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¿Por qué los investigadores Ramón y Cajal ya no quieren venir al CSIC?

En estos últimos años ha comenzado a surgir una grave preocupación entre los investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC); la dificultad de cubrir el cupo de contratos ofertados en el programa Ramón y Cajal. De hecho, este año no parece que se vayan a cubrir las cuarenta plazas ofertadas.

Sede Central del CSIC en Madrid

Es realmente preocupante que el principal organismo público de investigación español no resulte atractivo para consolidar una carrera científica en su seno, cuando en otros tiempos era uno (o quizás, el) destino más codiciado. ¿Cuáles son las causas de este cambio? Sin ningún ánimo de ser exhaustivo ni tampoco de pontificar sobre el tema, algunas razones parecen obvias.

En primer lugar, un investigador que ha conseguido un contrato Ramón y Cajal está ya en una etapa avanzada de su carrera científica, no la acaba de empezar. Busca, por tanto, estabilidad (recordemos esta entrada sobre la difícil vida de los investigadores postdoctorales). ¿Y quién ofrece estabilidad? Las universidades ponen encima de la mesa un contrato permanente, con unas condiciones de mínimos; haber pasado las evaluaciones de segundo y cuarto año de contrato. Y digo de mínimos no en sentido peyorativo, sino que son fáciles de cumplir para un investigador de la calidad de un contratado Ramón y Cajal. Este paso a contrato definitivo muestra una vez más la hipocresía del sistema español: la plaza ofertada debe ser pública y cualquiera en esas condiciones podría competir con el contratado Ramón y Cajal en cuestión. ¿Por qué no se le contrata ya directamente sin esa pantomima? Digamos que la figura de contratado doctor tampoco es la óptima, y todos quisieran ser Profesores Titulares, con todas las ventajes del funcionariado.

¿Qué ocurre en el CSIC? No existe este programa (I3), así que la posibilidad de que en los cinco años de contrato pueda optar a una plaza de Científico Titular, CT (el equivalente a Profesor Titular) depende en gran medidad de la Oferta de Empleo Público. Y esta no ha sido muy generosa en los últimos años. Por lo tanto, nadie puede garantizarle que tendrá esa oportunidad. Y además, las plazas de CT suelen estar muy codiciadas y la competencia puede ser muy dura, porque no están restringidas al CSIC. La nueva figura de Investigador Distinguido, surgida de la Ley de la Ciencia, tiene todavía muchas sombras que disipar para resultar atractiva.

Otras razones importantes para elegir destino en esa negociación candidato seleccionado/centro que oferta contratos, son las condiciones de trabajo. Poder disfrutar cinco años de investigación en un centro puntero es una oportunidad para dar un salto importante en su carrera. En este aspecto, el CSIC ha bajado mucho en lo que puede ofrecer. Asfixiados por una burocracia creciente, cada vez más centralizados, los institutos en general tienen cada vez menos posibilidades de ofrecer un ambiente acogedor, en el que se pueda aportar valor añadido al investigador con proyectos de inicio, formación, asesoramiento para solicitar proyectos europeos, etc.

En conclusión, si queremos que los institutos del CSIC vuelvan a ser atratctores de talento Ramón y Cajal, tendremos que pensar en garantizar estabilidad, por ejemplo, haciendo una previsión plurianual que cubra ampliamente la oferta de contratos (40 en estos últimos años, 50 en el pasado) y negociarla con el Gobierno para que se cumpla a rajatabla. Otra posibilidad es que el CSIC disponga de su propio programa I3. A la vez, las condiciones de los institutos tienen que ir mejorando para continuar siendo atractivos, y esto pasa por presupuestos adecuados, flexibilidad administrativa y mucha más descentralización. Tenemos que imitar a los centros catalanes, que están consiguiendo un éxito grande en la atracción de talento internacional.

Otra cuestión que se debate estos días es la eficacia en conseguir Starting Grants del European Research Council. Y este problema está intímimamente ligado al anterior, porque muchos de los Strating Grants en nuestro país son conseguidos por contratados Ramón y Cajal, bien en activo o que lo han sido. Porque el Programa Ramón y Cajal es competitivo, y selecciona investigadores jóvenes de gran calidad. Puedo poner como ejemplo a nuestro propio instituto, el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) cuyos 10 proyectos ERC fueron conseguidos por contratados Ramón y Cajal. Así que si en el CSIC queremos tener más éxito en los programas de excelencia europeos, una de las acciones es atraer más investigadores Ramón y Cajal. No es lo único a mejorar, pero si es esencial.

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Manuel de León (CSIC, Fundador y Director del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU)

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La bruja de Agnesi

María Gaetana Agnesi nació en Milán, el 16 de mayo de 1718, y procedía de una familia pudiente e interesada en las artes y las ciencias. Su padre, Pietro Agnesi, fue profesor de matemáticas en la Universidad de Bolonia. Su madre, Anna Fortunata Brivio, era de familia aristocrática (la familia Brivio), lo que sirvió a su marido Pietro para conseguir un estatus entre la alta sociedad milanesa.

Maria Gaetana Agnesi

La joven María perdió a su madre a la edad de trece años, por lo que  su padre llegó a casarse dos veces más, y extendió la familia a 21 hijos.  Maria fue una niña muy brillante: a los cinco años hablaba francés perfectamente, como su italiano natal. Unos pocos años más tarde, dominaba el latín, el griego, el hebreo y el español, y ya desde una temprana edad, se preocupó por los derechos de la mujer y su acceso a la educación. El ambiente familiar influyó muy positivamente en que pudiera explotar todo su potencial intelectual. De hecho, una de sus hermanas, Maria Teresa Agnesi Pinottini, fue una famosa compositora que deleitaba a las visitas tocando el clavicémbalo.

