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Archivo de noviembre 16th, 2010

Toma 2. Pi, fe en el caos: el lado oscuro

Darren Aronofski debutó como director de largometrajes en 1998 con la película sobre la que me gustaría hablar en esta entrada: Pi, fe en el caos. Desde ese momento, tanto Aronofski como su ópera prima se convirtieron en objetos de culto (al punto de encontrarse, según “La asociación online de críticos norteamericanos”, entre los mejores debuts en la historia del cine, en concreto en el puesto 44: http://www.filmin.es/blog/los-criticos-eligen-los-100-mejores-debuts-de-la-historia-del-cine).

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El argumento es el siguiente: un brillante matemático (de nuevo un genio) con trastornos paranoicos del comportamiento y fortísimas migrañas, está convencido de que todo (TODO) lo que vemos a nuestro alrededor puede ser representado por medio de números, descrito mediante patrones matemáticos. La idea lo obsesiona tanto que trabaja sin descanso en un modelo de la bolsa que elabora en un superordenador construido con sus propias manos. No duerme, jamás se relaja, se droga constantemente para seguir despierto, combate las fuertes migrañas con inyecciones intramusculares que ya apenas funcionan. A pesar de sus esfuerzos se encuentra en un punto muerto hasta que, casualmente, se topa con un judío ortodoxo que lo inspira por medio de sus estudios de la Toráh. El judío resulta estar dentro de un grupo de “místicos”  que buscan el verdadero nombre de Dios por medio de ejercicios cabalísticos en los textos del Antiguo Testamento. Con este nuevo impulso, Max, así se llama el protagonista, logra algunos resultados que él considera en un primer momento erróneos, pero que poco después se revelan como una predicción muy precisa de los valores bursátiles.

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A partir de ese momento la película se convierte en un descenso trepidante hacia la locura: Max es perseguido por ejecutivos de una empresa que ansía desesperadamente sus resultados, es presionado a su vez por los místicos judíos para que les proporcione el número de 216 cifras que escupió su ordenador antes de colapsar y que según ellos es el verdadero nombre de Dios, su paranoia aumenta hasta límites insospechados, el que fue su mentor muere ante el descubrimiento de que quien fuera su mejor pupilo ha logrando lo que él nunca consiguió, los ataques de migraña se suceden in crescendo, etc. Max no soporta la presión y, en una escena no apta para estómagos sensibles, se auto-trepana con una taladradora para acallar el ruido que hay dentro de su cabeza.

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Si alguien me preguntara mi opinión sobre la película diría que es de “balance negativo”:

Haber: buen debut, propuesta cinematográfica arriesgada (sobre un tema poco popular), buena fotografía (en un blanco y negro muy oscurantista), buena interpretación del protagonista (que ocupa casi todos los planos de la película), ambiente claustrofóbico bien logrado.

Debe: casquería innecesaria (lo que se convierte en sello personal de Aronofski en sus otras películas), abuso de la “cámara-en-mano” (que sólo consigue que nos mareemos) y, lo que finalmente decanta la balanza hacia el suspenso, exceso de información (en apenas una hora y veinte minutos nos damos de bruces con la teoría de números, los ya tópicos en las películas relacionadas con la ciencia serie de Fibonacci y sección Aúrea, la Cábala, el Go, la mística religiosa, el nombre de Dios, etc, etc…) y una propuesta poco realista de lo que es la ciencia en general y las matemáticas en particular.

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Se me ocurrió titular esta entrada como EL LADO OSCURO porque al verla pensé que eso precisamente es lo que se nos enseña: el lado oscuro de la ciencia. Al pensarlo más despacio me di cuenta de dos cosas: la primera es que se trata más bien de EL LADO OSCURO del cine, y la segunda es que más que un lado oscuro nos muestra un lado algo irreal de la ciencia. Es cierto que la persecución de un resultado puede provocar cierta obsesión, pero sólo una personalidad patológica puede convertir esa obsesión en una visión completamente deforme y paranoica de la realidad. La paranoia de Max no es provocada por las matemáticas, más bien al contrario sus ideas científicas se ven negativamente influidas por la paranoia. En ese sentido habría que revisar las asunciones sobre las que se basa Max:

1)    Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza.

2)    Todo a nuestro alrededor puede ser representado y entendido por medio de los números.

3)    Si graficas esos números, los patrones emergen: por tanto hay patrones por todas partes en la naturaleza.

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Por qué Max elige la bolsa (algo completamente artificial) para comprobar sus hipótesis acerca de la naturaleza es algo que habríamos añadir al DEBE de la película como defecto de guión. Las dos últimas hipótesis son demasiado fuertes como para tenerlas en cuenta (más cinematográficas que científicas, tanto más cuando una de ellas comienza con el excesivo “Todo a nuestro alrededor…”). La primera sin embargo merece atención: es cierto que hay alguna conexión extraña entre la naturaleza y las matemáticas, pero elevar tal conexión a algo místico nos aleja demasiado de la ciencia.

Si tuviera que definir las matemáticas lo haría como un lenguaje, un lenguaje construido por el género humano que, a veces, sirve con una precisión asombrosa para escribir las leyes físicas que gobiernan la naturaleza. Sin embargo no hay que olvidar que las matemáticas son una ciencia y un lenguaje en sí mismas, y que por tanto no necesitan de otras motivaciones que las propias para evolucionar. Su utilidad práctica, el hecho de que en algunos casos ciertas matemáticas sean tan apropiadas para describir las leyes naturales, es un misterio que sigue trayendo a los científicos (y filósofos) de cabeza.

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Uno de mis ejemplos favoritos es la geometría Riemanniana: Riemann desarrolló esta geometría en el siglo XIX con motivaciones puramente matemáticas. Años más tarde (en torno a 1920) Einstein se dio cuenta de que justamente eran esas matemáticas lo que le hacía falta para desarrollar la teoría de la Relatividad General. ¡Milagro! Como teoría física, la Relatividad General puede ser avalada por los experimentos hasta cierto grado de precisión (y de hecho así ocurre), pero esta verificación no hace de la teoría de Riemann algo más o menos válido: como teoría matemática tiene sentido por sí misma. La historia de la ciencia esta plagada de ejemplos de este tipo. La capacidad de modelización de las matemáticas es uno de sus atractivos principales. Al hilo de Pi, fe en el caos, se podrían mencionar los intentos (verdaderamente científicos) de obtener predicciones sobre la bolsa por medio de procesos estocásticos (como por ejemplo el movimiento Browniano) y el cálculo de Ito, que es una extensión del cálculo convencional para este tipo de procesos. Por supuesto, hay grandes intereses económicos detrás de estos modelos, pero no por ello las matemáticas que subyacen pierden sentido o interés.

Pi, fe en el caos terminó por resultarme una película excesiva y exagerada. Como investigador reconozco en las matemáticas un lenguaje bello e interesante que, en ciertas áreas, tiene importantes, y sobe todo imprescindibles, aplicaciones. Pretender que esto, aunque sea por medio de la ficción, tiene una trascendencia casi sobrenatural puede llevar a engaño, sobre todo a quienes esperan del conocimiento cierto rigor, para quienes esperan que ese mismo conocimiento (ciencia) sea una de las bases de la sociedad futura.

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Fernando Jiménez Alburqueque (CSIC) es investigador del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT).

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