Archivo de junio, 2011

La evolución de los coches (y de los caballos)

Eran tiempos de cambio: finalizaba el Franquismo y empezaba la Transición hacia la democracia. Y entre las muchas novedades que revolucionaban la vida cotidiana, llegaron dos nuevos coches: el Volkswagen Polo (1975) y el Ford Fiesta (1976). Sucesivos modelos de los mismos se han mantenido en el mercado durante los últimos 35 años. Pero han cambiado. Y mucho.

Al margen de las considerables modificaciones de forma y estética (y los indudables avances tecnológicos), sin duda el mayor cambio es la evolución de su tamaño: el primer Fiesta medía tres metros y medio de largo y pesaba 720 kilos, mientras que el actual mide cuatro metros y pesa 1.041 kilos. Con el Polo ocurrió otro tanto.

No pasó de golpe. Ocurrió progresivamente. Cada nuevo modelo resultó ser un poco mayor que su antecesor.

Curiosamente, los caballos han seguido una tendencia similar. El registro fósil nos permite estudiar la evolución de los ancestros de caballos a lo largo de los últimos 30 millones de años. Aunque parezca mentira, los primeros tenían el tamaño de un perro pequeño. Pero cada nueva especie que aparece (al igual que cada nuevo modelo de Fiesta o Polo) es un poco más grande y potente, especializándose en ser un poco más veloz. El paleontólogo George Gaylord Simpson analizó en detalle esta tendencia. La selección natural favoreció a caballos cada vez más veloces que comían duras hierbas de praderas.

Justo como los coches: cada vez más grandes, más potentes y con un menor consumo de combustible.

Pero las tendencias de crecimiento no se pueden mantener siempre: antes de los caballos, muchas especies de dinosaurios siguieron una tendencia de crecimiento. Pero en un determinado momento, se extinguieron.

Tampoco los Fiesta, ni los Polo, seguirán creciendo eternamente.

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El libro de instrucciones contra el cáncer

Vencer el cáncer es uno de los caballos de batalla de la ciencia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Cada semana, cada mes, aparecen noticias esperanzadoras sobre técnicas, fármacos o simplemente algo tan básico como determinante: conocer cómo se desarrolla a través de secuenciar los genes que conducen a su aparición.

La penúltima se refiere a la leucemia linfática, tiene apellido español (sus protagonistas son un grupo de investigadores españoles liderados por los doctores Elías Campo y Carlos López Otín) y aborda la secuenciación completa del genoma de este tipo de cáncer, un paso previo para encontrar los tratamientos adecuados.

Se sabe que el cáncer se produce por un conjunto de daños genéticos en las células normales. Estas alteraciones hacen que proliferen una serie de células de manera incontrolada que irrumpen en el normal funcionamiento del organismo (en este caso linfocitos B).

Así planteado puede parecer una cuestión tan sencilla como reparar un circuito eléctrico: averiguamos cuál es la célula que falla, la aislamos y la cambiamos por una sana. Y así de simple sería si contásemos con el plano completo del circuito (y lo supiéramos interpretar). Ahora bien, ¿existe un libro de instrucciones sobre el funcionamiento de las células?

Existe: esta información está almacenada en el ADN y atesora toda la información de lo que ocurre en nuestro interior. Pero es un mapa sin descifrar, un gigantesco jeroglífico que numerosos grupos de investigación en todo el mundo se afanan por leer y entender.

Esta tarea de identificar partes de ese mapa de millones de entradas se denomina secuenciar: una minuciosa y complicada tarea. Solo el genoma del cáncer linfático está formado por más de 3.000 millones de nucleótidos, unidades químicas que nos dan la información completa del mismo. Identificados todos, se trata de comparar células sanas con células enfermas y hallar de este modo las mutaciones.

Localizada la mutación, el resto, solo consiste en descifrar el porqué se producen e intentar corregir la anomalía. El grupo liderado por los investigadores españoles lo ha conseguido, ha podido comprobar que cada tumor ha sufrido unas mil mutaciones en su genoma.

El estudio de las mutaciones ha permitido identificar cuatro genes, los cuatro genes que cuando varían producen este tipo de leucemia que cada año afecta a unas mil personas solo en España.

Como un paciente constructor de puzzles, este grupo ha logrado encajar una pequeña esquina del mapa. Como dijo el famoso cosmonauta, un pequeño paso para el hombre, pero uno grande para la humanidad. Pero si levantamos la vista, da vértigo pensar en la cantidad de información que falta por descubrir y el poco dinero que destinamos a estos menesteres si lo comparamos, por ejemplo, con el que se lleva el fútbol. ¿No creen?

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Errores que llevan al éxito

En la publicación de los trabajos de los investigadores (da igual su disciplina), es imprescindible pasar el control de otros miembros de la comunidad científica que verifican y validan los resultados. Es un filtro que da credibilidad a la difusión de los resultados que se obtienen en cualquier investigación.

