende a definirse como detentador de un lote de conocimientos en la especialización en que se ha invertido el tiempo. Se aprende, finalmente, a aceptar sin rebelarse su lugar dentro de la sociedad, es decir, la clase y la carrera precisas que corresponden respectivamente al nivel y al campo de especialización escolares.

Me da la sensación de que hoy asistimos afortunadamente a una renovada pugna pedagógica entre las instituciones que siguen promoviendo formas de control social tradicional y aquellas otras que quieren recobrar un impulso de autonomía, independencia y emancipación, no solamente porque las incertidumbres a las que nos enfrentamos en el siglo XXI reclamen individuos capaces de enfrentarse a ellas de manera innovadora e imaginativa, porque no se trata únicamente de un proceso de mejora de la producción, sino de individuos que puedan desplegar de manera genuina todos sus talentos y capacidades, de manera creativa e inventiva: desde el movimiento maker en las escuelas, que promueve el uso libre y subversivo de las herramientas para la solución creativa a cualquier clase de problema o reto, pasando por los movimientos a favor de una escuela capaz de acompañar el desarrollo de todos los talentos y potencialidades inscritos en un niño o una niña, la revalorización de los saberes informales no necesariamente formalizados sostenidos en el intercambio entre particulares, el incremento inusitado de la accesibilidad a todo tipo de conocimientos mediante cursos online masivos de duración diversa, hasta el rediseño de nuevas arquitecturas del aprendizaje de las que los alumnos y alumnas puedan adueñarse.

Es posible que la idea de la completa desescolarización que promovía Illich, en coherencia con su postura radicalmente libertaria, nos parezca hoy excesiva (Freire prefería una educación liberadora pero desde la escuela), pero su convicción de que el aprendizaje debe ser creativo, compartido y dirigido a la emancipación y libertad del individuo, no ha mermado un ápice en su actualidad. Ojalá sepamos recobrarlo.

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Las bibliotecas en la nueva geografía del conocimiento

Para intentar entender la evolución de una institución ancestral como es la de la biblioteca, hay que salirse fuera de ella. Para intentar vislumbrar cómo serán en el futuro esas instituciones que arrastran un imaginario ligado al siglo XVII, hace falta mirar alrededor, salirse de la acolchada burbuja de las salas de lectura y abandonar la idea de que el conocimiento solamente reside allí, y de que los bibliotecarios son aquellos que han sido designados para clasificarlo, ordenarlo, custodiarlo y dar (o no) acceso a su consulta. Ese lastre histórico, que tuvo su sentido y que tiene una clara genealogía histórica, marca todavía el sentir de muchos bibliotecarios y su práctica cotidiana: la certeza de que el mundo puede ser ordenado y clasificado mediante thesaurus y otros vocabularios similares que dividen el mundo de manera arbitraria; de que el conocimiento está principalmente ligado a un solo soporte, el del libro, donde se han sedimentado milenios de sabidura; de que los bibliotecarios son los cancerberos que custodian celosamente el acceso a tan preciados bienes, todo dentro de una lógica logocéntrica que determina el diseño de los espacios y las normas de lectura y consulta (en silencio, separadamente, de manera reflexiva y recogida, acatando ciertas normas de aislamiento e incomunicación).

Todo eso tuvo su sentido pero intentar comprender la evolución futura de las bibliotecas basándose en ese punto de vista, nos haría olvidar lo que está ocurriendo en derredor, y las bibliotecas son solamente instituciones sometidas a las mismas tensiones que el resto de las empresas humanas.

Las bibliotecas, como las placas tectónicas, sufren una deriva que ni ellas mismas advierten, pero que las transformará de una manera irreversible:

  • La aparición de Internet ha tenido como consecuencia no solamente la transformación de los soportes y las maneras en que consumimos y compartimos la información, sino que ha traído consigo la posibilidad de que cualquiera pueda generar contenidos. Internet -hay que repetirlo una vez más- democratiza la posibilidad de que cualquiera comparta una porción significativa del conocimiento que posee, de ahí que uno se pasme ante la cantidad ingente de contenidos que cada minuto se suben a YouTube, Wikipedia, WordPress o cualquiera de las plataformas que facilitan ese intercambio.
  • La explosión de los medios digitales como forma predilecta de producción, circulación y uso del conocimiento hace que los libros tradicionales ya no ocupen, forzosamente, el centro del ecosistema informacional;
  • Los sabios debebn bajarse de sus torres y admitir que, por fin, una nueva sociedad de intérpretes cualificados está adviniendo: apenas quedan resquicios ya de ese resabio clásico en el que existía una clara separación entre el experto y el supuesto amateur: las jerarquías tradicionales entre unos y otros se desvanecen y surgen nuevas formas de articulación entre el saber experto y el saber común.
  • La educación a lo largo de la vida, esa reclamación que ya estaba presente en el informe del Club de Roma del año 79, No limits to learning, se hace ahora realidad: la biblioteca debe ser el espacio que encarne esa posibiliad;
  • La sociedad red, por otra parte, exige formas relacionales de gobernanza de las organizaciones -incluidas las bibliotecas-, basada en nuevas formas de regulación, cooperación y horizontalidad. Si los expertos ya no disponen de la supuesta exclusividad en la producción de conocimiento, surgen nuevas formas del saber que piden desarrollarse en contextos espaciales más abiertos y complejos.
  • El hacer, en  buena medida, se impone -en un nuevo giro epistemológico- como principio rector mediante el cual se genera ese nuevo conocimiento (el movimiento Maker y DIY lo atestiguan), de manera que los usuarios no solamente se valen de los libros como tecnología prinicipal de acceso al saber, sino de nuevos instrumentos y herramientas para generar conocimiento compartido;
  • Nos encaminamos hacia una nueva sociedad de intérpretes cualificados -en cierta forma más compleja y discontinua- contra el automatismo de los lectores tradicionales -en cierta maner, más simple y lineal-.

Lo quieran o no, lo presientan o no, las bibliotecas pasarán a formar parte de una nueva geografía del conocimiento y la innovación más centrada en los usuarios y en el conjunto de herramientas y servicios que deben poner a su disposición para que puedan no solamente consumir contenidos, sino generarlos y compartirlos. Y los bibliotecarios tendrán que redefinir sus funciones, su papel y sus competencias, porque ya nunca más serán como aquel bibliotecario caricaturizado por Umberto Eco que estaba dispuesto a asesinar por preservar el acceso a las colecciones que custodiaba.

Esta semana he tenido la oportunidad de tratar este mismo asunto en dos foros distintos: en Liburutekia 2014, celebrado en Bilbao, y en el VII Congreso Nacional de Biblioteca Públicas, y la conclusión ha sido obviamente la misma: las bibliotecas deben pensarse fuera de ellas mismas, atentas a lo que ruge en su entorno, como hitos de una nueva geografía del conocimiento.

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