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Por qué no compramos libros

Comienzo con una confesión, algo ruborizado: compro libros desde hace treinta años, varios días a la semana. Como a los ludópatas en los casinos, estoy tentando de dejar dicho en las librerías que no me dejen pasar. Como en algún sitio dejó igualmente dicho o escrito Fernando Savater, para qué perder el tiempo leyendo cuando podemos utilizarlo comprando libros. Sea como fuere, una de las últimas golosinas de las que me encapriché me costó 8,95 €, la Poesía completa de Borges en bolsillo, una exquisitez que era a la vez una ganga. Hace algunos años había comprado la publicación de la editorial Destino, al doble de precio y en tapa dura. A veces hago esas cosas, convenciéndome a mi mismo de que la versión de bolsillo es más manejable  y cómoda de trasladar, mientras que la de tapa dura se acomoda mejor en la biblioteca. Es como tener un utilitario y un sedán de la misma marca, más o menos. Si cuento todo esto, algo sonrojado, es porque entre mis hábitos y prácticas culturales se encuentra la de adquirir libros de manera algo descomedida, la de asistir al cine y a representaciones teatrales con cierta frecuencia, la de acudir a exposiciones y museos, la de visitar ruinas arqueológicas… En fin, un conjunto de prácticas culturales bien demarcadas, por las que estoy dispuesto a gastar el dinero de que dispongo -cada vez menos-, determinadas en gran medida por mi itinerario educativo y mi recorrido profesional. No hay nada de predeterminación genética o de don gratuito de la naturaleza en ello; todo proviene de mi entorno familiar, de mi contorno escolar y del horizonte que esas influencias me delinearon (quien quiera saber más, mucho más, sobre la determinación sociocultural de nuestros hábitos y prácticas culturales, solamente tiene que consultar esa obra fundamental que es La distinción).

Los libros, en contra de todo lo que pueda argumentarse, no son caros (excepto, quizás, determinadas novedades que acabarán convirtiéndose en piezas abaratadas de bolsillo en poco tiempo). 8,95 € por toda la poesía de Borges es equivalente a una ración de calamares, cuatro desayunos en la barra de cualquier bar o medio asiento en la última grada de la fila más alta de cualquier estadio de fútbol. El problema no es tanto el precio como la predisposición a gastar algo en determinado tipo de bien. El problema no es que un libro sea supuestamente caro o barato sino, simplemente, si resulta siquiera concebible gastar unos pocos euros en lectura en lugar de hacerlo en otras prácticas más afines a nuestros gustos (estando esos gustos cumplidamente determinados por nuestra trayectoria social y cultural y la de nuestro entorno familiar).

Cuando la OCDE nos comunica, en su último informe, que la población adulta española tiene serios problemas de comprensión lectora -tanto de libros, cuyos argumentos no son capaces de seguir, como de una mera factura de la luz-, nos hemos topado con la verdad hiriente y reluciente: entre los 16 y los 65 años un 66,6% de la población adulta española presenta serios problemas de comprensión lectora, situándose entre los niveles <1 a 3 de la escala establecida por la OCDE (cuya interpretación puede encontrarse aquí). En el estudio publicado ayer por la OCDE, Skills outlook 2013, las correlaciones son aplastantes: en la página 216 del informe los resultados sugieren que “las actividades que se practican fuera del trabajo tienen una relación incluso más estrecha con las competencias evaluadas que las actividades correspondientes que se practican en el lugar de trabajo. En particular, los adultos que se implican muy poco en la lectura [...] fuera del trabajo, puntuan muy bajo en las variables evaluadas”, una correlación si se quiere de perogrullo, pero que indica quien más disposición tiene a practicar la lectura y la adquisición de libros como parte de sus prácticas culturales, más propensión tendrá a puntuar favorablemente en las escalas medidas.

¿A alguien le puede extrañar que al 70% de la población no le interese la poesía completa de Borges por 8,95 €, que ni siquiera forme parte de su imaginario, que no quepa plantear su adquisición, por muy económica que sea, como una práctica coherente con el resto de sus usos?¿A alguien le puede chocar que el gasto medio en el año 2011 en la compra de libros no de texto, en justa correlación, fuera de 22,2 €? Y, por último, ¿alguien cree que todo esto tiene que ver con la piratería y no con una deficiencia estructural aparentemente insalvable que nadie -ni administraciones públicas, ni gremios profesionales de la edición- se decide a tratar de manera estratégica y sostenida?