Sin embargo, los controles algunas veces fallan, y de qué modo. Pequeño fue el escándalo protagonizado por el doctor Hwang Woo-Suk: primero cuando pregonó a los cuatro vientos que había clonado células humanas y luego cuando se descubrió que todo era un engaño. El fraude empañó a los editores de la prestigiosa revista Science y puso un poco en solfa el sistema en uso.

Ahora bien, si los tramposos se cuelan por las rendijas de los exhaustivos controles actuales, ¿qué no habrá podido pasar años atrás, cuando los controles no eran tales? De todos los posibles fraudes –afortunadamente, muchas teorías han sido revisadas con posterioridad-, uno sigue dando que hablar: el supuesto engaño (sí, digo supuesto) que en el año 1911 un estadístico dijo haber descubierto.

A finales del siglo XIX, un fraile de la localidad checa de Brno realizó una serie de experimentos que transformarían radicalmente la genética clásica. Gregor Mendel, así se llamaba el fraile, experimentó con plantas de guisantes y demostró cómo se heredaban los caracteres de generación en generación.

Demostró que había caracteres más persistentes que otros y que, a partir de la primera generación, se manifestaba el carácter dominante. También sus investigaciones demostraron que los caracteres recesivos, los que no son dominantes, se transmiten de abuelos a nietos. Con Mendel y sus guisantes nació la genética y aprendimos por qué somos rubios o morenos en función de los cruces de nuestros ancestros.

Según el estadístico Fisher, las cuentas no salían como Mendel dijo; el fraile habría hecho trampas retocando los datos para que le cuadraran los porcentajes. Todavía hoy se discute sobre el tema y el rigor del mosén. Nunca sabremos los cálculos originales de Gregor Mendel, ya que los manuscritos se destruyeron a su muerte siguiendo una tradición un tanto peculiar de su cenobio, y por lo tanto, tampoco si las afirmaciones de Fisher son correctas.

Por fortuna, en ciencia, además de los datos puntuales, el método que se utiliza en cualquier investigación y la intuición (el camino que se marca) también son importantes (a veces tanto o más que el resultado final) y la hipótesis ha sido refrendada por numerosos experimentos que se han realizado después.

Así que, en el caso de nuestro fray, de haber maquillado los resultados de sus trabajos para hacerlos más creíbles, la cosa no pasa de ser un pecadillo de monja que no invalida la revolución que provocaron sus trabajos en el campo de la genética y la biología.

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El sexo mata

Aquellos que dedican incansablemente sus energías a encontrar la fuente de la eterna juventud debieran saber que envejecer no sólo forma parte del proceso evolutivo (el de la humanidad y el de la vida en general), sino que gracias a que eso es así existe el sexo. Sí, sexo y envejecimiento van unidos, quién lo iba a decir…

La diferenciación de las especies en machos y hembras (es decir, por sexo) es otro producto de la evolución. La mayoría de los organismos que pueblan la Tierra no tienen sexo y no envejecen (salvo limitaciones termodinámicas), cuentan con una información genética pequeña y con un sistema de corrección de errores muy eficiente.

Son los amos del planeta, viven en él desde hace 3.500 millones de años reproduciéndose, mutando y sometiéndose a la acción de la selección natural. Y no hay ninguna duda de que, cuando los seres humanos nos extingamos, seguirán aquí. Hicieron y hacen grandes obras, como producir el oxígeno que respiramos, la materia orgánica o hacer funcionar los ciclos biogeoquímicos (aunque comparen sus vidas con las nuestras y valoren cuál es más entretenida).

Pero hace cerca de 2.000 millones de años, caprichos de la evolución, la vida desarrolló un nuevo sistema, que fue el intercambio de mensajes, el intercambio de información, pudiendo obtener un mensaje perfecto de dos textos con errores (el sexo).

Y del intercambio surgieron sorpresas: la vida pasó de ser un inmenso tapiz de algas microscópicas a una preciosa diversidad de organismos que corren, vuelan, nadan, desarrollan culturas, se preguntan por el futuro, escriben, disfrutan del sexo (del buen sexo), y a menudo temen al envejecimiento y la muerte (aunque eso tiene que ver con algo que hemos convenido en llamar conciencia).

El envejecimiento celular y el de los organismos está determinado genéticamente. La secuenciación del genoma humano nos ha permitido conocer cuáles son los genes de envejecimiento, donde están y cómo funcionan. Aunque aun no tenemos todas las respuestas. Envejecemos porque nuestro material genético, al igual que cualquier sistema que almacena información, con el paso del tiempo se estropea y los sistemas de corrección de errores también. No funcionan para siempre.

Solo hay dos tipos celulares dentro de nuestro organismo que no envejecen: las células cancerosas y las células reproductoras.

Carl Sagan decía que siempre es mejor estar vivo que muerto… Nosotros podríamos añadir: aunque se sea viejo.

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