Nambers güán y nambers chu

Un tema recurrente a la hora de reclamar la creación de una carrera investigadora en España (a la que habría que añadir la promoción de la contratación de doctores en las empresas) es que tenemos que dar trabajo a los “mejores” currículums, a los profesionales “más” experimentados, a los investigadores “más prestigiosos”. Bien. ¿Y si uno resulta que no es un number one sino un “modesto” number three? ¿Entonces qué?
Uno de los pecados capitales de la investigación científica es el elitismo. Y por eso cuando se diseñan políticas de investigación no vemos más allá de los “cracks” como si esto fuera la liga de fútbol. Pero resulta que no, que aunque la masa del público siga la “Champions League” resulta que hay un deporte de base que es mucho más importante que el espectáculo porque lo que obtiene a cambio la ciudadanía es salud, camaredería, diversión sana, y puede que alguno una gran carrera profesional.

Digo esto porque yo he tenido la “agradable” experiencia en varias ocasiones de no ser medalla de oro, sino medalla de plata o de bronce, pero sin premio de consolación. En este reducido mercado laboral nuestro de historiadores donde hasta por una beca nos planteamos machacar al vecino, quedar el número dos es sinónimo de estar fuera. Hay veces que me planteo cómo hubiese sido mi carrera profesional si, por ejemplo, la Comisión Fullbright me hubiese escogido a mi en vez de a un compañero tan válido como yo, para irse a hacer esa investigación a Estados Unidos. ¿Por qué sólo tiene que haber espacio para uno?

El problema no es la meritocracia sino la falta real de oportunidades. No puedo ni quiero pretender ser la “niña más bonita” en cualquier proceso de selección, pero vista la escasez de empleo y el mérito de una gran cantidad de candidatos, elegir al “mejor” es tan absurdo como determinar si escribía mejor Cervantes o Shakespeare. Decir que hace falta una carrera o un mercado de trabajo en la que tengan cabida “los mejores” es echar a los que son “un-poco-peor-que-los-mejores”, y tirar a la basura años de formación, experiencia, y a un capital humano que a lo mejor no hace el próximo gran descubrimiento, pero sí pueden conformar esa masa investigadora o trabajadora “de base” que en su modestia elevaría con sus pequeñas acciones el nivel de nuestra ciencia mucho más que con cuatro o cinco “Ronaldos” privilegiados. Y seguramente sin tanta soberbia.

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