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Roger Chartier y la revolución de la lectura digital

Nadie que esté interesado en la mutación de las formas de comunicación y en los efectos que sus cambios generan debería perderse un libro como el de Walter Ong, Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra, un libro de los años 80 que conserva todo su interés y toda su capacidad de antelación y de previsión, porque Ong rastreó los profundos cambios de la psique y la cognición humanas derivados de la alteración de las tecnologías de la escritura. No se conformó con documentar, meramente, la transición de las prácticas y de los soportes, sino que se detuvo en analizar las profundas, extensas e indelebles consecuencias del paso de un vehículo de comunicación al otro. Por citar de memoria alguna de esas implicaciones definitivas, cabe recordar que Ong presumía que el uso de la escritura, que propiciaba un trato distanciado con el objeto de estudio, trajo consigo el desarrollo del pensamiento abstracto y el surgimiento progresivo de la ciencia; que contribuyó a la construcción de nuestra conciencia individual al favorecer la instrospección y el aislamiento; que procuró una liberación de recursos intelectuales esencial, porque nos permitió proyectar y conservar nuestro conocimiento, formalizándolo, en soportes ajenos a nuestra memoria. En fin: Ong venía a llamar la atención (como luego lo haría el gran Jack Goody) sobre las hondas, duraderas e imborrables implicaciones que tienen las revoluciones de las tecnologías escritas.

Roger Chartier pertenece a esa estirpe de historiadores y antropólogos que están mucho más preocupados por proponer soluciones a los intrincados problemas intelectuales que la transformación de las tecnologías de la escritura implican, que con los artificiales y postizos límites geográficos o disciplinares. Robert Darnton, Pierre Bourdieu, Walter Ong, Jack Goody, Elizabeth Eisenstein o Claude Levi-Strauss (Alejandro Piscitelli, Antonio Rodríguez de las Heras entre nosotros) podrían formar parte de ese círculo de sabios que rompieron con las convenciones disciplinares hace mucho tiempo y se dedicaron, en alguna medida, a estudiar los profundos efectos que la tranformación de las tecnologías de la escritura tuvieron y están teniendo sobre la organización de la sociedad y sobre la conciencia de los seres humanos.

En muchas de sus últimas entrevistas Chartier llama la atención, por eso, sobre las implicaciones todavía imprevisibles que la escritura y la lectura digitales tendrán sobre una y otra dimensión: “en el mundo digital existe una continuidad textual que borra la inmediata diferencia entre géneros visible en periódicos, revistas, cartas, libros. Como consecuencia, hay una yuxtaposición de fragmentos no necesariamente referidos a la totalidad textual a la cual pertenecían. A partir de ahí, el libro como creación, como identidad intelectual y estética, se desmorona. La antigua percepción de una entidad textual coherente y lógica, incluso cuando no se leen todas sus páginas, es reemplazada por una serie de datos, de fragmentos desvinculados. De ahí la idea de los tablets de indicarle al lector si está al comienzo, a la mitad o en las últimas páginas del texto. De dar una cierta percepción de totalidad textual, sabiendo que el lector busca o recibe fragmentos derramados”. La pérdida de ese referente, del artefacto del libro como obra coherente y acabada, tendrá las mismas consecuencias, sin duda alguna, que el paso de la oralidad a la escritura, tal como anticipara Ong. Algunos, retomando a este mismo autor, recogen su idea de la “segunda oralidad” y designan al periodo que va del 1450 hasta finales del siglo XX, quizás de manera algo oportunista y exagerada, como el Paréntesis de Gutenberg.

Sea como fuere -porque es cierto que hay mucho de mezcla, remezcla, préstamo, apropiación y remodelación en las prácticas actuales-, Chartier insiste en las características novedosas de la nueva textualidad digital y en los efectos aún desconocidos que eso tendrá sobre nuestras formas de conocer y entender: “ante una lógica de cercanía temática, de palabras claves, de tópicos, una continuidad física como la del libro ya no importa. Las unidades textuales no son consideradas en su identidad, sino como un banco de datos que se puede organizar, recomponer, asociar. No es un juicio de valor ni digo que el mundo de Gutenberg era un paraíso y hoy estamos en el infierno. Digo que las posibilidades son inmensas y que el problema es identificar las formas de discontinuidad y las prácticas de la lectura. La relación entre posibilidades nuevas y características heredada”.

