Archivo de febrero, 2006

Un científico en el MEC

¡No hay como un científico para reconocer la realidad! El Secretario de Estado de Educación, un magnífico científico,  ha reconocido que la juventud dura ahora hasta al menos los 25 años y que a los 18 los jóvenes son, realmente, estudiantes de bachillerato. < ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />


¿Es vieja la economía que nos gobierna?

Siguiendo con la idea de las viejas doctrinas que nos gobiernan, y que tan difícil hacen que avance el cuidado del Medio Ambiente, tenemos el problema de que aun muchas personas asumen como propias las bases de lo que los anglosajones denominan la “Dismal Science”, la economía, que según muchos autores se ocupa de cómo [...]


El conservadurismo de la progresía

En mi blog anterior comentaba sobre el suspenso de los ministros del estado español en materia de medio ambiente. < ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />


El Gobierno de España suspende en Medio Ambiente

Los grupos ecologistas no han hecho sino constatar la evidencia: Al gobierno del país, con la honrosa excepción de la ministra Narbona, la calidad de vida de sus ciudadanos le importa un comino (o en lenguaje de la física, un neutrino). Es decir: Nada.< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />


La inteligencia de los científicos

Los países, o naciones si se quiere, además de ingresos externos, como fue la plata del Potosí en < ?xml:namespace prefix = st1 ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" />la España del XVI o es actualmente el dinero ganado en tierras lejanas y dejado aquí por los turistas, necesitan generar riqueza interna, aunque no sea más que para [...]


El poder de la magia y la visión de la ciencia

Unas caricaturas sobre un personaje histórico han despertado la furia de miles o millones de personas en el mundo. ¿Cuando nos ponemos furiosos cada uno de nosotros? Imaginemos que alguien ridiculiza a nuestra mujer  o a nuestro marido. Imaginemos que nuestro hijo es cojo y alguien por la calle se ríe de él. Normalmente