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Los 10 primeros años de la Ciencia 2.0.

Ayer 4 de abril celebró el OCW del MIT (Open Courseware) su primer décimo aniversario, que es casi tanto como decir la primera década de una nueva forma de hacer ciencia. En un famoso artículo titulado Open Content and the emerging global meta-university escrito en el año 2006 por el Presidente dle MIT, Charles M. Vest, se relatan los inicios de esa poderosa y visionaria iniciativa que cifraba el futuro de la Universidad no en la tradicional cerrazón y autosuficiencia de las añejas instituciones universitarias, sino, al contrario, en la creación de una gran plataforma abierta de contenidos gratuitos sobre la que comenzar a construir una red de excelencia universitaria global basada en la colaboración y la apertura.

Su aspiración, tal como consta en el texto de celebración de este primer aniversario, es alcanzar los mil millones de mentes colaboradoras para el 2021, una nueva forma de inteligencia colectiva agregada basada en la fortaleza de la red, en el principio fundamental de la ciencia, en todo caso: el conocimiento crece sobre los hombros de nuestros predecesores y lo hace tanto más deprisa y con mayor calidad cuanto más lo compartimos. Ser desinteresado es, paradójicamente, interesante; ser desprendido es  una forma, paradójicamente, de ver exponencialmente acrecentada nuestra consideración y reconocimiento.

La ciencia del siglo XXI ya no podrá ser igual: la web puso en manos de los científicos la posibilidad de apoderarse de sus medios de producción, o lo que es lo mismo, de prescindir de incómodas intermediaciones. La gestión consciente de su propiedad intelectual mediante la gradación controlada que las licencias Creative Commons ofrece, fue la segunda poderosa palanca sobre la que basaron su imparable progresión actual. La prueba fehaciente es PLOS, claro, y DOAJ, por extensión. Por eso mismo, también, puede uno encontrarse en la web lugares como OpenWetWare, pura ciencia abierta y colaborativa difundida en directo a través de un Wiki, o como BioBricks, banco de colaboración internacional en la investigación genética.

Pero no solamente los científicos profesionales tienen algo que decir en esta nueva fase de la ciencia 2.0: la ciencia ciudadana es ya una realidad en proyectos como GalaxyZoo, donde miles de ciudadanos se convierten en atentos observadores astronómicos capaces de describir nuevas galaxias. Los dispositivos digitales nos convierten a todos, potencialmente, en sensores capaces de aportar un flujo constante de datos a poderosas redes de investigación: EarthSystemGrid apuesta porque sean los usuarios quienes se conviertan en estaciones metereológicas de observación a partir de las que construir los mapas del tiempo, nunca tan precisos como ahora. La manera, incluso, en que se plantea la resolución de los problemas no es ya la de un cenáculo cerrado donde algunas cabezas privilegiadas diluciden su respuesta: Innocentive o NanoHub, son lugares donde se plantean abiertamente problemas globales a una mente global, la de los miles o decenas de miles de personas que deciden cooperar. En este tránsito, desaparecen los límites físicos de las universidades tradicionales y se genera, progresivamente, una gran red colaborativa, una metauniversidad global, tal como describiera en el artículo inicialmente mencionado Charles M. Vest. Ni la ciencia ni las universidades  serán lo mismo en el siglo XXI (afortunadamente).

Felicidades pues para el OCW y para todas las iniciativas que buscan en la colaboración y el open access una vía por medio de la cual hacer florecer el conocimiento. De esta y otras cosas, a propósito, hablaremos en Ciencia 2.0. Generación y creación de conocimiento en un mundo en red. UPC. Iniciativa Digital. En Barcelona, el próximo 11 de abril

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