La evolución de los barquillos


Los  barquillos que se vendían en la alameda de Vigo fueron uno de los placeres de mi niñez. Y también una de mis preocupaciones. Depredador incansable de barquillos, pero con presupuesto limitado, comprobaba cómo su precio no dejaba de subir con el tiempo (mucho más rápido que el incremento de mis ingresos). Para colmo, su tamaño no dejaba de menguar.

Para el matemático en ciernes que yo era por entonces, resultaba obvia la tendencia que asolaba a los barquillos: progresiva disminución de tamaño asociada a un continuo incremento en el precio. ¡En algún momento un barquillo de tamaño cero alcanzaría un precio infinito!

Pero mucho antes de que esto ocurriese, dejé de tener recursos para poder comprarlos. Y lo mismo les pasó a los otros chiquillos vigueses. El resultado fue que los barquilleros desaparecieron antes de que alcanzaran el fantástico negocio de vender el barquillo inexistente a un precio infinito.

Los barquillos me enseñaron que las tendencias direccionales están condenadas, más pronto que tarde, a su fin.

Sin embargo, hoy en día nuestro mundo sigue una tendencia tan peligrosa como la que extinguió a los barquillos: aumentar la productividad (crecimiento ilimitado) reduciendo los costes. Es fácil ver que para ese nuevo dios todopoderoso que hemos inventado -y que llamamos “el mercado”-, la panacea es seguir con la tendencia que conduce a una producción infinita con coste cero.

Cualquiera que tenga el nivel elemental de Matemáticas que se consigue a los diez años, resulta obvio que se trata de una tendencia absurda. Pero parece que muchos de nuestros gestores económicos y políticos no han alcanzado todavía ese nivel.

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El caso Lysenko


Si algo se aprende en una vida dedicada a la investigación es a valorar el concepto de lo relativo y huir de los maximalismos. En ciencia no hay dogmas ni caben los dogmáticos, y cuando este espíritu invade los despachos de los burócratas, se corre el riesgo de hacer que fracase toda la sociedad, como le ocurrió a la soviética, cuya agricultura -y por tanto la alimentación de toda la población- todavía está pagando los errores cometidos (al intentar que la política totalitaria pueda aplicarse a las ciencias biológicas) por abrazar sin más el dogma revolucionario.

Lenin escribió que “salvo el poder, todo es ilusión”, pero los jóvenes bolcheviques, imbuidos por el espíritu del nacimiento de un nuevo hombre, llegaron a confundir poder e ilusión, e impregnados de prejuicios sobre todo aquello que pudiera parecer pequeñoburgués, se emplearon a fondo a erradicarlo.

Trofim Lysenko (1898-1976), ingeniero agrónomo y prohombre del régimen, es el responsable directo del atraso del campo soviético e indirecto de las hambrunas que ha padecido el país, así como de que la Unión Soviética pasara de ser exportador a importador de trigo.

Experto en producción de cereales e iluminado, este director de la ciencia agrícola abrazó un nueva y brillante teoría sobre la producción de semillas, la vernalización (la capacidad que tienen determinadas plantas para florecer en invierno), y auguró que su adaptación a las condiciones ambientales del campo soviético era la adecuada.

Apoyado además en un teórico descubrimiento suyo, un método para abonar la tierra sin utilizar fertilizantes o minerales -que se demostró erróneo con el paso del tiempo- Lysenko se dedica a perseguir los vestigios de la ciencia pequeñoburguesa, lo que derivó en purgas donde perdieron la vida varios investigadores y en la satanización de la genética “elitista y burguesa” (como si fuera posible que alguna ciencia tuviera alguna de estas características) porque estaba contaminada y no respondía a los designios de la revolución.

Todas aquellas semillas resultantes de procesos de selección genética fueron destruidas y sustituidas por las nuevas, con un resultado catastrófico para la producción.

