Las matemáticas y Dios

Aunque escribo en el título Dios con mayúscula, quizás habría que escribir “dioses” en plural, o incluso referirse a las religiones y no a sus dioses. Vamos a dejarlo así, porque en esta entrada vamos a hablar de las interesantes relaciones entre las matemáticas y Dios (o las religiones).

Platón (izquierda) y Aristóteles (derecha), en La Escuela de Atenas, obra de Rafael

Sobre como ven los propios matemáticos a Dios, hay variedad. Por ejemplo,  Karl Friedrich Gauss decía “Dios hace aritmética”, pero otros lo han considerado como el geómetra perfecto: los cuatro primeros sólidos platónicos – tetraedro, cubo, octaedro e icosaedro – representaban los cuatro elementos (fuego, aire, agua, tierra, respectivamente) – mientras que el quinto, el dodecaedro, lo habría usado Dios para distribuir las constelaciones en el cielo.

Carl Friedrich Gauss

Ya en el siglo VII, San Isidoro de Sevilla, escribía su obra cumbre, “Las Etimologías”, en las que establecía lo que serían las divisón de las ciencias desde entonces en el mundo académico. El  Trivium, con la gramática, la retórica y la dialéctica; y el Quadrivium, con las matemáticas, la geometría, la música, y la astronomía. San Isidoro afirmaba: “Quita el número de las cosas y todas se destruirán”.

Unos siglos más tarde, Alfonso X el Sabio, no sabemos si al reflexionar sobre la complejidad del sistema ptolomaico, o tras una tempestad, dijo aquello de: “Si Dios me hubiese consultado sobre el sistema del universo, le habría dado unas cuantas ideas”. No era todo tan perfecto. Tomás de Aquino, reconocido por la Iglesia como Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor de la Humanidad, trató de demostrar la existencia de Dios con sus cinco vías: La Primera Vía se deduce del movimiento de los objetos: debe haber un Primer Motor Inmóvil que se identifica con Dios, principio de todo. La Segunda Vía se deduce de la causa eficiente, un argumento similar al anterior. La Tercera Vía se deduce a partir de lo posible: debe haber un Ser donde esencia y existencia son una realidad. La Cuarta Vía se deduce de la jerarquía de valores de las cosas, y Dios, sería el Ser máximamente bueno. La Quinta Vía se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Sus razonamientos (que se podrían confundir con algún razonamiento matemático) fueron muy controvertidos en su tiempo, y más modernamente, el biólogo Richard Dawkin los desarmó (por ejemplo, no se puede asumir que hay una causa primera, a ésta le ha de afectar también el principio en cuestión).

Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, de Francisco de Zurbarán

Martín Lutero, el gran reformador, no tenía muy buena opinión de nuestra disciplina: “La Medicina enferma, la Matemática entristece y la Teología hace que la gente se sienta pecadora”.

Pero el gran cambio en cuanto a la religión vino con el Siglo de las Luces: Cuando Napoleón, a quien Pierre Simon de Laplace, le había presentado su gran obra, la “Mecánica Celeste,” y preguntó porque no mencionaba a Dios en el texto, le respondió: “Señor, no tengo necesidad de esa hipótesis”.

Esta respuesta de Laplace entronca con la visión de muchos científicos actuales, por ejemplo, con el recientemente fallecido Stephen Hawking. Yo soy también de esa opinión, no necesitamos de ningún Dios que explique el universo ni nos dé lecciones de moralidad. La única explicación de las preguntas que nos hacemos, ¿qué somos?, ¿qué es este lugar donde vivimos unos años?, ¿cómo se ha originado y cuál será su destino?, ¿tenemos alguna razón para existir?, vendrán solo de la ciencia. Y en cuanto a la moral, la neurología y la biología nos están dando ya respuestas. Lo más noble de un ser humano es mantener un comportamiento honesto y solidario con sus semejantes y con el mundo en el que vive, por sus propias convicciones, y no obedeciendo a los mandamientos de ninguna deidad. Esa es la auténtica grandeza del ser humano.

Finalizaremos con una anécdota debida de Leohnard Euler. Denis Diderot, filósofo y enciclopedista francés, fue invitado a la corte de Catalina II de Rusia, protectora de las ciencias y las artes. La reina estaba interesada en las ideas atéistas de Diderot, pero al final, pensó que tampoco era muy recomendable extenderlas entre los jóvenes rusos, ya que la religión ha sido siempre una gran aliada del poder. Por ello, comunicó a Diderot que debatiría con uno de sus matemáticos de la Academia de San Petersburgo, nada más ni nada menos, que con el gran Leohnard Euler. Reunidos todos en la Academia, Euler le espetó sin más preámbulos a Diderot:

“Señor, (a+b^n)/n = x, por tanto Dios existe; ¡responda Vd!”

Diderot, no muy ducho en el álgebra, tuvo que retirarse avergonzado. Como dicen los italianos, “si no è vero, è ben trovato”, pero Diderot si era un buen conocedor de las matemáticas, como buen enciclopedista,  así que lo más probable es que esta anécdora fuera falsa. Sí es verdad que Euler era un gran defensor de la doctrina cristiana, como lo prueba en sus “Cartas a una princesa alemana”; la princesa en cuestión era Friederike Charlotte of Brandenburg-Schwedt y su hermana pequeña Louise. Por cierto, ese libro (recomendable sin duda alguna) es un auténtico tratado de divulgación científica.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU).

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