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El precio y el valor de los libros de texto

En uno de los últimos número de la revista The Economist (poco sospechosa de no creer firmemente en la economía del libre mercado), pudimos observar un gráfico cuyo título no dejaba lugar a dudas: “Un caso de manual de manipulación de precios”, refiriéndose al incremento exponencial e injustificado del precio de los libros de texto en los Estados Unidos.

De acuerdo con el último informe de ANELE sobre “El precio de los libros de texto“, “la subida media de los precios de los manuales para el curso 2014‐2015 se sitúa en el 0,8%”, incremento achacable, en buena medida, al sobreesfuerzo derivado de la LOMCE y de la necesaria creación de nuevos contenidos y materiales. Los precios medios por nivel educativo, de acuerdo con el mismo informe, estarían en torno a las 18,45 €, 24,60 € y 27,24 € si nos referimos a primaria, secundaria y bachillerato. Como toda medida central, se ignoran los extremos, aunque muchos tengamos la experiencia de que gran parte de los libros de texto obligatorios alcancen precios que rondan los 30-35 €.

La pregunta que suele formularse y que no tiene tan fácil respuesta como la mayoría piensa, está, sin embargo, plenamente justificada: ¿son caros los libros de texto? ¿aportan el valor suficiente como para que su alto precio esté justificado? ¿tiene sentido ese desembolso en un ecosistema educativo digital, en el que el libro de texto tradicional pierde en buena medida su papel y su significado? Poca gente sabe que en la concepción y elaboración de un libro de texto intervienen muchas personas: autores que perciben un tanto alzado, editores especializados que supervisan con profesionalidad el proceso de trabajo, grafistas y diseñadores que traducen a imágenes y cuadros gran parte de la información, documentalistas que buscan las mejores imáganes de acompañamiento y abonan los derechos correspondientes por su uso, impresores que realizan su labor tradicional ajustando los precios cada vez más, distribuidores que hacen llegar miles de copias a los puntos convenidos, librerías, grandes almacenes y cadenas que comercializan los libros de texto a cambio del margen comecial correspondiente. Y aún cabría añadir algunos otros epígrafes a la cuenta de gastos de un libro de texto… La cuestión, por tanto, es que en la lógica de producción tradicional y analógica de un libro de texto tradicional, su precio está en buena medida justificado. Es decir: es caro porque el proceso de creación, producción, distribución y comercialización lo es, y porque los márgenes que los grandes grupos demandan a sus productos son cada vez, también, mayores.

Pero, siendo conscientes de esa paradoja del precio, ¿está justificado abonar esa cantidad por un objeto analógico, no actualizable, difícilmente reutilizable, que fue concebido para las aulas del siglo XIX en las que el paradigma pedagógico era el del modelo de transmisión unilateral del conocimiento, el de la memorización y la repetición, el del control cuantitativo del rendimiento como supuesta herramienta de evaluación, el del contenido fragmentado y compartimentado en asignaturas sin relación alguna, el del espacio del aula como compartimento cerrado sobre si mismo donde transcurre con exclusividad el aprendizaje? Y aún más: ¿está justificado abonar esa cantidad de dinero por un objeto en papel cuando la distribución y comercialización de los recursos educativos cabría hacerla de una manera digital enteramente distinta? Sí, es cierto que existen gastos e inversiones vinculados al desarrollo de los contenidos digitales que antes no existían, pero también lo es que las amortizaciones son mucho más rápidas y que los ahorros pueden contabilizarse en muchos miles de euros.

No, no parece que ese gasto esté a día de hoy justificado. No, no parece que ese incremento exponencial e imparable de los precios de los libros de texto, como ya advirtiera también The Huffington Post, pueda ampararse por la aportación de un supuesto valor que ya no tienen ni detentan, al menos en exclusiva. La explosión de internet y la lógica de los recursos educativos digitales, hace redundantes cuando no innecesarios muchos de los materiales que utilizamos antaño.

La Fundación Samsung ha elaborado un informe titulado “Los padres ante la tecnología en los colegios” sobre el que debatiremos la próxima semana, un documento que nos servirá en el fondo de justificación para reflexionar sobre la inevitable transición de un modelo docente basado en el manual más o menos clausurado, fruto de una época determinada, y un presente que demanda recursos digitales dinámicos y reutilizables al servicio de un proceso de aprendizaje basado en el descubrimiento y la exploración. Una transición díficilmente asumible por la industria editorial y díficilmente comprensible por parte de muchos padres, emigrantes digitales perplejos ante las costumbres comunicativas de sus hijos.

