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Acceso abierto en América Latina

Las cifras dejan poco lugar a dudas: la producción científica en América Latina, medida por la producción total de artículos científicos o por el número de artículos per capita, no alcanza más que el 2,69% y el 2,38% del total. A la cabeza de ese ranking se encuentran los Estados Unidos de América y los países de Europa occidental, tal como deja ver el siguiente cuadro.

Es cierto que en los últimos años, al menos en términos relativos, el incremento de la producción científica ha sido superior en Latinoamérica, pero el neto de la producción sigue cayendo del lado de las potencias científicas internacionales. Aunque las correlaciones estadísticas sean en muchos casos dudosas y aún indemostrables, lo cierto es que el PIB latinoamericano no solamente no remonta, sino que cae en los últimos años hasta el 1,3% previsto para este año. Y es que los modelos de desarrollo de los países iberoamericanos apenas pueden basarse (apenas parecen querer basarse) en la ciencia y en la innovación. Ni la mismísima Christine Lagarde, con ocasión de sus últimos viajes por el continente, parece atribuirle ningún papel relevante a ese aspecto del desarrollo. Y sin embargo apenas es creíble un modelo contemporáneo de desarrollo económico que no se base en la cualificación de las personas, en la educación, en la ciencia y en la innovación (y en las infraestructuras necesarias para hacerlo posible). Todo lo demás son atajos que conducen a callejones sin salida.

Sería demasiado fácil decir que, simplemente, la calidad de la ciencia latinoamericana no es equivalente a la de las potencias científicas mundiales. Estaríamos más cerca de la verdad si dijéramos que los indexadores que deciden qué revistas y universidades forman o no parte de los candidatos evaluables y que los índices e indicadores que (supuestamente) miden la calidad de lo producido, apenas tienen en cuenta la ciencia producida en Latinoamérica: el Journal Citation Report, de Thomson Reuters, y el Scopus de Elsevier (aun con las recientes adiciones de cabeceras iberoamericanas), siguen representando de manera muy deficiente la investigación latinoamericana. Esa subrepresentación tiene, claro, efectos directos sobre muchos otros aspectos concomitantes: persuadir negativamente a los científicos iberoamericanos de que publiquen en sus propias revistas; desviar los fondos de financiación a empresas que hayan sido positivamente evaluadas por índices ajenos a la realidad de cada país; devaluar el trabajo de las universidades latinoamericanas que realizan ya de por sí un sobreesfuerzo considerable por convertirse en polos de innovación y desarrollo en sus países respectivos.

Es casi un lugar común, por eso, hablar en América Latina de ciencia perdida o ciencia supeditada, de ciencia invisible o carente de impacto, de relevancia. Quizás la apuesta, en consecuencia, no haya de ser la de persistir por un camino que no dará frutos y está en buena medida viciado, sino la de recorrer el camino de autonomía e independencia que Internet ofrece. Antonio Sánchez Pereyra escribía en Latin American Scientific Journals: from “Lost Science” to Open Access que “la cuestión ha dejado de ser ‘si’ debemos tener acceso abierto. La cuestión es ‘cómo’ debemos desarrollarlo aun más y promocionarlo”. No es de extrañar, por eso, que el movimiento de Open Access esté arraigando con fuerza en toda latinoamérica y que países como Brasil, México, Argentina, Chile, Colombia o Venezuela se encuentren a la cabeza del acceso abierto en su modalidad Gold.

Es imperativo no solamente utilizar las distintas modalidades del acceso abierto para promover el valor de la ciencia suramericana: es esencial que se trabaje de manera estratégica y sistemática en todas las vertientes que pueden mejorar su alcance y su llegada: tal como se recoge en la presentación que tuve la oportunidad de discutir en el IV Foro Internacional de Edición Universitaria y Académica celebrado en la FIL de Guadalajara hace unos pocos días, es necesario incrementar la producción científica, generar mayor difusión y visiblidad, arbitrar nuevos indicadores e índices de visibilidad e impacto más contextuales, trabajar por una nueva ordenación internacional del ranking de los científicos y las universidades y, por último, como corolario, disminuir la dependencia de la ciencia latinoamericana. Todo esto no tendría viabilidad alguna si los gobiernos latinoamericanos no proceden como acaba de planteárselo el gobierno holandés: ante la abusiva posición de poder del grupo Elsevier, la administración holandesa ha decidido promover el acceso abierto de manera decidida. Las razones son varias, pero basten dos: promover el acceso abierto a la ciencia que sus universidades produce ahorros de unos 8 millones de euros al tiempo que lo financiado con dinero público revierte directamente y sin intermediación en la sociedad.

Internet desintermedia las cadenas de valor tradicionales y redefine los papeles de cada cual. La cuestión, en América Latina, no parece ser ya si debe o no promoverse el acceso libre como herramienta estratégica sino, más bien, de qué manera puede promoverse más y mejor, y de qué forma los editores y los científicos deben asumir ese reto a la vez profesional y social.

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¿Por qué Open Access?

