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Leer en verano

Jesús Marchamalo, ese bibliófago inquieto, dice en Cortázar y los libros, su última pequeña genialidad: «Hubo un momento, hace años, en que todos queríamos ser Cortázar. Nunca tuve ocasión de encontrarme con Julio Cortázar en persona, nunca coincidimos en ningún acto, nunca fui a que me firmara alguno de sus libros, ni lo visité en ninguna de sus casas parisinas, ni siquiera me crucé con él en el metro. Así que guardo de él una imagen un tanto legendaria, soñada o ideada, de historias que me han ido contando, o que he leído».

Para conocerle entonces, quizás, siguiendo en eso el precepto de Margarite Yourcenar, “una de las mejores maneras de conocer a alguien es ver su biblioteca”, Marchamalo, como un sabueso literario, se ha refugiado en la biblioteca de Cortázar albergada en la Fundación Juan March para indagar sobre la personalidad esquiva y algo montaraz de Cortazar. No puede decirse que su biblioteca fuera muy copiosa, disparatadamente voluminosa, unos 4000 ejemplares, pero sí albergaba el suficiente número de rarezas para que la visita mereciera la pena. El CVC ofrece, en paralelo, una visita virtual de alguno de los testimonios y ejemplares más sobresalientes. “Para Julio Cortázar, que abrió un boquete respiratori en la literatura hispanoamericana, tan anciana”, le dedica Onetti uno de sus libros.

Tengo otro amigo, un escritor consagrado, viajero irredento y, transitoriamente, bardo oficial, que cultivó denodadamente una obsesión cuando era jovencito: perseguir a Cortazar hasta la Rue Martel, hasta su domicilio, para confesarle su admiración y liberarse de su ofuscación. El otro día, en una fiesta veraniega que celebra todos los años en su casa, vi en la estantería de su estudio la prueba fehaciente de aquella obcecación: un joven delgadísimo con una cara de susto solamente comparable a la de espanto de Cortázar, los dos mirando muy fijamente a la cámara, con los ojos desorbitados, separados por una distancia que denota que la rendida admiración no era suficiente para derribar las barreras invisibles de la timidez o el apocamiento. Todavía no le he preguntado si le dio tiempo a revisar su biblioteca y a hacerse por tanto una idea de cuál era su identidad.

Pienso y recuerdo todo esto haciendo la maleta con mis lecturas de verano. Digitalmente exhausto, me retiro hasta septiembre, para mirarme con tranqulidad en el espejo de Montaigne.

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Elegías a Gutenberg

Hace ya una década Sven Birkets publicó un libro titulado Elegías a Gutenberg, una premonición bien fundamentada de lo que se avecinaba, de lo que estaba por venir. En el fondo, sin embargo, ni siquiera barruntaba lo que estaba por llegar, porque las tecnologías digitales e internet no  habían salido aún de su más tierna infancia. Por entonces los libros desleídos en la nube digital no existían, la virtualización de los contenidos no pasaba de ser un entelequia y el acceso en ningún caso era todavía un sustituto de la posesión.

Hoy, tan sólo una década después, la velocidad de los cambios ha sido muy superior a la que esperábamos y en el horizonte podemos ya vislumbrar un probable futuro sin  libros en papel, al menos un futuro en el que las nuevas generaciones digitales hayan prescindido de esa mediación lineal tradicional y en el que muchos otros inmigrantes de edad más madura sientan que ha llegado la hora de deshacerse de esos mamotretos de 500 páginas que tanto tardan en llegar a un desenlace plausible.

Se amontonan en los últimos tiempo, sin embargo, novedades editoriales que, como un último canto de cisne, como un coro elegíaco, celebran los quinientos más novecientos años (la historia del libro en papel más la de su precedesor, el códice) de historia de un objeto, para muchos, insustituible: el libro. Nadie acabará con los libros, de Eco; Bibliotecas llenas de fantasmas, de Bonnet; el mismo libro de Román Gubern, Metamorfosis de la lectura (que retiene la esperanza, en sus últimas páginas, de una perduración frágil y quebradiza); las memorias de Diana Athill, Stet, vale lo tachado, como elegía de un oficio y de una época; Bibliofrenia, del que suscribe; o, cómo no, Tocar los libros, de Jesús Marchamalo.

Mañana no espero que tengamos tanta gente como en la explanada de Príncipe Pío (o a lo mejor sí, quién sabe), pero en todo caso hemos quedado a las 19.00 en la Sala Ambito Cultural,7ª planta de El Corte Inglés, en Serrano 52, para entonar una feliz y dichosa elegía por esos compañeros que nos han hecho como somos -porque de eso va, en el fondo, el libro de Marchamalo, o, al menos, así lo he leído yo-, los libros, y por aquel señor de Mainz que juntó una prensa de vino y unos moldes de orfebre para fabricarlos.

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