Lysenko es la grotesca caricatura de cómo los prejuicios ideológicos junto con la teoría de la herencia de caracteres adquiridos se abren paso y se imponen en los despachos dirigentes de todo un país: esa teoría que subraya que la evolución de las especies es solo fruto de un proceso de adaptación al entorno, es decir, que la evolución es un proceso adquirido y no heredado, y por lo tanto no genético -y si no es correcto, habría que poner la teoría o soporte teórico adecuados-.

Su estrella brilló con Stalin, con quien llegó a intercambiar cartas sobre la naturaleza de sus supuestos descubrimientos. Asimismo, se aventuraron a hacer profecías que jamás se cumplieron (“pronto hablaremos en Moscú sobre la producción de plantas de caucho y la siembra de trigo en invierno”, decía don José) y se fue apagando muy lentamente con Kruchev.

La razón científica se fue imponiendo lentamente al dogmatismo revolucionario a lo largo de los años setenta y todas sus extravagantes teorías fueron desechadas. Lamentablemente, sus consecuencias perduran. En 1964, el entonces físico y luego Premio Nobel Andréi Sájarov, dijo de él en la Asamblea General de la Academia de las Ciencias: “Es responsable del vergonzoso atraso de la biología y genética soviéticas en particular, por la difusión de visiones pseudocientíficas, por el aventurismo, por la degradación del aprendizaje y por la difamación, despido, arresto y aún la muerte de muchos científicos genuinos”.

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La evolución de los coches (y de los caballos)


Eran tiempos de cambio: finalizaba el Franquismo y empezaba la Transición hacia la democracia. Y entre las muchas novedades que revolucionaban la vida cotidiana, llegaron dos nuevos coches: el Volkswagen Polo (1975) y el Ford Fiesta (1976). Sucesivos modelos de los mismos se han mantenido en el mercado durante los últimos 35 años. Pero han cambiado. Y mucho.

Al margen de las considerables modificaciones de forma y estética (y los indudables avances tecnológicos), sin duda el mayor cambio es la evolución de su tamaño: el primer Fiesta medía tres metros y medio de largo y pesaba 720 kilos, mientras que el actual mide cuatro metros y pesa 1.041 kilos. Con el Polo ocurrió otro tanto.

No pasó de golpe. Ocurrió progresivamente. Cada nuevo modelo resultó ser un poco mayor que su antecesor.

Curiosamente, los caballos han seguido una tendencia similar. El registro fósil nos permite estudiar la evolución de los ancestros de caballos a lo largo de los últimos 30 millones de años. Aunque parezca mentira, los primeros tenían el tamaño de un perro pequeño. Pero cada nueva especie que aparece (al igual que cada nuevo modelo de Fiesta o Polo) es un poco más grande y potente, especializándose en ser un poco más veloz. El paleontólogo George Gaylord Simpson analizó en detalle esta tendencia. La selección natural favoreció a caballos cada vez más veloces que comían duras hierbas de praderas.

Justo como los coches: cada vez más grandes, más potentes y con un menor consumo de combustible.

Pero las tendencias de crecimiento no se pueden mantener siempre: antes de los caballos, muchas especies de dinosaurios siguieron una tendencia de crecimiento. Pero en un determinado momento, se extinguieron.

Tampoco los Fiesta, ni los Polo, seguirán creciendo eternamente.

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El libro de instrucciones contra el cáncer


Vencer el cáncer es uno de los caballos de batalla de la ciencia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Cada semana, cada mes, aparecen noticias esperanzadoras sobre técnicas, fármacos o simplemente algo tan básico como determinante: conocer cómo se desarrolla a través de secuenciar los genes que conducen a su aparición.

La penúltima se refiere a la leucemia linfática, tiene apellido español (sus protagonistas son un grupo de investigadores españoles liderados por los doctores Elías Campo y Carlos López Otín) y aborda la secuenciación completa del genoma de este tipo de cáncer, un paso previo para encontrar los tratamientos adecuados.

