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La biblioteca omnívora

En el año 77 del pasado siglo Marshall McLuhan escribió en City as classroom: understanding language and media:

Hoy, en nuestras ciudades, la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela. La cantidad de información comunicada por la prensa, las revistas, las películas, la televisión y la radio, exceden en gran medida la cantidad de información comunicada por la instrucción y los textos en la escuela. Este desafío ha destruido el monopolio del libro como ayuda a la enseñanza y ha derribado los propios muros de las aulas de modo tan repentino que estamos confundidos, desconcertados.

Casi cabría decir que todas las anticipaciones de lo que hoy le ocurre a la institución escolar y bibliotecaria se encontraban concentradas en esas pocas líneas: la ingente cantidad de información que sobrepasa lo que un mero libro de texto o un profesor puedan saber o transmitir; el declive del libro como única o principal fuente de información; la desaparición virtual de los límites entre los espacios cerrados del aprendizaje y las nuevas arquitecturas abiertas y ubicuas; la nueva correlación de roles entre profesores y alumnos y bibliotecarios y usuarios, donde la antigua relación de dependencia y pasividad queda ahora sustituda por una relación en pie de igualdad.

La lectura de ese párrafo me da pie a realizar diez observaciones y diez anticipaciones que son las que tuve la oportunidad de discutir la semana pasada en la sesión en la que me invitaron a intervenir los miembros del capítulo español de la Internet Society. Van listados y someramente explicados, casi telegráficamente:

  1. La biblioteca es una esfera cuyo centro está en todas partes, y este no es un acertijo medieval. Cuanto más se virtualiza, más central se vuelve, cuanto más se digitaliza, más omnipresente resulta;
  2. De manera correlativa, aprender, leer, investigar, se convierte en una tarea potencialmente ubicua, ilimitada en el tiempo y en el espacio, algo que reta a todas las burocracias conocidas de la educación;
  3. La digitalización supone una liberación porque dispensa a la biblioteca (a la escuela) de su mera condición de almacén. Liberarse significa repensarse, poner sus espacios a disposición de la comunidad para crear conocimiento de manera compartida, de ahí la proliferación de makerspaces, fablabs o, simplemente, cocinas;
  4. La biblioteca se parecía a una tienda de comestibles, donde uno pedía al tendero lo que necesitaba; hoy se asemeja más a una cocina, donde cada cual escoge los ingredientes de su propio plato;
  5. Cuanto más se desmaterializa (la biblioteca, la escuela), más se materializa, o lo que es lo mismo: para desmaterialzarse se necesita una ingente cantidad de materiales. No parece existir vida espiritual más allá de la vida material;
  6. La era del libro como obra unitaria autocontenida, parece haber terminado. Hoy cada documento -del que es difícil determinar su tipología- se conecta con otros innmuerables documentos conformando un paisaje de datos inabarcable;
  7. el siglo XIX dio a luz el campo cultural y editorial autónomo y, con él, una jerarquía más o menos clara de actores y productores; la proliferación de contenidos generados por los usuarios mediante herramientas de autopublicación transfigura por completo el sentido de la autoridad derivado de la posición ocupada en ese campo;
  8. sin jerarquías claras, en un paisaje de datos inabarcable y una tipología documental híbrida, el bibliotecario es el único que debe mantener la cabeza clara para enhebrar de alguna manera el posible sentido de las cosas;
  9. si “la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela”, como decía McLuhan, también la mayor parte de la lectura, la investigación y el trabajo tienen hoy lugar fuera de sus respectivos lugares tradicionales. Carece de sentido seguir distinguiéndolos.

