Posts etiquetados con ‘Paréntesis de Gutenberg’

La summa + de Gutenberg

El paréntesis de Gutenberg. La religión digital en la era de las pantallas ubicuas, el último trabajo de Alejandro Piscitelli, es un libro imprescindible para entender el cambio de era y las múltiples implicaciones que la alteración de las textualidades genera, simplemente. Eso sí: de la misma manera que Alejandro me calificó una vez como retromoderno, o algo parecido, no creo equivocarme si me atrevo a calificarle, utilizando la esgrima verbal de la pugna intelectual, de ciberepico. Esa calificación, obviamente, necesita de una aclaración fundamentada.


El hecho de que la textualidad predominante los últimos 900 años (desde el siglo XII, no desde el siglo XV, que es el momento en que los códices se dotan de todos los dispositivos textuales actuales) esté en trance de ser complementada, que no completamente sustituida, por una lógica hipertextual, transmedia y alineal, donde cabe la creación colaborativa, la renuncia a la propiedad intelectual en beneficio de la construcción compartida y la mezcla y la adición derivadas de una dinámica creativa potencialmente diferente, no invalida en nada la importancia cognitiva determinante de la textualidad tradicional. De la misma manera que Piscitelli nos recuerda, asiduamente, que la escritura sustituyó a la oralidad y que ese cambio no fue impremeditado, sino que comportó cierto sometimiento a las autoridades administrativas que controlaban el código, sería un desperdicio que la nueva hipertextualidad transmediática pretendiera abolir la transcendencia de la lectura profunda, recogida y reflexiva, capaz de seguir argumentos largos y complejos. Piscitelli lo sabe, y en algunas ocasiones, pocas, se le escapa entre las líneas: “la progresiva desaparición de los libros eruditos”, dice en la  página 145, “está llevando a la pérdida de un tipo de investigación y análisis, de una sutileza y densidad a veces exageradas, pero no por ello menos valiosas cuando lo que se quiere analizar es precisamente estas mediamorfosis”. Claro, de hecho Piscitelli ha escrito una triología tradicional para explicarla.

No le falta razón, en ningún caso, cuando pormenoriza el correlato claro que ha existido durante mucho tiempo entre la textualidad lineal y normativa de los libros tradicionales, donde se refugiaban los argumentos de autoridad, y la pedagogía enunciativa y reproductiva tradicionales, contenta con que los alumnos repitieran los contenidos que se equiparaban al conocimiento. Sin duda los libros han podido tener ese efecto secundario reprobable. Las nuevas pedagogías resaltan todo lo contrario, y Piscitelli, que es maestre de una de ellas, el edupunk, lo explica y practica con exuberancia: adqurir nuevos conocimientos, nuevos saberes, no es cosa de acumularlos mediante su mera lectura y reproducción sino cosa de descubrimiento e investigación, de indagación y pesquisa, de reconstrucción de los fragmentos de un discurso forzosamente fragmentario donde el antiguo profesor no es ya el sabio que transmite masiva e indiferenciadamente un sólo parlamento. El conocimiento contemporáneo, si es algo, exige el reconocimiento mutuo del desconocimiento. En todo caso, podemos aspirar a gestionar colectivamente nuestro desconocimiento, fundamentada y racionalmente, mediante una labor de averiguación que requiere todos nuestros recursos digitales.

Y no seré yo el que le diga que no: de acuerdo en todo, menos en aquello de que haya que arrumbar, en esta nueva alfabetización digital, a las alfabetizaciones tradicionales. Lugares tan innovadores como Quest to learn, que está revolucionando la educación en el mundo, siguen sosteniendo que la tríada “reading, writing and numeracy” siguen siendo el fundamento del aprendizaje.

Quizás, como en todo libro que se tiene por manifiesto de un nuevo porvenir y que se escribe con cierto furor de sustitución y de arreglo de cuentas, el aliento ciberépico lleve a Piscitelli a afirmaciones, para mi, excesivas e injustificadas. No creo en el paréntesis de Gutenberg y sí, sin embargo, en la summa.

Mañana, en la Universidad de Huelva, en el ciclo Libros de ayer, lectores de hoy: del impreso a Leer.com, hablaremos de esto y muchas otras cosas.

 

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McLuhan Galaxy

“Para algunos occidentales, la palabra escrita o impresa se ha vuelto un tema muy espinoso”, escribía Marshall McLuhan hace cuarenta años. “Es cierto que hoy en día hya más material escrito, impreso y leído que nunca antes, pero también está la nueva tecnología eléctrica”, la tecnología digital, diríamos hoy, “que amenaza la antigua tecnología de la escritura basada en el alfabeto fonético. Debido a su efecto de extender el sistema nervioso, la tecnología eléctrica parece favorecer la palabra  hablada, inclusiva y que invita a la participación, antes que la palabra escrita y especializada”.

