Archivo de febrero, 2013

La n-sima ley universitaria

Se va a pasar a todas las instancias burocráticas, en estos días, una n-sima ley de la ciencia, en vez de correcciones a defectos detectados en el funcionamiento de la educación universitaria.  La idea de -ley- es de origen bíblico, con connotaciones de cierre, de arreglarlo todo; y se estimula la idea gracias a la física determinista de los últimos 300 años, y su búsqueda de la -solución final-. Si la ley sirve para mejorar la universidad, hoy en estado de miseria, bien venida sea. Pero quizás las bases sobre las que se asienta la nueva ley no sean las mejores. Se mira a la universidad estadounidense (¿a cuales de ellas? El sistema universitario de los EEUU incluye todo tipo de instituciones) y se piensa que si las cosas funcionan allí, deben de funcionar aquí.

Pero los entes sociales no funcionan aislados, sino en un entramado que forma un sistema complejo no lineal de grandes interacciones de realimentación. Lo mismo que no basta derrocar dictadores en Egipto para que allí se implante una democracia similar a la establecida en Filadelfia (que incluyó la Guerra Civil americana) ,  ¿es una universidad americana la solución a los males universitarios dentro de un contexto social español?

¿Qué problemas tenía la universidad española cuando había dinero en el país? El único problema detectable era que no atraía masas de estudiantes asiáticos a sus aulas, y eso se debía más que nada a los problemas de inmigración de las autoridades españolas, no de las universitarias. Había otro problema, que se detecta hoy, y era que no generaba dinero propio. Eso se debía, y se debe, a que las donaciones, y creaciones de ‘cátedras’ con nombre no están desgravadas fiscalmente en España como lo están en los EEUU.  Y no solo eso: La falta de consecución de proyectos de tipo industrial por parte de los universitarios no es consecuencia de la falta de productividad universitaria, ni siquiera ahora, en medio de la pobreza: Innumerables veces nos hemos acercado a empresas para proponer proyectos de desarrollo e innovación, para encontrarnos con que las empresas españolas viven a base de subvenciones del estado: Ellas no ponen un duro de su capital para investigación. Asumen, como cosa natural, que la financiación sale de las arcas del estado, pero que los beneficios de esa investigación se quedan en la empresa que algo devuelve en forma de impuestos, y de la palabra mágica: ‘puestos de trabajo’.

Si la nueva ley, que se acatará, pero en buena tradición española, y como ocurre con ”Bolonia”, probablemente no se cumpla, o se cumpla a medias, si la nueva ley consigue que las grandes fortunas de este país donen fondos amplios para educación e investigación, como las cátedras ”Melissa y Bill Gates”, por ejemplo, o funden universidades como la Carnegie-Mellon University, y consigue que las empresas, desde sus propios fondos, con su propio capital, promuevan programas de investigación dentro de las universidades, sin subvenciones estatales, entonces será una muy buena ley universitaria.

Si lo único que cambia es el nombre del Rector, o que los doctorandos deban intercambiarse como cromos entre universidades, pero no cambia los esquemas sociales de financiación, ni el contexto social en el que se mueve la universidad, será la n-sima ley que cogerá polvo en los estantes de las bibliotecas legales españolas.

 

 

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