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Caballo de Troya

Nunca un nombre o una denominación fue mejor elegida que en el caso del sello editorial Caballo de Troya porque su propósito o designio se veía cumplido por triplicado: en primer lugar, porque no existen demasiados sellos verdaderamente dedicados al descubrimiento de nuevas voces y talentos en el campo literario. Existen, sí, muchos pequeños sellos independientes que remedan las maneras de los sellos autónomos, pero siguen claramente estrategias de rescate de libros y autores previamente consagrados, olvidados, pero ya bendecidos en su momento por la crítica o el público. La diferencia entre unos y otros es formidable, porque el primero asume el riesgo de lo desconocido y de las inversiones a largo plazo que comporta y exige la financiación de la cultura, mientras que los segundos apuestan a caballos ganadores, jugándose sus cuartos, sin duda, pero con las cartas marcadas. Pocos son, insisto, los sellos y los editores que se arriesgan y se adentran por esos espacios siempre ignotos de la literatura o el pensamiento independiente, y Caballo de Troya era uno de ellos. Sus 80 títulos con 80 voces originales, son una prueba más que suficiente de ese esfuerzo tenaz, y sus más que recomendables “Avisos de lectura” (edición no venal en la que se recogen sus prólogos a cada uno de los libros editados), una declaración de su inconmovible fé en la literatura como arma de futuro. Cómo leer si no aquel aviso sintético dedicado a Mercado Común, de Mercedes Cebrían, en el que escribía: “Érase una vez un mundo, un mercado, donde ni somos felices ni comemos perdices. La metáfora, la pesía, el poema, nacen de la dificultad de nombrar las cosas con precisión cuando el lenguaje se ha vuelto opaco o mendaz o servil. Turbio”.;

en segundo lugar, porque se trataba de un sello con vocación de independiente dentro de la estructura editorial más grande del mundo, la de Penguin Random House o, lo que es lo mismo, la de Bertelsmann. Un sello, por tanto, que desmentía o refutaba, con su planteamiento y su catálogo, lo que la gran estructura editorial demandaba, que eran libros de mayor circulación y venta. Cabe, sin embargo, observar la ubicación de Caballo de Troya, dentro de la estructura empresarial, desde otro punto de vista: el de dar amparo y espacio a un sello dedicado al descubrimiento y el hallazgo, un sello de bajo coste dedicado a excavar allí donde se produce siempre la invención y la novedad, un sello, por tanto, que al menos potencialmente podría dedicarse a avistar primicias y nuevos valores que pudieran incorporarse a un catálogo de mayor consagración y difusión, el del entonces sello Mondadori (hoy desaparecido después de la fusión con Penguin y de la separación del sello italiano, dirigido, por si alguien no lo sabe, por una de las hijas de Berlusconi). Valorado así, en todo caso, lo que muchas veces me pregunto es por qué no han hecho lo mismo otros grandes grupos editoriales, dar cabida en sus estructuras a sellos de bajo coste que se permitan la búsqueda y la experimentación, estrategia que les permitiría, sin grandes esfuerzos, estar presentes en todos los ámbitos del campo editorial. Sostengo, o al menos estoy persuadido de ello, que Constantino Bértolo, alma del troyano, tenía algo así en mente cuando dejó el sello Debate y tuvo que hacerse su sitio en el grupo donde ya trabajaba. La complicidad de Claudo López-Lamadrid fue a este respecto, seguramente, indispensable;

en tercer lugar, porque ser un editor de convicciones marxistas en el imperio del capitalismo globalizado, es la quintaesencia del troyanismo. O quizás no, al menos así lo defendía Bértolo. Cuando en el año 2002 le pedí que escribiera un texto para el número 51 de la Revista Archipiélago que entonces dirigía, un número titulado Editar en tiempos de gigantes, nos regaló con un texto titulado “Acerca de la edición sin editores y del capitalismo sin capitalistas“, en el que defendía que la edición así llamada independiente en realidad no lo era, porque lo hacía a costa de hacer de la necesidad virtud y de prestarse a renuncias económicas que demolían la posibilidad misma de ganarse la vida como editor.

Las llamadas editoriales independientes -decía- no dejan de ser en realidad empresas de capital familiar o personal que basan su estrategia comercial en la apariencia de unas señas de identidad cultural ficticias buscando rentabilizar el plusvalor, crédito o “capital simbólico” que todavía hoy la cultura humanista conlleva.

Y si no se puede ser editor independiente, solamente cabe someterse a los imperativos del capital e intentar maniobrar a su sombra urdiendo propuestas alternativas que nieguen su misma esencia, una pirueta ideológica que no siempre nos convenció, por lo menos a mi. Nuestro muy admirado Pierre Bourdieu decía que uno siempre tiende a hacer la teodicea de su propia condición y que hay que andar con mucho ojo y mucho tino para no generar una visión autocomplaciente de uno mismo. Hay que andarse con ojo reflexivo y avizor, incluso para un editor marxista.

Como crítico Bértolo ha sido al mismo tiempo un látigo fustigador de la crítica aborregada y complaciente, la que se ha decantado por favorecer la trivialidad y el lugar común y consabido, y una avanzadilla que ha sabido siempre iluminar los rincones más desconocidos e inexplorados de la creación independiente. En libros -imprescindibles- como La cena de los notables, escribía que “la labor del crítico consiste en juzgar desde sus propios criterios, si los tiene, la connivencia o no de esa publicación para la salud semántica de su comunidad”, porque con las palabras sí se hacen las cosas, porque cuando alteramos la percepción de lo posible, puede convertirse en realizable, de forma que en toda creación lingüística hay siempre una vertiente política, y de esa manera, por personas interpuestas, el editor interviene en la realidad. Sin duda alguna. Claro que, a veces, llevado por cierto extremismo ideológico, Bértolo practica una crítica discutible: leer La isla del tesoro, como propone en el libro mencionado, como el retrato de una lucha de clases, es practicar ese reduccionismo del que Bourdieu nos advertía en Las reglas del arte: la dimensión estética y simbólica de la creación no es automática ni completamente reducible a su dimensión económica ni, tampoco, a la de las relaciones de dominio o poder. Esa autonomía relativa del campo literario a determinaciones de otra naturaleza es, precisamente, la que hace singular la creación literaria. De no serlo, cada libro no sería otra cosa que un panfleto propagandístico.

La entrevista de Peio Riaño y la columna de Ignacio Echevarría, escritas en los últimos días, pueden darnos una idea adicional de la dimensión y estatura de su trabajo. Su magisterio -fue, también, propulsor de varias iniciativas formativas en el sector, en algunas de las cuales tuve la suerte de participar-, resulta imprescindible e inolvidable.

Mi lista de agradecimientos y desavenencias podría ocupar varias páginas más, así que, ante la necesidad de concluir este pequeño homenaje, me quedo con ese texto de Razones para la lectura en el que Bértolo nos comminaba a seguir leyendo

Para ser inteligente, para creerse inteligente, para sentirse inteligente. Para no estar solo, para estar solo, porque más que solo vale estar mal acompañado aunque mucho se diga que no hay libro malo. Porque hace frío ahí fuera, porque llueve sobre el corazón y gusta ver la tinta sobre los campos de nieve. Para ser entrelagente. Para fumar sin sentirse culpable, para dejar de fumar y las manos no se escapen en busca del aire de nadie.

Gracias Constantino. Seguiremos buscando el camino para entrar o salir de la ciudad sitiada.

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