Maria era una chica retraída y muy devota, deseaba entrar en un convento pero su padre no se lo permitió. Cuando la madre de María muere durante el parto de su octavo hijo, ella misma se hizo cargo de la casa y de sus hermanos, apartándose de la vida pública. Sus deseos se redujeron a poder ir a misa siempre que quisiera, vestir sencilla y humildemente, y no tener que asistir a bailes y fiestas. Probablemente esta vida austera fuera el mejor derrotero para María, ya que su padre pecaba de un afán exhibicionista con sus dos talentosas hijas, en un salón de los más concurridos por los intelectuales de toda Italia.

A los doce años, María había sufrió una enfermedad que los médicos no fueron capaces de diagnosticar. Sus convulsiones se achacaron al estudio excesivo, por lo que se le indicó que se divertirse más y pasearse a caballo. Sin embargo, estos remedios no resolvieron el problema y se le pidió que fuera moderada en todas sus actividades.

Frontispicio de la primera edición de las Instituzioni

María tuvo una excelente formación matemática; por ejemplo, a los catorce años ya estudiaba balística y geometría. Tuvo tutores que la iniciaron en estos estudios matemáticos, como el monje Ramiro Rampinelli, que había enseñado matemáticas en Roma y en Bolonia, y fue quién la puso en contacto con los Ricatti. Su fama matemática se consolidó con su obra “Instituzioni analítiche ad uso della gioventú italiana”, publicada en Milán en 1748, y dedicada al análisis matemático. La obra fue editada por ella misma, y adquirió rápidamente notoriedad entre los matemáticos de la época, porque puede considerarse como el primer texto completo de Cálculo, incluyendo el cálculo diferencial y el cálculo integral. Es un auténtico tour de force con unas 1000 páginas repletas de ilustraciones y ejemplos.

Entre 1750 y 1752 consta que era catedrática de matemáticas en la Universidad de Bolonia, aunque puede que de forma honorífica. En 1775 la Academia de Ciencias publica en París la edición francesa, y en 1801, dos años después de la muerte de María, se publica la inglesa.

 

La bruja de Agnesi

Hoy en día, María Gaetana es también recordada por su curva “embrujada”, pero que no se trata de ningún hechizo, ni María era una bruja.

La historia por la que la curva recibió este nombre surge de la mala traducción del término versiera, del latín vertere, que es un término naval, que identifica la cuerda o cabo que hace girar la vela. John Colson, el traductor inglés, la confundió con la palabra avversiera, que significa diablesa o bruja.

La ecuación de su curva hechizada es la siguiente

donde a es un parámetro (de hecho, el radio de la circunferencia inicial con la que se construye la curva). Para a = 1/2, resulta

 

y esta es su representación gráfica

La magia de esta curva es que aunque su contorno sea infinito, el área encerrada bajo la curva es finita y proporcional al área de un círculo; además, el volumen engendrado por la revolución de esta curva alrededor de su asíntota es cuatro veces su hipotético volumen.

La curva tiene interesantes aplicaciones en física y en estadística. Desde el punto de vista de la estadística, la distribución de Cauchy de una variable aleatoria se expresa como una curva de Agnesi. Así mismo, en la física, pueden explicarse fenómenos de resonancia atómica cuando incide radiación monocromática sobre un electrón. La intensidad de esta radiación dependerá de la longitud de onda con que incide esta luz, y la relación entre estos dos parámetros puede modelizarse mediante la bruja de Agnesi.

Su padre Pietro Agnesi muere en 1752, y a partir de ese momento, María se siente libre para atender a sus tendencias religiosas, dedicando mucho tiempo al estudio de la Teología, especialmente de la Patrística. De hecho, María se desprendió de gran parte de su fortuna en obras de caridad y ejerció, desde 1771, por designación del arzobispo Tozzobonelli, el cargo de directora del Hospicio Trivulzio de Milán donde se concentró en el cuidado de los menesterosos y enfermos, sobre todo mujeres mayores, y donde ella misma muere el 9 de enero de 1799.

Las incertidumbres y la leyenda la acompañan hasta la muerte: unos sugieren que si murió en el Hospicio Trivulzio es porque sus donaciones la habían sumido en la pobreza, y fue entonces una residente menesterosa más. Otros sostienen que había cumplido por fin sus deseos de convertirse en monja agustiniana (o “monja azul”, por el color del hábito) del hospicio.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU) y Cristina Sardón (ICMAT-CSIC).

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Construyendo la catedral de la Inteligencia Artificial

Traemos hoy a Matemáticas y sus fronteras un interesante libro recién salido de la imprenta: “Inteligencia Artificial”, la última entrega de la colección ¿Qué sabemos de? que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y La Catarata llevan adelante con mucho éxito.

La Inteligencia Artificial (IA) es uno de los temas más apasionantes de nuestros tiempos. Sabemos que eso que llamamos inteligencia no es exclusiva de los seres humanos, que los animales exhiben comportamientos inteligentes, y que se debería hablar de inteligencias en plural. Y quizás lo que estamos construyendo como IA podría llegar a ser considerado como un tipo nuevo de inteligencia.

La IA se divide en la IA débil (diseñar y programar ordenadores que requieran inteligencia) y la IA fuerte (que esas máquinas repliquen la inteligencia humana). Estamos lejos de la IA fuerte pero convivimos ya con la IA débil. Esta distinción fue introducida por el filósofo John Searle, en 1980, en un artículo que levantó una gran polémica.