Con el atrevimiento de todo profeta que sabe que la realidad se encargará de ponerle en su lugar, me atrevo con diez vaticinios correlativos:

  1. Dentro de algunas décadas, solamente existirá una biblioteca (o tantas como usarios existan);
  2. Los nuevos analfabetos serán aquellos que no sepan usar la información;
  3. El libro, como creación, como identidad intelectual y estética, se desmorona. En su lugar surgen posibilidades inmensas que aún no sabemos identificar;
  4. El futuro de la enseñanza y el aprendizaje serán digitales, y para el caso de la educación superior, la mitad de las universidades desaparecerá. En su lugar proliferarán las iniciativas relacionadas con las universidades nómadas, las P2P, las que promueven relaciones informales de otra índole;
  5. En dos décadas no existirán las aulas, no se distinguirán del exterior. Lo importante serán los entornos personales de aprendizaje (digital);
  6. Los ciudadanos serán sabios, porque tendrán la capacidad de intervenir en los asuntos que la ciencia gestiona. El Open Access contribuirá de manera determinante a que eso suceda;
  7. De hecho, a finales de siglo dispondremos, al menos, de más de mil millones de contenidos bajo licencias Creative Commons;
  8. Nuestros hijos no conocerán un mundo meramente offline. Deberíamos hablar de onlife,
  9. En realidad, nada nunca estaráofflline (más de 5000 millones de objetos están ya conectados a la web);
  10. Los robots ganarán la Champion League en el 2050.

En esa gloriosa entrevista que McLuhan concedió aPlayboy en el año 1969, podía leerse:

Siempre ha sido el artista el que ha percibido las alteraciones en el hombre causadas por un nuevo medio, quien ha reconocido que el futuro es el presente, y ha utilizado su trabajo para preparar el terreno. Pero mucha gente, desde el conductor de camiones hasta los Brahamanes, son felizmente ignorantes de lo que los medios les están haciendo; inconscientes de que, a causa de sus efectos generalizados sobre el hombre, es el medio en sí mismo el que se convierte en el mensaje, no el contenido, inconscientes de que el medio es también el mensaje –de que, todos los juegos de palabras a un lado–, altera, satura, moldea y transforma el equilibrio de todos nuestros sentidos.

El medio transformará por completo, qué duda cabe, a la biblioteca, a la escuela y al centro de investigación.

El esplendoroso futuro de la biblioteca estará, quizás, en dejar de serlo para abarcar, de manera ubicua y omnívora, todo tiempo, recurso y lugar.

[Debo el título a @chimosoler]

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Más allá del agujero en la pared (o por qué podemos aprender solos con ordenadores)

“Todo nuestro sistema educativo”, contestaba Marshall McLuhan a Eric Norden en la entrevista que concedió a la revista Playboy en el año 1969 (y que debería ser documento de obligada lectura a cualquiera que desee opinar sobre las mutaciones de los medios y la manera en que afectan a la sociedad), “es reaccionario, se orienta hacia valores del pasado y tecnologías anteriores. Tiene pinta de que continuará siendo así hasta que la vieja generación renuncie al poder. El boquete generacional es, de hecho, un abismo; no sólo separa dos grupos de edad sino también dos culturas muy divergentes. Puedo entender el fermento”, continuaba, “en nuestras escuelas, porque nuestro sistema educativo es un espejo retrovisor total. Es un sistema desfasado y moribundo cimentado en los valores de la alfabetización y en una información fragmentada y clasificada. No son en absoluto apropiados para las necesidades de la primera generación televisiva”, o de la primera generación digital, valdría decir hoy asumiendo punto por punto el enunciado preliminar.

En el diario El País se regresa hoy a una discusión de tan manida desgastada: El ordenador solo no educa, dice el titular del editorial, después de que la OCDE nos haya puesto nuevamente en evidencia al alegar que nuestros alumnos de 15 años se sitúan por debajo de la media de los 31 países de la OCDE analizados en el uso de las tecnologías digitales. Seguir a estas alturas discutiendo, una vez más, sobre el papel del medio digital en la educación, como si se pudiera o conviniera enfrentar el trato personal con el acceso virtual o el repertorio didáctico del que un profesor pueda disponer en el aula con el omnipresente uso de las tecnologías digitales, es una falacia dañina para todos, fruto, quizás, de esas culturas divergentes que apenas conviven y tienden a repelerse.

