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La esperanza de las redes

No es más que una esperanza, un conato de organización política ciudadana al margen de los modos jerarquizados y partitocráticos de organización tradicional, pero se trata de una esperanza fundamentada en la fortaleza de los lazos que pueden llegar a tejerse mediante el uso de las redes sociales.

Tras el desalojo violento de la plaza de Taksim en Estambul, el lunes se reanudó la protesta de los ciudadanos que demandan nuevas formas de participación, una protesta, eso sí, silenciosa, como una reprobación colectiva cuya fuerza no radicara tanto en la algarabía como en la poderosa fuerza inquisitiva e interrogadora del silencio. De pie, frente a la imagen de Mustafa Kemal Atatürk, como si demandaran su presencia liberadora y laica, cientos de ciudadanos se oponen silenciosamente a la represión. Otros tantos lo hacen en las calles, de pie, leyendo reposadamente, demostrando su tozuda y silenciosa oposición.

Y todo eso se organiza mediante el uso de tres hashtags movilizadores: #OccupyGezi #Duranadam (el artista que concibió a comienzos de esta semana esa forma de protesta y se plantó en la plaza de Gezzi) y #standingman Las autoridades turcas han calificado a Twitter como herramienta de destrucción masiva, aunque quizás habría que denominarla, más bien, como de movlización masiva. “Tras el bloqueo informativo de los medios tradicionales”, puede leerse en declaraciones recogidas por el diario El País, “los jóvenes de Estambul y otras ciudades turcas recurrieron a fuentes como 140journos para recibir información creíble sobre las protestas. “Veo este parque como la encarnación de Twitter”, dice Onder señalando a su alrededor. “La gente retuitea la información que les llega, responde a ella, se guarda lo que le gusta en favoritos…”

Tal como escribía hace unos días Manuel Castells, “la imagen deformada de internet proviene del tremendismo de los medios de comunicación, aterrados por su supervivencia como medios unidireccionales controlados por el dinero y el poder, a pesar del periodismo profesional. De la fobia de intelectuales que perdieron el monopolio de la palabra. Del miedo de los gobiernos a una ciudadanía informada, capaz de autocomunicarse y autoorganizarse. Del temor de burocracias que basan su autoridad en el control de la información. Y de nuestro espanto a saber quiénes somos tras las celosías de la hipocresía social. Temer a internet es temer la libertad”. Pocos días antes el primer ministro turco había dicho respecto al uso movilizador de Twitter: “”Esa cosa que llaman redes sociales no es más que una fuente de problemas para la sociedad actual”, afirmó el domingo en un discurso televisado. “Hay un problema que se llama Twitter”, añadió. “Allí se difunden mentiras absolutas”.

Esa es, sin duda, la esperanza de las redes, la revolución de los medios de comunicación digitales en manos de los ciudadanos, la posibilidad de nuevas formas organización y movilización inéditas hasta ahora, el nuevo sistema social operativo.

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¿Por qué seguir publicando en una editorial?

Esta pregunta es no ya sólo legítima, sino perentoria, apremiante. En la lógica tradicional del campo editorial nacido en el siglo XIX y llegado hasta los albores del XXI, la cadena de generadores de valor estaba más o menos clara y bien trabada: el editor jugaba el papel de difusor selectivo estableciendo una complicidad intelectual básica con el autor que le confíaba la transmisión y reproducción de su obra. Esta relación circular de mutua consagración, de acreditación recíproca -la editorial adquiere prestigio al publicar a un autor reconocido o a un valor en ciernes y el autor adquiere renombre publicando en un sello asentado-, está en trance de cuestionamiento y, en gran medida, desaparición. La pregunta inicial puede formularse de varias maneras:

