Posts etiquetados con ‘Tony Judt’

Palabras y pantallas

En Words, uno de los últimos artículos de la serie que Tony Judt escribió para el New York Review of Books y que tan intensamente evocó Vicente Molina Foix en un artículo reciente, “La aplazada muerte de Tony Judt“, aludió de manera inequívoca al papel devaluador de la cultura que algunos medios digitales de comunicación y algunas prácticas docentes actuales representan: “la inseguridad cultural engendra su doble lingüístico. Lo mismo es cierto para los avances técnicos. En un mundo donde Facebook, MySpace y Twitter (por no mencionar los mensajes de texto), las alusiones sucintas sustituyen a la exposición. Donde una vez Internet pareció representar una oportunidad para la comunicación sin restricciones, la tendencia crecientemente comercial del medio -”Soy lo que compro”- trae consigo empobrecimiento. Mis hijos observan sobre su propia generación que la taquigrafía comunicativa de su hardware ha comenzado a filtrarse en la comunicación misma: “la gente habla como los textos” que escribe. Y la conclusión le parece irrevocable, alarmante: “esto debería preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad lo mismo le ocurre a las ideas que expresan. Si se privilegia la expresión personal sobre las convenciones formales, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que privatizamos otras muchas cosas”.

Judt sostiene que la enseñanza y asunción de las convenciones formales de la expresión y la comunicación en la escuela, son fundamentales; que la progresiva degradación de la instrucción formal, del aprendizaje y uso de las fórmulas retóricas de la comunicación, conduce no sólo al empobrecimiento del lenguaje sino, sobre todo, de las ideas que transporta y, con ello, de la república de los seres humanos que contribuye a construir y sostener. Para Judt, que según su relato creció entre la algarabía de las conversaciones y las discusiones en varias lenguas en el comedor de su casa, que cultivó la pasión a lo largo de la vida por las palabras para arrancar de ellas toda su fuerza y que constituyeron su último reducto de libertad, la degradación a la que los medios de comunicación digitales acutales las somete, es peligrosa e intolerable.

Lisa Block de Behar, en su interesante Medios, pantallas y otros lugares comunes, ahonda en el problema de la desintegración de las palabras sometidas a la tiranía omnisciente de las pantallas: “la tecnología”, asegura, “ha pantallizado el mundo transformándolo en un parque multimediático trivial y espectacular a la vez, donde las pantallas no sólo aplanan -cada vez más planas- ese mundo global; no sólo lo verticalizan -cada vez más autoritarias-, sino que regulan sus paisajes, personas, hechos, ficciones y fantasías, mostrando y ocultándolos, entrelazados y a la par. Poco o nada se vi si no está en pantalla. Lo que importa se muestra en pantalla y, si no se muestra, no importa, no existe”.

Claro que no todo el mundo compartirá los argumentos previamente esgrimidos, que sostendrá, al contrario, que lo hace falta es quebrar la univocidad del discurso tradicional, destapar las imposturas de la comunicación profesoral unidireccional, romper con las retóricas añejas del discurso, saltárselas si es necesario para adaptarlas al vocabulario de quienes ya no se sienten identificados ni con el lenguaje ni con los medios de comunicación tradicionales, adoptar las herramientas de creación y expresión digital para generar un nuevo entorno de aprendizaje colaborativo donde las jerarquías tradicionales se evaporen. Eso es, en resumen y tal como yo lo entiendo, el edupunk, el movimiento antagónico a las pedagogías habituales que propugna el maestro Alejando Piscitelli, cada vez más habitual (afortunadamente), entre nosotros. Todo eso y muchas cosas más estaba anticipado en un libro tan imprescindible como inencontrable que es Nativos digitales.

Yo soy de los que cree que la solución -si la hay- a este debate no se encuentra ni un extremo ni en otro, ni en el cultivo exclusivo de la forma y la retórica tradicional, ni en la algarabía infoxicadora de las redes sociales. Algo de eso estaba en ya recogido en Sócrates en el hiperespacio, porque no es la primera vez en la historia que los soportes y, con ellos, las modalidades de creación y expresión de la información y el conocimiento se transforman pero sí la primera, quizás, en que somos históricamente tan conscientes del momento trascendental que vivimos.