Hoy se celebra en Barcelona la doble jornada de la McLuhan Galaxy y, como no puedo estar allí (que Piscitelli me perdone), releo a McLuhan y me quedo boquiabierto:  “es obvio que los logros del mundo occidental”, escribía en “La palabra escrita. Ojo por oído”, en el año 1964, “son testimonio de los tremendos valores de la alfabetización. Pero mucha gente está dispuesta a objetar que hemos pagado un precio demasiado alto por nuestras esctructuras de valores y tecnologías especializadas [...] “es la omnipresente tecnología del alfabeto”, continua McLuhan -y aquí escucho los ecos contemporáneos de Piscitelli y todos los que abogan por el paréntesis de Gutenberg-, “la causa oculta del prejuicio occidental que considera “lógica” la secuencia. Hoy, en la edad eléctrica, nos sentimos tan libres de inventar lógicas no lineales como de elaborar geometrías no euclidianas”. No tengo noticia de que Roland Barthes y Marshall McLuhan se conocieran, pero ambos anticiparon la lógica hipertextual varias decenas de años, contraponíendola a la supuesta lógica sucesiva y acumulativa del alfabeto occidental.

“La civilización occidental”, continúo con la glosa, “se ha erigido sobre la capacidad de leer y escribir porque la alfabetización supone un tratamiento uniforme de una cultura con el sentido de la vista, extendido en el espacio y el tiempo por el alfabeto”. Es posible que esa presunción, avalada por Levi-Strauss, sea cierta, y que al mismo tiempo que hemos ganado control sobre la naturaleza, hayamos perdido emoción y sensibilidad. ¿Cabrá reintegrarlos alguna vez a nuestra experiencia y nuestro aprendizaje?

Hoy se discute en Barcelona sobre esa vías que dejó delineadas McLuhan, un gigante sobre cuyos hombros seguimos haciendo equilibrios inestables, intentando extraer las consecuencias de sus predicciones. La talla de un pensador quizás pueda medirse precisamente por eso: porque todos los que le hemos sucedido no hacemos otra cosa que indagar intentando entrever lo que él anticipó con tanta precisión y elocuencia.

En una escena de Anine Hall, esa grandiosa película de Woody Allen, un pseudointelectual insoportable teoriza sobre el cine y los medios de comunicación… hasta que McLuhan, en un cameo memorable, le corrige y le reprende. Como hoy no puede ya hacer eso, en el centenario de su nacimiento, nos conformamos con malinterpretarle y releerle.

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Postextualidades digitales o la era de la segunda oralidad

No cabe duda que todas las épocas tienen su lenguaje y que la nuestra está abocada, irrevocablemente, a experimentar con las posibilidades de los lenguajes digitales presentidas por los grandes semiólogos y escritores franceses de los años 60 (Perec, Quenau, Barthes, Derrida). Algunos estudiosos como Thomas Pettitt van, incluso, un poco más allá y aseguran -tal como discutí en una entrada previa- que el invento de Gutenberg y el tipo de textualidad a la que dio lugar, no sería sino un paréntesis entre la oralidad original y una forma más refinada y digital de original secundaria en la actualidad. Se trataría, en fin, de que Gutenberg no habría representado otra cosa que un paréntesis que habría forzado los textos a asumir una forma forzosamente fija, inflexible y emprobrecidamente lineal en contra de la flexibilidad, la plasticidad y la riqueza proveniente de la improvisación de la oralidad antigua. Algo que se incrementaría hasta confines insospechados con la amplificación que los medios de creación digital permitirían mediante la intersección de conversaciones y aportaciones múltiples que eliminarían cualquier sentido de autoría, fijación o, incluso, argumento central en una obra.

En la próxima Feria del Libro de Frankfurt tratarán, en el espacio denominado Storydrive, de reflexionar de nuevo sobre las modalidades que la creación asumirá en este siglo gracias al uso masivo de los medios digitales; del espacio que en ese nuevo ecosistema participativo tendrán los medios editoriales tradicionales; de los modelos de difusión, explotación y negocio que surgirán en torno a este fenomeno imparable. Entre los millones de volúmenes en papel que atestan los stands de la gran Feria, se abre paso una riada de actos y seminarios en torno a la transformación digital que hace pensar en un día todavía lejano en que, quizás, sólo leamos historias digitales… En el blog de la Ferida dedicado a estos asuntos, Digitalisierung Blog (Dig It), un autor resume claramente el sentir de aquellos que perciben la creación digital como una liberación, como una ruptura del corsé de las textualidades tradicionales: “interactive stories are brimming with possibility. And after the dust settles (or even before) it will start to wake up the educational process too –so much more captivating. I’m excited to be part of this potential as it unfolds over the next few years” (Rob, Author).

El próximo miércoles 15 de septiembre -en ese espacio singular que es el CITA de Peñaranda de Bracamonte, dentro de los cursos de verano organizados por la USAL en colaboración con la FGSR- tendré el placer y la oportunidad de escuchar a Domenico Fiormonte -uno de los grandes especialistas en textualidades digitales en Europa, autor de dos libros indispensables que no han encontrado editor en España, L’umanista digitale escrito junto  a Teresa Numerico y Francesca Tomasi (Il Mulino, 2010) y el inaugural e indispensable Scrittura e filologia nell’era digitale (Bollati Boringhieri, 2003)- y, si el tiempo da de sí lo suficiente, discutir, precisamente, sobre qué hay de cierto y de realidad en esa teórica postextualidad digital de la que el habla o de esa segunda oralidad digital que algunos preven que llegará a sustituir a la gozosa linealidad de los textos literarios en papel. Vale la pena darse un salto por allí.

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