Lejos quedan aquellos pioneros trabajos de Alan Turing, desarrollando primero el concepto de máquina de Turing y luego preguntándose si las máquinas pueden pensar, desarrollando programas de ordenador para el juego de ajedrez o el famoso test de Turing para decidir si estamos conversando con una máquina o con un ser humano. No sabemos de lo que hubiera sido capaz Turing sin su trágica muerte en 1954. Poco después, en 1956, se produjo el encuentro de Dartmouth (New Hampshire), con John McCarthy, Marvin Minsky y Claude Shannon, entre otros, que supuso un lanzamiento de la investigación en IA. Fue John McCarthy quién acuñó el término inteligencia artificial, como “…la ciencia e ingenio de hacer máquinas inteligentes, especialmente programas de cómputo inteligentes”.

Este libro, del que llama la atención una hermosa portada, hace un recorrido por la inteligencia artificial, desde sus orígenes hasta el día de hoy, analizando los logros pero también las limitaciones encontradas, y analizando el posible futuro del tema.

Recuerdan los autores del libro “Inteligencia Artificial” lo que se conoce en su campo como la metáfora de la catedral: construir una IA de propósito general es como construir una catedral. La construcción de la primera catedral requirió de varias generaciones y muchos de los que trabajaron en ellas murieron sin llegar a ver terminada la obra. Cada artesano que trabajaba para la catedral construía ladrillos cada vez más perfectos. Así se ven ahora los investigadores en inteligencia artificial, construyendo los ladrillos (algoritmos en este caso) que conformarán la catedral.

Ramón López de Mántaras Badia

 

Pedro Messeguer González

 

Los autores

Ramon López de Mántaras Badia es Profesor de Investigación del CSIC y director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial. Es uno de los pioneros de la inteligencia artificial en España. Actualmente investiga en razonamiento y aprendizaje basado en casos, en robots autónomos capaces de aprender interactuando con su entorno físico y en inteligencia artificial aplicada a la música.

Pedro Meseguer González es Investigador científico del CSIC en el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial, donde es jefe del Departamento de Lógica. Sus principales temas de investigación son el razonamiento con restricciones (con especial atención a la versión distribuida) y la búsqueda heurística.

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Manuel de León (CSIC, Fundador y Director del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU)

 

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Cometas que cambian la historia

Dedicado a mi amigo Ogul Esen, que me comentó esta historia

Taqi al-Din fue un sabio musulmán nacido en 1526 en Damasco y fallecido en 1585 en Estambul, dos de las ciudades imporatntes durante el Imperio Turco u Otomano. Escribió más de 90 libros sobre temas muy diversos, como astronomía, óptica, matemáticas, mecánica, ingeniería, relojes y filosofía.

El observatorio de Taqi ad-Din

Taqi al-Din había realizado estudios en El Cairo (Egipto), siendo sus primeras obras sobre Teología. Pero atendió también a cuestiones muy prácticas, como la descripción de una turbina de vapor, en 1551, en su libro con el maravilloso título de Al-Turuq al-samiyya fi al-alat al-ruhaniyya (“El Sublime Método de las Máquinas”). Su invento era análogo al posterior de John Wilkins en 1648.

Hay una fecha importante en la biografía de Taqi al-Din, 1574, cuando el sultán Murad III lo invita a construir el observatorio astronómico de Constantinopla, la actual Estambul. Según parece, Taqî al-Dîn quería construir ese observatorio y el Gran Visir Soqullu Muhammad Pasha lo apoyó entusiásticamente. Taqi al-Din preparó un informe para presentárselo al sultán, explicando la necesidad de ese observatorio porque las tablas astronómicas de las que disponían se habían quedado anticuadas y se necesitaba elaborar unas nuevas basadas en nuevas observaciones.

Un sextante

Las investigaciones más recientes confirman que ese observatorio fue uno de los más importantes construidos en el siglo XVI, comparable al que poseía Tycho Brahe en Uroniborg, o a los de Ulug Bey en Samarcanda en el siglo XV.

Plano de Uraniborg

En el artículo The Instruments of Istanbul Observatory, de Sevim Tekeli, se hace una comparativa de los observatorios de Brahe y Taqî al-Dîn, en cuanto a los instrumentos que ambos usaban, de los cuáles algunos existían ya y ambos los mejoraron, y otros fueron diseñados directamente por ellos. Para poner en valor el observatorio de Estambul, recordemos que Tycho Brahe poseía el más avanazado de Europa que le permitió obtener observaciones muy precisas, datos que fueron después utilizados por Johannes Kepler para elaborar sus leyes.

Por ejemplo, había una esfera armilar en ambos, sextantes, cuadrantes y muy importante, relojes muy avanzados, fundamentales para medir con precisión la longitud del meridiano.

Unos meses después de la inauguración del observatorio, en el primer día del Ramadán en 1577, apareció un cometa en el cielo nocturno. Justo en el momento en el que el sultán iba a iniciar una campaña militar contra Persia. El cometa iba aumentando su brillo, y el sultán inquirió a Taqi sobre el significado del cometa y si anunciaba buenas nuevas con respecto a la próxima guerra. Taqi observó que el cometa apuntaba en dirección a Persia, y que había aparecido en la constelación de Sagitario, que representaba al arquero turco, y terminaría e  la de Acuario, que representaba la paz. Por lo tanto, aconsejó la campaña militar. Esta fue un fracaso, y el sultán enfurecido ordenó la destrucción del observatorio en 1580.

