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Así que pasen cinco años

Nicholas Negroponte no ha temblado al decirlo: cinco años, al libro en papel le quedan exactamente -ni más ni menos, puntual y certeramente-, cinco años de vida. En la entrevista que concedió  hace unos pocos días a la CNN, Negroponte, el autor de Being digital, profesor del MIT e impulsor de One Laptop Perchild, argumentó que los libros en papel se distribuyen mal y no cumplen, por eso, su misión de diseminación del conocimiento. Durante algo más de cinco siglos la parte más soleada del mundo ha gozado de un acceso razonable a ese tesoro, pero apenas ha rozado aquellos otros lugares, olvidados, que más los necesitarían. No es mal argumento. No sé por qué lo único que recuerdo de Being digital es que auguraba la desaparición de la cadena Blockbuster porque acabaría imponiéndose un modelo de distribución digital de video. Blockbuster cerró y Google está negociando ahora con Hollywod, así que habrá que tomarse en serio los augurios de Negroponte.

Este sábado, sin embargo, los organizadores del Bookcamp de Kosmópolis, en el CCCB de Barcelona, me han propuesto un reto: explicar en qué consiste la bibliofrenia y por qué resulta bastante improbable que algunos de nosotros estemos dispuestos a ratificar las profecías de Negroponte. Se me ocurren muchas razones, y querría exponer ahora alguna de ellas, como aperitivo sabatino. Hay razones físicas: la tecnología del libro en papel obliga, en general, a practicar una lectura silenciosa, sucesiva, reflexiva, introspectiva, necesariamente subjetiva. La relación que se establece con el objeto va más allá de una mera correspondencia funcional, que un encuentro utilitario. La relación que se establece es, al contrario, estrecha, intransitiva, íntima. Y, como en toda relación de intimidad, se establece, simultáneamente, una relación sensual: a menudo evocamos el tacto, el olfato o la vista para recalcar la personalidad física e independiente de cada libro.  En efecto, cada libro es único,  porque, aun cuando su producción sea industrial y seriada, cada cual adquiere una personalidad propia y exclusiva.  Cada libro resulta inconfundible para quien lo posee. ¿Acaso podríamos confundir a uno de nuestros hijos, a una de nuestras/os amantes?  ¿Qué tiene que ver, por tanto, esa relación fraternal o concupiscente con un libro con lo que un dispositivo electrónico nos ofrece?  No niego que los objetos electrónicos no puedan apelar a nuestros sentidos y que cualquier joven pudiera enumerar sus atractivos. Yo, que no soy en absoluto insensible a la electrónica, prefiero, sin embargo, el lujurioso contacto del papel. Las bibliotecas, las viejas bibliotecas donde sólo había libros –un reino en franca retirada, en cualquier caso-, no eran cementerios ni necrópolis. Al contrario: eran balnearios donde uno podía bañarse en las fuentes del conocimiento y dialogar en silencio con viejos amigos desaparecidos. Nuestras propias bibliotecas, las bibliotecas de nuestras casas, son un rasgo distintivo de nuestra personalidad, una encarnación de nuestra intimidad, de nuestros gustos, tendencias y pareceres, un lugar donde se encuentra amigos íntimos en calmado parlamento. Nuestras bibliotecas, así lo veo yo,  son remansos, oasis y, muchas veces también, muros de contención contra el ruido y la furia exteriores, contra el sinsentido.

¿Cabrá pensar que alguna vez un solo dispositivo digital capaz de almacenar todas nuestras bibliotecas juntas pueda suplantar esa dimensión física de nuestra personalidad? Yo no lo creo… Me reservo el resto de las razones psicológicas y la galería de los personajes que lo encarnaron para el próximo sábado. Allí nos vemos.

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