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El préstamo bibliotecario digital

Es obvio que las bibliotecas, públicas y universitarias, tenderán a prestar contenidos digitales de manera creciente. Resulta incontrovertible que las bibliotecas adquirirían, cada vez más, una condición de ubicuidad inusitada, porque allí donde estemos estará la biblioteca que nos acompaña, o el acceso a los contenidos que las bibliotecas nos proporcionen. El hábito de lectura en dispositivos digitales -manifiestamente mejorable, por otra parte, como discutiremos en Liber la semana que viene-, crecerá, no cabe la menor duda. Y el papel de las bibliotecas, como servicio público que debe garantizar el acceso igualitario a la cultura y el conocimiento, como espacio de civlización privilegiado donde caben todas las opiniones y disensiones mientras se diriman racionalmente, tendrá como cometido sostenido el de abastecer a sus usuarios de los contenidos digitales que demanden.

Las bibliotecas universitarias tienen en alguna medida este problema resuelto mediante soluciones propias en forma de catálogo colectivo que proporciona acceso compartido a los recursos científicos generados por sus socios o plataformas comerciales que dan acceso, con una serie de restricciones (de impresión, de visualización o de otra índole), al patrimonio bibliográfico de los catálogos de esas mismas bibliotecas o al catálogo de los editores que hubieran confiado en esa plataforma de transacción y préstamo bibliotecario.

Las bibliotecas públicas deben hacer otro tanto si es que no quieren quedar a la zaga, absortas en una era pretérita. Bibliotecas pioneras, como la Pública de Nueva York, resolvieron ese asunto hace tiempo confiando la gestión de sus activos a una plataforma comercial, la que pasa por ser la más grande y activa del mundo, Over Drive. El revuelo en el patio bibliotecario ha llegado esta semana, sin embargo, con el anuncio largamente cocinado y hace poco anunciado del préstamo promovido por Amazon, la gran librería virtual.

Mientras nuestros bibliotecarios discurren cómo abordar esta cuestión ineludible del préstamo digital, suceden simultáneamente tres cosas no necesariamente óptimas para la red pública:

  • Amazon y Google están ya instalados en España y su estrategia pasará, sin duda alguna, por propiciar y facilitar esta posibilidad, y serán ellos quienes administren la riqueza de los metadatos que se generen en esas transacciones, utilizándolos para sus legítimos propósitos comerciales;
  • Libranda es nuestra única plataforma de distribución digital centralizada, a la fuerza y de hecho, después de sucesivos traspies y tiros errados, y es posible que aspire de manera igualmente legítima a emular a Over Drive (también se hablará de ellos en Liber, cómo no). Las bibliotecas públicas han comenzado, a tientas, a pergeñar lo que podría ser un contrato que les permitiera acceder a los todavía parcos 4000 registros de Libranda, pero el fruto aún no ha madurado;
  • Los editores no entienden todavía que sacarían mucho más provecho de sus catálogos y de su cartera de autores generando su propia plataforma, administrando los metadatos que de ahí puedan derivarse y negociando contratos con las redes de bibliotecas públicas y universitarias (por número de licencias, concurrentes o no; número total de préstamos; plazos temporales de préstamo; etc.), porque quizás sigan pensando que la venta unitaria es la base de su negocio, algo que en el ecosistema digital no será necesariamente cierto. El tráfico, el uso y la captación de la atención serán, sin duda alguna, activos valiosos en el concurrido mercado de la atención. En algunos foros se asevera, incluso, que el préstamo electrónico acabará con el espectro de la pirateria, ese espantajo oscuro y malvado que los editores suelen sacar en andas.

El préstamo bibliotecario digital es, como dice Peter Brantley, un asunto B2C del que deberían adueñarse sus legítimos beneficiarios, editores, bibliotecas y lectores.

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