¿Alguien tiene alguna duda de por qué no compramos libros….?

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Algunas recomendaciones para la enseñanza y promoción de la lectura

Comenzará por una constatación: los hijos de padres con escaso capital cultural y educativo, tienden a reproducir estadísticamente la condición original de sus padres. Dicho llanamente: los hijos de padres sin estudios o con estudios básicos, tienden a fracasar escolarmente. Esta evidencia sociológica quedó plasmada de manera indeleble en trabajos como los que publicó Pierre Bourdieu: La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. La obra original data del año 1970, así que hemos tenido tiempo de remediarlo, pero parece que el sistema es mucho más tozudo y obstinado que la voluntad para enderezarlo. Así lo ponía de manifiesto la semana pasada un artículo aparecido en la prensa: “El abandono escolar se fragua en primaria y a los 19 es irreversible“. Claro, hace 41 años que lo sabemos. Si eso es así, tiene mucho que ver con los bajos índices de rendemiento escolar en comprensión lectora que los alumnos españoles muestran en los estudios de PISA y, cómo no, con esa desfigurada encuesta que es lade “Hábitos de lectura y compra de libros” (2010) en la que se constata, cómo no, como si fuera una verdad de perogrullo, que quienes menos leen y menos compran son quienes disponen de menos estudios y, claro, de un hábito lector inexistente o menguado.

Si en casa de uno nadie ha leído porque la vida no lo propició y no posee una mínima biblioteca que le genere, al menos, la curiosidad de consultar sus tomos, algo habrá que hacer, digo yo. Ese digo yo consistiría en lo siguiente, de manera muy gruesa y resumida:

  1. Apoyar con planes sistemáticos de colaboración, préstamos y agentes especializados dinamizadores de la lectura a las familias con menos recursos económicos y culturales, tal como practica desde hace mucho tiempo el National Literacy Trust en el Reino Unido;
  2. Leer a los niños o pedir que les lean: en el Read Aloud Handbook publicado por Penguin en el año 2006, su autor, Jim Trelease, un especialista en enseñanza de la lectura y en los procedimientos de adquisición, estableció que un niño que haya sido educado en una familia lectora, en un entorno propicio y favorable al encuentro cotidiano con la palabra escrita, habrá escuchado antes de los cinco años 32 millones de palabras más que un niño en cuyo entorno social no se practique ese hábito, gigantesca diferencia cuantitativa que se traduce en una no menos definitiva e insalvable distancia entre niños de entornos sociales empobrecidos y culturalmente debilitados y niños cuyos padres poseen títulos escolares y sólidos hábitos de lectura.
  3. Implicar en las campañas de atracción a la lectura a ídolos, fetiches, amuletos o mascotas que formen parte del ideario mítico de los jovenes más desfavorecidos, tal como hace, de nuevo, el National Literacy Trust con jugadores de fútbol, estrellas de cine, etc. Villa lee que es una maravilla, por ejemplo;
  4. Dar tiempo al tiempo en el aula: el método clásico español de la repetición sistemática de grafemas y morfemas sirve para eso, para remedar, pero no para aprender de verdad a leer. Las sinapsis cerebrales no maduran hasta los seis o siete años y todas las evidencias neurolingüísticas apuntan a la necesidad de basar la enseñanza en la generación de una clara relación entre los sonidos y sus grafías;
  5. La lectura no se aprende de una vez para siempre: los profesores (sobre todo de secundaria), no tienen una formación específica para la enseñanza de la lectura porque se presupone que la fluidez y las competencias necesarias se adquieren en la educación primaria en bloque, sin resquicios. Todas las evidencias apuntan, sin embargo, a que los diferentes ámbitos de conocimiento troncales requieren de diferentes pericias lectoras —no es lo mismo un texto literario que un enunciado matemático, simplificando, porque sus caracteres son diferentes y porque las palabras adquieren significados diferentes en la integración en sus contextos respectivos—, y los profesores deberían ser sistemáticamente asesorados y preparados para que practicaran esa formación continuada. Si hemos de hacer caso a lo que los investigadores norteamericanos de la Alliance for Excellent Education han descubierto en su estudio “Literacy instruction in the content areas“, esta aparente contradicción es omnipresente en las aulas, y lastra de por vida el rendimiento no solamente lector de los alumnos sino, esencialmente, su desarrollo cognitivo y competencial y, finalmente, su vida profesional y sus consecuciones personales.
  6. Las bibliotecas escolares no son espacios para que el polvo se desposite en el canto de los libros ni para sancionar a profesores poco dilectos: en Alemania las bibliotecas públicas y escolares desarrollan conjuntamente los currícula en espiral, de manera que unas y otras se encargan de que las competencias lectoras de los niños y jóvenes vayan creciendo paulatina y progresivamente de acuerdon con un conjunto de prácticas y ejercicios concertados;
  7. La lectura es la piedra angular de la inteligencia, pero hoy ya no basta con proporcionar una educación monoalfabética. En un entorno donde el discurso está ya hiperfragmentado, dividido en multitud de soportes, medios y espacios, donde apenas existen ya referencias claras de autoridad, es imprescindible dotar a los jóvenes de una alfabetización digital precisa y dirigida, alejada de conformismos y falsas creencias en pericias juveniles, como demostró el estudio de la Google Generation promovido por la British Library;
  8. Voy acercándome al décimo punto…
  9. La lectura es la piedra angular, también, de las sociedades democráticas. No puede ni debe dejarse a nadie desprovisto de esa competencia fundamental para convertirse en verdadero ciudadano con plenos derechos. Para generar comunidades críticas e integrar en ellas a personas mayores con escasas competencias lectoras, es fundamental la promoción de la lectura dialógica, la creación de clubs de lectura, tal como viene recordándonos hace mucho tiempo Ramón Flecha;
  10. He llegado: nuesta era es digital y así será en buena medida nuestra lectura: nuevas narrativas, nuevos tipos de discursos, nuevos soportes. Es fundamental dedicar tiempo y atención al estudio de los hábitos lectores de distintos grupos de edad en su relación con esa nueva ecología para pensar en nuevas modalidades de dinamización y práctica de la lectura, tal como está haciendo ahora mismo el proyecto Territorio Ebook.