“El libro ya no ejerce el poder que ha sido suyo, ya no es el amo de nuestros razonamientos o de nuestros sentimientos frente a los nuevos medios de información y comunicación de que a partir de ahora disponemos” cita Chartier a Henri Jean Martin en un número de la Revista Quimera del año 1996. Si eso es así, si el campo editorial en el que tenían sentido las relaciones entre autores, editores y lectores han saltado por los aires, porque ya no creamos, leemos, distribuimos, usamos y adquirimos los contenidos de la misma manera y donde el libro ya no ocupa ni siquiera el centro de ese ecosistema, ¿cómo cabrá pensarlo, qué nuevo aspecto tendrá su configuración, qué nuevos papeles y nuevos roles surgirán, qué futuro nos depara esta revolución digital.

A partir de mañana martes algunos tendremos la singular oportunidad de compartir tres tardes con el maestro Chartier dentro del curso Creación, edición y lectura: presente y pasado, en la Casa del Lector, un lujo inigualable.

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El sueño de las bibliotecas digitales

En su alocución a la Grafstein Lecture del 15 de marzo del 2012, titulada “Books, libraries & the digital future“, Robert Darnton habló de la construcción de una biblioteca digital pública norteamericana, global y genérica, amparada bajo el sueño, ni más ni menos, de  Thomas Jefferson, que pretendía que el acceso al conocimiento y a las ideas se diseminara sin límites ni restricciones, como una vela que puede prender la mecha de otra sin perder por ello su propia luz.

Un proyecto de esta envergadura, decía, que tiene como propósito poner a disposición de todos los norteamericanos (y de todos aquellos que posean, obviamente, una conexión a la red) el patrimonio escrito digitalizado de su país, más allá de las propuestas  y acciones de Google o de cualesquiera otro agente que pretenda intervenir en esa carrera, se construye sobre los siguientes cimientos: sobre la idea fundamental de que existe un patrimonio cultural compartido del que nadie puede ni debe apropiarse, un digital commons que debe promoverse mediante la creación de una biblioteca pública; que no puede dejarse en manos de los editores, de los editores científicos en particular, la gestión del conocimiento, porque ese es un patrimonio colectivo del que no puede privarse a nadie. Los editores no solamente no añaden ningún valor a lo que los científicos han escrito, sino que lo gravan, además, con suscripciones prohibitivas y limitaciones de acceso  y circulación, algo que carece por completo de sentido cuando los creadores poseen los medios, además, de distribuir el fruto de su trabajo. “Google book search”, dice Darnton, literalmente, “is dead”.

La Grastein Lecture del año 2013 será impartida el próximo 5 de marzo por Joshua Gans, bajo el título “Information wants to be shared”, o la información desea y quiere ser compartida, fórmula en la que se resume el espíritu y el sueño de cualquier biblioteca digital. Para alcanzarlo, sin embargo, tal como argumentaba Darnton en el 2012, esta clase de iniciativas deben ser fruto de la colaboración público-privada, de un sistema distribuido de suma de colecciones,  y su financiación es posible si las partes planifican, presupuestan y trabajan en pos de la construcción de un repositorio público y colectivo que asegure el acceso igualitario, algo particularmente interesante y reseñable en nuestra situación actual, donde los grandes proyectos de digitalización del patrimonio escrito corren a cargo de instituciones privadas sin ánimo de lucro.

