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#Nethinking5 ¿Esclavos de las tecnologías?

Este viernes comenzará la nueva edición de #Nethinking5, “un encuentro anual entre algunos de los expertos comunicadores, bloggers y artistas más influyentes en internet, para debatir y transmitir conocimiento sobre el entorno digital, los nuevos medios comunicación, redes y modelos de negocio en torno a los contenidos digitales” según los organizadores.

¿Somos esclavos de las tecnologías? es la pregunta que este año nos han planteado, para debatir, a Eduardo Arcos, Antonio Delgado y a mi mismo.

Para comenzar convendría refutar esa pregunta, impugnarla, porque contiene en buena medida su respuesta, anticipa una clara predisposición negativa hacia la tecnología y polariza la respuesta antes de que el debate empiece. La tecnología no es algo distinto de nosotros. Somos el género que somos porque extendimos nuestras capacidades mediante la invención y uso de unas tecnologías que, a su vez, al ser utilizadas e intervenir en nuestro medio y modificar nuestro mundo, influyeron de manera determinante sobre nosotros, sobre nuestra de percibir y estar en el mundo. Nuestra relación con la tecnología es la de una causalidad circular inevitable, porque inventamos tecnologías con las que transformar el mundo y, al alterarlo, nos modificamos a nosotros mismos. Tenemos la tentación permanente, eso sí, de rechazar de plano, inicialmente, cualquier innovación que desarregle las reglas perceptivas de nuestro mundo: imagino el momento en el que se inventara la brújula y alguien arguyera que orientarse visualmente mediante la observación de las constelaciones era mucho más auténtico; que cuando se inventara el fonendoscopio, alguien argumentara que el contacto humano mediante las palpaciones era mucho más cercano; que cuando se inventara el vaso, en fin, alguien sostuviera que sujetar el agua en el hueco de las manos era algo mucho más natural y vivificante.

Toda tecnología inventada y exteriorizada por el hombre-sostenía Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg-tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización.

Hoy nos encontramos en ese momento, efectivamente, de entumecimiento y estupefacción, en el que las formas de comunicación antigua que conocimos se hibridan, remedian o convergen con las nuevas, sin que terminemos de entender en qué paisaje nos movemos. Pero más allá de la larga historia de rechazos irreflexivos, es cierto que la tecnología no es políticamente neutra, que puede condicionarnos, subyugarnos y someternos, consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente.

Para intentar dar una respuesta más cabal a la pregunta planteada, es interesante regresar a esa obra excepcional que es La galaxia Gutenberg:
el libro de McLuhan es, tal como lo leí yo, una diatriba contra la imprenta y la génesis del Homo typographicus, contra los efectos que sobre la psique humana causó la invención del texto discursivo, contra las severas limitaciones perceptivas a las que nos sometió la disciplina de la lectura lineal, contra el drástico empobrecimiento de una manera de conocer unilateral que se conforma con los textos. Los libros y la lectura nos convertirían, según McLuhan, en seres primordialmente pasivos, solipsistas, sensualmente empobecidos, absortos en las evidencias de una identidad sobredimensionada. Independientemente de que eso sea o no rebatible, McLuhan también reconoce que la escritura y la lectura fueron los fundamentos del pensamiento científico, de las formas de análisis e investigación propias del pensamiento occidental, del notable incremento de nuestra capacidad de abstracción e inferencia.

Más bien la cuestión es -escribía McLuhan- ¿cómo tomamos conciencia de los efectos del alfabeto, de la imprenta o del telégrafo en la conformación de nuestra conducta? Porque es absurdo e innoble ser conformado por tales medios. El conocimiento no atiende, sino que restringe las áreas de determinismo. Y la influencia de supuestos no analizados derivados de la tecnología conduce, de un modo por completo innecesario, al máximo determinismo de la vida humana. La finalidad de toda educación es emanciparse de esa asechanza.

