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Calidad y equidad como fundamentos de un pacto educativo

En uno de los últimos documentos publicado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Nivel de Formación, Formación Permanente y Abandono: Explotación de las variables educativas de la Encuesta de Población Activa, aparecen perpetuadas las mismas razones de abandono escolar que ya fueron detectadas en los años 60 del pasado siglo cuando Pierre Bourdieu señalara, en La Reproducción, que existía una correlación estadística tenaz entre el capital cultural y educativo de los padres y los resultados académicos de sus hijos.

La línea superior establece el nivel de abandono de los hijos de las madres con educación primaria; la línea inferior demarca el nivel de abandono de los hijos de madres con educación superior. Alrededor de 35 puntos separan a unos herederos de otros, distancias vastísimas que se arrastrarán a lo largo de toda la vida y que se vivirán como una predestinación o como una suerte de destino fatal, en unos casos, o como una forma de vocación consubstancial, en otros. Lo cierto, sin embargo, es que el peso del origen social y de la herencia cultural y educativa determina en gran medida el destino real y la manera en que se vive y se asume.

Si la escuela no lo remedia, si actúa acatando las inercias sociales, la segregación se dará; si interviene poniendo en práctica metodologías inclusivas que propicien el desarrollo de los talentos de cada alumno, quizás quepa aminorar, progresivamente, esa brecha de apariencia insalvable. De hecho la correlación estadística es tan estrecha -las líneas del cuadro inferior, de arriba hacia abajo representan los estudios superiores, 2º ciclo de secundaria, 1º ciclo de secundaria y educación primaria- entre los estudios maternos y la suerte de sus hijos que sería cómica de no ser trágica.

Los políticos que se dedican a la educación suelen ser firmes creyentes en la ideología del don: nada que no nos haya sido dado por la naturaleza podría ser corregido por la educación, de manera que conviene impulsar los logros de los superdotados mediante escuelas especializadas donde puedan cultivar sus talentos y derivar o redirigir a los menos agraciados a emplazamientos en los que molesten menos y reciban lecciones a su medida. Básicamente el debate, después de sesenta años, sigue anclado en el mismo punto.

En un reciente artículo en The Washington Post, “Venture capitalist visits 200 schools in 50 states and says DeVos is wrong: ‘If choice and competition improve schools, I found no sign of it’“, Ted Dintersmith, un millonario dedicado a la inversión de capital riesgo en iniciativas educativas, nada proclive, por tanto, a dejarse engañar por iniciativas fatuas en uno u otro sentido, apostillaba que en ningún caso la opción de enfrentar a las escuelas en forma de rankings que permitan a las familias seleccionar a las mejor situadas (práctica bien establecida en el Reino Unidos y en los Estados Unidos), agregaba valor alguno a la educación. Es más: allí, como aquí, los resultados de los exámenes y las pruebas estandarizadas hablan más de las familias de origen que de los talentos (desaprovechados) innatos:

But in U.S. education, the higher the grade, the higher the testing stakes, with myriad adverse consequences. These bulk tests — SAT’s, ACT’s, AP exams, and especially state-mandated tests — are packed with questions tied to content retention, low-level procedures and formulaic thinking. In contrast, the better-designed OECD PISA tests comprise thought-provoking questions.  So while U.S. kids lead the world in test prep, our testing regimen values the exact skills automation excels at, rather than teaching kids to think.

Fifth, I met thousands of children during my trip.  Not one showed any enthusiasm for test prep.  But I met many parents, especially the affluent, who relentlessly push test prep on their child, drawing on tutors, pricey devices and manipulative bribes.  This difference helps explain why in-poverty kids lag affluent cohorts in test-score “achievement.”  To a large extent, test-score performance reflects the motivation and resources of the parent, not the child.

Más aún, Dintermith sostiene que, si queremos hacer aflorar todo el talento de nuestros hijos deberíamos, en realidad, hacer todo lo contrario: evitar las pruebas estandarizadas; huir de la competencia entre las escuelas; procurar una formación avanzada para el profesorado; dar confianza a los profesionales de la enseñanza y concederles independencia para operar; basar la pedagogía en experiencias reales, significativas y basadas en la resolución de proyectos; caer en la cuenta de que no hay calidad sin equidad y viceversa.

Hace años que Pasi Shalberg -un especialista en los entresijos del sistema educativo finlandés- lleva diciendo que las reformas educativas basadas en principios empresariales (lo que también denomina como Global Educational Reform Movement o GERM), reformas que promueven la competencia, la sucesión de pruebas académicas estandarizadas calificadas, la privatización de los centros y la desprofesionalización de los docentes, no son el camino a seguir; que todo lo contrario, aquello que fomenta la colaboración, la responsabilidad basada en la confianza, la profesionalización del cuerp o docente, la mejora continua y la equidad, aquello que representa los principios de la vía finlandesa, funciona.

Si hemos de creer a la misma OCDE, la equidad robusta y la alta calidad educativa van de la mano. De hecho, no hay ningún país en el mundo en el que la variabilidad intra e intercentros sea tan baja como en Finlandia. Y eso es fruto de una decisión política firme y sostenida en el tiempo que se sustancia en unos principios de diseño educativo que son válidos para cualquier nación del mundo, sin pretextos ni coartadas relativas al tamaño, el presupuesto o la idiosincrasia cultural.

La calidad y la equidad deben ser los principios inamovibles sobre los que se sustente cualquier proyecto de pacto educativo. Sin ellos estaremos abocados a la eterna repetición, al perpetuo cuento chino de la disparidad de los talentos y de la arbitrariedad de la naturaleza en la concesión de sus dones.

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