  1. hay quienes siguen pensando que solamente cabe difundir algo mediante el uso de los canales tradicionales: la semana pasada, de manera casual, en La Casa del Libro de Madrid, dos jóvenes profesoras pretendían convencer a uno de los libreros de la tercera planta, con sus originales en la mano, de que les hicieran un espacio para vender sus copias artesanas. No sé si me causó más congoja que ternura;
  2. hay quienes siguen considerando que publicar a través de un sello reconocido atraerá fama y dinero. Lo primero, si la empresa utiliza su artillería mediática, es posible que se alcance hasta cierto punto; lo segundo es, en la gran mayoría de los casos, imposible: si un autor llegara a vender 3000 unidades de un libro (lo que es mucho, muy por encima de la media, tanto literaria como de pensamiento) con un precio de tapa medio de 15 €, significaría que de haber negociado un 10% de derechos sobre el PVP recibiría 4500 €, compensación que no está nada mal, pero que equivale a dos salarios mensuales de un trabajador medio. Si tenemos en cuenta que un libro puede tardar de dos a tres años en escribirse y que los autores tienen por costumbre merendar todos los días, la recompensa no habrá pasado de unos 120 € al mes. Eso, claro, si no ha tenido que pagar por publicar, costumbre muy extendida que practican con absoluta impunidad sellos editoriales bien implantados cuyo nombre no revelaré. Se me olvidaba: puede sumar 100 o 200 € anuales de su entidad de gestión respectiva;
  3. hay quienes quizás no conozcan que cuentan con innumerables posibilidades digitales para convertirse en difusor autónomo de sus propios contenidos (Scribd); en comerciales de su propia obra a través del uso de plataformas POD (Lulu, Publicatuslibros, etc.); en donadores de su conocimiento mediante el uso de platormas de comunicación en abierto (DOAJ, Public Library of  Science); en colaboradores de proyectos de producción masiva de contenidos digitales (Wikipedia); en autores sin tasa ni medida que publican en sus blogs o bitácoras al ritmo de sus necesidades.

Si no hay dinero, y es casi más sencillo conseguirlo mediante estrategias de crowdfunding; si la fama no parece que provenga de la edición, y es más sencillo alcanzarla en el entorno de una red social que va dispensando su reconocimiento y su aprecio a medida que la colaboración crece (Twitter, Facebook, etc.); y si existen múltiples canales alternativos para gestionar de forma autónoma los contenidos que uno ha producido, ¿por qué seguir publicando, entonces, en una editorial? Más que las torticeras y retorcidas reflexiones sobre la piratería, quizás conviniera reflexionar seria y detenidamente sobre esta pregunta. De hecho, los editores alemanes dieron las suyas hace unas pocas semanas:

Es cierto, pero ninguna de esas cuatro competencias es hoy exclusiva ni absoluta, más bien al contrario, cada vez más extendida y  relativa. Creo, por eso, que hay que ir algo más allá,  practicar lo que me gusta denominar “método del ave Fenix”: reducir todo a cenizas para ver qué es lo que queda. ¿Y qué es lo que queda? En todo caso, la facultad acreditadora de un sello editorial, el prestigio que pueda transferir al autor que publique en su sello, la reputación que pueda alcanzar ligando su nombre y el de su trabajo al de la empresa que lo publica, algo que reposa sobre la construcción de un criterio exquisito de filtrado y selección por parte del editor, sobre la conformación de una oferta coherente y bien trabada, un catálogo bien ligado, sobre la capacidad de presentir las respuestas a las preguntas que la sociedad se plantee. Si eso ocurre, todavía vale la pena y cobra todo su sentido publicar en una editorial. Así lo pienso y practico yo; así lo piensa y lo practica, incluso, quienes piensan que Gutenberg solamente abrió un paréntesis.

Pero cuidado: ni siquiera eso es ya territorio exclusivo de los sellos establecidos: la posibilidad de combinar algortimos matemáticos con recomendaciones personalizadas derivadados del etiquetado colectivo (ontologías, taxonomías como las que se practican en Delicious, Mendeley, Twitter con sus hashtags#, por ejemplo) genera procesos de recomendación personalizados altamente pertinentes que prescinden de los canales y medios tradicionales de edición y publicación. De hecho, el uso de esos entornos de recomendación personalizados hacen descender el uso aleatorio de los buscadores y se convierte, en algunos casos, en fenómenos editoriales como el de Zite, que cumple el sueño de generar la revista personalizada de la que llevamos décadas hablando o como el de Flipboard, que hace realidad la ilusión de que las conversaciones se conviertan en publicaciones.

No es sencillo responder a esta pregunta, pero sospecho que en su respuesta está la clave del futuro de las editoriales.