McLuhan nos impulsa a que, comprendiendo los beneficios que toda transición tecnológica pueda conllevar, estemos alerta ante sus asechanzas, porque sería vil y empequñecedor dejarnos conformar servilmente por ellas. En esto, por tanto, llevan mucha parte de razón todos aquellos que escriben de manera unilateral contra Internet: Nicholas Carr, Byung Chul Hahn, Jaron Lanier, Eugeny Morozov, Jonathan Crary, César Rendueles (por citar a los que más sigo y leo), porque es cierto que hay multitud de ámbitos en nuestras vidas sobre los que hemos cedido atolondradamente nuestra soberanía: nuestros datos, convertidos en plusvalía para los grandes operadores multinacionales; nuestra privacidad, entregada voluntariamente al panóptico global; nuestro tiempo, sometido a la alucinación de un presente constante; nuestra atención, invadida y asaltada vandálicamente por mediadores que reclaman nuestra atención para explotarla económicamente; nuestras relaciones sociales, sometidas ahora a la misma lógica con la que gestionamos desde nuestro teléfono móvil nuestras cuentas bancarias; nuestra sociedad o nuestra comunidad, deshecha en jirones por la presión constante hacia formas de individualización y competención extremas; nuestro planeta y sus recursos, incapaces de saciar una bulimia tecnológica desatada que nunca se satisface hasta que no alcanza fugazamente la novedad que será sustituida por la ficción de la siguiente novedad… Todo eso y mucho más es cierto. McLuhan nos invita a pensar en la manera en que las tecnologías nos determinana para emanciparnos, para convivir con ellas de manera soberana, pero es demasiado fácil pensar solamente a la contra. Dadme una idea que me opondré a ella, parece muchas veces ser el lema de escritores como Morozov.

Daniel Innerarity, uno de los más raros y perspicaces analistas de nuestra realidad (digital) contemporánea escribía hace poco en Libertad como desconexión:

La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.

Es imperativo civilizar la red, inscribir formas de anonimato y dilación, disciplinar su avance vinculado a inconfesables fines mercantiles y militares. Pero de nuevo, siendo todo eso cierto, y tal como la historia se empeña en demostrarnos, la invención de Internet y el desarrollo de una nueva ecología de los medios digitales, no es soslayable, y debemos aprestarnos a pensarla en serio. “¿Cúales serán -se preguntaba de nuevo McLuhan-, las nuevas configuraciones de los mecanismos y de la alfabetización cuando esas viejas formas de percepción y juicio sean intepretadas en la nueva era eléctrica? Incluso sin colisión, tal coexistencia de la tecnología y consciencia causa trauma y tensión en toda persona viva”. Vivimos en esa tensión que a veces se nos vuelve impensable, inconcebible, pero debemos reconocer que apenas tiene sentido sostener que existe ya una diferencia neta entre nuestra vida virtual y real, que podemos discriminar con claridad qué pertenece a cada uno de esos ámbitos, porque en realidad nuestras vidas son ya un híbrido que se sitúa a caballo entre ámbos universos. Luciano Fioridi es el intelectual que acuñó hace algún tiempo el término Onlife, el impulsor del manifiesto del mismo nombre, el Manifiesto Onlife, en el que se reconoce que la red ha alterado por completo nuestra identidad, nuestras relaciones sociales, nuestras formas de convivencia, nuestro sentido de la responsabilidad y el reconocimiento, nuestro sentido de pertenencia, nuestras formas de gestionar la vida compartida.

Si eso es así, y a mi me cabe poca duda, la pregunta no es si somos o no esclavos de la tecnología: la pregunta es, remedando al gran McLuhan, cómo emanciparnos de las asechanzas sabiendo que nada será ya lo mismo y que nuestra misión será civilizarlas; cómo aprovechar por el bien común, en contrapartida, la inmensurable riqueza de las redes.

Que se vayan preparando en #Nethinking5.

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Neoludismo

El 1 de septiembre de 2008, regresado del verano, reproduje la misma pregunta que había encontrado en algunas revistas y semanarios internacionales: ¿nos hace Internet más tontos? El artículo de Nicholas Carr en The Atlantic, Is Google making us stupid?, abrió un periodo de reflexión y reacción frente a cierto fundamentalismo tecnocrático o tecnofílico que invadía nuestras vidas y nuestras mentes. Este movimiento de resistencia reflexiva al cambio digital no es nuevo en la historia de la humanidad: los luditas fueron aquellos obreros artesanos que lucharon contra la implantación de un modo de producción soportado por máquinas porque su introducción asolaba el sentido y el fundamento material de sus vidas. Y no les faltaba parte de razón, claro: aunque el formidable aumento de los estándares generales de vida de la población europea y norteamericana se debiera, en gran medida, a la adopción de métodos de trabajo fordistas sostenidos por la nueva maquinaria, también es cierto que eso trajo como consecuencia, a corto plazo, la desaparición de artesanías, modos de vida y comunidades y, a medio plazo, depredación de recursos naturales y un enorme impacto sobre nuestro entorno. Todo parece tener su anverso y su reverso.

