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¿El ocaso de los autores?

En un mercado editorial con un volumen de ISBNs anuales cercano a los 90.000 títulos, la probabilidad de que un autor pueda convertirse en best-seller y aspirar a vivir cuasi honradamente de su trabajo es de un 0,3-0,6%. Es decir, traduciendo las magnitudes estadísticas en hechos cotidianos: es más sencillo que las piezas desprendidas de un avión aterricen sobre nosotros que tengamos la posibilidad de vivir de nuestros escritos. La realidad es que, si media contrato entre el autor y el editor, la cantidad que acabe percibiendo, teniendo en cuenta que el promedio de ventas no suele sobrepasar los 500 ejemplares y que se habrá estipulado entre un 5-10% de percepción de derechos (dependiendo de la modalidad del libro, en tapa blanda, dura, formato electrónico), será de unos 45 céntimos por ejemplar a 2,80 €. Si alguien se toma la molestia de multiplicar esa cantidad por el número de ejemplares vendidos, le saldrá una cantidad insuficiente para financiar una merienda. Basta echar un ojo a la realidad cotidiana de una exitosa autora española, para comprender la veracidad de esos datos.

En el Reino Unido, tal como se describe en un reciente artículo, Most UK authors’ annual incomes still well below minimum wage, survey shows, la media de ingresos es de 12500 libras, unos 14000 €, una cantidad que representa el 55% de los ingresos medios mínimos estipulados por el gobierno británico. Solamente la mitad de los 317 autores encuestados, dicen poder sobrevivir de los ingresos derivados de las ventas de sus obras. Lo aparentemente paradójico de la situación es que, de acuerdo con los informes de la industria editorial británica, su crecimiento en el año 2015 fue del 1,3% con unas ganancias declaradas de 4400 millones de libras, mientras que los autores tuvieron que conformarse con un decrecimiento salarial del 29%. “Los libreros estiman”, puede leerse en Earnings oar for UK’s bestselling authors as wealth gap widens in books industry, “que las ventas de libros impresos contabilizadas por Nielsen provienen de 55000 autores, aunque el 13% de lo facturado provenía de 50 escritores, el 0,1% del total, 1490 millones de Libras”. No va más.

Mientras esa depauperación progresiva parece un hecho incontrovertible, es cierto que proliferan en paralelo las iniciativas mediante las que cualquiera puede, sin la mediación de un editor tradicional, divulgar, difundir e incluso intentar vender sus propios contenidos: sitios como Amazon Indie -que promueve  teóricamente, a través de Kindle Direct Publishing, el descubrimiento y lanzamiento de nuevos autores-, Bubok -que es, a día de hoy, la empresa que más ISBN registra en el Estado español- o Lulu, por mencionar solamente tres de entre muchas otras,  hacen (casi) realidad los deseos de muchos aspirantes al parnaso de las letras. La oferta de títulos mediante esta vía de la autopublicación crece en tal medida que si la probabilidad de que el esfuerzo de un aspirante a escritor era antes equiparable a la de un accidente aéreo, ahora se aproxima a la de que un meteorito entre por la ventana de su casa. Claro que la publicidad se encarga de estimular los sueños de todos ofreciendo ejemplos de autores y autoras que, mediante el uso de esas estrategias de reintermediación, han llegado a muchos potenciales lectores. Desde pequeños aprendimos, sin embargo, que en estadística la excepción es, sobre todo, la confirmación de la regla..

El espejismo del supuesto incremento del volumen de ventas mediante la exposición digital en grandes plataformas no termina de compensar de ningún modo la descomedida bajada de precios (recibo en mi teléfono móvil estos días, de manera repetida, el mensaje de que la tienda Indie de Amazon me ofrece descuentos del 70% sobre precios ya de por sí bajos).