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Los hijos del libro y los nativos digitales

Uno de los primeros que resaltó, con vehemencia, que los nativos digitales existían y que su manera de ver, percibir, pensar y actuar eran diferente a la de los nativos tipográficos (recuerden aquel subtítulo poco citado del célebre libro de McLuhan, La galaxia Gutenberg. Génesis Del Homo Typographicus), fue Alejandro Piscitelli. En Nativos digitales. Dieta cognitiva, inteligencia colectiva y arquitecturas de la participación, Piscitelli aseguraba -cito de memoria, no encuentro mi ejemplar- que nos enfrentábamos a un cambio epistemológico colosal, aquel que va de la textualidad tipográfica a la textualidad digital, de un mundo basado en el conocimiento libresco, la lectura silenciosa y sucesiva y la creación restringida a un mundo de contenidos multiformato, exhuberantes, de lectura fragmentada y preponderantemente visual, en el que los medios digitales democratizan la creación. Nuestros hijos ven el mundo a través de esa nueva textura digital; nosotros, por muchos esfuerzos que hagamos, seguiremos siendo mentes tipográficas que hacen esfuerzos por comprender ese nuevo territorio y esas nuevas prácticas.

La saga de los textos que pretenden analizar y diseccionar este cambio de era y de civilización son ya miriada, pero en los últimos meses han aparecido dos textos casi antagónicos, opuesos en su planteamiento, algo que denota claramente que nuestros prejuicios, nuestras anteojeras conceptuales, siempre son más determinantes que nuestra supuesta condición de científicos. Me refiero a los libros de Howard Gardner, La generación App. Cómo los jóvenes gestionan su identidad, su privacidad y su imaginación en el mundo digital y al de Michel Serres: Pulgarcita. El mundo ha cambiado tanto que los jóvenes deben reiventar todo.

El libro de Gardner, el padre de las inteligencias múltiples, es un libro tramposo, prejuicioso y acientífico, un claro ejemplo de cómo la mente tipográfica puede jugar una mala pasada incluso al más pintado de los catedráticos de Harvard. Su tesis principal, simplificando, defiende que las aplicaciones informáticas que los nativos digitales utilizan desfiguran y dañan su identidad, su intimidad y su imaginación. Algo así como sostener -ya lo hizo Sócrates, otro ilustre precedente, en el Fedro-, que la escritura, que no dejaba de ser un tecnología equiparable, solamente podía producir sombras equívocas y falsas de conocimiento. O ya puestos, que cualquier tecnología que automatice y simplifique nuestra manera de interactuar con el mundo que nos rodea -un astrolabio, un telescopio, una tarjeta de crédito-, desnaturalizara y demudara nuestra condición humana. La retahila de afirmaciones sobre la que se basa esa hipótesis -que podría ser tan plausible como cualquier otra- carece sin embargo de todo fundamento empírico y convierte al libro en un mero alegato antidigital. “Es cierto que”, puede leerse sorpresivamente en la página 157, “incluso si nuestra descripción de la juventud actual es acertada, no podemos demostrar que estas características sean consecuencia directa, ni siquiera consecuencia importante, de la ubicuidad de ciertas tecnologías. Sencillamente”, reconocen, alicaídos, “es imposible lleva a cabo el experimento adecuado con los controles necesarios”. Sobran las palabras…

A sus 84 años Michel Serres es la afortunada y jubilosa antítesis de Gardner, el denodado esfuerzo por comprender una mutuación histórica sin regodearse en las evidencias conocidas: “Sí”, puede leerse en las páginas 34-35, “desde hace algunos decenios, veo que vivimos un periodo comparable a la aurora de la paideia, después de que los griegos aprendieran a escribir y a demostrar, un periodo parecido al Renacimiento, que vio el nacimiento de la imprenta y el surgimiento del reino del libro. Época incomparable, sin embargo, ya que ahora, al mismo tiempo que las técnicas mutan, el cuerpo se metamorfosea, cambian el nacimiento y la muerte, el sufrimienot y la curación, los oficios, el espacio, el hábitat, el ser en el mundo”. “Me gustaría tener”, reconoce Serres, “dieciocho años, la edad de Pulgarcita y de Pulgarcito”, que así denomina a los nativos digitales, por su propensión, claro, a teclear con los pulgares en sus dispositivos digitales, “porque hay que rehacerlo todo otra vez, está todo por inventar”.

“Ese parloteo de las Pulgarcitas y los Pugarcitos”, prosigue, sin menospreciar lo que Gardner quizás nunca pueda comprender, “este caos del mundo, ¿anuncian quizás una era, o es que van a mezclarse una segunda edad oral y los escritos virtuales? Esta novedad, ¿cubrirá con sus olas la era de la página que nos formateó? Desde hace tiempo”, concluye, “percibo esta nueva era oral emanada de lo virtual”. He ahí, quizás, el gran cambio. Un libro, sin lugar a dudas, de una sutileza y una sabiduría esplendorosas.