El problema con el uso de los ordenadores en el aula es que incorporamos tecnologías en ecosistemas pedagógicos que no han cambiado prácticamente nada desde el siglo XIX, y que de esa superposición de elementos no puede derivarse nada bueno. La tecnología digital no va a desaparecer, al contrario, de manera que lo que debería suceder es que los fundamentos pedagógicos de la escuela, el diseño de la experiencia de aprendizaje, la conformación de sus espacios, etc., obedecieran al nuevo imperativo. El medio, tantas veces lo repitió McLuhan, todo lo transforma, y es inútil intentar resistirse. El problema, más bien, es que en los sucesivos planes de Escuela 2.0. quienes se han lucrado han sido los fabricantes de hardware y sus intermediarios, que distribuyeron máquinas que nadie sabía para qué servían en todo el territorio nacional. Cuando, por el contrario, alguien quiso no hace mucho poner en marcha un plan cabal e integral de Cultura y educación digital en el ámbito del MEC, sufrió la cólera de una ex Secretaria de Estado ahora emigrada.

En una escuela caben muchas herramientas, como me recordaba Luis Arizaleta hace poco: aprendizaje comprensivo, rutinas de pensamiento, representación visual de las ideas, rincones de juego simbólico, talleres de califrafía japonesa, la “imprentilla” de Freinet, y el trato personal y cercano con un profesor, mentor o facilitador que guíe, aconseje y sugiera. Claro que en muchos entornos educativos avanzados se preserva la relación personal, el high touch, pero sería un error creer que eso puede o debe contraponerse al high tech. En Beyond the Hole in the Wall: Discover the Power of Self-Organized Learning, Sugata Mitra relató la experiencia de una aldea india en la que dejaron durante meses unos cuantos ordenadores con conexión a la red empotrados en las paredes de un edificio de barro para que los niños pudieran acceder sin restriciones a la web. El experimento demostró, básicamente, que aquellos niños supieron autoorganizar su proceso de aprendizaje valiéndose, solamente, de un ordenador, en contra de la suposición habitual. Por extensión la conclusión es bien sencilla: Internet y los ordenadores resultan una bendición para potencial los procesos de autoaprendizaje a lo largo de toda la vida. McLuhan había sido ya un predecesor cuando declaraba en la entrevista ya mencionada: “la mejor educación es la menor educación, ya que muy pocas mentes jóvenes pueden sobrevivir a las torturas intelectuales de nuestro sistema educativo”.

“Confiar en que un niño “encendido” por la era eléctrica”, argumentaba McLuhan hace ya cuarenta y seis años, “responda a los viejos métodos de la educación es como confiar que un águila nade. Simplemente no forma parte de ese entorno, y le resulta, por lo tanto, incomprensible”, como a mi.

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#Nethinking5 ¿Esclavos de las tecnologías?

Este viernes comenzará la nueva edición de #Nethinking5, “un encuentro anual entre algunos de los expertos comunicadores, bloggers y artistas más influyentes en internet, para debatir y transmitir conocimiento sobre el entorno digital, los nuevos medios comunicación, redes y modelos de negocio en torno a los contenidos digitales” según los organizadores.

¿Somos esclavos de las tecnologías? es la pregunta que este año nos han planteado, para debatir, a Eduardo Arcos, Antonio Delgado y a mi mismo.

Para comenzar convendría refutar esa pregunta, impugnarla, porque contiene en buena medida su respuesta, anticipa una clara predisposición negativa hacia la tecnología y polariza la respuesta antes de que el debate empiece. La tecnología no es algo distinto de nosotros. Somos el género que somos porque extendimos nuestras capacidades mediante la invención y uso de unas tecnologías que, a su vez, al ser utilizadas e intervenir en nuestro medio y modificar nuestro mundo, influyeron de manera determinante sobre nosotros, sobre nuestra de percibir y estar en el mundo. Nuestra relación con la tecnología es la de una causalidad circular inevitable, porque inventamos tecnologías con las que transformar el mundo y, al alterarlo, nos modificamos a nosotros mismos. Tenemos la tentación permanente, eso sí, de rechazar de plano, inicialmente, cualquier innovación que desarregle las reglas perceptivas de nuestro mundo: imagino el momento en el que se inventara la brújula y alguien arguyera que orientarse visualmente mediante la observación de las constelaciones era mucho más auténtico; que cuando se inventara el fonendoscopio, alguien argumentara que el contacto humano mediante las palpaciones era mucho más cercano; que cuando se inventara el vaso, en fin, alguien sostuviera que sujetar el agua en el hueco de las manos era algo mucho más natural y vivificante.

