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La noche de los libros

Fue Peter Weidhaas, el anterior director de la Feria del Libro de Frankfurt, quien se atrevió a pronunciar ante una multitud de editores reunidos en Madrid palabras que podrían parecer desmesuradas y fatídicas:”los grandes consorcios (editoriales) no son creativos desde el punto de vista cultural”, algo de lo que son responsables “los nuevos manager”, que “no convencen con buenos libros, sino con descuentos para grandes superficies de textos vendidos a peso”. Imagino la expresión atónita o descreída de los asistentes al encuentro que organizara el Club de Debate de la Asociación de Editores de Madrid cuando Weidhaas, el pope de la primera Feria mundial de comercio del libro, se atrevía a aseverar que “el mundo de la literatura se ha trasladado del salón a la Bolsa” y que “editar”, en consecuencia, “ha dejado de ser un hecho uniforme para formar parte ya del negocio de los medios de comunicación o para ser absorbido por los medios de entretenimiento”. No erraba demasiado el tiro el exdirector de la Buchmesse cuando entreveía las razones del cambio: “la globalización, el predominio de los consorcios económicos, la divulgación de nuevas tecnologías que afectan a toda la cadena del libro, y la irrupción de Internet”.

Era entonces enero del año 1999. Nueve meses después, en la masiva conferencia de prensa que convocó para despedirse tras 25 años en el cargo, no se amilanó y contratacó argumentando que “estamos asistiendo a una competencia de exterminio”, declaración premonitoria que, quince años después, vemos cumplirse muy acrisoladamente.

Es curioso que fuera en ese mismo año cuando Pierre Bourdieu sacara a la luz ese número imprescindible de Actes de la Recherche en Sciences Sociales dedicado a la Edición y a los editores. En “Une révolution conservatrice dans l’édition“, el mismo autor recordaba a las grandes editoriales que “las consideraciones comerciales” acaban “imponiéndose a través de los técnicos financieros, los especialistas en márketing y los contables”, grandes editoriales que acaban siendo obligadas “a entrar en la lógica del dinero, es decir, en la lógica de los best-sellers”. Paradójicamente, insistía Bourdieu al trazar la cartografía del campo literario francés, “el acrecentamiento del capital literario de una empresa viene casi inevitablemente acompañado por un reforzamiento del peso de los objetivos y criterios comerciales”, algo casi elemental cuando es necesario cubrir los gastos corrientes de estructuras empresariales costosas. Y Bourdieu hacía una advertencia más, como si hubiera podido entrever lo que se avecinaba y advirtiera a los gestores editoriales del futuro contra las tentaciones del fingimiento: “ciertos editores”, escribía Bourdieu refiriéndose al juego de las transgresiones artísticas, “conocen el juego tan bien que pueden ser capaces de jugar el doble juego, ante ellos mismos y ante los demás, de producir simulaciones y simulacros más o menos exitosos de la vanguardia con la seguridad de encontrar la complicidad y el reconocimiento de editores, críticos y amateurs…”. Irrupción de la lógica financiera, sin concesiones, en el campo editorial, que utiliza las tácticas del campo artístico para prevalecer y predominar.

Entre nosotros el campo editorial ha sufrido un proceso de concentración progesivo que ha culminado (¿?) con la adquisición por parte de Berteslmann-Pearson (Random House) del sello Alfaguara, una operación con la vista puesta en el suculento y creciente mercado latinoamericano (valorado en unos 3000 millones de euros, en un futuro próximo, y 2150 según el último estudio de CERLALC El libro en cifras). Quedan, por tanto, con el permiso de los sellos de libro de texto (SM, Edelvives, etc.) y con el beneplácito provisional de Amazon y Google, cuatro grandes asteroides editoriales -Planeta, Bertelsmann-Pearson, Hachette y Feltrinelli-, y una constelación de millares de minúsculos aerolitos que van y vienen sin apenas lanzar una sombra sobre la galaxia. De acuerdo con las cifras con las que podemos sopesar el grado de concentración editorial español, cerca de un 70% de la producción nacional -si no más- está ya en manos de unos pocos actores. Un campo editorial, por tanto, casi completamente dominado por los sellos de esos cuatro grandes grupos que, de justicia es reconocer, recogen las voces de los principales autores nacionales e internacionales en todos los ámbitos de la creación y el pensamiento.

Cuando pienso en cómo la noche se cierne sobre los libros, cuando aprecio los múltiples oscuridades que asolan al ecosistema editorial (concentración rampante, índices decrecientes de compra y lectura, rendimientos menguantes, libreros extraviados, ausencia completa de apoyo público, crísis económica y declinación de la demanda, disrupción digital de la cadena de valor tradicional) , acudo presto a ese párrafo iluminador de Pierre Bourdieu en el que, refiriéndose a los pequeños editores, decía: “esos pequeños editores innovadores, aun cuando su peso sea muy escaso en el conjunto del juego, son los que le proporcionan, sin embargo, su razón de ser, su justificación de existir, su punto de honor espiritual, y son, por eso mismo, uno de los prinicipos fundamentales de su transformación”.

Lo dicho: la (larga) noche de los libros.

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