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El papel y los medios de producción

En su entrada del 7 de noviembre pasado, “De una librería a otra“, Antonio Muñoz Molina escribe en su (extraordinario) blog:  “Claro que está bien, para muchas cosas, el libro electrónico. El Kindle no pesa casi nada y te permite llevar por ahí toda una biblioteca, y la tinta electrónica no necesita iluminación y no cansa la vista. A mí no me falta en ningún viaje. Pero para leer esas cartas de Bellow o el libro de poemas que acaba de sacar el gran Charles Simic yo prefiero el papel. Y no soy apocalíptico: habrá libros electrónicos y libros de papel, creo yo, igual que hay aviones y trenes y coches particulares y cada uno ocupa su sitio en el ecosistema del transporte. En Nueva York hay a pesar de los pesares unas cuantas librerías independientes como esta McNally Jackson en la que Javier Molea milita con entusiasmo por la literatura.La fuerza de Barnes & Noble era que estaba en todas partes, y en todas partes era igual, y al final esa ha resultado ser su debilidad. Lo que hace fuerte a una librería independiente es que no se parece a ninguna otra”. Quizás todo sea tan sencillo y tan razonable como lo que expone Muñoz Molina: conviviremos con una polifonía de textos y dispositivos que nos permitirán leer como queramos allí donde queramos. Lo esencial, en todo caso, será preservar el acto de la lectura y, en la medida de lo posible, salvaguardar algunos elementos (indispensables) del antiguo ecosistema editorial: las librerías.

Toyota by COast Featuring Terraskin from Terraskin on Vimeo.

Y puestos a reivindicar realidades híbridas, yo no imagino leer el Hadjí Murat de Tolstoi en nada distinto al papel. Eso sí: espero que el papel con el que se fabriquen de ahora en adelante los libros que lea hayan sido fabricados bajo demanda y con papeles ecológicamente sotenibles y/o, mejor aún, con papeles que pueden compostarse naturalmente, reintegrándose en el ciclo de las materias primas sin generar impactos perniciosos sobre el medio. Como cuenta Miguel Gallego en un blog que hay que comenzar a seguir, un papel como el Terraskin, presentado en sociedad la semana pasada, es “una mezcla de polímero y carbonato cálcico, con una proporción 20/80, y unas cualidades de impresión (hemos hecho pruebas), más que notables” que cumple con los exigentes requisitos que establece la norma de acreditación Cradle to Cradle, es decir, un producto capaz de regenerar el medioambiente al concluir su ciclo de vida técnico útil.

Si queremos seguir leyendo en papel; si contamos con una gama y un muestrario de papeles completamente ecológicos; si disponemos de máquinas capaces de obedecer a la demanda puntual de los lectores; y si los editores sabemos que no cabe seguir sosteniendo un modelo económico de sobreproducción antiecológico que atenta contra nuestra propia viabilidad económica, la integridad del medio y el interés social, ¿a quién le interesa que sigan prevaleciendo modos y maneras de hacer las cosas rancios y caducados?

Este mediodía, comiendo con algunos editores independientes, convencidos de que debíamos trabajar utilizando los recursos de los que disponemos, ajustando la oferta a la demanda, produciendo digitalmente, utilizando materiales respetuosos, haciendo más visible y accesible todo el patrimonio bibliográfico,  me manifestaban un terror compartido y apenas mencionado: si hiciéramos todo lo que sabemos que podemos hacer, ¿quién se atrevería a decirle a los distribuidores que se acabó esa relación desigual que dicta las tiradas, las colocaciones, las reposiciones y las devoluciones obligando a estirar y dilatar un modo de producción ineficiente e insostenible?

Tenemos los medios de producción, y hasta hace poco tiempo eso era considerado como una palanca suficiente para mover el mundo.

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