 

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Going fast nowhere

Las herramientas de comunicación digital se han convertido en la atmósfera que respiramos, en el medio líquido en el que nos desenvolvemos, de manera que apenas podemos imaginarnos estar desconectados, dejar de contestar compulsivamente a los correos electrónicos que se amontonan por centenares, de seguir la lista de tweets que se actualizan a más velocidad de la que podemos leerlos, de intentar seguir el hilo roto de las conversaciones en Facebook, de anudar nuestros quebradizos lazos profesionales, de teclear torpemente con dos dedos mensajes SMS tan breves como a menudo ortográficamente imcomprensibles, de hacer todo esto a la vez y por separado, de sumergirnos en esa corriente digital que nos promete una suerte de nueva libertad a través de ese movimiento dinámico permanente. Lo cierto, sin embargo, es que ocurre todo lo contrario de lo prometido, y que cada vez más, se está tomando conciencia de los efectos antagónicos que esa velocidad sin objeto impone sobre nuestros sentidos, sobre nuestra capacidad de concentración y comprensión, sobre nuestra percepción del peso y la importancia del presente.

El último libro sobre este auge tan imparable como a menudo contraproducente de la revolución de los medios de comunicación digitales es el libro de Richard Watson  Future Files: How the Digital Age Is Changing Our Minds, Why This Matters and What We Can Do About It. Como el propio autor comenta en el artículo aparecido en FastCompany: “Our decision-making abilities are at risk because we are too busy to consider alternatives properly or because our brains trip us up by fast-tracking new information. We become unable to exclude what is irrelevant and retain an objective view on our experience, and we start to suffer from what Fredric Jameson, a U.S. cultural and political theorist, calls “culturally induced schizophrenia”.

Un grupo alemán desconocido por completo en España, Fury in the Slaugterhouse, compuso una famosa canción titulada, precisamente, Going fast nowhere, yendo deprisa hacia ninguna parte: la promesa liberadora de las tecnologías digitales, de esas múltiples personalidades o avatares fluidos en los que poder encarnarse, asumiendo el aspecto de una suerte de Easy Rider digital, se está convirtiendo, en realidad, en una forma renovada de Sísifo (basta con recordar cómo nos encontramos todas las mañanas nuestras cuentas de correo, el esfuerzo que invertimos en tratar de tramitarlos para, al final, reencontrarnos de nuevo con decenas si no centenares de nuevos mensajes que demandan nuestra atención renovada).

Hartmut Rosa, el gran sociólogo alemán cuya obra principal sigue sin ser traducida al español (y no será porque no insisto), dice: “…la velocidad, en este proceso, pierde todo su atractivo como fuerza de liberación y de autonomía. En lugar de eso, se convierte en el movimiento incesante de la rueda de un hamster”. No hay ya movimiento hacia delante, liberador; hay movimiento circular, ensimismado. Por sí mismas, las herramientas digitales, que propician un sentimiento de gratificación inmediata y constante, cierto desprecio paralelo por la concentración y por cualquier tarea que entrañe una lectura silenciosa y sostenida, son lo contrario de lo que la educación debería promover: la reflexividad y la autonomía, la dilación de la recompensa y el premio al esfuerzo sostenido. Por eso, no me parece que baste con aludir a Jacques Ranciere y al Maestro ignorante para ensalzar con cierta simpleza la supuesta emancipación que los estudiantes actuales obtendrían a través del uso de las herramientas digitales. Mucha literatura apunta a todo lo contrario: en “Why Minimal Guidance During Instruction Does Not work“, se dice: “Evidence for the superiority of guided instruction is explained in the context of our knowledge of human cognitive architecture, expert–novice differences, and cognitive load. Although unguided for minimally guided instructional approaches are very popular and intuitively appealing, the point is made that these approaches ignore both the structures that constitute human cognitive architecture and evidence from empirical studies over the past half-century that consistently indicate that minimally guided instruction is less effective and less efficient than instructional approaches that place a strong emphasis on guidance of the student learning process”.

Presumo que casi todos buscamos lo mismo, para nosotros y para los demás -autonomía, independencia, reflexividad, dominio de nuestra propia vida  y nuestro propio destino, madurez de criterio, bienestar, etc.-, por eso quizás convenga asumir, también con las tecnologías digitales, una distancia crítica que echo de menos en demasiadas adhesiones automáticas e irreflexivas.

