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Esto (no) es una narración transmedia

# Todo medio genera su propio lenguaje.

# Cuando todos los medios que conocíamos son susceptibles de ser digitalizados —la escritura, el cine, la música—, se genera una nueva forma de hibridación, de confluencia, que genera una forma de expresión necesariamente distinta, combinada y agregada, que estamos todavía aprendiendo a construir y a descifrar.

# En esa hibridación los nuevos medios acaban encontrando su verdadera naturaleza y significado cuando remodelan y renuevan los usos de los antiguos medios, cuando los remedian, tal como lo denominaran Jay David Bolter y Richard Grusin[1].

# Algunos han denominado a este nuevo horizonte creativo cultura de la convergencia[2], porque la naturaleza nativa e íntegramente digital de todos los medios fuerza su concomitancia;

# Siempre ha sucedido a lo largo de la historia que el nuevo medio ha prolongado durante un tiempo variable la forma de expresión precedente: “según parece”, escribió el gran Walter Ong, “la primera poesía escrita en todas partes, al principio consiste necesariamente en una imitación por escrito de la producción oral. Originalmente, la mente no cuenta con recursos propiamente caligráficos”[3]. Esa presencia de lo oral en los textos escrito, esa tensión entre la oralidad y la escritura, se encuentra todavía presente hasta los textos del siglo VI D.C.

# En el año 16 del siglo XXI, adentrados tan sólo unas pocas décadas en el nuevo ecosistema digital global, no cabe duda de que todavía estamos en ese estadio en el que imitamos y remedamos digitalmente los medios de expresión precedentes.

# Aún así vislumbramos que el contenido, la narración, se desplegará en distintos medios, contando cosas diferentes o complementarias en cada uno de ellos, según sus potencialidades y características. Curiosamente, esa expansión o extensión no descarta que alguno de los soportes en los que se exprese la narración vuelva a ser analógico.

# “Seamos realistas”, escribió Henry Jenkins: “hemos entrado en una era de convergencia de medios que hace que el flujo de contenidos a través de múltiples canales sea casi inevitable”[4].

# Por voluntad de los autores que generan el relato, o sin voluntad alguna en algunos casos, lo cierto es que sus destinatarios no se conforman con disfrutarlo estáticamente: lo manipulan, lo amplían, lo mezclan, lo enriquecen, lo comparten y lo distribuyen, utilizando para ellos todas las potencialidades de los medios digitales. El fenómeno de la  fan fiction no es, por eso, el de un mero club de fans. Es, más bien, el de un taller creativo que sigue una pauta inicial hasta convertirla en una nueva obra derivada.

# “Los niños que han crecido consumiendo y disfrutando de Pokemon través de los distintos media”, escribió también Jenkins, “van a esperar que este mismo tipo de experiencia se encuentre en El ala oeste a medida que se hagan mayores. Por diseño, Pokemon se desarrolla a través de juegos, programas de televisión, películas y libros, sin que ningún medio se sobreponga de manera privilegiada sobre cualquier otro”.

# El 22 de febrero de 1774 se celebró en Londres el juicio Donaldson contra Becket[5]. El primero, librero, con tienda en esa misma ciudad, reclamaba la limitación temporal de los derechos de los autores y editores sobre la propiedad intelectual de sus escritos. La Cámara de los Lores, habilitada para tomar decisiones ejecutivas al respecto, concluyó que el autor tenía derecho al copyright, a la propiedad de su trabajo y del fruto de su trabajo, pero esa posesión vendría limitada por el derecho que los demás detentaban de acceder al conocimiento. Sobre ese equilibrio entre propiedad y acceso, en un mundo analógico, se ha construido el edificio legislativo de la propiedad intelectual. Va siendo hora de adaptar sus términos, de modificar y adaptar esas leyes, cuando los usuarios generan toda clase de obras derivadas digitalmente a partir de un original.

# Dice Lessig: “si la piratería significa usar la propiedad creativa de otros sin su permiso —si es verdad que “si hay valor, hay derecho”— entonces la historia de la industria de contenidos es una historia de piratería. Cada uno de los sectores más importantes de los conglomerados de medios de hoy en día —el cine, los discos, la radio y la televisión por cable—, nació de una forma de piratería, si es así como la definimos. La historia, que se repite sistemáticamente, consiste en que la última generación de piratas se hace miembro del club de los privilegiados en esa generación —hasta ahora—“[6].