Ayer supimos que el Standford Prize for Innovation in Research Libraries, concedido anualmente por la Universidad de Standford, fue a parar a dos instituciones europeas: la Biblioteca Nacional de Francia, por la puesta en marcha y gestión de su proyecto Gallica Library , y la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, la biblioteda digital hispánica más grande y ambiciosa de entre las que  podamos contar. “El premio al que optaron 24 propuestas”, dice la nota de prensa publicada en el blog de la Biblioteca, “distingue programas, proyectos y servicios pioneros desarrollados por las bibliotecas de investigación de cualquier lugar del mundo. Según el jurado, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha merecido el reconocimiento por sus contenidos de primera calidad, entre los que destacan sus ediciones críticas integrales, utilizadas por la comunidad investigadora mundial. La organización ha subrayado que la Cervantes aborda los retos de las bibliotecas digitales mediante un diseño abierto y enfocado a los usuarios, con una arquitectura orientada a ofrecer servicios y un soporte de desarrollo en código abierto (open-source)”.

A veces los sueños, con cierto tesón y no sin dificultades, se alcanzan.

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Las bibliotecas después de Google

En el año 2008 tuve la suerte de que me invitaran a Kosmopolis’08. Intervine con una charla cuyo distópico título era el de “La vida después de Google“, porque pretendía invitar a los asistentes a imaginar un delirante futuro en el que los fundadores del buscador perdían su algortimo mágico después de una tremenda borrachera en Oviedo, tras la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. La fórmula, en manos de la vengativa competencia, implicaba el desastre empresarial  de Google pero, peor aún, significaba el fin de la cultura occidental. Hasta tal punto hemos confiado nuestra cultura, nuestras vidas privadas y nuestras indagaciones a una única y suprema herramienta, que si por alguna razón -una cogorza o, por qué no, una OPA hostil- alguien nos desenchufara de esa mediación, gran parte de nuestro patrimonio histórico, nuestra herencia intelectual y nuestra propia biografía, se esfumarían de un plumazo.

Google “es una región finita del espacio-tiempo provocada por una gran concentración de masa en su interior, con enorme aumento de la densidad, lo que genera un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz, pueden escapar de dicha región”. Cambiando “agujero negro” por “Google”, la definición es casi equivalente: el buscador genera una concentración de contenidos e información en su interior tan densa que genera un campo gravitatorio del que ningún usuario, biblioteca o editorial puede escapar… Los agujeros negros no tienen la culpa, los pobres, de chupar astronautas y cohetes como locos; Google tampoco tiene la culpa de haberse convertido en la puerta de acceso a la web y de absorber, el pobre, todo el tráfico…

Hablaba, sobre todo, ante bibliotecarios, y les pedía que no dejaran de ejercer su oficio, valiéndose, cómo no, de las extraordinarias capacidades que el buscador y sus servicios ofrecen, pero no hipotecando su futuro y sus compentecias a él.  Hace unos días, Denny Chin, el juez federa de Manhattan, le ha dicho a Google que no puede seguir digitalizando los libros que pretendía, sobre todo las obras huérfanas (que representan en torno al 70-80% de la producción editorial dormida de un país), porque eso podría represenar un monopolio sobre el acceso a ese patrimonio. Independientemente de que Google recurra la sentencia, de que el Amended Settlement Agreement sea considerado o no parcial, o de que haga caso omiso del fallo, lo cierto es que la mayor sigue sin resolverse y acecha en la trastienda.

Pero el error no es tanto de Google, que hace bien las cosas que tiene que  hacer, sino de quienes tendrían que plantear una alternativa plausible, consensuada y estratégica -bibliotecarios por un lado y editores por el otro-, y no lo hacen. Robert Darton lo decía hace pocos días en The New York Times, en un artículo titulado A digital library better than Google’s: “Through technological wizardry and sheer audacity, Google has shown how we can transform the intellectual riches of our libraries, books lying inert and underused on shelves. But only a digital public library will provide readers with what they require to face the challenges of the 21st century — a vast collection of resources that can be tapped, free of charge, by anyone, anywhere, at any time”.

La posibilidad de crear plataformas alternativas, públicas y/o privadas, como la Biblioteca Digital Hispánica o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en el caso de obras de índole mayoritariamente literaria, son iniciativas encomiables cuyo ejemplo convendría remedar extendiéndolas a todos los ámbitos de la creación.