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Palabras y pantallas

En Words, uno de los últimos artículos de la serie que Tony Judt escribió para el New York Review of Books y que tan intensamente evocó Vicente Molina Foix en un artículo reciente, “La aplazada muerte de Tony Judt“, aludió de manera inequívoca al papel devaluador de la cultura que algunos medios digitales de comunicación y algunas prácticas docentes actuales representan: “la inseguridad cultural engendra su doble lingüístico. Lo mismo es cierto para los avances técnicos. En un mundo donde Facebook, MySpace y Twitter (por no mencionar los mensajes de texto), las alusiones sucintas sustituyen a la exposición. Donde una vez Internet pareció representar una oportunidad para la comunicación sin restricciones, la tendencia crecientemente comercial del medio -”Soy lo que compro”- trae consigo empobrecimiento. Mis hijos observan sobre su propia generación que la taquigrafía comunicativa de su hardware ha comenzado a filtrarse en la comunicación misma: “la gente habla como los textos” que escribe. Y la conclusión le parece irrevocable, alarmante: “esto debería preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad lo mismo le ocurre a las ideas que expresan. Si se privilegia la expresión personal sobre las convenciones formales, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que privatizamos otras muchas cosas”.

Judt sostiene que la enseñanza y asunción de las convenciones formales de la expresión y la comunicación en la escuela, son fundamentales; que la progresiva degradación de la instrucción formal, del aprendizaje y uso de las fórmulas retóricas de la comunicación, conduce no sólo al empobrecimiento del lenguaje sino, sobre todo, de las ideas que transporta y, con ello, de la república de los seres humanos que contribuye a construir y sostener. Para Judt, que según su relato creció entre la algarabía de las conversaciones y las discusiones en varias lenguas en el comedor de su casa, que cultivó la pasión a lo largo de la vida por las palabras para arrancar de ellas toda su fuerza y que constituyeron su último reducto de libertad, la degradación a la que los medios de comunicación digitales acutales las somete, es peligrosa e intolerable.

Lisa Block de Behar, en su interesante Medios, pantallas y otros lugares comunes, ahonda en el problema de la desintegración de las palabras sometidas a la tiranía omnisciente de las pantallas: “la tecnología”, asegura, “ha pantallizado el mundo transformándolo en un parque multimediático trivial y espectacular a la vez, donde las pantallas no sólo aplanan -cada vez más planas- ese mundo global; no sólo lo verticalizan -cada vez más autoritarias-, sino que regulan sus paisajes, personas, hechos, ficciones y fantasías, mostrando y ocultándolos, entrelazados y a la par. Poco o nada se vi si no está en pantalla. Lo que importa se muestra en pantalla y, si no se muestra, no importa, no existe”.

Claro que no todo el mundo compartirá los argumentos previamente esgrimidos, que sostendrá, al contrario, que lo hace falta es quebrar la univocidad del discurso tradicional, destapar las imposturas de la comunicación profesoral unidireccional, romper con las retóricas añejas del discurso, saltárselas si es necesario para adaptarlas al vocabulario de quienes ya no se sienten identificados ni con el lenguaje ni con los medios de comunicación tradicionales, adoptar las herramientas de creación y expresión digital para generar un nuevo entorno de aprendizaje colaborativo donde las jerarquías tradicionales se evaporen. Eso es, en resumen y tal como yo lo entiendo, el edupunk, el movimiento antagónico a las pedagogías habituales que propugna el maestro Alejando Piscitelli, cada vez más habitual (afortunadamente), entre nosotros. Todo eso y muchas cosas más estaba anticipado en un libro tan imprescindible como inencontrable que es Nativos digitales.

Yo soy de los que cree que la solución -si la hay- a este debate no se encuentra ni un extremo ni en otro, ni en el cultivo exclusivo de la forma y la retórica tradicional, ni en la algarabía infoxicadora de las redes sociales. Algo de eso estaba en ya recogido en Sócrates en el hiperespacio, porque no es la primera vez en la historia que los soportes y, con ellos, las modalidades de creación y expresión de la información y el conocimiento se transforman pero sí la primera, quizás, en que somos históricamente tan conscientes del momento trascendental que vivimos.