Se sabe que el cáncer se produce por un conjunto de daños genéticos en las células normales. Estas alteraciones hacen que proliferen una serie de células de manera incontrolada que irrumpen en el normal funcionamiento del organismo (en este caso linfocitos B).

Así planteado puede parecer una cuestión tan sencilla como reparar un circuito eléctrico: averiguamos cuál es la célula que falla, la aislamos y la cambiamos por una sana. Y así de simple sería si contásemos con el plano completo del circuito (y lo supiéramos interpretar). Ahora bien, ¿existe un libro de instrucciones sobre el funcionamiento de las células?

Existe: esta información está almacenada en el ADN y atesora toda la información de lo que ocurre en nuestro interior. Pero es un mapa sin descifrar, un gigantesco jeroglífico que numerosos grupos de investigación en todo el mundo se afanan por leer y entender.

Esta tarea de identificar partes de ese mapa de millones de entradas se denomina secuenciar: una minuciosa y complicada tarea. Solo el genoma del cáncer linfático está formado por más de 3.000 millones de nucleótidos, unidades químicas que nos dan la información completa del mismo. Identificados todos, se trata de comparar células sanas con células enfermas y hallar de este modo las mutaciones.

Localizada la mutación, el resto, solo consiste en descifrar el porqué se producen e intentar corregir la anomalía. El grupo liderado por los investigadores españoles lo ha conseguido, ha podido comprobar que cada tumor ha sufrido unas mil mutaciones en su genoma.

El estudio de las mutaciones ha permitido identificar cuatro genes, los cuatro genes que cuando varían producen este tipo de leucemia que cada año afecta a unas mil personas solo en España.

Como un paciente constructor de puzzles, este grupo ha logrado encajar una pequeña esquina del mapa. Como dijo el famoso cosmonauta, un pequeño paso para el hombre, pero uno grande para la humanidad. Pero si levantamos la vista, da vértigo pensar en la cantidad de información que falta por descubrir y el poco dinero que destinamos a estos menesteres si lo comparamos, por ejemplo, con el que se lleva el fútbol. ¿No creen?

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Errores que llevan al éxito


En la publicación de los trabajos de los investigadores (da igual su disciplina), es imprescindible pasar el control de otros miembros de la comunidad científica que verifican y validan los resultados. Es un filtro que da credibilidad a la difusión de los resultados que se obtienen en cualquier investigación.

Sin embargo, los controles algunas veces fallan, y de qué modo. Pequeño fue el escándalo protagonizado por el doctor Hwang Woo-Suk: primero cuando pregonó a los cuatro vientos que había clonado células humanas y luego cuando se descubrió que todo era un engaño. El fraude empañó a los editores de la prestigiosa revista Science y puso un poco en solfa el sistema en uso.

Ahora bien, si los tramposos se cuelan por las rendijas de los exhaustivos controles actuales, ¿qué no habrá podido pasar años atrás, cuando los controles no eran tales? De todos los posibles fraudes –afortunadamente, muchas teorías han sido revisadas con posterioridad-, uno sigue dando que hablar: el supuesto engaño (sí, digo supuesto) que en el año 1911 un estadístico dijo haber descubierto.

A finales del siglo XIX, un fraile de la localidad checa de Brno realizó una serie de experimentos que transformarían radicalmente la genética clásica. Gregor Mendel, así se llamaba el fraile, experimentó con plantas de guisantes y demostró cómo se heredaban los caracteres de generación en generación.

Demostró que había caracteres más persistentes que otros y que, a partir de la primera generación, se manifestaba el carácter dominante. También sus investigaciones demostraron que los caracteres recesivos, los que no son dominantes, se transmiten de abuelos a nietos. Con Mendel y sus guisantes nació la genética y aprendimos por qué somos rubios o morenos en función de los cruces de nuestros ancestros.