# Llamamos convencionalmente narrativa transmedia, por tanto, a las historias y narraciones que se despliegan a través de múltiples medios digitales —sin excluir alguna modalidad analógica—, y en las que los destinatarios intervienen activamente en su desarrollo, modificación, extensión y resolución. No es infrecuente que se adopten diferentes denominaciones para describir la transmedialidad del hilo narrativo y que encontremos designaciones como cross-media, plataformas múltiples o multimodalidad.

# Una buena y profunda adaptación de una obra precedente, que despliegue el argumento a través de medios diversos, debería ser también considerada una modalidad de narrativa transmedia.

# Lo transmedial no se limita a la ficción narrativa. Puede abarcar potencialmente cualquier forma de razonamiento y expresión, sea el pensamiento científico y sus modalidades de publicación y circulación, sea la poesía y ciertas encarnaciones móviles y digitales, sea una campaña de márketing y comunicación que discurra en diversos medios y dispositivos.

[Este es un fragmento del artículo "Esto (no) es una narracción transmedia" aparecido en el último número de la revista Telos. Revista de pensamiento sobre comunicación, tecnología y sociedad, 104 - Junio - Septiembre 2016, coordinado por Javier Celaya y dedicado a "El futuro del libro en la era digital]. Puede descargarse el número completo en el siguiente enlace y este artículo en particular en este otro].

[1] Bolter, J. D. y Grusin, R. 1998 Remediation. Understanding new media. MIT Press, 312 p.

[2] Jenkins, H. 2008. Convergence Culture: Where Old and New Media Collide. NYU Press, New York, 368 p.

[3] Ong. W. 1998. Oralidad y escritura. Madrid. FCE.

[4] Jenkins, H. 2003. “Transmedia storytelling”, en MIT Technology Review, http://www.technologyreview.com/news/401760/transmedia-storytelling/

[5] Vaidhyanathan, S. 2003. Copyrights and Copywrongs: The Rise of Intellectual Property and How it Threatens Creativity. NYT Press. New York. 256 p.

[6] Lessig, L. 2005. Por una cultura libre. Madrid. Traficantes de sueños. 304 p.

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Crea cultura, no la consumas (solamente)

La Ley de Propiedad Intelectual española ampara, en su Título 1 Artículo 2, la libre disposición de los recursos y contenidos creados por cualquier persona física, esto es, la posibilidad de ampararlos y protegerlos mediante el uso estricto del copyright o la posibilidad, equivalente, de renunciar patrimonialmente a ellos. No existe en el ordenamiento jurídico español, por tanto, oposición entre lo que se entiende por copyright y copyleft, sino, más bien, la posibilidad igualmente reconocida de blindar la circulación de un contenido o la posibilidad de liberarlo sin restricciones. La discusión es, por tanto, gratuita: no se trata de que un derecho pueda preponderar sobre el otro, sino de que, mediante su conocimiento, se haga libre uso de uno o de otro. Están, como la imagen pretende representar, concatenados, indisoluble y consecutivamente encadenados.

 

Entre una y otra opción, igualmente legal y parte constitutiva de la idea que deberíamos formarnos sobre la propiedad intelectual, se encuentran aquellas licencias que gradúan la disponibilidad del contenido de acuerdo con la voluntad del creador: las licencias Creative commons permiten a cualquier autor graduar a su conveniencia y voluntad la distribución del contenido creado: cabe, por tanto, en función del propósito del creador, permitir o no usos comerciales derivados, generar o no de obras derivadas, mencionar y reconocer o no el nombre original del autor, etc, etc. Toda la panoplia de posibilidades es, entre uno y otro extremo, perfectamente legal siempre que se ejerza conscientemente su uso y su aplicación.

Ese sería, sin duda, el objetivo primordial de un programa de trabajo destinado a la educación en los valores que promulga la Ley de Propiedad Intelectual: un programa de formación integral, alejado de cualquier tentación punitiva unilateral, que intentara sensibilizar a los usuarios sobre los abusos que se cometen en nombre de esos mismos derechos de una y otra parte (el ejercicio abusivo de la propiedad cuando va en contra del interés general, por una parte, o la descarga incontrolada de contenidos protegidos, por otra), y que les capacite y empodere, sobre todo, para hacer un uso consciente, constructivo y creativo de los derechos que les asisten. De hecho, tal como la imagen muestra, el uso de las licencias Creative Commons crece al mismo tiempo que lo hacen los contenidos generados por los usuarios.

