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El fin de la era de la imprenta

Titulo superlativamente esta entrada para llamar la atención, sí. Pero no lo hago sin fundamento: en los últimos seis años el sector de las artes gráficas ha reducido en España su tamaño en un 45%, y el declive estructural de ese modo de producción no ha concluido todavía. De acuerdo con el informe publicado estos días por la consultora DBK, “los datos provisionales apuntan a que el valor de la producción de artes gráficas retrocedió hasta 3.050 millones de euros en 2013, un 7,5% menos que en el año anterior, en un contexto que siguió marcado por la caída de la inversión publicitaria y la actividad editorial. De este modo, la producción ha disminuido un 45% desde el máximo alcanzado en 2007, acumulando seis años seguidos de caídas, lo que ha motivado que se inicie un profundo proceso de reestructuración de la oferta”. Ese brutal descenso, anticipado ya hace años por unos pocos, no tiene solamente que ver con un sobredimensionamiento del sector, atomizado en centenares de pequeñas empresas que se las ven y se las desean para amortizar la millonaria inversión en máquinas. Se trata, sobre todo, de una crisis estructural irreversible, desde un modo de producción analógico, basado en la producción de bienes tangibles que se acarreaban físicamente de un lugar a otro, a un modo de producción digital, que además de hacer superflua e ineficaz la producción material, desbarata la cadena de valor tradicional y los oficios asociados a ella.

En La imprenta como agente de cambio, el archifamoso libro de Elizabeth Eisenstein, pudimos comprender la amplitud y profundidad de los cambios asociados al surgimiento de una tecnología de reproducción y difusión que sustituía a otra. Es bien sabido que la imprenta fue una palanca sobre la que se impulsaron los logros científicos y humanísticos del Renacimiento, sobre la que se basó la Reforma protestante y sobre la que se fraguó un acceso más universal a los contenidos de la cultura escrita. El surgimiento de una industria asociada a ese inventó no tardó en desplegarse por Europa más de 50 años y llega hasta nuestros días. 650 años de perfeccionamiento de una industria que se encuentra en trance de desaparición, algo que no puede resultar sencillo de asumir y, mucho menos, de cambiar.

En el año 2010 tuve la oportunidad de intervenir en el Congreso Nacional de Artes Gráficas, en la conferencia inaugural,  y no estoy muy seguro de que mis afirmaciones gustaran demasiado a un conjunto de profesionales ansiosos por encontrar soluciones a los problemas que presentían. En una de las diapositivas yo imaginaba un ecosistema de impresión digital o bajo demanda en el que cualquier lector apegado al papel pudiera obtener una copia de cualquier libro que, previamente, formara parte de un repositorio digital centralizado. Para la industria gráfica vinculada al sector editorial (excluyo otra clase de encargos y trabajos), yo sólo entreveía un futuro en el que las máquinas digitales pretaran un servicio de cercanía a lectores que quisieran consumir contenidos en papel. Según la nota de prensa de aquel congreso, “FEIGRAF y AEAGG buscaban “una remodelación del modelo de negocio” del sector de las artes gráficas en un congreso para la reflexión”. Y en esa búsqueda hemos llegado a donde nos encontramos, a una reducción drástica e irreversible de un modo de producción y un modelo de negocio que no ha encontrado sustituto.

Mientras tanto, sin embargo, como ha podido leerse estos días en la prensa, filiales de Random House, como ARVATO, planean un modelo de negocio en torno, precisamente, a la tecnología de impresión bajo demanda; Canon, por su parte, que adquirió el negocio de impresión de OCÉ, basa gran parte de su estrategia futura de negocio en la creación de un parque de máquinas de impresión digital que proporcionen esa clase de servicio. Plataformas como Bubok declaran, de manera harto sintomática, que en sus cifras de facturación del año 2013 los libros impresos digitalmente superan en cinco veces a las descargas de archivos electrónicos. Las empresas de impresión tradicional tratan de tomar posiciones en ese estrecho margen que la desaparición del negocio tradicional de la producción deja vacante.

Para que ese nuevo ecosisteme funcione, sin embargo, faltan dos piezas fundamentales: los editores y los libreros, aquellos que deben generar los archivos digitales y aquellos otros que deben ponerlos a disposición de sus clientes, instalando máquinas en el propio punto de venta y/o llegando a acuerdos con proveedores POD de cercanía. En Estados Unidos la implantación de la muy conocida Expresso Book Machine sigue extendiéndose.