Según el estadístico Fisher, las cuentas no salían como Mendel dijo; el fraile habría hecho trampas retocando los datos para que le cuadraran los porcentajes. Todavía hoy se discute sobre el tema y el rigor del mosén. Nunca sabremos los cálculos originales de Gregor Mendel, ya que los manuscritos se destruyeron a su muerte siguiendo una tradición un tanto peculiar de su cenobio, y por lo tanto, tampoco si las afirmaciones de Fisher son correctas.

Por fortuna, en ciencia, además de los datos puntuales, el método que se utiliza en cualquier investigación y la intuición (el camino que se marca) también son importantes (a veces tanto o más que el resultado final) y la hipótesis ha sido refrendada por numerosos experimentos que se han realizado después.

Así que, en el caso de nuestro fray, de haber maquillado los resultados de sus trabajos para hacerlos más creíbles, la cosa no pasa de ser un pecadillo de monja que no invalida la revolución que provocaron sus trabajos en el campo de la genética y la biología.

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El sexo mata


Aquellos que dedican incansablemente sus energías a encontrar la fuente de la eterna juventud debieran saber que envejecer no sólo forma parte del proceso evolutivo (el de la humanidad y el de la vida en general), sino que gracias a que eso es así existe el sexo. Sí, sexo y envejecimiento van unidos, quién lo iba a decir…

La diferenciación de las especies en machos y hembras (es decir, por sexo) es otro producto de la evolución. La mayoría de los organismos que pueblan la Tierra no tienen sexo y no envejecen (salvo limitaciones termodinámicas), cuentan con una información genética pequeña y con un sistema de corrección de errores muy eficiente.

Son los amos del planeta, viven en él desde hace 3.500 millones de años reproduciéndose, mutando y sometiéndose a la acción de la selección natural. Y no hay ninguna duda de que, cuando los seres humanos nos extingamos, seguirán aquí. Hicieron y hacen grandes obras, como producir el oxígeno que respiramos, la materia orgánica o hacer funcionar los ciclos biogeoquímicos (aunque comparen sus vidas con las nuestras y valoren cuál es más entretenida).

Pero hace cerca de 2.000 millones de años, caprichos de la evolución, la vida desarrolló un nuevo sistema, que fue el intercambio de mensajes, el intercambio de información, pudiendo obtener un mensaje perfecto de dos textos con errores (el sexo).

Y del intercambio surgieron sorpresas: la vida pasó de ser un inmenso tapiz de algas microscópicas a una preciosa diversidad de organismos que corren, vuelan, nadan, desarrollan culturas, se preguntan por el futuro, escriben, disfrutan del sexo (del buen sexo), y a menudo temen al envejecimiento y la muerte (aunque eso tiene que ver con algo que hemos convenido en llamar conciencia).

El envejecimiento celular y el de los organismos está determinado genéticamente. La secuenciación del genoma humano nos ha permitido conocer cuáles son los genes de envejecimiento, donde están y cómo funcionan. Aunque aun no tenemos todas las respuestas. Envejecemos porque nuestro material genético, al igual que cualquier sistema que almacena información, con el paso del tiempo se estropea y los sistemas de corrección de errores también. No funcionan para siempre.

Solo hay dos tipos celulares dentro de nuestro organismo que no envejecen: las células cancerosas y las células reproductoras.

Carl Sagan decía que siempre es mejor estar vivo que muerto… Nosotros podríamos añadir: aunque se sea viejo.

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Manipulación genética o selección natural


Mary Shelley puso negro sobre blanco uno de los sueños del hombre: crear la vida a partir de la muerte (o de la nada) y, por lo tanto, la posibilidad de jugar a ser supremo o, cuando menos, introducir variantes en la cadena evolutiva, alterándola a voluntad. Luego, como un siglo más tarde, se desarrolló la genética y, de la literatura, el sueño se trasladó al laboratorio.

Descifrar el mapa genético de las especies vivas ha abierto un mundo lleno de posibilidades y nos ha acercado a otro sueño de la humanidad: crear organismos -ya sean complejos, como el del hombre, o más sencillos, como los de las plantas- que sean inmunes a enfermedades.

