Eppur si muove

Hace unos días, nos hacíamos eco en la sección Café & Teoremas con la que el ICMAT colabora con Materia y El País, de lo que ocurrió con el observatorio que el sultán Murad III había construido para que el astrónomo Taqi al-Din pudiera realizar observaciones más finas. El sultán no perdonó sus fallidos pronósticos astrológicos y ordenó la destrucción del observatorio, confundiendo la ciencia con la superstición.

La Selenographia de Hevelius, mostrando a Alhacén representando la razón, y a Galileo representando los sentidos

A lo largo de la historia se han dado casos similares, mostrando la dificultad que a veces tienen los científicos en mantener contentos a los poderosos, de los que dependen sus salarios y la financiación para sus investigaciones.

El caso más conocido es sin duda el de Galileo Galilei. En unos tiempos en los que la Iglesia Católica de Roma tenía un enorme poder, sus investigaciones no eran del agrado del Vaticano. Galileo basó sus trabajo en la experimentación, y no en las ideas preconcebidas. Su Sidereus nuncius (Mensajero sideral), publicado en Venecia en 1610, es un tratado científico basado en observaciones astronómicas realizadas con un telescopio, y que supone el finiquito para la teoría geocéntrica; el golpe que remata la faena iniciada por Nicolás Copérnico con su De revolutionibus orbium coelestium, de 1543.

Sidereus Nuncius

Los ataques contra Galileo se van haciendo más y más furiosos, y son los religiosos de la Santa Sede los que hacen más daño. El epsiodio de El Libro de Josué, en el que éste ordena detenerse al Sol, es uno de los argumentos. La batalla es feroz, durante años, y el Santo Oficio entra en escena. En 1632 publica el Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo (Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo), donde vuelve a dar argumentos científicos para defender las tesis de Copérnico. Se inicia un proceso plagado de falsedades al final del cuál Galileo es condenado a un arresto domicilario de por vida.

Kitab al- manažér

No es el único caso con una condena parecida. Algo más de seis siglos antes, el matemático, físico y astrónomo Alhacén, llegó a El Cairo bajo el reinado del califa fatimí Al-Hakim. Alhacén era ya famoso en su época, y el califa, gran amante de la astronomía, lo contrató a su servicio. Le pidió un informe sobre la posibilidad de construir una presa que regularar las crecidas del Nilo, y ante su opinión negativa de la viabilidad de la mismo, lo condenó a arresto domiciliario. Se dice que Alhacén fingió locura para librarse de un castigo mayor, y se encerró en su casa desde 1011 hasta la muerte de Al-Hakim en 1021. Durante ese tiempo escribió su obra cumbre, su Libro de Óptica (Kitab al-Manazir) que es considerada la obra fundacional de esta disciplina.

Alhacén, Taqi al-Din y Galileo son tres ejemplos de como el poder establecido, las religiones y las supersticiones, han querido detener el avance del conocimiento; no lo han logrado. Pero en estos tiempos de la post-verdad y las pesudociencias, deberíamos inspirarnos en ellos y luchar con todas nuestras fuerzas contra la ignorancia y los prejuicios.

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Manuel de León (CSIC, Fundador y Director del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU).

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