  1. Si uno quiere dedicarse a la ciencia debe anteponer -como dejara escrito Pierre Bourdieu- la libido sciendi a la libido dominandi, el amor y el interés por el conocimiento por encima del afán de poder y de prebendas;
  2. Ser miembro del campo científico requiere del conocimiento preciso de un lenguaje especializado y de su historia y genealogía. De no ser así, en el mejor de los casos, uno se arriesgaría a no enunciar más que trivialidades y lugares comunes. El hecho de que el lenguaje sea complejo y requiera de un largo tiempo en su adquisición, no es óbice para que no se abra a la sociedad y se comparta con todo aquel que lo requiera;
  3. El reconocimiento de los pares, su evaluación y su juicio, en una suerte de diálogo que no recurre a otra autoridad que a la intelectual, es determinante para el avance de la ciencia. Las métricas que se inventaron en los años 60 para hacer aflorar el conocimiento más valioso entre la miriada de artículos científicos producidos, no son perfectas ni inamovibles. Fueron un recurso que sirvió durante mucho tiempo para señalar aquello que más atención merecía, pero ha acabado por pervertir su propia misión: impulsados a publicar sin descanso, los científicos hacen y difunden ciencia mentirosa, sin fundamentación empírica suficiente, en las cabeceras que más visibilidad puedan otorgarles, con el fin de conseguir becas, puestos, financiación, influencia. Todo aquello, en fin, que no debe ser la ciencia;
  4. El peer review no tiene nada que ver, a propósito, con la condición abierta o cerrada de una publicación. Es más: en las publicaciones en abierto cabe corregir los excesos bien conocidos de las revisiones tradicionales;
  5. La mayoría de las revistas que ocupan el rango superior de visibilidad demandan a sus autores derechos exclusivos sobre su difusión y reproducción, de manera que embargan el contenido de manera permanente. Con tal de publicar en esas cabeceras, los científicos están dispuestos a que el conocimiento no circule sino entre aquellos que disponen de financiación necesaria para procurarse el acceso;
  6. De las cinco editoriales con una facturación más alta en el mundo, cuatro son de contenidos científicos, técnicos y profesionales;
  7. Según el último informe de REBIUN, las bibliotecas universitarias españolas gastaron en suscripciones a revistas científicas 100 millones de euros. Según la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America significativamente titulado Evaluating big deal journal bundles, los precios de las revistas seguían incrementándose y las editoriales pretendían comercializar paquetes de suscripciones no desagregables, que no tenían en absoluto en cuenta la dimensión de la institución y/o bibliotea a la que se lo vendían y los recursos financieros de los que disponían, todo con la obvia intención de maximizar sus márgenes de contribución y sus beneficios netos (toda la información, cuantificada, puede encontrarse en este enlace);
  8. Mientras las Agencias de Evaluación nacionales sigan empeñándose en utilizar como único índice de calidad de la actividad científica (como hace ANECA en España) el Journal Citation Report (las métricas de los años 60, por tanto), no habrá posibilidad de que el conocimiento se haga público. Su actitud contradice incluso las leyes nacionales de la ciencia y todos los acuerdos internacionales sobre Open Access, incluido la Berlin Declaration on Open Access;
  9. Es urgente e imperativo, por tanto, cambiar las modalidades de reconocimiento para cambiar los hábitos de producción, circulación y uso del conocimiento. Es urgente e imperativo, por tanto, apoyar las iniciativas de exploración de métricas alternativas, Alt-metrics, y suscribir declaraciones como la de Alt-metrics: a Manifesto.
  10. Encontraremos oposición, sobre todo de la oligarquía académica y de los grandes grupos editoriales internacionales, sin duda. Pero la ciencia es mucho más importante que todos ellos juntos.
  11. La inteligencia colectiva se basa en la posibilidad de compartir el conocimiento y de incrementar exponencialmente su valor mediante su uso, tal como demuestran iniciativas como la de PLOS Ebola Collection;
  12. Como contribuyente espero, además, que el conocimiento producido con parte del dinero que aporto a las arcas del Estado, se comparta y se difunda libre y abiertamente, haciéndolo compatible mediante embargos razonables con los derechos de propiedad intelectual de los autores;
  13. Ulrich Beck ya nos lo advirtió en La sociedad del riesgo: desde Hiroshima, al menos, sabemos que no podemos dejar la ciencia en manos solamente de los científicos, que los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de cogestionarla, de decidir cuáles deban ser sus fines, porque no somos meros sujetos pasivos (cobayas, sujetos de experimentación) a merced de lo que deseen hacer. La ciencia ciudadana es la exigencia de esa participación sin cortapisas, y necesita, para convertirse en realidad, de un conocimiento que circule libre y abiertamente;
  14. El Estado, el mismo que debe promover la investigación, puede y debe asumir parte de su difusión y circulación: en Francia la iniciativa openedition.org resulta un ejemplo envidiable de transparencia y accesibilidad.