El fin de la era de la imprenta tradicional ha llegado. ¿Seremos capaces, entre todos, de sacar partido a la impresión digital?

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Entropía editorial

Necesitamos una revolución de la industria editorial, una nueva revolución industrial, una revolución industrial basada en las tecnologías digitales o, por decirlo de una sola vez, una revolución digital.

Si esta afirmación tajante está justificada es porque la entropía del sistema editorial, de los medios tradicionales de producción y de sus modos de producción asociados, ha llegado a un grado de desorden, disfuncionalidad y disparate irreversibles, en todo contrarios a aquello para lo que fueron concebidos. No se trata, solamente, de buscar soluciones paraciales y temporales a problemas de índole estructural; se traba de buscar e implantar soluciones definitivas a problemas de otra manera irresolubles si no se modifica el sistema en su conjunto.

Un medio de producción inventando en el siglo XV y extendido hasta el siglo XXI, determina un modo de producción y genera una cadena de valor que ha pervivido hasta el día de hoy, pero que manifiesta a todas luces signos de evidente agonía. El modo de producción medieval que todavía utilizamos y del que somos acríticos herederos nos obliga a aceptar con naturalidad que la producción precede a la venta y que debemos realizar tiradas numerosas para amortizar el arranque de las máquinas, algo que el editor aceptaba bajo el ardid de que el precio unitario industrial decrecía; nos obligó, también, a construir una hipertrofiada red de distribución para poner en los dispersos puntos de venta las mercancías producidas, algo que ha generado, naturalmente, su propia perversión, hasta el punto que son las redes de distribución quienes gestionan los espacios de las librerías y dictan a los editores qué deben o no publicar; nos ha acostumbrado, también, a aceptar como comúnes y ordinarias las devoluciones masivas, el almacenamiento, la destrucción y la amortización contable, porque en un mundo de mercancías discretas, no cabe hacer otra cosa que moverlas de un sitio a otro.

¿De qué otra manera cabría comprender, si no, las siguientes disfuncionalidades vinculadas a la lógica industrial y maquínica precedente?:

  • Disfuncionalidades económicas: sobrecostes industriales asumidos por el editor antes de que la venta se produzca; costes de almacenamiento apenas compensados por las amortizaciones contables; márgenes de contribución depredados por los costes anteriors; ventas decrecientes en escenarios de rotación acelarada.
    • Disfuncionalidades comerciales: imposibilidad de acceder a los puntos de venta, de ocupar el espacio necesario durante el tiempo mínimo imprescindible para que el encuentro con el lector courra; dictadura de las distribuidoras.
    • Disfuncionalidades industriales: imposibilidad de amortizar las inversiones en maquinaria tradicional; parque industrial excedente calculado en torno a un 40-50% el existente; reconversión improbable por no decir imposible.
  • Disfuncionalidades ecológicas: consumo masivo de agua y papel sin certificación alguna; consumo masivo de tintas y disolventes con componentes dañinos; huella de carbono ingente e incontrolada, fruto del modo de producción y del uso indiscriminado de las redes de distribución por medio de tráfico rodado.
  • Disfuncionalidades culturales: inaccesibilidad del patrimonio cultural publicado, agotado, descatalogado, devuelto y desaparecido en los almacenes de las editoriales, dispendio intelectual intolerable.

La configuración de mayor probabilidad en estas circunstancias, es la de una entropía irreversible. El desorden del sistema ha llegado a su punto álgido. Contamos con medios y tecnologías que nos permitirían pensar y hacer las cosas de otra manera, invirtiendo el ciclo de producción, fabricando tras la venta, basándonos en maquinaria digital (para el papel)  o en ficheros descargables para los distintos dispositivos digitales, y podemos hacerlo siendo estrictamente respetuosos con el medio natural y haciendo permanentemente accesible e inagotable nuestro patrimonio cultural.

De esto y muchas cosas hablamos ayer en La edición en tiempos de cambio, conducida por Chavi Azpeitia, y hablaremos la semana que viene en el curso Integrando la edición y la producción, en digital. Una revolución está pendiente.