Quizás podríamos empezar a vivir, al menos por un día, sin Google.

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Las razones del libro y la construcción de una Biblioteca Digital Nacional

Tomo el título prestado del último libro de Robert Darnton publicado en español por la Editorial Trama, Las razones del libro, un título indispensable de un autor imprescindible en una colección fundamental -Tipos móviles- para comprender la historia de un oficio y su probable futuro.

En el primero de sus capítulos, “Google y el futuro de los libros”, un tema recurrente en los últimos años de su trabajo, Darnton apunta a la idea de la creación de una República Internacional de las Letras basada sobre la idea de los padres fundadores de la Constitución norteamericana: “Nuestra república se fundó”, dice, “sobre la fe en el principio fundamental de la República de las Letras del siglo XVIII: la difusión de las Luces. Para Jefferson, la ilustración operaba a través de los escritores  y los lectores, de los libros y de las bibliotecas [...] Esta fe ha quedado plasmada en la Constitución de los Estados Unidos de América”. Thomas Jefferson, en un lenguaje que anticipaba el fundamento de la discusión que todavía mantenemos hoy, decía: “el conocimiento es el patrimonio común de la humanidad”. Siendo eso así, considerando que el saber es uno de los procomunes fundamentales del ser humano, ¿cómo no pensar en la creación de una gran biblioteca de accesibilidad ilimitada que contuviera todos los vólumenes , periódicos y revistas, panfletos y folletería, impresos en un país en un periodo de tiempo determinado?

La suspicacia de Darnton -director de las bibliotecas de Harvard- frente a la iniciativa de digitalización de Google radica no tanto en su legitimidad o en su pericia tecnológica o en su capacidad de gestionar el inmenso trabajo al que tiene que hacer frente. Su recelo proviene de la incertidumbre razonable que se produce cuando se deja en manos de un agente privado la gestión de un patrimonio común: “Cuando una empresa como Google echa el ojo a las bibliotecas”, dice Darnton en ese primer capítulo, “ve en ellas algo más que templos del conocimiento y el aprendizaje. Ve recursos potenciales -lo que llaman “contenidos”- listos para ser explotados. Los fondos de las bibliotecas, reunidos durante siglos con un enorme esfuerzo de medios y de trabajo, pueden ser digitalizados masivamente a un coste relativamente bajo; de millones de dólares, desde luego, pero eso es poco dinero comparado con lo que han costado”. Y algo más adelante nos advierte: “Sería una ingenuidad identificar Internet con la Ilustración. Internet tiene potencial para difundir el conocimiento más allá de lo que Jefferson pudo imaginar. Pero mientras iba tomando forma, del enlace al hipervínculo, los intereses económicos no se han quedado de brazos cruzados. Quieren controlar el juego, hacerse con él, poseerlo”.

Hoy mismo, 28 de octubre, The New York Review of Books publica el último artículo de Robert Darnton, Can we create a National Digital Library?, donde propone, precisamente, una contrainiciativa pública y coordinada, transversal, para la creación de una gran biblioteca pública digital de acceso gratuito y universal como fundamento, precisamente, de aquel deseo quimérico y visionario de los padres de la Constitución: el acceso libre al conocimiento como soporte o condición crucial de una república floreciente. Darnton, es difícil ocultarlo, sigue aferrado a la idea de la ilustración potenciada, ahora, por los recursos que lo digital nos da. Los problemas legales, financieros, tecnológicos (metadatos, digitalización, etc.) y administrativos son superables si queremos que lo sean. Google nos lo ha demostrado; también otros proyectos complementarios como The Internet Archive, The Digital Library Federation, The Knowledge Commons Initiative, etc.

En el año 1772 Voltaire escribía en sus Cuestiones sobre la enciclopedia lo siguiente: “permito a cualquier librero que (re)imprima mis necedades, sean verdaderas o falsas, por su cuenta y riesgo, o para su beneficio”. Cambiad librero por lo que os convenga y leed Las razones del libro. De nada.

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