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El nuevo atlas del conocimiento

Quizás una de las transformaciones más sorprendentes a la que estamos asistiendo en estas primeras décadas del siglo XXI sea la de la redefinición de lo que antes comprendíamos como centros del conocimiento: la Universidad, las bibliotecas, las escuelas. En la geografía tradicional del conocimiento esos tres hitos -y algunos otros- conformaban un mapa claro de los polos del saber, de aquellos lugares donde se iba a adquirir la doctrina necesaria para ejercer una profesión o para procurarse la erudición académica que abría las puertas de la sociedad científica. No es que ese rol haya quedado por completo desfasado, porque no cabe pensar en que nadie pueda participar cabalmente en un campo profesional o científico sin conocer ni dominar el lenguaje propio de sus predecesores, y eso suele adquirirse, al menos en buena medida, a golpe de lectura, reflexión y estudio.

Sin embargo los hitos de la geografía tradicional no son inamovibles, no son rocas irremovibles en un mapa estático del saber. El caso de las bibliotecas es particularmente interesante: durante al menos cuatro siglos (aunque la genealogía de la biblioteca pueda trazarse muchos siglos atrás) la biblioteca, como la biblioteca personal de Montaigne, era un lugar de recogimiento, de retiro y reflexión, de diálogo silencioso con los autores precedentes o contemporáneos, de profunda lectura meditativa, de recreo del alma. “Mi biblioteca”, decía Montaigne, “que es de las selectas para estar en un pueblo retirado, está colacada en un rincón de mi refugio”. Esa misma voluntad de repliegue y retirada, de silencio recogido y cavilación compartida, es la que ha guíado el diseño de los espacios de las bibliotecas, grandes, pequeñas y medianas, a lo largo de los últimos siglos. Claro que, como el mismo Montaigne advertía, “Yo no sé cómo acontece, pero acontece sin duda, que en los que se consagran a las letras y a los cargos que de los libros dependen, se encuentra tanta vanidad y debilidad de entendimiento como en cualquier otra clase de personas”. Y aún más: “Vuelvo de nuevo, y de buen grado, a hablar de la inutilidad de nuestra educación; tiene esta por fin hacernos no cuerdos y buenos, sino enseñarnos cosas inútiles, y lo consigue”. Ni las letras, ni los libros ni las bibliotecas eran ni son, por tanto, una garantía de sapiencia, al contrario: más bien una forma de recrearnos en lo fútil.

En los últimos años ha cobrado un auge inusitado una idea aparentemente contraria a lo que entendíamos hasta ahora como biblioteca: la de la apertura de espacios de colaboración y creación ciudadanos en los que, mediante el uso de distintas herramientas, digitales o no, conciben, desarrollan, documentan y prueban instrumentos cuyo fin suele ser el de resolver algún problema que afecta y preocupa a la comunidad. Una suerte de laboratorio ciudadano en el que personas de diferente procedencia se reúnen para sumar sus talentos y sus preocupaciones con la intención de contribuir a la resolución de alguna clase de asunto que preocupa a la comunidad. En estos nuevos espacios (que a veces utilizan nombres intercambiables aunque sean ligeramente distintos, Makerspace, Medialab, FabLab) prepondera la acción sobre la reflexión, la colaboración sobre el aislamiento, los errores sobre las soluciones. Se trata de grupos de personas concernidas que abren nuevas áreas de indagación epistemológica, a menudo cerradas o descuidadas por la ciencia tradicional, y en ese ejercicio marcan el camino de una nueva idea de ciencia colaborativa.

Es hora, por tanto, de tomarse en serio la democratización del conocimiento, la transición epistemológica natural entre un mundo cerrado y ensimismado, descontextualizado, a otro abierto, cooperativo y situado. Es hora, en definitiva, de crear las condiciones para construir una sociedad de comentaristas e intérpretes lúcidos e informados, críticos y concernidos, que se sirvan de los hallazgos científicos para generar formas de sociabilidad pactadas y consensuada, y a eso puede contribuir la creación de Makerspaces en bibliotecas públicas: Las bibliotecas públicas como lugares de producción de conocimiento y comunidad. Ni siquiera un fallo o un desacierto deslegitimaría el esfuerzo por sumar las inteligencias y por implicar en la labor de producción de conocimiento a quienes se sientan motivados o concernidos. Si no está nadie hoy en día, por su carácter todavía incipiente, capacitado para sentenciar qué modalidad de trabajo es más eficiente, más innovadora, sí estamos legitimados para ensayar nuevas fórmulas y modalidades de colaboración y de agregación de inteligencia.

¿Serán así las nuevas bibliotecas, espacios híbridos donde dibujemos un nuevo atlas del conocimiento en el que la participación activa de los usuarios tenga al menos tanto valor como la del acreditado conocimiento de los autores de textos? Discutiremos sobre todo ello el próximo día 23 de marzo en Medialab Prado Madrid.