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Algunas consideraciones intempestivas

2 de febrero de 2011. Mis amigos editores y libreros, con un gemido uniforme y unánime, en esta tradicional época de devoluciones, me comentan los siguiente:

  1. nunca antes habían visto una marejada de devoluciones similar, hasta el punto que las medianas y grandes alcanzan en torno al 45% de lo colocado y los pequeños cerca del 38-40%;
  2. es cierto que las estadísticas de Comercio interior arrojarán después una media asimilable al 35%, porque al tratarse de una medida de tendencia media incluye los libros de texto, cuyo índice de devolución es siempre inferior, en torno al 15%. Eso, en todo caso, no disimuye ni un ápice el lamento lastimero del sector;
  3. nada que no sea ficción vende más de 500 unidades, de manera que el sistema de producción tradicional carece por completo de sentido;
  4. la ficción puede llegar a vender más unidades de algunos títulos elegidos, pero teniendo en cuenta el volumen global de producción y de ISBNs anuales, son más bien pocos y escasamente representativos. Por ser benignos pongamos que, si todo va bien y el autor es conocido y recibe los parabienes de Rodríguez Rivero y de Lector mal-herido (por poner dos de los pocos que leo con fruición), llegue a vender 1200 unidades. Desde luego el sistema fabril de producción, colocación y distribución que concebimos en su momento nos viene seis tallas grande;
  5. el gasto de los que compramos a menudo, según sondeos informales entre unos cuantos libreros derrotados, ha descendido en torno al 30%, lo que suele traducirse en que aquellas obras que vienen distinguidas con un precio superior a los 24 €, se quedan donde estaban y son carne segura de devolución;
  6. mientras tanto, la ristra de librerías que va echando el cierre es innumerable: en Madrid ABAC, Fuentetaja, ASIA y Aviraneta, según mi soplón y confidente más cercano. El problema, además, no es ya sólo que no vendan y que quienes compramos gastemos menos, sino que aquellas que todavía mantienen un nivel aceptable de ventas no cobran de las editoriales que se declaran sucesivamene en quiebra o que, simplemente, no pueden afrontar el pago de las devoluciones;
  7. el modelo de negocio basado en el acceso a contenidos dispuestos en una nube intangible, gobernada por grandes operadores, gana adeptos. Es seguro que buena parte de los servicios que consumamos en el futuro pasará por ese avatar atmosférico. Eso sí: algunos de nosotros, rancios reticentes, querremos seguir palpando el papel. ¿Qué le quedará a este reducido y revirado grupo de resistentes?

Dadas las circunstancias concurrentes antedichas, mis consideraciones intempestivas son como siguen:

  1. ¿No se la ha ocurrido a nadie, por casualidad, que el modo de producción tradicional, y el tipo de relaciones en que está basado, están más anticuados que el vals?
  2. ¿No es hora de que los editores entiendan que deben gestionar digitalmente su cadena de valor?
  3. ¿No convendría que entendieran que gestionar digitalmente quiere decir preparar sus contenidos para que puedan ser descargados en formatos abiertos e impresos sola y exclusivamente bajo demanda?
  4. Para que el punto antedecente tenga las más mínima posibilidad de hacerse realidad, claro, deberíamos contar con la connivencia de impresores y distribuidores (reconvertidos, a su vez, a la nueva realidad);
  5. ¿No es momento de que los libreros alcen la vista y se den cuenta de que no tienen nada que  hacer contra Amazon España, Google Editions o IBookStore, que deben desarrollar un modelo de negocio alternativo y complementario que los diferencie claramente, donde los libros, quizás, sean la excusa en torno a la cual crezca un entorno de afinidades electivas?
  6. ¿Por qué siguen desperdiciándose las herramientas de las que los propios agentes de la cadena de valor del libro disponen? (veáse, autorreferencialmente, la entrada “La cadena de suministro (digital) del libro“).
  7. ¿Tendrán que morir aplastados los editores por las devoluciones, los libreros por los impagos y la falta de clientes  y los distribuidores por materia que distribuir antes de que alguien repare en que el modelo se acabó?
  8. El fenómeno no es exclusivamente nacional, como nos recuerda Roger Michelena en su entrada sobre la desaparición de una cuantas librerías norteamericanas, de manera que no se trata tanto de ineficiencias puntuales o contracción de la demanda (estas tonterías a las que le gusta recurrir a los que no saben nada de economía) como de una falla estructural de todo el sistema (hoy mismo The Bookseller anuncia el cierre de once librerías de la cadena Waterstone, sin ir más lejos, y arranca en Facebook una campaña en defensa de las librerías);
  9. [aquí no se me ocurre nada]
  10. ¿No tenemos un “Observatorio de la edición” por algún sitio? ¿No convendría coordinar acciones transgremiales que tuvieran en cuenta que la construcción de plataformas compartidas es la única posible garantía de un futuro plausible?

Pues eso, consideraciones intempestivas.

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