La semana pasada se celebró en Madrid el encuentro internacional Open Access Madrid 2014, auspiciado por la Wenner-Gren Foundation. El resultado de las intervenciones de todos los especialistas que intervinieron puede encontrarse en la siguiente publicación:

Pre-publi OA MADRID 2014.pdf by Joaquín Rodríguez

14. El invento de Tim Berners-Lee, Internet, trata de la posibilidad de que los científicos asuman el control de los medios de producción, difusión, circulación y uso del conocimiento que producen. Usemos Internet.

 

¿Por qué Open Access? Tenemos suficientes razones.

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El coste del conocimiento

El pasado 27 de junio se hicieron públicas las cifras de facturación de los 56 grupos editoriales más grandes del mundo.

Entre los cinco primeros, tal como muestra la imagen, tres están dedicados a la edición de contenidos científicos, técnicos y profesionales, a la gestión e identificación de información valiosa para determinados colectivos altamente cualificados que necesitan contenidos actualizados. Reed Elsevier (promotora, entre otras muchas cosas, de Science Direct y Scopus), Thomson-Reuters (generadora, entre otras muchas cosas, de la Web of Science) y Wolters Kluwer (empresa holandesa fusionada, a su vez, con otro gigante, Bertelsmann & Springer, lo que daría lugar a Springer Science+Business) son tres gigantes que no solamente facturan cantidades inconcebibles para editores que trabajan en otros sectores sino que, sobre todo, dominan y controlan la producción, circulación y uso del conocimiento producido por la comunidad científica. A día de hoy apenas he leído o escuchado ningún comentario al respecto, ninguna valoración sobre las consecuencias que esa posición dominante tiene respecto a la disponibilidad y usufructo del conocimiento generado por una comunidad científicamente generalmente financiada con dinero público.

Es cierto que esta polémica viene de atrás: el 1 de septiembre de 2001 la Public Library of Science, uno de los más exitosos experimentos de ciencia libre en la red, intentó poner coto por primera vez a los precios abusivos y al secuestro de los contenidos ejercido por las multinacionales. José Antonio Millán explicaba en aquel momento en su blog que PLOS había fijado esa fecha “para que las compañías que rigen el mercado de la edición científica digital cambien su política. La iniciativa de la Public Library of Science lleva reunidas más de 26.000 firmas de científicos (casi 1.300 de ellos españoles), entre ellos varios premios Nobel. Su propuesta es que a los seis meses de aparición de los artículos estos se pongan abiertos en la Red, en sitios que reúnan lo más importante de la investigacion de un sector. Si el 1de septiembre las compañías no han actuado así, los firmantes se negarán a contribuir a sus publicaciones o a actuar de asesores para ellas. Las empresas objeto del ultimátum son bien conocidas: la canadiense Thomson y la anglo-holandesa Reed Elsevier, entre otras”. La revuelta de los científicos, la indignación del conocimiento, parecía aflorar y haber encontrado un fundamento sobre el que efectuar su reclamación porque Internet les daba las herramientas necesarias para autogestionarse, para compartir libremente el fruto de su trabajo, tal como la pionera arXiv.org ha venido demostrando desde mediados de los años 90.

Uno de los últimos episodios resonantes de esa indignación creciente fue la iniciativa The Cost of Knowledge promovida por el matemático Tim Gowers, una revuelta contra la política de precios crecientes y limitación de acceso al conocimiento practicada por Elsevier, la segunda compañía editorial más boyante del mundo.

No debemos olvidar, claro, que entretanto se han sucedido grandes declaraciones institucionales promoviendo el libre acceso al conocimiento, las primeras de las cuales fueron, seguramente, las realizadas por el Max Planck Institut (Berlin Declaration on Open Access), y por el filántropo (a ratos) George Soros, que puso en marcha la Budapest Open Access Initiative. Toda esa historia puede encontrarse en Ediciencia, un manual publicado en el año 2004 que coordiné junto a un grupo de expertos más que reseñable.

Sea como fuere, las cosas en el fondo parecen no haber cambiado demasiado. Al tiempo que se publicaba la lista de las editoriales más rentables, se publicaba un reportaje extenso en la Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America significativamente titulado Evaluating big deal journal bundles, y los datos que se ponían de relieve, entre otros, fueron que no solamente los precios seguían incrementándose y que las editoriales pretendían comercializar paquetes de suscripciones no desagregables, sino que no tenían en absoluto en cuenta la dimensión de la institución y/o bibliotea a la que se lo vendían y los recursos financieros de los que disponían, todo con la obvia intención de maximizar sus márgenes de contribución y sus beneficios netos (toda la información, cuantificada, puede encontrarse en este enlace).

Llegados a este punto, la pregunta es obligada, por si alguien quiere contestarla: ¿cuándo asumirá la comunidad científica la gestión de la creación, circulación, evaluación y uso de los contenidos que ella genera sin necesidad de intermediaciones que lastran y desnaturalizan su propio funcionamiento? ¿Cuándo asumirán los editores científicos universitarios, por tratarse del colectivo más cercano al asunto tratado, la construcción de una plataforma única y compartida que haga uso de las herramientas que Internet nos dio hace ya dos décadas? ¿Cuándo seremos capaces de generar modelos de acceso abierto al conocimiento?

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