El sultán Murad III

Mientras en Occidente la ciencia se consolidaba con figuras como Brahe y Kepler, en Oriente la superstición acabó con un proyecto que, sin duda, hubiera significado un avance de la ciencia otomana. Ambos observatorios coexistieron en el tiempo, ambos observaron el mismo cometa, el llamado el Gran Cometa. Brahe obtuvo de esas observaciones importantes descubrimientos, como por ejemplo, que el coma (o cabellera)  del cometa apunta siempre lejos del Sol. Un curiosa historia paralela con finales bien distintos.

Notas de Tycho Brahe sobre el Gran Cometa

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Manuel de León (CSIC, Fundador y Director del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU)

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Sobre la inteligencia, con un elogio a la estupidez

Acabo de leer (y releer) el ensayo de Hans Magnus Enzensberger, “En el laberinto de la inteligencia”, publicado en Anagrama en 2009, y no puedo más que maravillarme una vez más de la brillantez e ironía que despliega el autor alemán.

Cualquier lector debería ir ya a la lectura prevenido por el subtítulo “Guía para idiotas”, y es que más que un discurso sobre la inteligencia, lo es sobre la estupidez.

La pregunta de casi imposible contestación es: ¿qué es la inteligencia¿ , y a continuación, ¿cómo podemos medirla? Y el psicólogo Edwin G. Boring juntaba ambas en esta definición¨”La inteligencia es aquello que miden los tests de inteligencia”.

Enzensberger recuerda la historia de Alfred Binet, un filántropo francés que orientó sus intereses a la naciente neurología y fundó en 1889 un laboratorio en La Sorbona. Binet desarrolló un test para medir la inteligencia, pero siempre mantuvo la cautelas sobre sus medidas.

Alfred Binet

Fue el psicólogo alemán William Stern quien acuñó el término “coeficiente de inteligencia” en 1912, y más adelante, Hans Jürgen Eysenck, profesor de la Universidad de Londres, el que diseñó un test en 1962 que se extendió como la pólvora. Eysenck ponía un ejemplo con la invención del termómetro y la teoría del calor: el primero se inventó para medir la temperatura antes de saber muy bien en que consistía el calor; lo mismo ocurriría con la inteligencia y su coeficiente.

Hans Jürgen Eysenck

Enzensberger arremete contra todas estas medidas de la inteligencia, que, además, en ocasiones se han utilizado con fines racistas y discriminatorios. Y no es el único. La neurociencia sin duda pondrá a cada uno en su sitio.

La inteligencia no es aditiva, las habilidades no están igualmente repartidas y una definición de inteligencia se sigue escapando de nuestras posibilidades. Hablando de las matemáticas, ¿cómo juzgaríamos las habilidades aritméticas de un cuervo? ¿o las de optimización de la que hacen gala las hormigas? ¿o las de la orientación de las abejas? Se han descrito cientos de tipos de inteligencia, hasta las inteligencias múltiples, propuestas en 1983 por Howard Gardner.

Yo soy matemático, de una tribu que se supone formada por seres algo más inteligentes que la media (dicen algunos). Pero si miro a mi entorno, veo pájaros de todos los plumajes. Idiots savants como los que describimos en la entrada anterior y que en su vida han leído un libro, otros que sí lo han hecho y se creen una reencarnación de Francisco de Quevedo, otros que tienen que reunirse una y otra vez y enviarse muchos mensajes electrónicos para tomar una decisión al cabo de meses o no tomarla nunca, … ¿Son ellos más inteligentes que la encargada de la ferretería de mi barrio que siempre me deja sorprendido con su eficiencia? Afortunadamente, la mayoría de los matemáticos son gente normal con la que se puede ir a tomar un café, hablar de los últimos libros leídos, o de las exposiciones visitadas, y sí, incluso de matemáticas.

Enzensberger imagina un experimento en el que un investigador de Stanford, Londres o Berlín, se confronta con una de estas personas que ha de valorar su inteligencia: 1) un inuit de Groenlandia, 2) un indio del Amazonas, 3) un navegante de Polinesia. El fracaso sería evidente.

Cerramos esta entrada con un poema, un himno a la estupidez con el que Enzensberger cierra también su libro. No podíamos elegir mejor broche.

 

Himno a la estupidez

Poder celestial, que se oculta en los pliegues del

[tronco encefálico,

inagotable dote para el género humano in

[saecula saeculorum,

iconmesurable como la Vía Láctea eres

[y múltiple como la hierba.

 

Poderosa hermana gemela de la inteligencia,

[de la mano

celebras con ella un melancólico parloteo.

 

Sí, con ardor nos inspiras en siempre renovadas

[metamorfosis,

Como necedad femenina y como idiotez

[masculina,

 

cómo resplandeces en los ojos inyectados

[en sangre del pendenciero

y te escurres de puntillas en la arrogancia

[de aristocrático carraspeo,

 

cómo nos cubres con el fétido aliento de una

[musa ebria

y con el delirio multisilábico del seminario

[filosófico.

 

¡Qué sería del eficaz sin ti, estupidez tonta

[del bote, de remate y de capirote,

que corres con ímpetu por sus venas, como

[una sobredosis de anfetaminas,

 

y del investigador sin la idea fija tras la cual

[traquetea a través de los blancos pasillos

de su instituto, como la rata en el laberinto!

 

Inútil recordar la Historia Universal, pues

[de quién se acuerda ella,

sino del vencedor en su napoleónica estulticia.