Toda tecnología inventada y exteriorizada por el hombre-sostenía Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg-tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización.

Hoy nos encontramos en ese momento, efectivamente, de entumecimiento y estupefacción, en el que las formas de comunicación antigua que conocimos se hibridan, remedian o convergen con las nuevas, sin que terminemos de entender en qué paisaje nos movemos. Pero más allá de la larga historia de rechazos irreflexivos, es cierto que la tecnología no es políticamente neutra, que puede condicionarnos, subyugarnos y someternos, consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente.

Para intentar dar una respuesta más cabal a la pregunta planteada, es interesante regresar a esa obra excepcional que es La galaxia Gutenberg:
el libro de McLuhan es, tal como lo leí yo, una diatriba contra la imprenta y la génesis del Homo typographicus, contra los efectos que sobre la psique humana causó la invención del texto discursivo, contra las severas limitaciones perceptivas a las que nos sometió la disciplina de la lectura lineal, contra el drástico empobrecimiento de una manera de conocer unilateral que se conforma con los textos. Los libros y la lectura nos convertirían, según McLuhan, en seres primordialmente pasivos, solipsistas, sensualmente empobecidos, absortos en las evidencias de una identidad sobredimensionada. Independientemente de que eso sea o no rebatible, McLuhan también reconoce que la escritura y la lectura fueron los fundamentos del pensamiento científico, de las formas de análisis e investigación propias del pensamiento occidental, del notable incremento de nuestra capacidad de abstracción e inferencia.

Más bien la cuestión es -escribía McLuhan- ¿cómo tomamos conciencia de los efectos del alfabeto, de la imprenta o del telégrafo en la conformación de nuestra conducta? Porque es absurdo e innoble ser conformado por tales medios. El conocimiento no atiende, sino que restringe las áreas de determinismo. Y la influencia de supuestos no analizados derivados de la tecnología conduce, de un modo por completo innecesario, al máximo determinismo de la vida humana. La finalidad de toda educación es emanciparse de esa asechanza.

McLuhan nos impulsa a que, comprendiendo los beneficios que toda transición tecnológica pueda conllevar, estemos alerta ante sus asechanzas, porque sería vil y empequñecedor dejarnos conformar servilmente por ellas. En esto, por tanto, llevan mucha parte de razón todos aquellos que escriben de manera unilateral contra Internet: Nicholas Carr, Byung Chul Hahn, Jaron Lanier, Eugeny Morozov, Jonathan Crary, César Rendueles (por citar a los que más sigo y leo), porque es cierto que hay multitud de ámbitos en nuestras vidas sobre los que hemos cedido atolondradamente nuestra soberanía: nuestros datos, convertidos en plusvalía para los grandes operadores multinacionales; nuestra privacidad, entregada voluntariamente al panóptico global; nuestro tiempo, sometido a la alucinación de un presente constante; nuestra atención, invadida y asaltada vandálicamente por mediadores que reclaman nuestra atención para explotarla económicamente; nuestras relaciones sociales, sometidas ahora a la misma lógica con la que gestionamos desde nuestro teléfono móvil nuestras cuentas bancarias; nuestra sociedad o nuestra comunidad, deshecha en jirones por la presión constante hacia formas de individualización y competención extremas; nuestro planeta y sus recursos, incapaces de saciar una bulimia tecnológica desatada que nunca se satisface hasta que no alcanza fugazamente la novedad que será sustituida por la ficción de la siguiente novedad… Todo eso y mucho más es cierto. McLuhan nos invita a pensar en la manera en que las tecnologías nos determinana para emanciparnos, para convivir con ellas de manera soberana, pero es demasiado fácil pensar solamente a la contra. Dadme una idea que me opondré a ella, parece muchas veces ser el lema de escritores como Morozov.