Tal como ya advertía la OCDE hace ahora siete años en su informe Participative web: user-created content, la cadena de valor tradicional en la creación, difusión y uso de los contenidos no podía perdurar ya por mucho tiempo porque los dispositivos digitales y las redes que nos permiten intercambiar información y relacionarnos, romperían con el monopolio de la comunicación ejercido durante el siglo XX por los medios de masas. Es perentorio, por tanto, capacitar y empoderar a los jóvenes para que hagan un uso creativo de la web, como ciudadanos que son de un siglo en que el acceso al conocimiento se democratiza tanto como lo hace su creación y difusión. Henry Jenkins ha insistido mucho sobre esto: en su célebre Confronting the challenges of participatory culture: media education for the 21st Centuryinsiste en que las competencias que deben adquirir nuestros jóvenes están relacionadas con la capacidad de crear colaborativamente y compartir, con la posibilidad de construir conocimiento de manera colectiva, con el objetivo de crear comunidad, entre otras muchas cosas. “The new media literacies should be seen as social skills”, escribe Jenkins, “as ways of interacting within a larger community, and not simply as individualized skills to be used for personal expression”, y algo más adelante, “Youths need skills for working within social networks, for pooling knowledge within a collective intelligence, for negotiating across cultural differences that shape the governing assumptions in different communities, and for reconciling conflicting bits of data to form a coherent picture of the world around them”.

Es esencial que entendamos que vivimos en una nueva cultura, la de la participación, en un nuevo ecosistema de la información que favorece y facilita su intercambio, y que eso requiere que comprendamos cabalmente las potencialidades que se inscriben en la ley de la propiedad intelectual para que podamos respetarla y utilizarla como corresponda en cada caso: un buen ejercicio pedagógico, que rebase su mero conocimiento y evite el aire disciplinario que suele vincularse al uso de la web, sería el desarrollar proyectos transmedia en las aulas, construcción de narrativas multimediales que capacitaran a los alumnos en el uso de las herramientas, en la consulta y análisis de las fuentes, y en el conocimiento práctico de los requisitos de la propiedad intelectual. Lo transmedia como soporte y/o acicate de otras muchas competencias asociadas, como ya advirtiera, también, Henry Jenkins en su Reading in a participatory culture.

Debemos prepararnos, incluso, para cambios en la idea que tenemos de autoría y propiedad intelectual como aquellos que sufrieran en su momento los que vivieron el auge de la imprenta: en el año 1969 Ernst Philip Goldschmidt escribía en Medieval Texts and Their First Appearance in Print: “una cosa se hace evidente en seguida: antes de 1500, aproximadamente, la gente no daba la misma importancia que damos nosotros a la seguridad acerca de la identidad del autor de un libro que estamos leyendo o citando. Raramente hallamos referencias de que entonces se comentaran tales cuestiones”. La asociación entre una obra, un autor y un soporte se hizo realidad cuando la imprenta hizo factible y visible ese vínculo. Hoy, más allá de la era electrónica de la que hablaba McLuhan, regresamos a cierta forma de creación colectiva en la que autoría pierde parte de la vigencia y visibilidad que la imprenta impuso. “La imprenta”, decía McLuhan, “es la tecnología del individualismo. Si los hombres decidieran modificar esa tecnología visual con una tecnología eléctrica, el individualismo quedaría también modificado”. Las redes, en fin, como tecnología social, podrían acabar con la arraigada idea del individualismo y de los derechos asociados de la propiedad intelectual. Ese es, sin duda, un futurible, algo no enteramente descartable, que en cualquier caso debería formar parte de una pedagogía integral de la propiedad intelectual.

Llevar la propiedad intelectual a los colegios, como se propone la Fundación Atresmedia, debe ser un ejercicio, en consecuencia, en el que se fomente, potencie y fortalezca la dimensión creativa, inquisitiva y participativa de los alumnos, mediante el desarrollo de proyectos integrados y transmedia a lo largo de los que se conozcan, valoren y ponderen los derechos que les asisten en ese ejercicio. Creando cultura, no consumiéndola, al menos no solamente, en fin.

[Esta entrada ha sido previamente publicada en el blog de Atresmedia Crea Cultura]

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La propiedad intelectual y las manos en la cartera

Cuando oigo hablar de propiedad intelectual, me echo las manos a la cartera.