Plataformas, editores e, incluso, supermercados, aprovechan esta corriente editorial socializadora, para ofrecer a los lectores buffets libres de lectura, all you can read, por tarifas raquíticas: Kindle unlimited ofrece por 9,99 $ al mes un festín inacabable de textos; 24Symbols intenta seguirle a la zaga con un precio de 8,99 €; y en Alemania la cadena de supermercados Aldi (presente también en España) ofrece en Aldi Life 3000 títulos gratuitos como regalo de bienvenida. Muchos especialistas podrían argumentar que esta exposición digital de los títulos a los usuarios representará un potencial incremento en el volumen de sus ventas. La realidad, sin embargo, es que, de acuerdo a los porcentajes que se están estableciendo en los nuevos contratos editoriales, y teniendo en cuenta que muchos precios no superan los 2,99 € (ninguno de los Top 10 E-book Kindle lo sobrepasan), por una media de 3500 descargas un autor percibirá una cantidad no superior a los 35 €, de manera que la venta elecrónica no llega nunca a compensar la ganancia que hubiera podido producirse mediante la venta tradicional. Muchos afirmarán que esas tarifas representan una enorme ventaja para los usuarios y un éxito histórico para el fomento de la accesibilidad, y seguramente sea así, pero nadie suele preguntarse a costa de quién. Otros, como Constantino Bértolo, afirman que esas plataformas y vías de difusión representan el purgatorio de los escritores, que ni alcanzan el paraiso vislumbrado ni creen habitar (todavía) en el infierno.

En un documento recientemente publicado por la Comisión Europea, Commission study on remuneration of authors of books and scientific journals, translators, journalists and visual artists for the use of their works, se advierte, precisamente, que uno de los pricipales problemas en el declive constante de los ingresos es la falta de control de los autores sobre las modalidades de venta y distribución. Sometidos a los vaivenes de la industria y arrastrados por el anzuelo de la venta digital, aceptan condiciones que les llegarán para organizar, a lo sumo, una cena con amigos.

Quienes piensen que todo este debate carece hoy de sentido porque nunca antes en la historia se habría producido una socialización de la función de autoría tan extraordinaria, tendrá razón. Es cierto que Internet ha abierto las puertas a que cada cual exprese, intercambie y distribuya sus propios contenidos de la manera que crea más adecuada, con o sin intermediaciones, y que la proliferación de nuevos espacios, contenidos y voces que antes no disponían de ningún medio ni canal de expresión, es algo que contiene en sí mismo un excepcional valor (no seré yo quien lo niegue, que utilizo un blog para expresarme).

Quizás, paradójicamente, mediante la multiplicación exponencial de los autores, por una parte, y la extremada merma en las condiciones de vida de quienes aspiran a poder vivir de la escritura, por otra, estemos llegando al desleimiento o desdibujamiento de la condición misma de autor, de esa identidad que aflora en el siglo XVI y que reclama el derecho de posesión de aquello que ha creado, identificándose con el fruto de su trabajo. Quizás, paradójicamente, estemos ante la segunda muerte del autor, ante el ocaso del tiempo de los autores.

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Liberad los libros

Liberad los libros

Entre los muchos carteles que pudieron verse en el Mayo del 68 mi preferido es aquel que representaba unos cuantos volúmenes encadenados e incitaba a liberar a los libros o, quizás, traduciéndolo de otra manera, buscando las torsiones semánticas del eslogan, a liberarse de sí mismos, a librarse (a librarnos) de su pesada condición de discurso cerrado, tiránico y autorreferencial. Existía la sospecha, tal como había puesto de manifiesto Foucault antes que nadie -en su discurso de ingreso en el Colegio de Francia- que en todas las sociedades existían mecanismos de control del discurso que tendían a evitar las alternativas, la aleatoriedad, las opciones y las disyuntivas. De manera mucho más solemne Focault había dicho: ·”yo supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Lo que aquel cartel hacia era invitarnos a deshacernos de los vehículos que nos imponían un discurso monolítico y aparentemente incontestable, los libros, la lectura, la escritura.