En la literatura (más tarde llevada al cine en forma de superproducción), incluso la ilusión llegó a la posibilidad de recrear a partir de restos de ADN especies desparecidas. Pero, en este caso, se trata de un sueño -que es ya una realidad- con su pesadilla adosada: el debate ético de hasta dónde se puede (se debe) manipular.

Y en ese límite, como por ejemplo en el de las plantas, la no menos relevante discusión sobre si resulta lícito qué fruto de la misma -la manipulación- y en aras al beneficio a corto plazo estemos provocando cambios tan sustanciales en los ecosistemas que, a la larga, producirán más prejuicios que esos supuestos beneficios que van a acarrear (ya sabemos que alterar la cadena trófica de la vida nunca sale gratis, siempre tiene consecuencias). El debate más actual es el de los transgénicos.

Otros prefieren tirar por el camino del medio e, imbuidos por una cierta vocación científica/comercial, creen haber hallado una fórmula mixta que vadea el debate ético: acelerar el proceso de selección natural.

De cuando en cuando, los informativos, ya sea en prensa, radio, televisión o Internet, nos sorprenden con noticias del hallazgo de una supercalabaza o de una patata de dimensiones inusuales, o un tomate que pesa más de un kilo.

Estos superespecímenes tienen las misma composición que sus primos más normalitos, del mismo modo que Asafa Powell, Michael Jordan o Pelé tienen la misma composición que cualquier mortal, pero su genética les permite correr, saltar o driblar como endemoniados. Simplemente, sus organismos han evolucionado un poquito más que los de los demás y han podido desarrollar estos hechos diferenciales.

Si conseguimos aislar a estos sujetos especiales (sean personas o semillas) y juntarlos entre ellos, ¿conseguiríamos mediante la selección natural mejorar la raza? Ellos piensan que sí, que no se trata de manipulación genética, sino de selección natural, algo tan viejo y consustancial a la vida como esta misma. De hecho, las especies que mejor se adaptan al medio son las que sobreviven, es decir, las mejores.

Esta práctica ya se ha convertido en realidad en el laboratorio; se están aislando y cruzando entre sí estos superdotados y, en menos de un año, las semillas resultantes se plantarán en los campos de medio mundo.

Para entonces (en las cosechas venideras) dejará de sorprendernos eso de que un granjero descubra con asombro cómo en su huerto ha crecido una calabaza gigante. Ahora bien, ¿eso no es lo que pretendían los nazis en los experimentos sobre gemelos y, en general sobre la supremacía de los arios, realizados en los campos de la muerte?

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Genética zurda


El primer hecho diferencial de verdad —sin entrar en el debate de género y en esas malas pasadas de la genética que hace que de dos padres blancos salga un niño negro sin ningún factor ornamental añadido— es el hecho de nacer zurdo, zocato (palabra que por su fonética suena ya a insulto).

Esta particularidad del ser humano es algo que sume en la duda a los progenitores, en numerosas ocasiones, a lo largo de la fase de crecimiento de sus cachorros y dificulta, a veces de manera grave, los procesos de adaptación. Observan con atención con qué mano coge su pequeño de manera natural los objetos —por ejemplo, el peine o la pelota–, los cubiertos, la tendencia que muestra a cortar la comida cuando comienza a utilizar el cuchillo, por dónde empieza a vestirse…

Aparentemente, como lo natural es que el ser humano utilice preferentemente su mano derecha para ejecutar las acciones, la tendencia es que los procesos de aprendizaje se realicen en esta dirección, en ejercitar esa parte de nuestro cuerpo y corregir el defecto.

Así, los chavales zurdos son obligados a modificar su incipiente instinto y a comenzar un proceso de adiestramiento para el que no están preparados. Eso hace que en principio se muestren más torpes, lo que llena de preocupación a papá y a mamá, pensando en que a su nene le pasa algo. Entonces, para algunos comienza un lento peregrinar —alguno acaba en el psicólogo— y un estigma que les señala desde pequeño.