Daniel Innerarity, uno de los más raros y perspicaces analistas de nuestra realidad (digital) contemporánea escribía hace poco en Libertad como desconexión:

La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.

Es imperativo civilizar la red, inscribir formas de anonimato y dilación, disciplinar su avance vinculado a inconfesables fines mercantiles y militares. Pero de nuevo, siendo todo eso cierto, y tal como la historia se empeña en demostrarnos, la invención de Internet y el desarrollo de una nueva ecología de los medios digitales, no es soslayable, y debemos aprestarnos a pensarla en serio. “¿Cúales serán -se preguntaba de nuevo McLuhan-, las nuevas configuraciones de los mecanismos y de la alfabetización cuando esas viejas formas de percepción y juicio sean intepretadas en la nueva era eléctrica? Incluso sin colisión, tal coexistencia de la tecnología y consciencia causa trauma y tensión en toda persona viva”. Vivimos en esa tensión que a veces se nos vuelve impensable, inconcebible, pero debemos reconocer que apenas tiene sentido sostener que existe ya una diferencia neta entre nuestra vida virtual y real, que podemos discriminar con claridad qué pertenece a cada uno de esos ámbitos, porque en realidad nuestras vidas son ya un híbrido que se sitúa a caballo entre ámbos universos. Luciano Fioridi es el intelectual que acuñó hace algún tiempo el término Onlife, el impulsor del manifiesto del mismo nombre, el Manifiesto Onlife, en el que se reconoce que la red ha alterado por completo nuestra identidad, nuestras relaciones sociales, nuestras formas de convivencia, nuestro sentido de la responsabilidad y el reconocimiento, nuestro sentido de pertenencia, nuestras formas de gestionar la vida compartida.

Si eso es así, y a mi me cabe poca duda, la pregunta no es si somos o no esclavos de la tecnología: la pregunta es, remedando al gran McLuhan, cómo emanciparnos de las asechanzas sabiendo que nada será ya lo mismo y que nuestra misión será civilizarlas; cómo aprovechar por el bien común, en contrapartida, la inmensurable riqueza de las redes.

Que se vayan preparando en #Nethinking5.

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¿Pincha el ebook?

El viernes pasado el suplemento El cultural publicó un reportaje (predispuestamente) titulado “¿Pincha el ebook? El sector editorial confirma el estancamiento del libro electrónico pero confía en su implantación definitiva“. En la pregunta estaba contenida, en buena medida, la (supuesta) respuesta.

El reportaje, necesariamente polifónico y poliédrico, recogía las opiniones de editores y expertos. El contenido de las entrevistas individuales, obviamente, no puede recogerse literal ni completamente, de manera que muchas veces las opiniones de cada cual pueden aparecer truncadas o incompletas.

Por si pudiera ser de interés para alguien, transcribo el texto completo de la entrevista que Daniel Arjona, periodista de El Cultural, me hizo con ocasión de la elaboración del reportaje (con cuya tesis inicial, no comulgo):

1. En los últimos tiempos los medios hablan de un parón del libro digital en Estados Unidos y Europa. Los lectores parecen reacios a cambiar el papel por el ebook. Pero, en realidad, las cifras no están claras. ¿Cuáles son sus impresiones experimentadas al respecto? ¿Qué datos tiene usted?