Nosotros somos hijos del libro y nietos de la escritura y solamente renociendo expresa y reflexivamente ese punto de partida que condiciona nuestra manera de ver, comprender y juzgar las cosas, cabe entender la nueva civilización, esa que Piscitelli, Marc Prensky o Don Tapscott llamaron de los nativos digitales.

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Los estudiantes y la web

“Resulta peligroso asumir”, dice Jakob Nielsen,en su último trabajo de campo, “que los estudiantes son expertos tecnólogos”. Son, sin duda alguna, aborígenes nacidos en las grandes e inacabables tierras digitales donde nunca se pone el sol (esto último es mío), la tecnología les resulta connatural pero, sin embargo, huyen de cualquier dificultad que no les reporte una satisfacción o recompensa inmediata, les disgustan los interfaces complicados, y suelen abandonar los sitios web ignorando a menudo la información que buscaban. Estos resultados no difieren demasiado de aquellos otros que, en su momento, publicara la Universidad de Londres a instancias de la British Libray, Google Generation, en los que ya se nos alertaba del mito de la competencia digital de los jóvenes nativos. Como se aseguraba entonces, los encuestados utilizan los buscadores comerciales más que ningún otro recurso informativo, son, forzando la traducción, “buscadorcéntricos”, algo que les aboca a cometer errores de selección, porque apenas poseen criterios de discriminación de la fiabilidad de las fuentes que utilizan y apenas interrogan a la web de otra manera que no sea el lenguaje natural.

El estudio de Nielsen, titulado Colleges students on the web, redunda en esta certeza creciente: puede que los jóvenes estudiantes preuniversitarios y universitarios, como aseguraría el autor de Convergence Culture, construyan parte de su cultura contemporánea mediante la copia, la emulación, la reelaboración de contenidos a partir de una materia prima original que se transforma digitalmente. Pero la paradoja es que aunque esto fuera cierto, a la mayoría les disgustan las páginas con audio activo y con movimiento. En contra de lo que pudiera parecer, la encuesta, realizada en cuatro países distintos entre cuarenta y tres jóvenes de entre 18 y 24 años, prefieren sitios limpios, bien compuestos y legibles.

A menudo se asume, irreflexivamente, que las redes sociales, Facebook en particular, es el medio que los jóvenes utilizan para tejer y desarrollar todas sus relaciones sociales. Esto es cierto, sin embargo, sólo hasta cierto punto: las redes sociales son mayoritariamente percibidas como espacios de trato y discusión privados, no como sitios donde quepa el márketing corporativo o la publicidad subliminal. Son, paradójicamente, redes públicas al servicio de la construcción de relaciones personales y privativas, no comunitarias o corporativas.

El debate es álgido y así lo demuestra uno de los artículos más consultados en la red en los últimos tiempos: “The digital natives‘ debate: a critical review of the evidence”: “en resumen”, sintetizan los autores tras aportar los datos de varios estudios realizados sobre el terreno, “las evidencias derivadas de la investigación indican que una proporción de gente joven son altamente adictos a las tecnologías y confían en ellas para la recolección de información y otras actividades de comunicación. Sin embargo, también se hace evidente que existe una proporción significativa de gente joven que no posee los niveles de acceso o las competencias tecnológicas predichas por los defensores de la teoría de los nativos digitales. Tal generalización sobre toda una generación de gente joven centra su atención, solamente, en los estudiantes tecnológicamente adeptos. Siendo esto así, se corre el riesgo de que aquellos menos interesados y menos capaces sean descuidados y de que el impacto potencial de los factores socioeconómicos y culturales sea pasado por alto”. En resumen: no existe evidencia empírica suficiente para afirmar, al menos todavía, que el estilo de aprendizaje preponderante entre los jóvenes (menos aún los adultos) se realice a través de la mediación exclusiva de los medios digitales y, sin embargo, sí existe la evidencia empírica contraria de que un exceso de sobrecarga digital —en este caso sí, entre jóvenes y adultos, indistintamente— puede generar los efectos contrarios a los perseguidos.

“Los adolescentes son lectores pobres y prefieren sitios que les ofrezcan una cantidad substancial de contenidos icónicos que les liberen de la tarea de leer”, asegura Nielsen. “Los estudiantes universitarios son lectores regulares capaces de tratar con una escritura más compleja. Eso no significa, sin embargo, que les guste leer textos largos. Tal como les ocurre a otros adultos competentes, tal como puede ocurrir con los profesionales del mundo de los negocios, los estudiantes prefieren sitios web que sean sencillos de visualizar y que no les intimiden con un muro de texto gris”. Es decir, todo lo contrario de lo que hago yo aquí (si has llegado hasta el final, sospecha, tienes más de 25 años y no eres un atareado hombre/mujer de negocios. Preocúpate o haz acto de enmienda para el 2011).