 

Eso es lo que parece derivarse de la lectura del último número de la revista Claves, dedicada, en esta ocasión, a “Los enredos de la red” y a lo que su subtítulo enuncia inequívocamente: “¿Cómo defender la propiedad intelectual y la libertad en internet?”. Cuando el director de una revista encarga a los directores y responsables del Instituto Ibercrea un monográfico sobre el asunto de la propiedad intelectual, bien es verdad que uno no puede esperar otra cosa que una reflexion partidiaria e incompleta, lo mismo que se derivaría de encargar a la abuelita que redactara un reportaje sobre el lobo feroz, para entendernos.

La cuestión, a estas alturas, no es saber de quién es la propiedad de un bien o una obra cultural o de si sus creadores tienen o no el derecho legítimo a obtener una justa compensación por su trabajo. No seré yo quien ponga en duda esa posibilidad, tan remota en todo caso. Ni soy partidario de enajenar impunemente lo que no es mío ni comparto la idea de que toda obra del intelecto deba circular sin restricciones ni cortapisas.Tampoco lo soy, claro está, de agitar el espantapájaros artero de la piratería y las relaciones parasitarias. La ley, en todo caso, lo deja claramente establecido: “La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. Osease: que la propiedad intelectual, que la supuesta preocupación que Arcadi Espada profesa por el futuro de los creadores  y la creación, no se limita desde el punto de vista legal a la protección de la obra creada, sino al estímulo y promoción de su libre, consciente y voluntaria diposición.

Cuando toda la artillería intelectual de una revista como Claves se dirige a resaltar el aspecto monetario de la creación, hace un flaco favor a los creadores: a penas el 3% de los asociados a CEDRO viven de los derechos que sus obras generan (dato público proporcionado por la propia Magdalena Vinent en un encuentro organizado por ARCE en torno a la propiedad intelectual),  lo que quiere decir que el 97% restante haría bien en comprender que quizás debería utilizar otros canales de difusión y otras modalidades de rentabilización que no fueran las tradicionales amparadas por la misma Ley de Propiedad Intelectual que suele agitarse para que nos echemos la mano a la cartera.

Si, como dice el propio Espada, director de Ibercrea, “la cuestión es que la sociedad debe decidir si vale la pena preservar la creación. Y en qué medida”, quizás debería preocuparse de tres cosas alejadas de su discurso tradicional: de proporcionar una pedagogía integral de la propiedad intelectual que promoviera entre los aspirantes a creadores la conciencia de su plena autonomía en la disposición de sus contenidos; de explicarles que su defensa se refiere a un escaso 3% -siendo absolutamente legítima, en todo caso-, pero que no tiene nada que ver con ellos, con los muchos y buenos creadores que el uso de la web promueve; que Internet es una máquina de democratización creativa, y que tenemos que aprender a usarla, aunque muchos de nosotros nunca lleguemos a escribir como Stefan Zweig, componer como Stravinsky ni rodar como Truffaut.

Claro que como Fernando Savater escribe en el prólogo, tomando la cita de Walter Benjamin, “en cada logro civilizatorio está latente la barbarie”, pero resulta harto sospechoso que siempre que hablemos o leamos sobre propiedad intectual, tengamos el reflejo de echarnos la mano a la cartera y no reflexionemos, en cambio, sobre la riqueza creativa que podría promovese mediante su uso y conocimiento razonado.

¿Para cuándo un número sobre eso?

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La iglesia de los copistas

Los suecos, ya se sabe, son gente que marca la pauta, que se adelantan décadas a los progresos que el resto, más adelante, acaso, intentarán remedar. El Estado nórdico ha admitido a trámite la creación de la Missionary Church of  Kopism, que vendría a ser algo así como la iglesia misionera de los copistas, porque tiene afán ejemplar y aleccionador, vírico y contagioso. Sus 3000 fieles actuales creen, tal como figura en su página web oficial,”que copiar y compartir información es lo mejor y más bello que existe. Que alguien copie tu información es un símbolo de aprecio, significa que alguien piensa que has hecho algo bien”. La búsqueda de conocimiento es sagrada; la circulación del conocimiento es sagrada; el acto de copiar es sagrado. Esa sería su santísima trinidad digital.