 

Y así conservamos el necio orgullo del ganador

y el sordo rencor del perdedor, sólo de vez

[en cuando edulcurado

 

por la charla ilustrada del predicador,

el cómico y el borrachín. Estupidez,

 

a menudo calumniada, que en su astucia

[te muestras

más estúpida de lo que eres, protectora de todos

[los débiles,

 

sólo a los escogidos les concedes tu don más

[preciado,

la bendita simpleza de los simples.

 

Ellos son las páginas en blanco de tu gran libro,

cuyo sello no nos abres a ninguno de nosotros.

 

Hans Magnus Enzensberger

 

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU)

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Las dos culturas y los dos idiotas

C.P. Snow y las dos culturas

Charles Percy Snow (1905-1980) fue un científico y novelista inglés, muy conocido por su serie de novelas Strangers and Brothers,  pero sobre todo por su alegato a favor de un acercamiento entre científicos y humanistas para romper la brecha de las llamadas dos culturas.

Charles Percy Snow

El 7 de mayo de 1959 dictó una conferencia sobre Las dos culturas en Cambridge. Posteriormente, esa conferencia se publicó con el título The Two Cultures and the Scientific Revolution. Pero ya en el New Statesman del 6 de octubre de 1956 había publicado un artículo titulado The Two Cultures. En 1963 publicó una secuela: The Two Cultures: And a Second Look: An Expanded Version of The Two Cultures and the Scientific Revolution.

Recordemos algunas frases del discurso de C.P. Snow:

Son muchos los días que he pasado con científicos las horas de trabajo para salir luego de noche a reunirme con colegas literatos. Y, viviendo entre dichos grupos, se me fue planteando el problema que desde mucho antes de confiarlo al papel había bautizado en mi fuero interno con el nombre de “las dos culturas”.

 [Se trata de] dos grupos polarmente antitéticos: los intelectuales literarios en un polo, y en el otro los científicos. Entre ambos polos, un abismo de incomprensión mutua; algunas veces (especialmente entre los jóvenes) hostilidad y desagrado, pero más que nada falta de entendimiento recíproco.

Los científicos creen que los intelectuales literarios carecen por completo de visión anticipadora, que viven singularmente desentendidos de sus hermanos los hombres, que son en un profundo sentido anti-intelectuales, anhelosos de reducir tanto el arte como el pensamiento al momento existencial. Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado [a los no científicos] cuántos de ellos eran capaces de enunciar el segundo principio de la termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de “¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare?”

John Brockman

Snow recibió apoyos y críticas por su visión. En 1995 John Brockman, agente literario y escritor, publicó un libro The Third Culture, en el que participaron numerosos científicos de áreas diversas. El concepto hace referencia a la necesidad de una tercera cultura que aunara, superándolas, a las dos culturas. Su idea era que los científicos relevantes escribieran sobre sus hallazgos y sus significados para nuestras vidas (qué somos) y no dejar el tema sólo para los intelectuales tradicionales. Brockman creó Edge Foundation, Inc con ese propósito.

Los dos idiotas

Decía Peter Esterházy (aristócrata, novelista, matemático y futbolista):

“Chacun devient idiot à sa façon” (“Cada uno se hace idiota a su manera”)

Péter Esterházy

La frase alude al concepto de idiot savant, que se usaba como insulto en el ámbito universitario del siglo XVIII. Esta figura del idiot savant, del “científico como idiota”, tiene su contrapartida en el “idiot lettré”, aplicada a los humanistas, artistas y escritores. Estas imágenes especulares son negativas para ambos mundos, para ambas “culturas”.

Remitimos a la interesante discusión de Hans Magnus Enzensberger sobre el idiot savant y el idiot letré en su libro Los elixires de la ciencia (Anagrama, Barcelona, 2002).

Podemos ilustrar el comportamiento del idiot lettré con un curioso episodio que se produjo cuando las teorías de Descartes se unieron a las de Newton para explicar la formación de los arco iris. Se dice que el pintor Haydon y los literatos Keats, Wordsworth y Lamb coincidieron en un banquete en sus críticas a Newton por haber destruido la magia del arco iris, y al final todos brindaron “a la salud de Newton y por la confusión de las matemáticas.”

Como muestra del idiot savant, recordemos esta anécdota que cuenta G. H. Hardy, el matemático inglés que trabajó en teoría de números y descubridor del genio indio Ramanujan, en su libro A Mathematician´s Apology (1967). Hardy recibe una visita de su amigo Steve Jones, genetista, que le cita a Samuel Taylor Coleridge, un poeta del romanticismo inglés que solía asistir a las clases de química de la Royal Institution. Cuando se le preguntó por qué se tomaba esa molestia, Coleridge, al parecer, contestó: “Para enriquecer mis provisiones de metáforas”. Y Hardy observa al respecto: “Jones parecía desaprobar este empleo del conocimiento científico; él habría preferido un método más preciso. Por otra parte, ¿qué sería la ciencia sin metáforas?”

La inutilidad que nos une

Probablemente (y esta podría parecer una visión cínica por nuestra parte) ambos mundos coincidan en la “inutilidad”. Porque, ¿para qué son útiles las artes?, o ¿para qué son útiles las matemáticas?

Recordemos el nacimiento del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, obra de Abraham Flexner, quién publicó un ensayo titulado La utilidad de los conocimientos inútiles, en Harper’s Magazine en octubre de 1939. Recientemente, se ha traducido en el librito de Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, publicado en Acantilado y reseñado en este mismo blog.