De hecho, se utiliza la palabra diestro para destacar una habilidad, mientras que siniestro ya sabemos que está dotado de connotaciones negativas. Y eso en todas las culturas: los mandarines consideran lo zurdo como lo impropio; los árabes como algo sucio, impuro; los asiáticos podían repudiar a su mujer si descubrían que eran zurdas; y los noruegos utilizan el vocablo para definir algo poco satisfactorio. En definitiva, un castigo divino.

Afortunadamente, la sociedad se ha vuelto algo más tolerante con los diferentes, e incluso ya existen tiendas especializadas en vender objetos para el uso preferente de la mano izquierda. Pero, en cualquier caso, un consejo para navegantes, que en esto —como en otros asuntos— el séptimo de caballería de la genética también nos da pistas para no llevarnos a error.

Miren con atención los remolinos de la cabeza de su bebé. Sí, esos que se forman en la coronilla. Si se organizan de derecha a izquierda, es decir, que el pelo se enreda siguiendo el sentido de las agujas del reloj, no tenga dudas: el peque, casi seguro, es diestro. Si, por el contrario, el remolino se dirige de izquierda a derecha, tiene una alta probabilidad de ser zurdo y, ya sabe, a potenciar las habilidades con este parte del cuerpo.

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La larga cadena de la genética


En mi niñez, la casa de mi abuela estaba rodeada de misterio: desde la oscura bodega con prensas y barriles para el vino hasta el trastero en penumbra con casi un siglo de cachivaches, todo era un arcano en estado puro. Pero el mayor misterio era sin duda alguna El Finado.

En las conversaciones de los adultos —rigurosamente prohibidas para los niños— y que yo espiaba siempre que podía, a menudo se le mentaba. Le tenían un respeto reverencial, y muchas de las discusiones terminaban con la frase “¡menos mal que no se enteró El Finado!”.

Asumiendo los riesgos de la empresa, me dediqué durante meses —con más miedo que fortuna— a buscarlo por aquella inmensa casa. Con el tiempo, acabé convencido de que vivía tras una puerta permanentemente cerrada en el piso de arriba… Años después supe que tras la cancela solo había una cocina de leña en desuso, y que El Finado era mi abuelo, muerto años atrás.

Supe además que cuando nací se llevó una extraordinaria alegría, porque conmigo continuaría el apellido. Con el tiempo también supe que El Finado me había pasado la cuarta parte de mis genes —e incluso todo mi cromosoma Y— y, seguramente, también algunas de sus ideas, costumbres y gestos, que pasaron primero a mi padre y luego a mí.

En ocasiones, realizo un viaje al pasado y me detengo a ensoñar cómo sería el abuelo de El Finado, y los numerosos abuelos y abuelas de los abuelos y abuelas suyos. Me dejo invadir por un extraño vértigo al comprobar cuan larga es esa cadena que une a todos mis antepasados, y que no hubiese fallado ni una sola vez.

Todos mis antepasados tuvieron descendientes. Cumplió El Finado, su ancestro Cromañón y, dos millones de años atrás, el Australopitecino, el curioso buscador en la sabana… Tampoco falló su más lejano predecesor, el pequeño primate que hace 15 millones de años apostó por mirar la vida a través de sus grandes ojos frontales; ni su ancestro, el pequeño mamífero que amamantó a sus hijos oculto en una grieta rocosa mientras los grandes dinosaurios hacían temblar la tierra 80 millones de años atrás.

Cumplió su ancestro todavía anfibio que ponía huevos en una charca y su antecesor pez celecanto, que arrastró sus aletas por la orilla; también su antepasado vermiforme, arrastrándose en el fango marino hace más de 600 millones de años, y el primigenio organismo unicelular que nadaba en el mar de hace 1.500 millones de años (y que tanto se parece a los que ahora yo estudio como científico).