La religión de copy and paste, de copiar y pegar, de Ctrl-C + Ctrl-V, tiene sus antagonistas bien definidos: como cualquier igleisa que se precie debe detallar en qué consiste el cielo y en qué el infierno, en qué la salvación y en qué la condenación, y esta última parte recae, claro, en quiene sustentan la vigencia del copyright.

Es cierto que la internet de los datos solamente puede construirse mediante el fomento de la copia, de la replicación, mediante la generación de nuevos contenidos a partir de un fundamento de datos compartidos que son manipulados para servir al propósito que se decida: proyectos como el Open Street Map, como el Google Public Data Explorer, como el Semantic Web Health Care and Life Sciences del W3C o, cómo no, como el proyecto del gobierno norteamericano, Data.gov, son sitios que invitan a renunciar al antiguo concepto de propiedad intelectual en beneficio de una concepción compartida de los datos y de los beneficios que puedan derivarse de su manipulación. Como dice Antonio Lafuente, “abrir los datos, no sólo es un requerimiento derivado de la doble necesidad de que la ciencia se acerque al viejo modelo de una República de Sabios y al que exige una democratización del conocimiento, sino que implica apostar por la oportunidad difícilmente discutible de que aparezcan nuevas e imprevistas formas de usarlos y conectarlos o, en otros términos, de crear conocimiento. Los datos, en consecuencia, deberían ser algo que se encontrase en la web, antes que en el laboratorio. La web 2.0 llevará el sello Data Inside, una analogía con el Intel Inside del PC que domina la cultura del escritorio y que será reemplazado por la noción de la red como una plataforma global de computación. La web del futuro, sentenció no hace mucho Tim Berners-Lee, el inventor de Internet, será una red de datos”.

Yo, como leí el otro día no sé dónde, no tengo problemas con dios, sino con sus representantes. Quiero esto decir que me revelo contra cualquier representante de la fé canónica, y no será menos en este caso: el hecho de que muchos de nosotros renunciemos deliberadamente y de forma expresa a la propiedad sobre lo que creamos en beneficio del conocimiento que pudiera derivarse de lo que liberamos y de la expectativa de que recibiremos una compensación simbólica, intelectual o profesional, no implica, de ninguna manera, que existan creadores que defiendan, de manera legítima, la propiedad de lo que forjen, y que abominen del comportamiento de algunas iglesias nigromantes que hacen de la denuncia y la delación su arma de conversión.

El problema, seguramente, sea que en nuestra época actual convivan dos regímenes aparentemente enfrentados y sin embargo legítimos y complementarios de propiedad intelectual: aquel del que Balzac hablaba a comienzos del siglo XIX -recogido en un magnífico artículo rescatado de La Magazine Litteraire- en la “Carta dirigida a los escritores“, donde reclamaba la propiedad de lo producido y el control sobre su reproducción y comunicación, momento histórico de constitucion del campo literario y, por tanto, de reivindicación de los derechos y de las respectivas posiciones; y aquel en el que hoy vivimos, a comienzos del siglo XXI, en el que la Internet de los datos nos demanda una apertura de miras basada en la construcción colectiva del conocimiento, momento histórico, también, de demanda y de requerimiento, de ensalzamiento del “Copy. download, uplooad!”.

La replicabilidad y el carácter digital de los bienes, sin embargo, no justifican que su intercambio no esté sujeto a la voluntad de quienes lo hayan producido, siempre que ese contenido no haya sido producido con dinero público o siempre que el beneficio social que pueda derivarse de su circulación exceda al de su posesión.

Prefiero, la verdad, no ser de iglesia alguna, aunque sea sueca.

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La edición y la ecología de la investigación

A menudo se reivindica una versión fuerte del copyright, de la parte más angosta de la Ley de Propiedad Intelectual, apelando a la función cultural de los editores y a la preservación de la creatividad. Entre quienes lo defienden, claro, están aquellos que creen que tienen mucho que perder y poco que ganar. Como en cualquier transformación, sin embargo, esa cuenta de pérdidas y ganancias es inevitable. Los editores difunden cultura, es cierto, o es cierto al menos en parte, al igual que los creadores generan contenidos culturales, al menos parcialmente. De ahí no se deriva, sin embargo, que esa función de creación y diseminación cultural esté mejor o peor protegida por un tipo de licencia que limita la circulación y la reproducción de los contenidos; tampoco se deriva de esa premisa que los únicos que puedan distribuir cultura deban ser profesionales dedicados a ese ejercicio.