[Vale, tengo una undécima. Por gracioso me he pasado: 11. Disfrutar del sublime placer de la lectura, después de todo].

Termino con una traducción, que sé que os morís de curiosidad: Lest, Leute – sonst seid Ihr verloren quiere decir Leed, gente – de otra manera estaréis perdidos….

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Libros y fútbol

Tengo un amigo, escritor famoso, que organiza una fiesta todos los veranos en su ático. Este año ha enviado un correo avisándonos que el día en que está convocada pudiera suceder que España jugara algún tipo de repesca -no lo he entendido demasiado bien- que le obligaría a crear dos ambientes en su casa, uno para los que quieran comentar la última novela de Thomas Ruggles Pynchon y otro para los que aman el fútbol. Mi amigo, ilustre escritor es, además, amante del fútbol. Tengo otro amigo, ilustre científico, que nos ha avisado que esta tarde haría caso omiso de la reunión que habíamos convocado con un ilustre profesor norteamericano, Yochai Benkler, porque tenía que seguir el España-Portugal; tengo un magnífico amigo, extraordinario editor y afamado crítico musical, que describe con lujo de detalles los movimientos de los jugadores y las tácticas de los equipos de fútbol; soy, por otra parte, devoto admirador de la escritura de Jorge Semprún, que se reconoce, como Galeano, como rendido seguidor del fenómeno del fútbol -escondido tras las páginas de un periódico deportivo, durante tantos años, en una clandestinidad que le convertiría en forofo-.

Ha habido muchos otros escritores que han descrito el fútbol como una forma de religión laica que sustituye la proyección neurótica hacia dioses inexistentes por una proyección carnal y tangible hacia estrellas de carne y hueso. Puede ser. Reconoczo que carezco por completo de la capacidad de apreciar el fútbol. De hecho, escribo esto mientras sucede el match ibérico y la ciudad respira en calma tensa. Si a mis amigos, a los que aprecio, valoro y estimo, les gusta el fútbol y a mí no, es que algo me pasa. Estoy dispuesto a reconocerlo, no a hacer acto de contricción -aunque haya visto ya dos partidos-, pero sí al menos a conceder que padezco alguna clase de indisposición. Vale.

