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¿Mano de obra cualificada o formación de investigadores?

Hemos leído en los medios de comunicación artículos sobre los perjuicios que el desarrollo de una tesis doctoral puede causas en los doctorandos. Por ejemplo, este artículo del 19 de abril de 2017, en El Mundo, El doctorado perjudica seriamente la salud mental: uno de cada tres estudiantes está en riesgo. Este otro artículo La tesis doctoral es perjudicial para la salud mental, del 27 de marzo de 2018 incidía en el mismo tema.

Estos artículos se hacían eco de unos resultados publicados en la revista Research Policy, en concreto el artículo de investigación Work organization and mental health problems in PhD students,  por los investigadores Katia Levecque, Frederik Anseel, Alain De Beuckelaer, Johan Van der Heyden, y Lydia Gisle, en el que afirmaban como conclusiones que la mitad de los estudiantes experimentan problemas psicoilógicos, un tercio presentaba riesgos de un desorden psiquiátrico y que es un colectivo con mayor tasa de prevalencia en problemas de salud mental que las personas con educación superior. El estudio se hacía en Flandes, Bélgica, pero podría extrapolarse a otras regiones.

Evidentemente, el realizar una tesis doctoral supone un trabajo de una dedicación muy intensa. Durante cuatro años (el tiempo medio de una beca/contrato predoctoral), el estudiante debe formarse en las tareas de investigación. Supervisado por su director, debe acometer la solución de un problema interesante, con una adecuada metodología, leyendo a la vez libros y artículos que cubran el tema en cuestión, aprendiendo a escribir y escribiendo sus primeros artículos, presentándolos en congresos de expertos y en seminarios. Y si todo va bien, llegaré el día feliz de la defensa y el ansiado Sobresaliente cum laude.

Todo ese estrés acumulado se verá entonces continuado por la búsqueda de un contrato postdoctoral, en España o en el extranjero, tratando siempre de ir mirando hacia una futura estabilidad que se antoja cada vez más difícil.

Y estamos suponiendo que el tema de la tesis ha ido fluido, bien encaminado, el director de tesis ha apoyado su trabajo, y el entorno del laboratorio (o departamento)  ha garantizado un ambiente de trabajo adecuado. Y podemos añadir que todo este proceso se produce en una época en la que se suelen entablar las primeras relaciones sentimentales más estables, que, como no, influirán también, positivamente o negativamente, en su rendimiento y ánimo.

No es de extrañar que el doctorando acuse problemas de estabilidad emocional, es una mezcla diabólica de problemas en potencia. El estudio belga no señala diferencias en cuanto a temáticas, pero si en cuanto a género, con peores consecuencias para las mujeres.

Observando el caso particular de las matemáticas, me viene preocupando este problema desde hace unos años. Hay un porcentaje de estudiantes que abandona, y también investigadores postdoctorales en sus etapas primeras que se estancan. Aparte de los problemas generales que se señalan en el estudio belga, aparecen otros sobre los que me gustaría reflexionar.

Se está creando una figura de investigador potente, de gran calidad, capaz de obtener grandes recursos económicos que le permiten contratar un buen número de investigadores predoctorales y postdoctorales, a los que se añaden los que ya consiguen por las convocatorias habituales: Juan de la Cierva y similares. En un área aplicada, con sus laboratorios, un director en su apogeo, es capaz de proponer muchos temas de investigación diversos y coordinarlos, pero en un trabajo tan teórico y tan personal como en matemáticas, no es tan fácil; no todos tienen esa capacidad. Se necesitan muchas horas cada semana de trabajo en el encerado con cada uno de los investigadores a su cargo. Se produce así una situación potencialmente peligrosa: estudiantes de doctorado que al no ser suficientemente atendidos, abandonan o no terminan en los cuatro años sus tesis doctorales (emplearán cinco o seis). Obviamente, si son potentes saldrán adelante por sí mismos, con director o sin director, pero la tarea de éste es trabajar con ellos mano a mano, y no sólo verlos de vez en cuando.

Algo similar ocurre con los postdocs más jóvenes. Se les proporcionan problemas de mayor dificultad; si su capacidad es muy alta, los resolverán y ambos, director y dirigido, firmarán un excelente artículo; pero si ese no es el caso, si se trata de un buen investigador pero sin ese marchamo especial, perderá meses y meses sin conseguir avances y se frustrará, porque en el mundo académico que disfrutamos o padecemos, dicta la ley del Publish or Perish. Recomiendo la lectura de este interesante artículo The postdoc experience: hopes and fears, de Holly Else, publicado el 2 de julio de 2015 por THE.