Este prolegómeno viene a cuento de la celebración de la inminente Feria de Frankfurt, de la celebración del seminario “Economy and Acceptance of Open Access Strategies” y de la presentación de los resultados del programa europeo PEER “Publishing and the ecology of european research“. Históricamente, fueron los científicos quienes cayeron en la cuenta que un nuevo medio de producción, Internet, les permitía reapropiarse de toda la cadena de valor que había estado tradicionalmente en mano de los editores. Más aún, que debían prescindir de todos aquellos que mermaban valor al contenido que producían: ¿por qué no publicar en abierto cuando es el crédito y el reconocimiento de los pares quienes dispensa prestigio y renombre? ¿por qué no construir una red abierta y transparente, distribuida, de peer review que garantice la calidad y la legitimidad de lo publicado? ¿por qué no abrirlo para generar una plataforma de conocimiento común y compartido accesible a cualquiera que lo demande y lo necesite, haciendo con eso real la vocación comunal de la ciencia?

¿Se atrevería alguien a decir que los científicos, sin intermediaciones editoriales, no generan conocimiento y cultura? ¿Se atrevería alguien a no recomendar un uso consecuente de lo que la propiedad intelectual permite, es decir, disponer libremente de lo creado para hacerlo circular a voluntad? ¿No se darán cuenta los editores y de quienes los representan que ese terreno está perdido o que, al menos, deberán convivir con él generando valor a esa nueva cadena de una manera enteramente distinta a la preliminar, un tanto abusiva y costosa? Y el ejemplo de la comunidad científica que se apodera de sus herramientas de edición es naturalmente extensible a multitud de colectivos civiles, personales y profesionales, claro está.

Si algo me gusta de la Feria de Frankfurt, si padezco el famoso síndrome (tal como lo describiera Sergio Vila-San Juan), es porque saben enfrentarse sin embozos ni ambajes a la obvia realidad, atreviéndose a proponer soluciones sin acantonarse en evidencias acortonadas cuando no manifiestamente imaginarias. Como reza el lema de la feria este año: pensar de una manera novedosa. Eso es lo que necesitamos.

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Una invitación a cenar

Tuve la suerte durante casi una década de compartir con Amador Fernández-Savater la dirección de la (extinta) revista Archipiélago. En pocas ocasiones puede uno encontrarse con una persona tan inteligente, generosa y bienhumorada como en el caso de Amador, lo que no quiere decir, afortunadamente, que siempre esté de acuerdo con él. En los últimos días ha corrido como pólvora en la red el post que incluyó en el blog de la Editorial Acuarela que ahora dirige refiriéndose a la cena ministerial a la que le habían invitado a participar con motivo de la desestimación de la Ley Sinde(scargas). Ese post, que ha sido masivamente retweeteado y ha sido luego publicado en un ejercicio de reingeniera informativo por El País, se titulaba “La cena del miedo” que fue, al parecer, el ingrediente con el que se cocinaron las viandas servidas. Es cierto que la culpabilización o la persecución masivas sin que prevalezcan las garantías jurídicas indispensables no parece una estrategia adecuada. La vigilancia tecnológica perfecta, la pesadilla de un gran hermano tecnológico ajeno al control jurídico efectivo, que pueda intervenir en las comunicaciones privadas sin el resguardo que la Ley procura, no parece que sea la estrategia que un Estado de derecho deba adoptar. La naturaleza elusiva de la red, su arquietectura nodal, permitirá eludir casi todos los controles que se interpongan, por otro lado. Hasta aquí puedo convenir con el autodenominado movimiento por el procomún o el acceso libre su preocupación por esa posible violación jurídica. No creo que alentar el miedo sea la fórmula pedagógica que nos haga entendernos ni aprovechar todas las potencialidades que la red nos ofrece.