Los datos pueden, episódicamente, mostrar una u otra tendencia, al alza o a la baja, pero lo incontrovertible, lo irreversible, es la transición de lo analógico a lo digital. No hay ninguna duda de que este es un proceso que va más allá de la sustitución de los soportes: es un cambio profundo en nuestras maneras de generar, comunicar, compartir y utilizar los contenidos, una transformación completa de nuestro ecosistema de comunicación. No me cabe duda, en consecuencia, que la sustitución de unos soportes por otros, como ha ocurrido siempre en la historia de las transiciones de los medios de comunicación, será progresiva pero plena. Otra cosa es que el público lector tradicional (entre el que me encuentro), forme parte de la especie que McLuhan denominaba “Homo Typographicus” y que mostremos un apego insobornable al libro en papel por muchas razones.

2. ¿En qué posición se encuentra España en lo que respecta a la expansión del ebook en comparación con países como Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Estados Unidos o las países de Latinoamérica?

La transición hacia lo digital es más lenta en todos los órdenes: tanto en el ámbito de los productores (editores y gestores de contenidos digitales de toda naturaleza), que no aciertan a desarrollar un modelo de negocio rentable que sustituya al conocido, como en el de los consumidores, que todavía muestran hábitos de lectura y consumo de contenidos ligados al estadio analógico. Esto, sin embargo, cambiará con seguridad cuando la generación de pesonas que ahora tienen entre 15-19 años tengan el suficiente poder adquisitivo para procurarse los contenidos que apetezcan.

3. Defensores del libro e papel como Roberto Casati lo valoran por servir como defensa contra la sobre-estimulación de un mundo digital “hostil a la lectura”. Ayer, la gente leía libros en el metro o en el bus. Hoy todos miran sus teléfonos móviles. ¿La lectura tradicional está en peligro?

La lectura supuestamente tradicional es lineal, sucesiva, acumulativa, reflexiva, silenciosa, porque la textualidad inscrita en las páginas de un libro exige que la leamos de ese modo. Es cierto que esa forma de lectura, históricamente datada, ha contribuido a que desarrollemos algunas de nuestras capacidades cognitivas de más alto nivel (la inferencia, el pensamiento analítico, la razón científica), pero también es cierto, como reprochaba McLuhan en la “Galaxia Gutenberg” al inventor de la imprenta, que ese tiipo de lectura hace preponderar algunos sentidos sobre otros, mermando en cierto sentido lo que debíamos a la oralidad, el tacto y otros sentidos que no intervienen. La lectura que propician los soportes digitales es naturalmente distinta, porque se agregan contenidos audiovisuales, gráficos animados y simulaciones, anotaciones compartidas y discusiones en línea, además de que los hipervínculos nos invitan a deshacer la linealidad tradicional. Esto no es ni bueno ni malo en sí mismo: es, simplemente, un hecho del que deberemos derivar sus consecuencias en los próximos años sin que eso signifique que debamos dejar de leer como lo hemos hecho hasta ahora.

4. Algunos expertos explican que tenemos un problema psicológico con el libro digital. Un libro en papel es un mapa que el lector puede recorrer en todas direcciones. Un libro digital no lo es es y su lectura provoca cierta sensación de pérdida, de orfandad. ¿Cuál es su opinión?

No creo que nadie haya dicho que puedan derivarse problemas psicológicos de la lectura digital. En todo caso, como decía McLuhan, “toda tecnología inventada y “exteriorizada” por el hombre tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización”, y es precisamente en ese momento de entumecimiento y embotamiento en el que nos encontramos. La opocisión que planteas es, en todo caso, artificial: en un libro electrónico o un tablet puede leerse como se lee en un libro en papel, de manera sucesiva y lineal. Los dispositivos que los seres humanos inventaron para facilitar la lectura en papel (índices, numeración de páginas, etc.), se reinventan en los soportes digitales mediante sistemas de etiquetas que permiten navegar por los contenidos de una manera también ordenada y satisfactoría. Mi opinión no puede ser otra que la de McLuhan: nos encontramos en la fase primera del entumecimiento de las conciencias.

5. Los ereaders tipo kindle no se han popularizado tanto como se pensaba y podrían en el futuro servir sólo a un grupo reducido de voraces lectores. La lectura es cada vez más multisoporte: tableta, móvil, pc, y el viejo papel… ¿Cómo ve usted el futuro de la lectura a corto y medio plazo?