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Palabras y pantallas

En Words, uno de los últimos artículos de la serie que Tony Judt escribió para el New York Review of Books y que tan intensamente evocó Vicente Molina Foix en un artículo reciente, “La aplazada muerte de Tony Judt“, aludió de manera inequívoca al papel devaluador de la cultura que algunos medios digitales de comunicación y algunas prácticas docentes actuales representan: “la inseguridad cultural engendra su doble lingüístico. Lo mismo es cierto para los avances técnicos. En un mundo donde Facebook, MySpace y Twitter (por no mencionar los mensajes de texto), las alusiones sucintas sustituyen a la exposición. Donde una vez Internet pareció representar una oportunidad para la comunicación sin restricciones, la tendencia crecientemente comercial del medio -”Soy lo que compro”- trae consigo empobrecimiento. Mis hijos observan sobre su propia generación que la taquigrafía comunicativa de su hardware ha comenzado a filtrarse en la comunicación misma: “la gente habla como los textos” que escribe. Y la conclusión le parece irrevocable, alarmante: “esto debería preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad lo mismo le ocurre a las ideas que expresan. Si se privilegia la expresión personal sobre las convenciones formales, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que privatizamos otras muchas cosas”.

Judt sostiene que la enseñanza y asunción de las convenciones formales de la expresión y la comunicación en la escuela, son fundamentales; que la progresiva degradación de la instrucción formal, del aprendizaje y uso de las fórmulas retóricas de la comunicación, conduce no sólo al empobrecimiento del lenguaje sino, sobre todo, de las ideas que transporta y, con ello, de la república de los seres humanos que contribuye a construir y sostener. Para Judt, que según su relato creció entre la algarabía de las conversaciones y las discusiones en varias lenguas en el comedor de su casa, que cultivó la pasión a lo largo de la vida por las palabras para arrancar de ellas toda su fuerza y que constituyeron su último reducto de libertad, la degradación a la que los medios de comunicación digitales acutales las somete, es peligrosa e intolerable.

Lisa Block de Behar, en su interesante Medios, pantallas y otros lugares comunes, ahonda en el problema de la desintegración de las palabras sometidas a la tiranía omnisciente de las pantallas: “la tecnología”, asegura, “ha pantallizado el mundo transformándolo en un parque multimediático trivial y espectacular a la vez, donde las pantallas no sólo aplanan -cada vez más planas- ese mundo global; no sólo lo verticalizan -cada vez más autoritarias-, sino que regulan sus paisajes, personas, hechos, ficciones y fantasías, mostrando y ocultándolos, entrelazados y a la par. Poco o nada se vi si no está en pantalla. Lo que importa se muestra en pantalla y, si no se muestra, no importa, no existe”.

Claro que no todo el mundo compartirá los argumentos previamente esgrimidos, que sostendrá, al contrario, que lo hace falta es quebrar la univocidad del discurso tradicional, destapar las imposturas de la comunicación profesoral unidireccional, romper con las retóricas añejas del discurso, saltárselas si es necesario para adaptarlas al vocabulario de quienes ya no se sienten identificados ni con el lenguaje ni con los medios de comunicación tradicionales, adoptar las herramientas de creación y expresión digital para generar un nuevo entorno de aprendizaje colaborativo donde las jerarquías tradicionales se evaporen. Eso es, en resumen y tal como yo lo entiendo, el edupunk, el movimiento antagónico a las pedagogías habituales que propugna el maestro Alejando Piscitelli, cada vez más habitual (afortunadamente), entre nosotros. Todo eso y muchas cosas más estaba anticipado en un libro tan imprescindible como inencontrable que es Nativos digitales.

Yo soy de los que cree que la solución -si la hay- a este debate no se encuentra ni un extremo ni en otro, ni en el cultivo exclusivo de la forma y la retórica tradicional, ni en la algarabía infoxicadora de las redes sociales. Algo de eso estaba en ya recogido en Sócrates en el hiperespacio, porque no es la primera vez en la historia que los soportes y, con ellos, las modalidades de creación y expresión de la información y el conocimiento se transforman pero sí la primera, quizás, en que somos históricamente tan conscientes del momento trascendental que vivimos.

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Conclusiones sobre los Futuros del Libro

En la pasada Feria del Libro de Sevilla, celebrada hace una semana, se dedicaron dos jornadas completas a reflexionar sobre diferentes aspectos de los posibles futuros del libro. En la mesa de conclusiones -compuesta, tal como consta en el cartel, por Joaquín Rodríguez, Henry Odell, Martín Gómez, Francisco Javier Jiménez Rubio, Silvano Gozzer y Javier López Yáñez-, se abordaron temas a los que vale la pena dedicar un rato de (placer) y atención:

Por si no funcionara:
Video de conclusiones sobre Los futuros del libro

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