Dos años después Carr publicó el libro The sallows. What the internet es doing in our brains, que incluí en un comentario titulado buzos y surfistas: antes, confiesa Carr, tendía a comportarme como un buzo que descendía a las profundidades persiguiendo palabras, con el propósito de descifrar su significado, esforzadamente, hasta dar con la pieza; hoy todos tendemos a comportarnos como surfistas que sobreponen el placer de la navegación superficial a las demandas que el submarinismo nos plantea. Aporta, para sostener la metáfora, múltiples ejemplos, incluso cercanos a quienes presumimos de lectores aguerridos: desde el año 2008 se revisaron 34 millones de artículos académicos publicados entre 1945 y 2005. Aunque la digitalización los había hecho accesibles a toda la comunidad científica, poniéndolos al alcance de sus dedos y de su ratón, lo cierto es que el número de citas en en las publicaciones actuales descendió en favor de las publicaciones más recientes. Disponer de un extraordinario acervo histórico sobre el que construir el conocimiento no fue suficiente para evitar la tendencia a sobrevolar y citar lo más actual, lo más cercano, lo más superficial. Ya lo dijo quien pasa por ser uno de los sumos sacerdotes de la red, Cory Doctorow: internet es un ecosistema de tecnologías que interrumpen, de tecnologías disruptivas y distractivas.

Aparece ahora la versión en castellano de ese libro que algunos califican ya como el manifiesto neoludita, aunque si alguien quiere saber algo más de esto le convendría gastarse unos cuartos en el libro de Steven E. Jones Against technology: from Luddities to neo-luddism. Nuestra vida -la mía, obviamente, que vivo instalado en un blog desde hace un lustro, que no puedo concebir mis relaciones sin el correo electrónico y otros canales digitales de comunicación o sin determinadas herramientas que, en gran medida, aumentan mi memoria, expanden mi inteligencia, acrecientan mi capacidad de análisis y reflexión, ensanchan mi vida y amplian mis horizontes, por decir sólo algunas de las cosas en las que las tecnologías digitales han cambiado mi manera de ser y de estar (termino paréntesis)-, ha cambiado de manera irreversible y la cuestión no es tanto de dimensión como de intensidad, de cualidad como de magnitud. Me explico: ayer leía el blog de mi amigo Luisgé Martín, al que tengo por uno de los hombres más cabales que conozco. En Ciberpost decía:

Acabo de leer Superficiales, el libro de Nicholas Carr que reconstruye qué está haciendo internet con nuestras mentes, como explica el antetítulo. Se titula Superficiales porque es un libro de divulgación con mimbres científicos y armazón teórico, pero podría titularse Imbéciles, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo al parecer gracias al uso de las nuevas tecnologías. El otro día, justo cuando terminaba de leer el libro, me encontré con un amigo al que le acababan de quitar la escayola de un brazo roto. Lo tenía pálido y magro a causa de la inactividad. Ponía juntos los dos brazos y parecían de personas distintas. Eso es según Carr lo que está pasando en nuestros cerebros: estamos perdiendo la capacidad de profundidad, de reflexión y de análisis. No es un libro pretecnológico ni antitecnológico. No es un libro incendiario ni superficial. No es dogmático. Ni siquiera es perentorio, pues se intuye entre líneas una cuestión casi metafísica que, a la postre, resulta mucho más desoladora: nos estamos volviendo imbéciles, inanes e inconstantes, pero en el contexto completo de la naturaleza humana, ¿qué más da?

Ayer también -día aparentemente antitético- acudí como invitado a la reunión del Espacio-Red de Prácticas y Cuturas digitales, un grupo de trabajo que se esfuerza por comprender de qué manera cambiará, sobre todo, el diseño de nuetros entornos educativos mediante el uso de las tecnologías digitales que rompen con la concepción de transmisión y repetición unilaterial del conocimiento tradicional. En el fondo, lo mismo que persiguen los autores de Re-designing learning context: technology-rich, learner-centred ecologies: ¿cómo diseñar ese nuevo ecosistema de recursos digitales para favorecer e impulsar un proceso de enseñanza y aprendizaje más rico?

En el próximo número de El profesional de la información -por añadir una última coda de publicidad gratuita-, el de marzo de 2011, doy rienda suelta a mi lado más neoludita en “La contracción digital del presente” (si a alguien le entran ganas de quemar tablets después de leerlo, que aguante).

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