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Lecturas largas y lecturas cortas (de verano)

La revista Time dedicaba la portada de su número del 23 de agosto (¿dónde quedará ya el verano?) a Johathan Franzen, algo que solamente ha ocurrido, en la historia de esa publicación, en cinco ocasiones contadas: Salinger, Nabokov, Morrison , Joyce y Updike. Eso sitúa a Franzen, cómo no, en la nómina de los escritores consagrados cuya opinión no conviene pasar por alto. Después de casi nueve años de dedicación a su proyecto recién publicado, Freedom, Franzen tiene una idea fundamentada sobre el futuro de la novela, de la escritura y de la lectura, en su concurrencia con otros medios de comunicación y otras textualidades más ligeras y fragmentarias. La lectura, en su quietud y su concentración sostenida, es lo contrario del atosigamiento de los medios digitales. “Estamos tan distradios y tan enfrascados con las tecnologías que hemos creado y con el aluvión de la así denominada información -asegura Franzen-, que nunca como ahora sumergirse en un libro atrayente parace algo socialmente útil”. Y remata afirmando: “el lugar de la quietud o la tranquilidad que es necesario para escribir y, también, para leer seriamente, es el punto donde realmente pueden tomarse decisiones responsables, donde puedes implicarte productivamente un mundo de otra manera aterrador e inmanejable”.  Freedom va, entre otras cosas, de la manera en que hacemos uso de la libertad que se nos concede.

Tony Judt, el historiador norteamericano de origen judío recientemente fallecido y que relató su debilitamiento progresivo en la prensa, dejó dicho en Words: “si las palabras caen en el deterioro, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos”, al menos todo lo que él tenía para comunicarse con el mundo, para resistir ante las acometidas de la enfermedad y para preservar un mínimo espacio de libertad en la penumbra. Y de la extrema importancia de las palabras habló también Enrique Gil Calvo este verano en “Lecturas en corto y ruido en la red“, un artículo de consulta imprescindible que pone el dedo en la llaga digital supurante: “Mientras que con las lecturas cortas de hoy en día, entrecruzadas como microrrelatos en la Red, ya no sucede así. En lugar de tener forma de flecha del tiempo, el formato de la lectura corta es circular o cíclico, como el de una ruleta, una noria o un tiovivo”, dice Gil Calvo. Y, un poco más adelante, extrae las consecuencias de tal aseveración: “las lecturas cortas de hoy en día, privadas como están de linealidad causal, se suceden al azar arracimándose en conglomerados gregarios sin más orden y concierto que el derivado de la promiscua casualidad. ¿Dónde va Vicente?: donde va la gente. Es la rueda de la fortuna, donde la atención lectora discurre al azar movida por las fluctuantes corrientes de la audiencia mediática, trazando así una trayectoria tan incierta y aleatoria como el corcho que flota a la deriva”. Es posible que muchos atribuyan tal opinión al regimen logocrático apegado al papel y a la textualidad lineal de todos los que se expresan en tales términos, y bien pudiera ser así en gran medida, pero no lo es menos la conclusión a la que se atreve a llegar Gil Calvo y que muchos otros callan por recelo y aprensión: “la lectura corta solo adiestra en la veleidosa práctica del nomadismo inconstante, quizás aventurero y promiscuo, pero potencialmente tránsfuga y desertor. Y ello debido a que las lecturas cortas dejan de ser eslabones de una cadena vinculante (o escalones de ascenso y descenso a cielos e infiernos) para convertirse en medios autosuficientes (fines gratificantes en sí mismos) pero también intrascendentes, ya que no ejercen consecuencias significativas ni conducen a ningún sitio. De ahí su carácter recurrente y adictivo, condenados como están al eterno retorno de lo mismo”.

Por si fuera poco, Calamaro está claramente en contra de Twitter, de su vaguedad y su vaciedad: “que perdida de tiempo escribir para hijos de homero simpson (…) participar en un coro de subnormales generadores de concepto Light (…) pero… que hago metido en el medio de la república de los culoblandos (…) que lastimado estaría mi pudor/ si resulto ser la cara amable del termo twitter/ 140 caracteres/ pueden metérselos profundo en el medio del ojete/ me importa tres pepinos/ perder un segundo más en el rebaño de boludos con blackberry”.

Sea cual sea la conclusión que pudiéramos sacar de la lectura de los textos y opiniones anteriores, lo cierto es que no pueden desmerecerse achacándoles, simplemente, que han sido pronunciadas por caducos ancianos logocráticos; tampoco pueden devaluarse los méritos de las textualidades digitales ni, menos aún, concluir de su posible incapacidad para transmitir mensajes complejos que no se vayan a convertirse en el lenguaje del siglo XXI, en el lenguaje de nuestra época. Lo que resulta obvio es que habrá que prestar atención a su convivencia y evolución,  a que difícilmente podamos prescindir de ninguno de los dos, y a que debamos aprender, en consecuencia, la manera de hacerlos convivir y cohabitar.

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