En Alemania, el portero del HSV, acaba de publicar un libro titutaldo Die Liga liest, esto es, La liga lee, o lo que es lo mismo, los jugadores de fútbol son capaces de mostrar también empatía al contrario, demostrar interés por la cultura  los libros, leer en voz alta textos de Böll, Grass, Hornby, Loriot, etc., para que los jóvenes se contagien o se impregnen de esa misma afición. Si el fútbol se intelectualiza por mediación de los intelectuales a los que les gusta, ¿por qué no podría ser también al revés, que los futbolistas mostraran interés público por las obras de producción intelectual? En Inglaterra,  hace ya varios años, una de las campañas más provechosas de fomento de la lectura promovida por el National Literacy Trust, está basada, precisamente, en el concurso de futbolistas que leen en voz alta textos que transmitan a los jóvenes el interés simultáneo por el deporte y por la lectura. Una cosa no debería quitar la otra, al contrario. Es cierto que en España la Federación de Gremios de Editores de España firmó hace algún tiempo un acuerdo con la Liga Profesional de Fútbol para promover el interés por los libros, pero me parece, aunque no pueda decirse que yo frecuente los estadios de fútbol, que esa relación no ha debido ser muy próspera.

¿Sería mucho pedir que dado que la mayoría de los intelectuales se han rendido a la belleza del fútbol, a su potencialidad mitológica, a la efusión colectiva, que sucediera también lo contrario, que se mostrara un interés recíproco del mismo calibre, que Villa, sin ir más lejos, leyera a Jorge Semprún o Luisgé Martín en voz alta, ante las cámaras?

Me voy corriendo, que parece que han marcado el segundo…

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El manifiesto por la alfabetización

En mayo de 2010 se celebrarán en el Reino Unido elecciones generales. Independientemente de cuál sea el resultado o cuál sea el signo o color de quien gobierne, se acaba de hacer público el “Manifiesto por la alfabetización“, un texto eleborado por especialistas que clama por la decidida implicación de las autoridades públicas y por la importancia decisiva de la alfabetización en la era digital.

Son cuatro los puntos que vertebran el manifiesto y que son extensibles a cualquier realidad occidental:

  1. es decisivo para el desarrollo de las competencias lingüísticas de los niños que en el entorno familiar se genere un entorno propicio para el diálogo. Si los padres no poseen las destrezas necesarias para hacerlos, las autoridades deben ayudar a generar las condiciones para que eso sea posible;
  2. la alfabetización comienza en el entorno familiar: desde hace décadas se sabe que los hijos de padres lectores con títulos escolares reproducirán, en buena medida, la condición de sus padres, mientras que aquellos otros que procedan de entornos desfavorecidos que no atribuyan importancia a la lectura y sus competencias derivadas, no serán nunca lectores y sus niveles de desempeño escolar serán, en consecuencia, mucho más bajos. Es decisivo tronchar este bucle para dar una oportunidad a los niños con escasas posibilidades;
  3. la alfabetización es la clave para acceder a la era digital: leer y escribir son competencias fundamentales para desenvolverse en los entornos virtuales y para sacar pleno provecho a los contenidos y a la información. Es imprescindible, a este respecto, ampliar la definición de alfabetización, extendiéndola hasta alcanzar todas las dimensiones de lo digital, integrando en el currículum escolar un conjunto de estándares mínimos de obligatoria adquisición;
  4. es perentorio transmitir a toda la sociedad y, sobre todo, a los más desfavorecidos, la transcedencia que para su futuro personal y para el desarrollo de la sociedad en su conjunto tiene el hecho de alcanzar una alfabetización plena.

En el año 2006 la Fundación KPMG, publicó un estudio titulado Long term costs of literacy difficulties report, en el que cuantificaba los efectos económicos que la alfabetización deficiente de la población tendría sobre el futuro del Reino Unido y de sus ciudadanos, conclusiones que son clara y dolorosamente extensibles a un país como España cuyos resultados en el último estudio de PISA fueron claramente inferiores. Pues bien, el informe afirma que los costes económicos directos derivados de la mala alfabetización eran de unos 2000 millones de € y establecía que el 95% de la población debería adquirir un grado de competencia funcional suficientemente elevado en el año 2020 si el país quería converger todavía con los marcadores que la OCDE ha establecido para el conjunto de países de la Unión Europea, un esfuerzo que representaría un 15% de incremento respecto a los niveles alcanzados en el año de publicación del estudio.

Hace algunos años tuve la suerte de escuchar a Jorge Semprún en los Encuentros sobre la edición anuales que se celebran en verano en el Palacio de la Magdalena. Se trataba de una mesa dedicada, precisamente, a la importancia de la promoción de la lectura, y como cierre o broche del encuentro dijo: “yo que me ha pasado la vida politizándolo todo, les recomiendo una cosa: no politicen la lectura”. ¿Para cuándo un manifiesto global por la alfabetización entre nosotros?

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