Durante el tiempo al menos en que la generación de lectores de 40 años en adelante siga leyendo, ambos soportes convivirán, porque tienen muy arraigado en sus hábitos perceptivos y lectores el uso de los soportes en papel. Otra cosa es lo que suceda con las generaciones de nativos y jóvenes digitales: su predisposición natural será la del uso de soportes únicamente digitales. Nuestra misión como adultos, sin embargo, será la de enseñarles a compaginar esos hábitos con los propios de la lectura en papel. Como sugería Maryanne Wolf en La historia y ciencia del cerebro lector, de lo que se trata es de educar cerebros bitextuales, cerebros bilingües, capaces de realizar una inmersión profunda en la lectura sosegada y capaces de seguir las invitaciones más aleatorias e interactivas de los soportes digitales.

¿Pincha el ebook? No lo creo…

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McLuhan Galaxy

“Para algunos occidentales, la palabra escrita o impresa se ha vuelto un tema muy espinoso”, escribía Marshall McLuhan hace cuarenta años. “Es cierto que hoy en día hya más material escrito, impreso y leído que nunca antes, pero también está la nueva tecnología eléctrica”, la tecnología digital, diríamos hoy, “que amenaza la antigua tecnología de la escritura basada en el alfabeto fonético. Debido a su efecto de extender el sistema nervioso, la tecnología eléctrica parece favorecer la palabra  hablada, inclusiva y que invita a la participación, antes que la palabra escrita y especializada”.

Hoy se celebra en Barcelona la doble jornada de la McLuhan Galaxy y, como no puedo estar allí (que Piscitelli me perdone), releo a McLuhan y me quedo boquiabierto:  “es obvio que los logros del mundo occidental”, escribía en “La palabra escrita. Ojo por oído”, en el año 1964, “son testimonio de los tremendos valores de la alfabetización. Pero mucha gente está dispuesta a objetar que hemos pagado un precio demasiado alto por nuestras esctructuras de valores y tecnologías especializadas [...] “es la omnipresente tecnología del alfabeto”, continua McLuhan -y aquí escucho los ecos contemporáneos de Piscitelli y todos los que abogan por el paréntesis de Gutenberg-, “la causa oculta del prejuicio occidental que considera “lógica” la secuencia. Hoy, en la edad eléctrica, nos sentimos tan libres de inventar lógicas no lineales como de elaborar geometrías no euclidianas”. No tengo noticia de que Roland Barthes y Marshall McLuhan se conocieran, pero ambos anticiparon la lógica hipertextual varias decenas de años, contraponíendola a la supuesta lógica sucesiva y acumulativa del alfabeto occidental.

“La civilización occidental”, continúo con la glosa, “se ha erigido sobre la capacidad de leer y escribir porque la alfabetización supone un tratamiento uniforme de una cultura con el sentido de la vista, extendido en el espacio y el tiempo por el alfabeto”. Es posible que esa presunción, avalada por Levi-Strauss, sea cierta, y que al mismo tiempo que hemos ganado control sobre la naturaleza, hayamos perdido emoción y sensibilidad. ¿Cabrá reintegrarlos alguna vez a nuestra experiencia y nuestro aprendizaje?

Hoy se discute en Barcelona sobre esa vías que dejó delineadas McLuhan, un gigante sobre cuyos hombros seguimos haciendo equilibrios inestables, intentando extraer las consecuencias de sus predicciones. La talla de un pensador quizás pueda medirse precisamente por eso: porque todos los que le hemos sucedido no hacemos otra cosa que indagar intentando entrever lo que él anticipó con tanta precisión y elocuencia.

En una escena de Anine Hall, esa grandiosa película de Woody Allen, un pseudointelectual insoportable teoriza sobre el cine y los medios de comunicación… hasta que McLuhan, en un cameo memorable, le corrige y le reprende. Como hoy no puede ya hacer eso, en el centenario de su nacimiento, nos conformamos con malinterpretarle y releerle.

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