Oulipo

Existían dos sospechas, una estética y otra ética (o política): si el discurso, como los filósofos denunciaban, nos constreñía, nos leía sin que nosotros fuéramos capaces de contestarle, jugar con él, recrearlo, retorcerlo, podía convertirse en un ejercicio de liberación en sí mismo. El “Taller de literatura potencial”, Oulipo, creado por Raymond Queneau (acompañado, entre otros, de Georges Perec, Roland Barthes o Alain Robbe-Grillet), arremetieron con firmeza contra los límites del lenguaje y contra las estructuras formales de la novela tradicional, creyendo que quizás, con eso, encontrarían una vía de escape… Al final de su vida, Robbe-Grillet, sin haber conseguido que sus esfuerzos florecieran satisfactoriamente, todavía barruntaba: “Hacia los años 60 apareció algo quizás más nuevo, una puesta en cuestión más radical de las normas de ordenación en las que todos nosotros habíamos participado para que se pusieran en movimiento. Y yo me pregunto si, a día de hoy, no está a punto de desarrollarse sobre esta pretendida muerte de la novela algo nuevo, pero algo que no conocemos todavía, que quizás esté a punto de hacerse, que exista como germen tal vez ya en alguna de mis novelas, de las tuyas o de las suyas, y que todavía no se identifica….”.

On vous intoxique

En el envés de la estética, la ética (o la política): todos los medios de comunicación, tal como muestra otro de los carteles de la época, se conjuraban para subyugarnos, pero si hubiera que destacar alguno por su contumacia y poder de dominación de nuestro inconsciente colectivo ese sería, sin ninguna duda, la escritura. Así lo escribía el mayor de los biblioclasmáticos, Jacques Derrida: “La bibliocultura seguirá haciendo la competencia, todavía durante un cierto tiempo, a muchas otras formas de publicación que se sustraen a las formas heredadas de la autorización, de la autentificación, del control, de la habilitación, de la selección, de la sanción, incluso de mil otras formas de censura”. Estando así las cosas -y siempre que creamos que son así-, Derrida anunciaba el advenimiento de una nueva época del discurso, de nuevos tipos de enlazamientos y construcciones no lineales: “aunque parezca lo contrario, esta muerte del libro anuncia, sin lugar a dudas (y, en cierto sentido, siempre ha anunciado), una muerte del discurso (de un supuesto discurso completo) así como una nueva mutación en la historia de la escritura, en la historia como escritura”.

Participación

La idea de que, una vez roto el discurso unilineal y unilateral, cabría generar espacios de participación colectiva, más ricos y diversos, está ya contenido en el cartel de la época, y nos llega hasta el día de hoy en todos los discursos sobre la abolición de la cultura escrita, el hipertextualismo, la generación colectiva de contenidos, el remix y cualesquiera otra etiqueta que pretenda describir la supuesta tiranía que el discurso y sus soportes tradicionales ejercen sobre nosotros y la manera en que podemos liberarnos de ellos.

El maestro Piscitelli regresa sobre estos temas en sus dos últimas entradas: “La cultura escrita, ¿es un instrumento de opresión?” y “De la literatura como ocasión para el sentimiento a la literatura como ocasión para la interpretación“, pero a estas alturas del siglo XXI, cuarenta años después de que grupos de jóvenes pegaran aquellos carteles en las calles de París y de que contemos con herramientas hipertextuales que nos permiten desagregar el discurso a voluntad, me parece que es hora de devolver el péndulo a su lugar: no siempre el discurso es una tiranía, tampoco el lenguaje, ni mucho menos el soporte que le da cobijo. En todo caso, será una cárcel a la manera en que lo comprendía Wittgenstein: que ningún ser humano puede traspasar las barreras del lenguaje, porque no existe nada más allá. Y eso se demuestra en que tanto Piscitelli, como Derrida, como todos los ilustres antecesores del Oulipo, como yo mismo, utilizamos largos discursos escritos con palabras, libros de centenares de páginas, para desarrollar ideas complejas que, de otra manera, sería imposible explicar, explicarnos. Y así somos un poco, un poquito, más libres…

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