La Ley de Propiedad intelectual, en el Artículo 2 de su Título 1º dice que “la propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. No hace falta ser Catedrático de Derecho en Salamanca para interpretar el sentido de la Ley: cada cual puede disponer soberanametne del contenido original que cada uno pueda producir. Solamente resulta irrenunciable la propiedad moral, pero es plenamente conferible la propiedad material o patrimonial de lo creado. El copyleft es, en definitiva, copyright, no son extremos antagónicos, sino potencialidades contenidas en el mismo texto de la ley. En estas circunstancias, lo que habría que explicar, en una pedagogía verdaderamente amplia de la propiedad intelectual (no en la estrecha y atrabiliaria iniciativa de Esdelibro), es por qué, en algunas ocasiones, puede resultar extremadamente beneficioso desprenderse patrimonialmente de lo creado, haciéndolo circular, para verlo exponecilametne acrecentado. La generación de contenidos científicos en abierto es el ejemplo por antonomasia de este extremo, porque el fin principal de la ciencia es, precisamente, ese: construir conocimiento a partir del conocimiento heredado en una hilazón sin fin; o, también, el ejemplo por excelencia de la Wikipedia, donde el esfuerzo sumado de cientos de miles de personas logra construir el mayor repositorio de conocimento abierto de la web. Las licencias Creative Commons -creación común y compartida, creación comunitaria-, no son distintas al Copyright: son, simplemente, la posibilidad de graduar a voluntad la disponibilidad legal de lo creado, haciendo posible que cualquiera ponga a disposición de los demás el contenido generado si así lo desea y si piensa que de su contribución puede derivarse un beneficio personal y general. Las leyes no pueden ni deben coaccionar la creatividad si los autores han decidido, voluntariamente, valerse de este recurso legal.

En Free Culture, el libro con el que Lawrence Lessig llamó la atención sobre este enrevesado asunto, se discutía la manera en que las grandes corporaciones pretendían acaparar los derechos de las obras huérfanas, evitando su reutilización y extendiendo, en la medida de sus fuerzas, el ámbito temporal de aplicación del copyright, pero en ningún caso -y Lessig lo reiteraba sin ambages-, abogaba por la piratería o el hurto de contenido sin la aquiescencia de sus legítimos propietarios. Es un silogismo inicuo aludir a que la naturaleza virtual e infinitamente reproducible de los bienes digitales nos obliga casi a una suerte de intercambio incontrolado de contenidos, a un tráfico de copias y difusión sin barreras, a la justificación, en fin, de la descarga y la copia. En esto -igual que me ocurre con Amador-, tengo que disentir de uno de los abogados más inteligentes e intelectualmente inquietante que conozco: Javier de la Cueva, del que tanto he aprendido. Es otro silogismo trivial aludir a que compartir e intercambiar es esencialmente bueno: claro, también lo es en el mundo físico y analógico, igual que lo sería que todos dispusiéramos de alimento y vivienda gratuitos y, a ser posible, de un trabajo bien remunerado y gratificante. La esencia reproducible de los bienes digitales y las posibilidades de comunicación y transferencia ilimitadas que la red nos ofrecen no son razón suficiente para enajenar forzosamente ningún contenido si no media la voluntad de su autor.

Por eso quiero yo invitar a cenar, ahora, a Amador y a Javier, y también a la Ministra y al resto de los comensales miedosos que abogaban por soluciones tajantes, para intentar explicarles este punto de vista conciliador: las penalizaciones sin control jurídico, el gran hermano vigilante, no son la solución; las campañas arteras de los gremios editoriales y de las asociaciones que gestionan los derechos de autor (parte interesada poco proclive a perder sus privilegios), tampoco lo son; una pedagogía integral de la propiedad intelectual que explique que los autores pueden disponer soberanamente de sus derechos, sí  lo es; una didáctica que exponga hasta qué punto puede resultar extraordinariamente beneficioso, para el autor y la comunidad, liberar los contenidos creados valiéndose de la fuerza irreductible de la web y de la condición inagotable de los bienes digitales, también me parece que puede ser una solución satisfactoria para todos las partes; el copyright, paradójicamente, recobra vigencia en la web, porque la sobreabundancia informativa exige intermediadores cualificados, brokers o curadores digitales, que pongan su criterio selectivo a trabajar y se beneficien de ello; utilizar con conocimiento las licencias que nos permiten operar voluntariamente de una u otra forma, en diferentes contextos, también será la solución; emplear licencias aún más novedosas, como la Public Domain Mark 1.0, para calificar como obras de Dominio público a aquellos contenidos sobre los que no existe restricción alguna -evitando el uso abusivo que las corporaciones puedan hacer sobre las obras huérfanas-, también lo es.

Pago yo.

