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¿Por qué seguir publicando en una editorial?

Esta pregunta es no ya sólo legítima, sino perentoria, apremiante. En la lógica tradicional del campo editorial nacido en el siglo XIX y llegado hasta los albores del XXI, la cadena de generadores de valor estaba más o menos clara y bien trabada: el editor jugaba el papel de difusor selectivo estableciendo una complicidad intelectual básica con el autor que le confíaba la transmisión y reproducción de su obra. Esta relación circular de mutua consagración, de acreditación recíproca -la editorial adquiere prestigio al publicar a un autor reconocido o a un valor en ciernes y el autor adquiere renombre publicando en un sello asentado-, está en trance de cuestionamiento y, en gran medida, desaparición. La pregunta inicial puede formularse de varias maneras:

  1. hay quienes siguen pensando que solamente cabe difundir algo mediante el uso de los canales tradicionales: la semana pasada, de manera casual, en La Casa del Libro de Madrid, dos jóvenes profesoras pretendían convencer a uno de los libreros de la tercera planta, con sus originales en la mano, de que les hicieran un espacio para vender sus copias artesanas. No sé si me causó más congoja que ternura;
  2. hay quienes siguen considerando que publicar a través de un sello reconocido atraerá fama y dinero. Lo primero, si la empresa utiliza su artillería mediática, es posible que se alcance hasta cierto punto; lo segundo es, en la gran mayoría de los casos, imposible: si un autor llegara a vender 3000 unidades de un libro (lo que es mucho, muy por encima de la media, tanto literaria como de pensamiento) con un precio de tapa medio de 15 €, significaría que de haber negociado un 10% de derechos sobre el PVP recibiría 4500 €, compensación que no está nada mal, pero que equivale a dos salarios mensuales de un trabajador medio. Si tenemos en cuenta que un libro puede tardar de dos a tres años en escribirse y que los autores tienen por costumbre merendar todos los días, la recompensa no habrá pasado de unos 120 € al mes. Eso, claro, si no ha tenido que pagar por publicar, costumbre muy extendida que practican con absoluta impunidad sellos editoriales bien implantados cuyo nombre no revelaré. Se me olvidaba: puede sumar 100 o 200 € anuales de su entidad de gestión respectiva;
  3. hay quienes quizás no conozcan que cuentan con innumerables posibilidades digitales para convertirse en difusor autónomo de sus propios contenidos (Scribd); en comerciales de su propia obra a través del uso de plataformas POD (Lulu, Publicatuslibros, etc.); en donadores de su conocimiento mediante el uso de platormas de comunicación en abierto (DOAJ, Public Library of  Science); en colaboradores de proyectos de producción masiva de contenidos digitales (Wikipedia); en autores sin tasa ni medida que publican en sus blogs o bitácoras al ritmo de sus necesidades.

Si no hay dinero, y es casi más sencillo conseguirlo mediante estrategias de crowdfunding; si la fama no parece que provenga de la edición, y es más sencillo alcanzarla en el entorno de una red social que va dispensando su reconocimiento y su aprecio a medida que la colaboración crece (Twitter, Facebook, etc.); y si existen múltiples canales alternativos para gestionar de forma autónoma los contenidos que uno ha producido, ¿por qué seguir publicando, entonces, en una editorial? Más que las torticeras y retorcidas reflexiones sobre la piratería, quizás conviniera reflexionar seria y detenidamente sobre esta pregunta. De hecho, los editores alemanes dieron las suyas hace unas pocas semanas:

Es cierto, pero ninguna de esas cuatro competencias es hoy exclusiva ni absoluta, más bien al contrario, cada vez más extendida y  relativa. Creo, por eso, que hay que ir algo más allá,  practicar lo que me gusta denominar “método del ave Fenix”: reducir todo a cenizas para ver qué es lo que queda. ¿Y qué es lo que queda? En todo caso, la facultad acreditadora de un sello editorial, el prestigio que pueda transferir al autor que publique en su sello, la reputación que pueda alcanzar ligando su nombre y el de su trabajo al de la empresa que lo publica, algo que reposa sobre la construcción de un criterio exquisito de filtrado y selección por parte del editor, sobre la conformación de una oferta coherente y bien trabada, un catálogo bien ligado, sobre la capacidad de presentir las respuestas a las preguntas que la sociedad se plantee. Si eso ocurre, todavía vale la pena y cobra todo su sentido publicar en una editorial. Así lo pienso y practico yo; así lo piensa y lo practica, incluso, quienes piensan que Gutenberg solamente abrió un paréntesis.

Pero cuidado: ni siquiera eso es ya territorio exclusivo de los sellos establecidos: la posibilidad de combinar algortimos matemáticos con recomendaciones personalizadas derivadados del etiquetado colectivo (ontologías, taxonomías como las que se practican en Delicious, Mendeley, Twitter con sus hashtags#, por ejemplo) genera procesos de recomendación personalizados altamente pertinentes que prescinden de los canales y medios tradicionales de edición y publicación. De hecho, el uso de esos entornos de recomendación personalizados hacen descender el uso aleatorio de los buscadores y se convierte, en algunos casos, en fenómenos editoriales como el de Zite, que cumple el sueño de generar la revista personalizada de la que llevamos décadas hablando o como el de Flipboard, que hace realidad la ilusión de que las conversaciones se conviertan en publicaciones.

No es sencillo responder a esta pregunta, pero sospecho que en su respuesta está la clave del futuro de las editoriales.

 

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The Open Library

Hace algunos días comentaba el artículo que Robert Darnton había publicado en The New York Review of Books instando a la creación de una Biblioteca Digital nacional en los Estados Unidos. Quienes conocemos y seguimos a Peter Brantley (@naypinya), cofundador del Internet Archive, sabíamos que algo se estaba cociendo hace tiempo en San Francisco: la semana pasada se confirmó.

Internet Archive lanzó la semana pasada la noticia de que había promovido la creación de la primera gran biblioteca digital de libre acceso, la Open Library, cuyas características principales son: un millón de títulos de dominio público disponibles sin restricciones; 70.000 títulos comerciales disponibles en préstamo temporal provinientes de la red de biblitoecas públicas que participan en el proyecto, en particular de la Boston Public Library, y del servicio de distribución de libros digitales Overdrive, acción no exenta de polémica -como señala The Wall Street Journal- por las implicaciones legales que tiene el préstamo digital en abierto (a través de la tarjeta de lector de bibliotecas públicas), pero que los bibliotecarios han sabido resolver intelectualmente aludiendo a los fines de su profesión en la era digital: Thomas Bake, de la biblioteca pública de Boston, ha dicho: “en lugar de quedarnos sentados epserando a que la gente regrese a las bibliotecas, hemos salido a buscarla hayá donde se encuentran”.

La biblioteca no es solamente cosa de los profesionales, además. En los tiempos que corren barridos por vientos digitales, cualquiera puede convertirse en un mecenas bibliográfico, añadiendo los textos, contenidos y registros que desee, generando con ello una biblioteca universal compartida, algo que se está convirtiendo en uno de los grandes fenómenos silenciosos de la red: la generación de bibliotecas temáticas digitales compartidas, función que cumple de manera sobresaliente Mendeley, esa otra biblioteca abierta que está transformando la manera en que leemos, consultamos y compartimos la literatura científica y profesional. Mendeley obtuvo en el año 2009 el TechCrunch Europe 2009 “Best Social Innovation Which Benefits Society” Winner.

Ante esta realidad pujante de bibliotecas digitales abiertas y centralizadas, fruto de la agregación de registros abiertos y comerciales, de contenidos de dominio público y comercial, de lecturas compartidas y literatura científica y profesional, ¿cuál es la estrategia y la posicion que deberían adoptar nuestras bibliotecas públicas y universitarias? Miremos a la Open Library.

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