La evolución de los barquillos

Los  barquillos que se vendían en la alameda de Vigo fueron uno de los placeres de mi niñez. Y también una de mis preocupaciones. Depredador incansable de barquillos, pero con presupuesto limitado, comprobaba cómo su precio no dejaba de subir con el tiempo (mucho más rápido que el incremento de mis ingresos). Para colmo, su tamaño no dejaba de menguar.

Para el matemático en ciernes que yo era por entonces, resultaba obvia la tendencia que asolaba a los barquillos: progresiva disminución de tamaño asociada a un continuo incremento en el precio. ¡En algún momento un barquillo de tamaño cero alcanzaría un precio infinito!

Pero mucho antes de que esto ocurriese, dejé de tener recursos para poder comprarlos. Y lo mismo les pasó a los otros chiquillos vigueses. El resultado fue que los barquilleros desaparecieron antes de que alcanzaran el fantástico negocio de vender el barquillo inexistente a un precio infinito.

Los barquillos me enseñaron que las tendencias direccionales están condenadas, más pronto que tarde, a su fin.

Sin embargo, hoy en día nuestro mundo sigue una tendencia tan peligrosa como la que extinguió a los barquillos: aumentar la productividad (crecimiento ilimitado) reduciendo los costes. Es fácil ver que para ese nuevo dios todopoderoso que hemos inventado -y que llamamos “el mercado”-, la panacea es seguir con la tendencia que conduce a una producción infinita con coste cero.

Cualquiera que tenga el nivel elemental de Matemáticas que se consigue a los diez años, resulta obvio que se trata de una tendencia absurda. Pero parece que muchos de nuestros gestores económicos y políticos no han alcanzado todavía ese nivel.

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Comentarios

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A mi burro le enseñaba a no comer para no gastar
y cuando aprendió, me se murió.
Proverbio popular.

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