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A vueltas con la propiedad intelectual

La idea básica sobre la que se basa la defensa de la propiedad intelectual, además de porque se trate de un derecho fundamental inalienable cuyo ejercicio y usufructo depende de la voluntad de su propietario, es que constituye el fundamento sobre el que se construye y desarrolla la innovación y la creatividad, tal como establece el punto D del controvertido borrador aprobado ayer por la Unión Europea redactado por la diputada gala Marielle Gallo. El popularmente conocido como informe Gallo es, sin duda, restrictivo en su interpretación del alcance del copyright y de las patentes, y tiene mucho que ver con la negociación multilateral que en los dos últimos años, a puerta cerrada, han mantenido algunos de los principales países del mundo (Estados Unidos, Japón, Unión Europea, etc.). El texto de ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreement) insiste en el control de algunos asuntos controvertidos de la web: la prohibición estricta del intercambio de ficheros; el control de las redes de acceso; la punición por las prácticas sospechosas de violar esos principios.

Tal como sostiene una plataforma de creadores por la defensa de sus legítimos derechos a la propiedad intelectual de sus creaciones (sin web todavía pero con correo electrónico para firmar adhesiones plataforma.copirrait@copirrait.es), “La propiedad intelectual es un derecho reconocido internacionalmente y amparado por la legislación española. Merece por lo tanto al menos la misma protección jurídica que la propiedad de bienes y la propiedad industrial. El cuestionamiento a que está siendo sometida por algunos sectores en la situación actual no se funda en razonamientos ni en argumentaciones, sino en la simple constatación de la existencia de una tecnología que permite su quebrantamiento continuo e impune”. Los creadores españoles, a diferencia de los legisladores europeos, no son sin embargo ciegos a la evidencia de que en el ejercicio legítimo de la propiedad también está comprendido su cesión o donación, porque cabe pensar, más que razonablemente, que en buena medida la innovación, la creatividad y el progreso puedan provenir del intercambio y la posibilidad de compartir haciendo uso de las licencias creadas a tal efecto y que son, tan sólo, una derivación o un corolario lógico de lo que la Ley de Propiedad Intelectual ya contiene: “Apoyamos”, dice el texto que seguramente se publique en breve, “el desarrollo y la potenciación del copyleft y de las licencias de Creative Commons, que ya están contempladas en la legislación española y pueden ser empleadas por los creadores sin ninguna traba. Dichas licencias, sin embargo, deben ser siempre voluntarias y estar sancionadas por el autor o por las personas y empresas que le representen. Esas modalidades permiten a quien lo desea divulgar su obra libremente a través de Internet. Nadie que quiera acogerse a la licencia de copyright, sin embargo, puede ser obligado a emplearlas por la fuerza de los hechos o por la desprotección efectiva de sus derechos”.

Más controvertido es el asunto de las patentes que, en casos tan flagrantes como el de los medicamentos, no sólo no promueven la innovación, sino que en muchos casos suponen un obstáculo insalvable, una rémora infranqueable que atenta directamente contra el bienestar de los seres humanos, algo obvio en el caso de los esfuerzos por patentar secuencias del genoma humano o el patrimonio natural o las sustancias de origen vegetal de algunas comunidades indígenas. Lo que se discute en estas rondas, claro, no es tanto lo que un puñado de creadores literarios haga o deje de hacer, gane o deje de ganar, sino cuestiones vinculadas a la gran industria audiovisual o a corporaciones con presencia multinacional.

En el punto seis del texto que uno de mis amigos escritores, promotores del texto, me envía, dice: “El derecho al acceso a la cultura, que con frecuencia se invoca, no debe ser confundido nunca con el derecho a acceder gratis a cualquier producto cultural y de entretenimiento. Los creadores nos declaramos dispuestos a colaborar en la búsqueda de fórmulas que permitan el disfrute de los productos culturales a estudiantes y a personas sin recursos, pero no aceptamos que en una sociedad completamente mercantilizada nuestras obras sean el único bien de acceso universal no retribuido”.

Para pensárselo.

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Conclusiones sobre los Futuros del Libro

En la pasada Feria del Libro de Sevilla, celebrada hace una semana, se dedicaron dos jornadas completas a reflexionar sobre diferentes aspectos de los posibles futuros del libro. En la mesa de conclusiones -compuesta, tal como consta en el cartel, por Joaquín Rodríguez, Henry Odell, Martín Gómez, Francisco Javier Jiménez Rubio, Silvano Gozzer y Javier López Yáñez-, se abordaron temas a los que vale la pena dedicar un rato de (placer) y atención:

Por si no funcionara:
Video de conclusiones sobre Los futuros del libro

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