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Lecturas largas y lecturas cortas (de verano)

La revista Time dedicaba la portada de su número del 23 de agosto (¿dónde quedará ya el verano?) a Johathan Franzen, algo que solamente ha ocurrido, en la historia de esa publicación, en cinco ocasiones contadas: Salinger, Nabokov, Morrison , Joyce y Updike. Eso sitúa a Franzen, cómo no, en la nómina de los escritores consagrados cuya opinión no conviene pasar por alto. Después de casi nueve años de dedicación a su proyecto recién publicado, Freedom, Franzen tiene una idea fundamentada sobre el futuro de la novela, de la escritura y de la lectura, en su concurrencia con otros medios de comunicación y otras textualidades más ligeras y fragmentarias. La lectura, en su quietud y su concentración sostenida, es lo contrario del atosigamiento de los medios digitales. “Estamos tan distradios y tan enfrascados con las tecnologías que hemos creado y con el aluvión de la así denominada información -asegura Franzen-, que nunca como ahora sumergirse en un libro atrayente parace algo socialmente útil”. Y remata afirmando: “el lugar de la quietud o la tranquilidad que es necesario para escribir y, también, para leer seriamente, es el punto donde realmente pueden tomarse decisiones responsables, donde puedes implicarte productivamente un mundo de otra manera aterrador e inmanejable”.  Freedom va, entre otras cosas, de la manera en que hacemos uso de la libertad que se nos concede.

Tony Judt, el historiador norteamericano de origen judío recientemente fallecido y que relató su debilitamiento progresivo en la prensa, dejó dicho en Words: “si las palabras caen en el deterioro, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos”, al menos todo lo que él tenía para comunicarse con el mundo, para resistir ante las acometidas de la enfermedad y para preservar un mínimo espacio de libertad en la penumbra. Y de la extrema importancia de las palabras habló también Enrique Gil Calvo este verano en “Lecturas en corto y ruido en la red“, un artículo de consulta imprescindible que pone el dedo en la llaga digital supurante: “Mientras que con las lecturas cortas de hoy en día, entrecruzadas como microrrelatos en la Red, ya no sucede así. En lugar de tener forma de flecha del tiempo, el formato de la lectura corta es circular o cíclico, como el de una ruleta, una noria o un tiovivo”, dice Gil Calvo. Y, un poco más adelante, extrae las consecuencias de tal aseveración: “las lecturas cortas de hoy en día, privadas como están de linealidad causal, se suceden al azar arracimándose en conglomerados gregarios sin más orden y concierto que el derivado de la promiscua casualidad. ¿Dónde va Vicente?: donde va la gente. Es la rueda de la fortuna, donde la atención lectora discurre al azar movida por las fluctuantes corrientes de la audiencia mediática, trazando así una trayectoria tan incierta y aleatoria como el corcho que flota a la deriva”. Es posible que muchos atribuyan tal opinión al regimen logocrático apegado al papel y a la textualidad lineal de todos los que se expresan en tales términos, y bien pudiera ser así en gran medida, pero no lo es menos la conclusión a la que se atreve a llegar Gil Calvo y que muchos otros callan por recelo y aprensión: “la lectura corta solo adiestra en la veleidosa práctica del nomadismo inconstante, quizás aventurero y promiscuo, pero potencialmente tránsfuga y desertor. Y ello debido a que las lecturas cortas dejan de ser eslabones de una cadena vinculante (o escalones de ascenso y descenso a cielos e infiernos) para convertirse en medios autosuficientes (fines gratificantes en sí mismos) pero también intrascendentes, ya que no ejercen consecuencias significativas ni conducen a ningún sitio. De ahí su carácter recurrente y adictivo, condenados como están al eterno retorno de lo mismo”.

Por si fuera poco, Calamaro está claramente en contra de Twitter, de su vaguedad y su vaciedad: “que perdida de tiempo escribir para hijos de homero simpson (…) participar en un coro de subnormales generadores de concepto Light (…) pero… que hago metido en el medio de la república de los culoblandos (…) que lastimado estaría mi pudor/ si resulto ser la cara amable del termo twitter/ 140 caracteres/ pueden metérselos profundo en el medio del ojete/ me importa tres pepinos/ perder un segundo más en el rebaño de boludos con blackberry”.

Sea cual sea la conclusión que pudiéramos sacar de la lectura de los textos y opiniones anteriores, lo cierto es que no pueden desmerecerse achacándoles, simplemente, que han sido pronunciadas por caducos ancianos logocráticos; tampoco pueden devaluarse los méritos de las textualidades digitales ni, menos aún, concluir de su posible incapacidad para transmitir mensajes complejos que no se vayan a convertirse en el lenguaje del siglo XXI, en el lenguaje de nuestra época. Lo que resulta obvio es que habrá que prestar atención a su convivencia y evolución,  a que difícilmente podamos prescindir de ninguno de los dos, y a que debamos aprender, en consecuencia, la manera de hacerlos convivir y cohabitar.

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