En su ensayo, Flexner defiende con ejemplos claros como esa ciencia declarada inútil, es la más aplicada (por ejemplo, las ecuaciones de Maxwell y su influencia en toda la industria relacionada). Pero nadie discutirá tampoco la utilidad de las artes y las humanidades.

Así que ambas culturas, y los dos idiotas, tienen mucho más en común de lo que pensaban. Les dejamos con un video que presenta un debate reciente sobre estos temas

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU) y Cristina Sardón (ICMAT-CSIC).

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Lupito de Barcelona (Lupitus Barchinonensis)

Para la ciudad de Barcelona, con todo el dolor y todo el amor

 

En el año 984, Gerberto de Aurillac, a la sazón obispo de Reims, escribe una carta a un monje del Monasterio de Ripoll pidiéndole un libro de Lupitus Barchononensis. Aunque todavía quedan algunas dudas sobre la identidad de Lupitus, se cree con bastante fundamento que se trataba del arcediano Sunifred Llobet.

Vista frontal

Este manuscrito contiene la descripción de un astrolabio, conocido como el astrolabio de Barcelona, y está considerado como el más antiguo del Occidente cristiano con caracteres latinos del que se tiene noticia. El astrolabio fue encontrado por el investigador francés Marcel Destombes quién lo legó al Instituto del Mundo Árabe de París en 1983. La Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona lo pidió en préstamo, para hacer una copia que hoy se puede ver en la sede de la Academia en la Rambla de Barcelona. En la carta que escribe Gerberto de Aurillac pide a Lupitus una traducción del manuscrito árabe original, Sententiae Astrolabii, original que se atribuye al propio al-Khwarizmi. El astrolabio tiene grabada la fecha 980 y la latitud de Barcelona (41-30), y está escrito en latín.

 

Anverso del astrolabio

A finales del siglo X, el entonces condado de Barcelona estaba subordinado al reino Carolingio dentro de la llamada Marca Hispánica. Borrell II (927- 992) era conde de Barcelona, Gerona y Osona y conde de Urgel, un gobernante protector de las ciencias y la cultura. En el año 985, Almanzor arrasó Barcelona y al no recibir la ayuda solicitada de Francia, llevó a que Borrell II se desvinculara de la casa de los Capeto.

 

Silvestre II

La relación de Gerberto de Aurillac con Lupitus viene motivada por su estancia como estudiante en los monasterios de Vich y Ripoll, por la invitación de Borrell II, siendo Lupitus su maestro en esos años. Gerberto de Aurillac fue un erudito que años más tarde llegaría a Papa con el nombre de Silvestre II, el primer papa francés de la historia. Además de sus trabajos en filosofía y teología, fue un excelente matemático, e introdujo en Francia el sistema decimal árabe y el uso del cero. Utilizó su poder como Papa para obligar a los clérigos al uso del sistema decimal. Sus conocimientos científicos le crearon fama de hereje, y se le acusó de tener un pacto con el diablo. Son muchas las leyendas sobre Gerberto de Aurillac.

Lupitus era también un conocedor de la astronomía y las matemáticas, y fuer arcediano (archidiácono) de la catedral de Barcelona desde el año 975 al 995, y hombre de confianza de Borrell II. Se sabe que nació en el Alto Penedés pero en 950, pero no se tienen noticias de su fallecimiento; la pista se pierde tras una peregrinación que emprendió a Roma.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU).

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Afán de trascender

¿Cómo nos imaginamos a un científico? Habitualmente los científicos aparecen caracterizados con una bata blanca, una probeta, pelos de loco y un gran afán en transcender con sus descubrimientos. Por ejemplo, los dibujos animados de Ricky y Morti, Dexter y su laboratorio y Jimmy Neutrón plasman bien estas características. De la mano del cine, también hemos visto el afán de trascendencia en la reciente película dedicada a Ramanujan, “El hombre que conocía el infinito”, o en la película ganadora de cuatro Óscars “Una mente maravillosa”, dedicada a la vida del matemático y ganador de un premio Nobel John Nash. Y es que, al fin y al cabo, la descripción cliché del científico es bastante acertada en la mayoría de casos.

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Los científicos, además de por su afán de conocimiento, son reconocidos como desinteresados en valores materiales y luchadores por el bienestar de la humanidad. Por ejemplo, en “Logicomix”, no sólo se habla de las paradojas lógicas de Russell, sino también de su obsesión por aplicar la lógica a la sociología y su diálogo pacista en la primera y segunda guerra mundial. Pero a parte del sentido humanista y los cálculos, los científicos también han buscado la notoriedad y la gloria para trascender la historia. Si no, no existirían las rencillas de qué científico hizo tal descubrimiento antes, o los teoremas que tienen dos nombres distintos, según desde la escuela que te posiciones. Esta polémicas y afanes han existido desde siempre.

 

Evariste Galois

Porque, ¿qué pensaba Evariste Galois escribiendo frenéticamente sus cartas la noche previa al duelo que le costó la vida? Esa última noche de Galois está magnifícamente descrita en el librito “Cumpleaños” de César Aira, en el que el autor argentino se plantea qué sería de su memoria a punto de cumplir los cincuenta años, y recuerda entonces el caso de Galois.

Pero a veces, el ego puede llegar a ser enfermizo y llevar a algunos a las fronteras del mal comportamiento. Uno de los paradigmas en este sentido es, nada más ni menos, que el propio Sir Isaac Newton. Su inmenso ego se alimentaba de su reconocimiento y supremacía en cuantos asuntos científicos tratase. Esto le llevó incluso a abusar de su posición de poder en la Royal Society, ocultando los logros científicos de sus competidores.