Se reprodujo con éxito su ancestro arquibacteriano y en anterior protocelular, quizás venido de otros ancestros de lejanos planetas y de quien heredé mi sistema molecular, ADN, ARN, proteínas…

Todos vivieron en su tiempo, y murieron cuando les llegó su hora. Pero todos, absolutamente todos, pasaron con éxito sus genes a sus descendientes durante un período (una cadena) de más de 3.500 millones de años.

¡Menos mal que El Finado no se enteró que no continué su apellido! Nunca tuve hijos biológicos… Pero lo que más abruma es pensar que he sido yo el que ha cortado una larga cadena que venía de la noche de los tiempos; la continuidad de millones de ancestros terminó en mí. ¡He roto una enorme serie que equivale en términos humanos a 160.000 millones de generaciones de ascendientes!
¿Sabrán perdonarme si les dedico esta reflexión?

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Discusiones de bar que llevan al Nobel


La imagen de un ser atormentado, ebrio de alcohol, buscando a su musa en oscuros o siniestros bares para después plasmarlo en un lienzo, o la de otros jóvenes discutiendo acaloradamente en torno a una mesa repleta de vasos medio llenos (o medio vacíos, según se mire) que de pronto sacan papel y lápiz para registrar los acordes de una canción, los esbozos de un poema o la idea para un relato no resulta extraña en el imaginario colectivo cuando queremos simbolizar el genio creativo.

Prácticamente a nadie le extraña que Van Gogh (o cualquier otro superdotado de los pinceles) tuviera que nadar en absenta para visionar sus paisajes o retratos, o a Nietzsche dándose un chute para deslizar sus teorías del superhombre. Ahora bien, si hablamos de otras creaciones y de otros genios, por ejemplo los científicos, esa imagen bohemia —de un irresistible atractivo— se torna en una de tal pulcritud y limpieza que echa para atrás. Newton leía plácidamente a la sombra del manzano cuando cayó la fruta madura, et voilá, Teoría de la Gravedad al canto.

Los rayos X se vislumbraron en el interior de un laboratorio casi por error… Y también una casualidad en la sala contigua permitió a Bell inventar su teléfono. Vamos, que si bohemia y arte van de la mano, aburrimiento y ciencia resultan sinónimos.

Todos los hombres de ciencia, salvo Einstein, a quien se le ha permitido convertirse en la excepción a la norma, si quieren pasar por genios han de conservar un gesto adusto, esperar en su laboratorio el encuentro con la inspiración; y de los bares… ni hablar, apenas pisar la cafetería del campus para tomar un cafelito, y gracias.

Nadie en su sano juicio puede pensar que, tras ingerir unas copas y en el calor de una discusión en una tórrida tarde de verano en una playa, se haya gestado en una servilleta ni más ni menos que un Premio Nobel.

Transcurría el mes de julio de 1972 cuando Stanley Cohen y Herbert Boyer, algo más que alegres en una sobremesa en Waikiki Beach, se enzarzaron en una discusión —tan vibrante y vehemente como la que pudieran mantener los existencialistas en el café Les Deux Magots— sobre unos aparentemente intrascendentes estudios realizados por Joshua Lederberg sobre la infección E. coli por bacteriófagos.

A tal punto iba llegando la conversación que, tirando de pluma y de una servilleta de la mesa, desarrollaron la primera receta para cortar y coser el ADN. Aquella tarde, y en aquellas condiciones, se gestaba la era de la ingeniería genética y la revolución biotecnológica, nacía el poyecto para completar el mapa genético de los seres humanos (El Proyecto Genoma Humano) y el Premio Nobel para sus dos protagonistas.

Los hombres de ciencia son tan divertidos o aburridos como los demás, pueden resultar bohemios o metódicos; y los caminos que llevan al conocimiento y a los descubrimientos son tan variopintos como en el resto de las actividades humanas. Lo único que importa, como decía aquel, es que cuando te llegue la inspiración estés en las condiciones adecuadas para aprovechar el momento.

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