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Medialab como comunidad de aprendizaje

Hoy recibe Medialab Prado Madrid el Premio Internacional Princesa Margarita, un galardón otorgado por la Fundación Cultural Europea a instituciones e iniciativas especialmente innovadoras en el ámbito de la cultura. La descripción que la fundación proporciona de la actividad principal de Medialab es certera y fidedigna:

Medialab-Prado is a digital platform and physical workspace where people with different skills and knowledge come together to access and build a digital commons in Madrid, across Spain and the global media sphere. Through workshops, participatory events and modes of collaborative action, Medialab-Prado has been among the front-runners for many projects that have gone on to nourish democratic processes between digital culture and the public sphere in Spain. Supported by the municipality of Madrid, Medialab-Prado demonstrates that it is possible to develop new cultural initiatives as permeable, civic-public partnerships that are capable of rethinking public institutions from within.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje o de círculos de estudio que hacen de la colaboración y la participación (ciudadana, abierta) el motor de toda actividad; cuando se habla de comunidades de práctica que aprenden haciendo, experimentando y errando y que se enriquecen mutuamente en el proceso de elaboración y descurimiento; cuando se habla de cross fertilization y aún de cross pollination como estrategia de creatividad e innovación que aflora en los intersticios de la cooperación entre disciplinas, materias e intereses diversos; cuando se habla de hubs o espacios makers como de lugares donde la ideación, el prototipado, el ensayo, el error, la rectificación y el refinamiento definitivo de las ideas es el sustrato sobre el que se fundamenta toda actividad; cuando se tiene a lo digital como la herramienta fluida, transparente y transversal que permea cualquier actividad, sin que sea necesario preguntarse o cuestionarse continuamente su relevancia o su pertinencia; cuando, en definitiva, se goza y se disfruta del descubrimiento y de la generación compartida de conocimiento, sin establecer límites a priori entre supuestos expertos y presuntos amateurs, sin necesidad de credenciales, mediante el uso de herramientas de toda naturaleza (fundamentalmente digitales) y se comparte y comunica mediante distintos canales digitales para uso del bien común, debemos mirar, sin duda, a la experiencia y el trabajo de Medialab, una institución pionera en nuestro país que, afortunadamente, sí ha sido profeta en su tierra gracias al tesón de unas cuantas personas y a la participación de una fiel comunidad (aunque a punto ha estado en repetidas ocasiones de desaparecer por la incomprensión y el desconocimiento de quienes lo gestionaban).

Su relación histórica de proyectos acometidos y terminados con éxito es apabullante: Interactivos es una plataforma de investigación y producción acerca de las aplicaciones creativas y educativas de la tecnología; Visualizar se propone como un proceso de investigación abierto y participativo en torno a la teoría, las herramientas y las estrategias de visualización de información, y casi todos sus proyectos tienen un impacto y uso social directo; Inclusiva-net es una plataforma dedicada a la investigación, documentación y difusión de la teoría de la cultura de las redes; el Laboratorio del Procomún, un espacio más dialógico y meditativo creado y gestionado por Antonio Lafuente, tiene como objetivo articular un discurso y una serie de acciones y actividades en torno a este concepto; AVLAB es una plataforma de encuentro para la creación y difusión de las artes sonoras y visuales bajo el concepto de proceso abierto y colaborativo.

La lista de proyectos, conferencias, seminarios, cursos, talleres y reuniones, más o menos formales o informales, es inacabable, y su programación una invitación permanente al desarrollo de nuevos saberes compartidos, a la creatividad no impostada, a la celebración de la curiosidad y su prole natural, la innovación con interés e impacto social.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje el primer lugar por propio merecimiento es Medialab Prado, su comunidad variable de colaboradores y el fiel equipo sabiamente dirigido por Marcos García @marcosgcm. ¡Enhorabuena!

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Taller de digitalización y prototipado editorial

El lunes comenzó en el Medialab de Madrid, con la organización del Máster en Edición de la Universidad de Salamanca (que codirijo desde hace años con José Antonio Cordón), el primer “Taller de digitalización y protipado editorial”, una iniciativa que pretende poner a disposición de todos los que quieran cabalgar la ola digital los medios y las herramientas que les permitan hacerlo. Es el primero de muchos otros que irán llegando poco a poco, una línea de trabajo e investigación que pretende abrirse, con grandes dosis de curiosidad y sentido lúdico, a la experimentación con las tecnologías digitales. Pero eso sí, con una característica especial: todo lo construimos nosotros, basándonos sobre hardware y software libre, para que no haya editores inforicos ni infopobres, sino, en todo caso, informados y desinformados.

La idea del “Taller de digitalización” es comenzar construyéndonos nuestro propio escáner de libros, cosa que Miguel Gallego -director de producción de una reconocida editorial y, más que nada, inquieto investigador de lo digital- está llevando a cabo hasta mañana miércoles. La máquina, que tiene el aspecto del que se ve en la foto, cuesta unos 200 €, y la calidad del escaneado con el OCR libre incorporado, es profesional. Escanearemos, pues, un texto con la máquina que hemos construido y con el software que  hemos instalado. El segundo paso será el que el mañana después del mediodía dé Francesca Marí Domènec, directora de producción del Taller Digital, uno de los lugares donde se arraciman alguno de los mejores editores digitales de este país. Responsable, entre otras cosas, de que los textos de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes estén dotados de inteligencia semántica gracias a su esmerado marcado, Quica enseñará a los asistentes cómo etiquetar o editar textos digitalmente con un software libre desarrollado a tal efecto.

Cuando tengamos nuestro texto editado digitalmente, Jesús Tramullas, uno de los pioneros de la introducción del software Greenstone en España, una distribución de software libre para bibliotecas patrocinada por la Unesco y desarrollada en Nueva Zelanda, instalará la aplicación, incorporará el texto digitalizado y marcado, y lo comunicará y distribuirá gratuitamente a quien quieran leerlo y consultarlo.

En una semana escasa habremos construido, reconstruido y documentado el proceso completo de digitalización, edición y distribución sobre aplicaciones de software libre y, principalmente, sobre el conocimiento que Miguel, Quica y Jesús nos han donado. ¿Quién podría decir, ahora, que no puede sumarse a la era digital?

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