Isaac Newton

 

En 1669, Newton fue nombrado profesor de matemáticas en el Trinity College de Cambridge, y en 1671 se hizo miembro de la Royal Society. En 1703, fue nombrado presidente de esta institución, siendo reelegido sucesivamente hasta su muerte en 1727.

Newton tuvo fuertes polémicas con Robert Hooke, otro de los grandes científicos británicos, pero su archienemigo fue el filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, con el que disputó la primacía en el descubrimiento del cálculo diferencial. Como sucede a veces, dos científicos, por rutas dispares confluyen en un resultado por cuya autoría han de luchar.

Por un lado, Newton había desarrollado su método de las “fluxiones”, que permite determinar los máximos y los mínimos de funciones, calcular la tangente a una curva, además de sus puntos de inflexión y otras propiedades de concavidad, convexidad, etc. Este método fue ideado, particularmente, para la aplicación en mecánica clásica. Pero en una visita a la Royal Society, Leibniz presentó en Londres sus propios desarrollos del cálculo, que superaban a los de Newton, especialmente por el uso de una mejor notación simbólica. A día de hoy, seguimos utilizando la nomenclatura de Leibnitz.

Como era de esperar, Newton inmediatamente menospreció el trabajo de Leibniz, quien publicó su obra “Calculus” en 1684, sin citar el trabajo de Newton. El inglés montó en cólera ipso facto.

Newton consiguió que sus discípulos John Wallis, Fatio de Duillier y John Keill se pusieran en pie de guerra contra Leibniz, al que acusaron de plagiar la obra todavía inédita de Newton. Y aquí es donde entra en juego el abuso de poder. Como presidente de la Royal Society, Newton nombró una comisión que había de juzgar quién ha sido el primero en desarrollar el cálculo infinitesimal. Como era de suponer, el resultado favoreció al presidente. Leibniz trató desesperadamente hacer valer su primacía, pero Newton era demasiado poderoso.

Esta disputa provocó también un distanciamiento entre las matemáticas desarrolladas en las islas y las que se hacían en el continente. Sin embargo, el tiempo hace justicia, y hoy en día usamos el cálculo diferencial e integral tal y como los desarrolló Leibniz.

Grigori Perelman

 

Como ocurre siempre en la vida, existen excepciones valiosas. En este, el paradigma de la negación del ego es Grigori Perelman. Este matemático ruso consiguió probar la conjetura de Poincaré, envió sus trabajos a arxiv y no los quiso publicar en ninguna revista. Se retiró a su modesta casa de cincuenta metros cuadrados que comparte con su madre, y rechazó la medalla Fields y un premio con una gran dotación económica. Y ha trascendido, su nombre está ya en la historia.

Si observamos a nuestro alrededor en el mundo académico en el que trabajamos, y nos referiremos solo a los matemáticos, veremos comportamientos de este tipo. No los observaremos – en general – en los matemáticos que han alcanzado grandes honores, que suelen ser gente asequible; quizás porque no necesitan probar nada al mundo, ellos ya han trascendido.

Sí lo veremos en otra gente que no ha conseguido esa notoriedad y trata por todos los medios de conseguirla. Y no hay nada malo en buscar la trascendencia, pero sí cuando la manera de hacerlo es denigrando el trabajo de otros. El propio Newton reconocía, al fin y al cabo, que había conseguido sus logros porque “se había subido a hombros de gigantes”. Y es que no hay nada mejor para conseguir la trascendencia que rodearse de los mejores. Ya lo decían las abuelas: “Díme con quién andas, y te diré quién eres”, triste, pero cierto. Pero también en una visión menos pesimista: “Al que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. Son enseñanzas que deberían transmitirse de los mayores a los jóvenes discípulos, y no transferir -como desgraciadamente ocurre tan a menudo- las rivalidades basadas en el culto al ego.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU) y Cristina Sardón (ICMAT-CSIC).

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Diez libras para la matemática escocesa Mary Somerville

No son muchas las científicas que aparecen en los billetes de las diferentes divisas nacionales, así que es una gran alegría ver como el Royal Bank of Scotland lanzará el 4 de octubre próximo un billete de 10 libras con la imagen de la matemática escocesa Mary Somerville.

Digamos antes de nada que, aunque la moneda oficial del Reino Unido es la libra, además de los billetes impresos por el Bank of England, hay tres bancos escoceses que emiten sus propios billetes: el Royal Bank of Scotland, el Bank of Scotland y el Clydesdale Bank. Todos estos billetes son de curso legal en todo el Reino Unido. Por lo tanto, aunque la iniciativa es escocesa y en los billetes aparecerá el Royal Bank opf Scotland, estas libras de Mary Somerville serán tan válidas como las del Bank of England en las que aparece el retrato de la reina Isabel.

Retrato de Mary Somerville

Mary Fairfax Greig Somerville nació el 26 de diciembre de 1780, en Jedburgh, una ciudad de los Scottish Borders, que marcaban la frontera entre el sur de Escocia y el norte de Inglatrerra. Somerville falleció en Napóles, el 29 de noviembre de 1872, y está enterrada en el Cementerio Inglés de esa ciudad. Mary Somerville fue un personaje singular, autodidacta, que tuvo una enorme influencia en la ciencia británica hasta el punto de ser la primera mujer, en compañía de Caroline Herschel, en ser nombrada académica de la Royal Astronomical Society. Se la conoce como “La Reina de las ciencias del siglo XIX”.

