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Las bibliotecas en la nueva geografía del conocimiento

Para intentar entender la evolución de una institución ancestral como es la de la biblioteca, hay que salirse fuera de ella. Para intentar vislumbrar cómo serán en el futuro esas instituciones que arrastran un imaginario ligado al siglo XVII, hace falta mirar alrededor, salirse de la acolchada burbuja de las salas de lectura y abandonar la idea de que el conocimiento solamente reside allí, y de que los bibliotecarios son aquellos que han sido designados para clasificarlo, ordenarlo, custodiarlo y dar (o no) acceso a su consulta. Ese lastre histórico, que tuvo su sentido y que tiene una clara genealogía histórica, marca todavía el sentir de muchos bibliotecarios y su práctica cotidiana: la certeza de que el mundo puede ser ordenado y clasificado mediante thesaurus y otros vocabularios similares que dividen el mundo de manera arbitraria; de que el conocimiento está principalmente ligado a un solo soporte, el del libro, donde se han sedimentado milenios de sabidura; de que los bibliotecarios son los cancerberos que custodian celosamente el acceso a tan preciados bienes, todo dentro de una lógica logocéntrica que determina el diseño de los espacios y las normas de lectura y consulta (en silencio, separadamente, de manera reflexiva y recogida, acatando ciertas normas de aislamiento e incomunicación).

Todo eso tuvo su sentido pero intentar comprender la evolución futura de las bibliotecas basándose en ese punto de vista, nos haría olvidar lo que está ocurriendo en derredor, y las bibliotecas son solamente instituciones sometidas a las mismas tensiones que el resto de las empresas humanas.

Las bibliotecas, como las placas tectónicas, sufren una deriva que ni ellas mismas advierten, pero que las transformará de una manera irreversible:

  • La aparición de Internet ha tenido como consecuencia no solamente la transformación de los soportes y las maneras en que consumimos y compartimos la información, sino que ha traído consigo la posibilidad de que cualquiera pueda generar contenidos. Internet -hay que repetirlo una vez más- democratiza la posibilidad de que cualquiera comparta una porción significativa del conocimiento que posee, de ahí que uno se pasme ante la cantidad ingente de contenidos que cada minuto se suben a YouTube, Wikipedia, WordPress o cualquiera de las plataformas que facilitan ese intercambio.
  • La explosión de los medios digitales como forma predilecta de producción, circulación y uso del conocimiento hace que los libros tradicionales ya no ocupen, forzosamente, el centro del ecosistema informacional;
  • Los sabios debebn bajarse de sus torres y admitir que, por fin, una nueva sociedad de intérpretes cualificados está adviniendo: apenas quedan resquicios ya de ese resabio clásico en el que existía una clara separación entre el experto y el supuesto amateur: las jerarquías tradicionales entre unos y otros se desvanecen y surgen nuevas formas de articulación entre el saber experto y el saber común.
  • La educación a lo largo de la vida, esa reclamación que ya estaba presente en el informe del Club de Roma del año 79, No limits to learning, se hace ahora realidad: la biblioteca debe ser el espacio que encarne esa posibiliad;
  • La sociedad red, por otra parte, exige formas relacionales de gobernanza de las organizaciones -incluidas las bibliotecas-, basada en nuevas formas de regulación, cooperación y horizontalidad. Si los expertos ya no disponen de la supuesta exclusividad en la producción de conocimiento, surgen nuevas formas del saber que piden desarrollarse en contextos espaciales más abiertos y complejos.
  • El hacer, en  buena medida, se impone -en un nuevo giro epistemológico- como principio rector mediante el cual se genera ese nuevo conocimiento (el movimiento Maker y DIY lo atestiguan), de manera que los usuarios no solamente se valen de los libros como tecnología prinicipal de acceso al saber, sino de nuevos instrumentos y herramientas para generar conocimiento compartido;
  • Nos encaminamos hacia una nueva sociedad de intérpretes cualificados -en cierta forma más compleja y discontinua- contra el automatismo de los lectores tradicionales -en cierta maner, más simple y lineal-.

Lo quieran o no, lo presientan o no, las bibliotecas pasarán a formar parte de una nueva geografía del conocimiento y la innovación más centrada en los usuarios y en el conjunto de herramientas y servicios que deben poner a su disposición para que puedan no solamente consumir contenidos, sino generarlos y compartirlos. Y los bibliotecarios tendrán que redefinir sus funciones, su papel y sus competencias, porque ya nunca más serán como aquel bibliotecario caricaturizado por Umberto Eco que estaba dispuesto a asesinar por preservar el acceso a las colecciones que custodiaba.

Esta semana he tenido la oportunidad de tratar este mismo asunto en dos foros distintos: en Liburutekia 2014, celebrado en Bilbao, y en el VII Congreso Nacional de Biblioteca Públicas, y la conclusión ha sido obviamente la misma: las bibliotecas deben pensarse fuera de ellas mismas, atentas a lo que ruge en su entorno, como hitos de una nueva geografía del conocimiento.

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