Errores que llevan al éxito

En la publicación de los trabajos de los investigadores (da igual su disciplina), es imprescindible pasar el control de otros miembros de la comunidad científica que verifican y validan los resultados. Es un filtro que da credibilidad a la difusión de los resultados que se obtienen en cualquier investigación.

Sin embargo, los controles algunas veces fallan, y de qué modo. Pequeño fue el escándalo protagonizado por el doctor Hwang Woo-Suk: primero cuando pregonó a los cuatro vientos que había clonado células humanas y luego cuando se descubrió que todo era un engaño. El fraude empañó a los editores de la prestigiosa revista Science y puso un poco en solfa el sistema en uso.

Ahora bien, si los tramposos se cuelan por las rendijas de los exhaustivos controles actuales, ¿qué no habrá podido pasar años atrás, cuando los controles no eran tales? De todos los posibles fraudes –afortunadamente, muchas teorías han sido revisadas con posterioridad-, uno sigue dando que hablar: el supuesto engaño (sí, digo supuesto) que en el año 1911 un estadístico dijo haber descubierto.

A finales del siglo XIX, un fraile de la localidad checa de Brno realizó una serie de experimentos que transformarían radicalmente la genética clásica. Gregor Mendel, así se llamaba el fraile, experimentó con plantas de guisantes y demostró cómo se heredaban los caracteres de generación en generación.

Demostró que había caracteres más persistentes que otros y que, a partir de la primera generación, se manifestaba el carácter dominante. También sus investigaciones demostraron que los caracteres recesivos, los que no son dominantes, se transmiten de abuelos a nietos. Con Mendel y sus guisantes nació la genética y aprendimos por qué somos rubios o morenos en función de los cruces de nuestros ancestros.

Según el estadístico Fisher, las cuentas no salían como Mendel dijo; el fraile habría hecho trampas retocando los datos para que le cuadraran los porcentajes. Todavía hoy se discute sobre el tema y el rigor del mosén. Nunca sabremos los cálculos originales de Gregor Mendel, ya que los manuscritos se destruyeron a su muerte siguiendo una tradición un tanto peculiar de su cenobio, y por lo tanto, tampoco si las afirmaciones de Fisher son correctas.

Por fortuna, en ciencia, además de los datos puntuales, el método que se utiliza en cualquier investigación y la intuición (el camino que se marca) también son importantes (a veces tanto o más que el resultado final) y la hipótesis ha sido refrendada por numerosos experimentos que se han realizado después.

Así que, en el caso de nuestro fray, de haber maquillado los resultados de sus trabajos para hacerlos más creíbles, la cosa no pasa de ser un pecadillo de monja que no invalida la revolución que provocaron sus trabajos en el campo de la genética y la biología.

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A pesar de que exiten controles y de que se cuelen tramposos en la ciencia que maquillan sus resultados para que les cuadren sus resultados, el tiempo y las investigaciones de otros permite sacarles a la luz y descubrirlos. Mucho más difícil es descubrir a los tramposos que revisan los trabajos y te los rechazan -amaparándose en el anonimato que se les dá a los revisores- para después en pococ tiempo publicar el trabajo ántes que tú ya que se suele tratar de grupos mucho más potentes y con más posibilidades de realizar el trabajo en poco tiempo y a ellos se lo van a aceptar inmediatamente. Cómo podemos luchar contra estos tramposos? Sacando del anonimato a quienes revisan los artículos.

Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre.
También es nociva la práctica de la destrucción por pares o simplemente la bardas impuestas por las mafias como le sucedió a wegener o Margulis.

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