Mary Somerville tuvo una educación bastante irregular, y quiso recibir las mismas enseñanzas que su hermano, en particular en matemáticas, disciplina por la que se apasionó al recibir lecciones de perspectiva de Los elementos de Euclides, cuando estudiaba arte con su tutor. A fuerza de voluntad consiguió superar las barreras de género de la época que impedían la educación de las mujeres en pie de igualdad con los hombres.

Tras un primer matrimonio con un marido que no apreciaba sus intereses científicos y del que enviudó a los tres años, contrajo segundas nupcias en 1812 con William Somerville que sí la apoyaba. Residieron en Edinburgo, donde pudo gozar de un círculo de amistades entre los científicos de la universidad. Este se amplió cuando se trasladaron a Londres en 1814 y nombraron a su marido miembro de la Royal Society.

Una de las grandes aportaciones de Mary fue la traducción de la obra de Laplace, Mecánica Celeste, a la que añadió muchas explicaciones sobre las matemáticas que se usaban. Pasó también un tiempo en París y tuvo la oportunidad de debatir con los mejores matemáticos y científicos de la época.  Escribió numerosas obras y fue reconocida por instituciones británicas y estadounidenses. Fue también tutora e inspiradora para otra gran matemática, Ada Lovelace.

Dos breves apuntes sobre esta figura colosal de la ciencia que dan fiel testimonio de su relevancia. Cuando William Whewell reseñó una de las publicaciones más famosas de Somerville, On the Connexion of the Physical Sciences,  acuñó el término “scientist” ya que se usaba antes el de “man of science” o “natural philosophers”, lo que era inapropiado para referirse a Mary. El segundo apunte es cuando John Stuart Mill organizó una petición al Parlamento solicitando el voto para las mujeres: pidió a Mary Somerville que fuera la primera firmante.

En 1838, los problemas de salud de su marido aconsejaron la búsqueda de climas más amables que los de las islas y recalaron en Nápoles, donde fallecería a la edad de 91 años.

Mary Somerville es un ejemplo que muestra la valía de las mujeres para la ciencia. Por eso aplaudimos entusiásticamente la iniciativa del Real Banco de Escocia.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU)

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Fallece Cathleen Synge Morawetz, una luchadora de las matemáticas

Nos llega hoy la triste noticia del fallecimiento el pasado 7 de agosto de Cathleen Synge Morawetz, a los 94 años de edad, en la ciudad de Nueva York. Cathleen Morawetz ha sido una de las grandes damas de la matemática norteamericana, un hito en la comunidad internacional.

Cathleen Morawetz

Nacida en Toronto, Ontario, el 5 de mayo de 1923, desarrolló su carrera ceintífica en los Estados Unidos. Era hija del famoso matemático John Lighton Synge, y de Eleanor Mabel Allen Synge, también matemática. Su padre decía de ella que si llegaba a ser matemática “podría luchar como los hermanos Bernouilli”.

Cathleen se casó con el químico Herbert Morawetz, y se trasladaron al Massachusetts Institute of Technology en 1945, donde ella haría su máster en matemáticas en1946. Tras algunas dudas en seguir la carrera de las matemáticas, se traslada a Nueva York para hacer su tesis doctoral en el Courant Institute de la Universidad de Nueva York, bajo la dirección de Kurt Otto Friedrichs sobre flujos supersónicos y ondas de choque. En este artículo, dedicado a Friedrichs Morawetz habla de estos temas.

En el Courant, Morawetz desarrolla toda su carrera, llegando a ser directora del instituto en 1984, convirtiéndose en la primera matemática en ocupar una posición de este nivel en la historia. Es elegida posteriormente Presidenta de la American Mathematical Society para el bienio 1995-96, la segunda en la historia tras Julia Robinson.

En cuanto a su investigación, valga decir que en los años 1950 consiguió importantes resultados en el estudio de las ecuaciones en derivadas parciales, resultados que tuvieron aplicaciones relevantes en aerodinámica. Después obtuvo resultados en electromagnetismo, acústica y óptica.

Cathleen Morawetz recinbiendo la Medalla Nacional de manos del Presidente Bill Clinton

En 1998 recibió la Medalla Nacional de la Ciencia, del Congreso de los Estados Unidos, siendo la primera mujer en recibir tal distinción. La lista de honores de Cathleen Morawetz es extensa. Citemos, además de la medalla nacional, el Premio Leroy P. Steele Prize por toda su carrera, el Premio George David Birkhoff Prize, académica de la American Mathematical Society, miembro de la National Academy of Sciences (de hecho, fue la primera mujer de la sección de Matemática Aplicada). Al recibir el Premio Birkhoff, mencionó en sus discurso de agradecimiento a la persona que siempre le había dado su apoyo, el creador del instituto, profesor Richard Courant.

Morawetz con el Premio Abel Peter Lax

Cathleen tenía una gran sentido del humor y una de sus bromas favoritas era decir “que se había hecho matemática por sus horribles dotes para la cocina”. Pero Cathleen formó una familia de cuatro hijos: Pegeen Ann, John Synge, Lida Joan, y Nancy Babette. Fue capaz de hacerlo en unos tiempos en los que se animaba a las mujeres a quedarse en el hogar. La National Organization of Women reconoció públicamente este ejemplo que animço sin duda a otras mujeres a proseguir sus carreras científicas.

En este enlace podemos seguir una maravillosa entrevista con esta gran mujer que nos ha dejado  Descanse en paz.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU)

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