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El desierto de la educación

La reproducción

De acuerdo con el último informe de Eurostat publicado la semana pasada, Educational attainment: persistence or movement through the generations?, la vieja máxima sociológica enunciada hace ya tanto tiempo en La reproducción, sigue cumplíendose a rajatabla: los hijos de padres que poseen un capital cultural y educativo superior tienden a obtener los mismos títulos distintivos mientras que los hijos de padres cuya formación escolar sea inferior y cuyo capital cultural sea, en consecuencia, menor , experimientarán una merma equivalente que les dispondrá a reproducir la condición de sus padres. No se trata de un lastre definitivo o de un yugo del que uno no pueda desprenderse: existen casos de personas que con tesón y ahinco, gracias a un medio que haya compensado ese lastre inicial, han sobrepasado su condición socioeducativa inicial, pero mientras se permita que la institución escolar siga su ciega inercia, los datos nos arrojarán esta evidencia incontrovertible. A menudo esta diferencia puramente sociológica se viste o se disfraza de diferencia natural, se trasviste en ideología del don, como si la naturaleza fuera la única responsable de habernos dotado de competencias tan disímeles. Pero esa es una falacia bien conocida: aquellas instituciones escolares que solamente priman la memorización y la repetición, que solamente evalúan mediante pruebas supuestamente objetivas, que segregan a los alumnos en función de sus supuestas capacidades, generan entornos de fracaso y abandono escolar sistemático.

cubierta reproducción

En España la tasa de reproducción es, hoy, de un 50%, lo que quiere decir que al menos la mitad de los hijos de padres obreros reproducirán su condición, tanto más cuanto mayor sea la diferencia socioeconómica entre regiones y comunidades. Existe, por tanto, un amor fati estructural que se traduce en una serie de elecciones y rechazos, de opciones y preferencias que se traducirán, por ejemplo, en el abandono de la escuela, en la desestimación de ciertas prácticas culturales como inapropiadas o carentes de interés (la lectura, por ejemplo), en el seguimiento de una “vocación” determinada. La vocación, que suele invocarse casi siempre como si de un espíritu bienhechor se tratara, no es otra cosa que esa determinación estructural previa que nos aboca a elegir lo que tenemos que elegir. Me gustaría insistir en esto: cuando se invoca a los jóvenes estudiantes a que sigan su vocación, sin ninguna medida compensatoria o de atención específica, lo que se está promoviendo no es otra cosa que la pura reproducción de su condición social inicial.

Por eso, cuando en una Comunidad Autónoma la política educativa se basa en la creación de “Centros de excelencia” en detrimento de la educación comprehensiva, en aras de un supuesto desagravio a los mejor dotados, lo que se está promoviendo es una política que asegurará la desigualdad. O lo que es lo mismo: no cabe disociar la educación y sus resultados de las políticas educativas, de la ambición que persigan, explícita o implícitamente.

¿Podemos escapar de alguna manera de este Valle de la Muerte de la Educación?, como se preguntaba hace poco Ken Robinson, ¿cabe propiciar entornos de aprendizaje en el los que se espoleé la curiosidad, en los que se atienda a las diferencias y se preste el apoyo necesario, en los que se estimule la creatividad y el trabajo colaborativo y no discriminatorio, en los que se preste igual atención a todas las dimensiones del conocimiento y medios de expresión, en los que se procure la independencia de los profesores y los centros escolares en la toma de decisiones, en los que realmente no se deja a nadie a atrás, en los que se procure una escuela comprehensiva, de oportunidades iguales para todos, en los que se huya de los yermos métodos de evaluación tradicionales, en los que no se apele vana y falsamente a la vocación como único motor de la instrucción?

Sí, claro que se pueden generar esos entornos igualitarios, que no se plantean el infructuoso y falso antagonismo entre lo excelso y lo justo. Basta echar un ojo a lo que los finlandeses hacen para atravesar el desierto de la educación.

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