¿Qué hacer? Un referente en financiación de excelencia son los proyectos del European Research Council, y además, en estos casos está todo medido y auditado. Estaría bien que el ERC, que proporciona recursos millonarios, hiciera un seguimiento, no sólo de cuantos artículos se publican o de cuantos premios se consiguen con sus fondos, sino de cuál es el destino de los investigadores predoctorales y postdoctorales que se contratan con los mismos. Porque ese es sin duda el mejor indicador del retorno social de los fondos europeos.  Estamos hablando ya de 7000 investigadores premiados, entrenando 11000 estudiantes de doctorado y 16000 contratados postdoctorales, así que el ERC puede ser un excelente laboratorio para este estudio, que ayudaría sin duda a mejorar el sistema académico europeo.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU).

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¿Escuela de Doctorado del CSIC?

En los últimos tiempos algunos investigadores del CSIC han comenzado a lanzar la idea de una Escuela de Doctorado propia del CSIC. La idea no es descabellada y vamos a desarrollarla en esta entrada del blog.

Sede central del CSIC en Madrid

Digamos en primer lugar que la formación de nuevos investigadores es una tarea de enorme importancia en el CSIC. Las cifras de tesis leídas anualmente así lo confirman. Pero también las horas impartidas por investigadores del CSIC en cursos de máster así como trabajos dirigidos. Y que decir de los 9 masters y doctorados propios realizados en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (UIMP). Señalar también los recursos que el CSIC pone (en años pasados en cantidades muy importantes) en becas de introducción a la investigación, becas de máster o becas para realizar una tesis doctoral. Por cierto, tesis doctorales que siempre acaban contando en la cuenta de haberes de las universidades en donde se defienden, con lo que el beneficio para estas últimas es indiscutible. Y, finalmente, el uso de las instalaciones de los institutos del CSIC (laboratorios, equipos, bibliotecas) que contribuyen sin duda alguna a esa formación.

Hasta ahora, aparte de esos programas con la UIMP, el CSIC ha estado a expensas de lo que las universidades hayan querido proponer, sin intervención (en general) en los propios programas. Parecería evidente que si el CSIC participa en un programa de doctorado con sus recursos humanos y económicos, pudiera también participar en la elaboración de los propios programas, y no limitarse a ser simples transmisores. Se suponía que esto sería particularmente extendido en los institutos mixtos, que aunque tienen la titularidad administrativa del CSIC, son colaboraciones en convenios con una o mas universidades. La experiencia demuestra que este no es siempre el caso.

La experiencia en el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) ha sido particularmente negativa. Este instituto es mixto con tres universidades (Universidad Autónoma de Madrid, UAM; Universidad Carlos III de Madrid, UC3M; y Universidad Complutense de Madrid, UCM). En los años que van desde la fundación del instituto a finales de 2007, ha sido imposible poner en marcha un programa conjunto de máster o doctorado. Pareciera que en el caso de la UAM y la UCM no se quisiera ceder protagonismo pero si acceder a los recursos generados por la investigación del instituto. Mi postura todos estos años ha sido la de tratar de abrir esa colaboración en un pie de igualdad: compartimos recursos, pero también compartimos las responsabilidades de elaborar los programas y diseñar las estrategias; ahí están los borradores de nuestras propuestas.

Esta colaboración era (y es) particularmente importante en lo que se refiere a las estrategias internacionales: conseguir colaboración con centros de renombre internacional y solicitar conjuntamente proyectos en el programa Marie Curie (modalidad ITN); o aumentar la visibilidad internacional con campañas mas “agresivas” de captación de estudiantes internacionales, porque al final, a lo que aspiras es a un programa que sea capaz de atraer estudiantes de otros países. El objetivo debería ser que cualquier estudiante se sintiera tan interesado por cursar un máster o un doctorado en Madrid como en Oxford, Berlín, Zürich o Cambridge. Desgraciadamente, este no es el caso.

Resulta difícil poner en marcha programas conjuntos con la UCM, cuando esta institución no atiende desde la misma firma del convenio a sus obligaciones financieras con el instituto ni más de la mitad de sus miembros acude a sus despachos en la sede del ICMAT. Si hay que lamentar la ocasión perdida con el proyecto de Campus Internacional de Excelencia UAM+CSIC, que ha resultado un auténtico fracaso por la falta de empeño de los responsables de ambas instituciones; recordar que en el Plan Estratégico del CEI UAM+CSIC la UAM tenía como objetivo estar en 2015 entre las 100 primeras universidades del ranking de Shanghai, y está ahora por encima del puesto 200. Esto no hubiera sido óbice para que en matemáticas se pudiera llegar a algún avance, pero el instituto se ha visto afectado por las disputas de décadas anteriores de los viejos catedráticos en el propio Departamento de Matemáticas que las han llevado al terreno del nuevo instituto.

Mi consejo para una nueva presidencia del CSIC sería la de explorar la posibilidad de una Escuela de Doctorado del CSIC, que pusiera encima de la mesa toda la potencialidad investigadora y formativa de sus investigadores, y que fuera capaz de negociar en pie de igualdad con las universidades para llevar adelante una auténtica colaboración buscando siempre la excelencia internacional. Sin duda, sería un gran cambio en el sistema español de ciencia y tecnología.

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, ICSU).

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