Archivo de febrero, 2006

¿TRATO ESPECÍFICO O TRATO NORMAL? Dilemas de las políticas migratorias de integración

Una sociedad integrada, dotada de un mínimo de cohesión interna, que no de homogénea uniformidad, no se construye de la noche a la mañana. El proceso de acoplamiento mutuo entre el tronco de la sociedad de acogida y los inmigrantes recién llegados requiere de una labor continuada por ambos lados, de mucha pedagogía. Pero esta labor no cubre, sin embargo, todos los flancos del proceso de integración.  < ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

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«NINGÚN SER HUMANO ES ILEGAL»

Determinadas actuaciones de los individuos pueden ser ilegales, en el sentido de que violan o transgreden lo prescrito por la ley. Sin embargo, las personas como tales no son ni pueden ser ilegales. El adjetivo ‘ilegal’ puede calificar acciones y cosas, pero no a personas. Ciertas personas podrán carecer de papeles, de la documentación legal precisa que autorice su presencia en el territorio de un determinado Estado, pero todo ello no le priva de su condición de sujeto de derechos ni le sitúa fuera del ámbito de protección de la ley. Esta elemental distinción -entre actos y personas- se encuentra en la base de una perversa utilización del término ilegal: en un falaz juego de palabras se identifica así al extranjero en situación irregular con persona carente de los más mínimos derechos, cuando no como sinónimo de delincuente.< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

 

En particular, en España, ya desde los primeros procesos de regularización a finales de los años ochenta se procedió desde las autoridades gubernativas a extender la idea de que la irregularidad administrativa era una de las principales fuentes de provisión de delincuentes. Esta idea -aunque habría que hablar más bien de un auténtico prejuicio- con el tiempo ha desembocado en la peligrosa generalización de que el extranjero irregular es un delincuente, al menos en fase de pre-comisión. La extensión de este lenguaje propicia, sin duda, la proliferación de xenófobos entre la población autóctona y con sentimientos xenófobos extendidos todos sabemos que resulta imposible una sociedad mínimamente integrada. El hecho de emigrar no es en sí ninguna actividad ilegal, sino que, por el contrario, está reconocida por < ?xml:namespace prefix = st1 ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" />la Declaración Universal de los Derechos Humanos (art. 13.2).

 

Frente a la criminalización del extranjero en situación administrativa irregular (en particular, del indocumentado o sans papiers), es preciso volver a reafirmar lo que debería resultar una completa obviedad: «Ningún ser humano es ilegal».

 

Si no se reconoce la condición legal de todo ser humano, entonces los derechos humanos no son más que una vana utopía, incluido también el más elemental de los mismos: «el derecho a tener derechos».

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POR UNA SOCIEDAD INTEGRADA. Sobre los modelos de gestión de la inmigración

“Cuanto más tiempo dedico al estudio de la migraciones, más convencido estoy de que el principal elemento que conforma este fenómeno, en destino, es la integración social de los inmigrados. Justo porque la integración social no puede producirse de forma abstracta, teórica, si no en la realidad, de manera práctica” (Fernando Checa)

Cuando se habla de cómo tendrían que interrelacionarse los inmigrantes y la población del país que los recibe, con frecuencia se utiliza la expresión ‘la integración de los inmigrantes’. Da lo mismo que se hable a favor de ella o en contra, de que se haga con la mejor voluntad o con la intención de colocar el mayor número de piedras en el camino, pero esta expresión resulta profundamente desgraciada. ¿Por qué? Esta expresión denota un proceso unilateral en el que todo el esfuerzo parece que ha de ser realizado por parte de los inmigrantes, que como recién llegados pretenden incorporarse al tronco principal de la sociedad de acogida. Si, por el contrario, lo que se busca es una “sociedad integrada”, con un mínimo de cohesión interna, que no homogeneidad (habría que hablar, más bien, de ordenada convivencia entre diferentes), la integración ha de concebirse no como un proceso unilateral, sino bilateral o incluso multilateral.

En cuanto proceso de intercambio cultural y de convivencia étnica no impositivo, la integración requiere ser concebida como un proceso bidireccional (a two way process) y dinámico de adaptación mutua y reconocimiento recíproco (una definición en línea, por cierto, con los principios básicos comunes de integración patrocinados por la Unión Europea). Si el esfuerzo por adaptarse únicamente se les exige a los inmigrantes, eso ya no se parece en nada a la integración: eso recibe el nombre de asimilación. Mediante la integración se intentaría evitar la emergencia de una sociedad fragmentada, compuesta por sociedades paralelas, y propiciar que todos los individuos tengan las mismas expectativas y las mismas posibilidades, pero también las mismas exigencias y los mismos deberes. No se trata, sin embargo, de que todos piensen lo mismo, crean lo mismo, sigan los mismos valores o lleven el mismo modo de vida. La finalidad básica de este modelo de convivencia se expresaría bien con el conocido lema «igualdad en la diversidad». Se trataría, entonces, de conseguir, nada más y nada menos, que toda la población disfrutase de unas condiciones de bienestar similares, empezando por un acceso efectivo a los derechos compartidos por la mayoría de los ciudadanos, pero también por el efectivo cumplimiento de las obligaciones que esos derechos llevan aparejadas.

Aunque muchas fórmulas terminológicas no son más que herramientas en la lucha simbólica que sirven para estructurar el discurso político y para articular una percepción interesada de la realidad y, por tanto, nunca son neutras, he aquí algunas acepciones básicas del término «integración social»:

  • Integración como proceso bilateral de acomodación mutua
  • Integración como participación social
  • Integración como equiparación de derechos
    • En este sentido estrictamente jurídico, la integración se podría entender como “el proceso de equiparación de derechos, de forma legal y efectiva, de las personas inmigradas con el resto de la población, así como el acceso, en condiciones de igualdad de oportunidades y de trato, a todos los bienes, servicios y cauces de participación que ofrece la sociedad” (Miguel Pajares: La integración cívica. Una perspectiva para la inmigración, Icaria, Barcelona, 2005, pág. 99).

Aunque existen ciertamente otros modelos de gestión de la inmigración, que ofrecen algunas variaciones con respecto a los dos citados, lo decisivo para cualquier sociedad de inmigración es la discusión pública de los criterios que han de definir la nueva sociedad emergente como consecuencia de los procesos migratorios.

¿Y esto en qué afectaría a una sociedad como la española que experimenta  una inmigración creciente? En el caso de la sociedad española, que ya acoge a unos cuatro millones de extranjeros, ya no es posible seguir eludiendo por más tiempo el debate sobre el modelo de incorporación que se desea para los inmigrantes en nuestro país. Es un proceso arduo y propenso al populismo, ciertamente, pero insoslayable. Será preciso para ello informar a la población y disolver y erradicar los estereotipos habituales sobre el fenómeno inmigratorio. Pero sobre todo habrá que conocer y evaluar las experiencias de otros países, pues aquí tenemos la ventaja comparativa de habernos convertido algo tarde en un país de inmigración. Un debate en serio sobre los modelos de integración – y una paralela labor de pedagogía social y cívica- ha de ser capaz de identificar las fuentes de conflictividad, así como los ámbitos susceptibles de acción compensatoria y las referencias políticas y culturales con respecto a las cuales se propone impulsar la integración.

En principio, en España tendríamos que contar con la ventaja no sólo de habernos convertido más tarde que otras sociedades de nuestro entorno en un país de inmigración y poder contrastar así las experiencias llevadas a cabo en otros lugares, sino también con el hecho de haber sido hasta muy recientemente un país de emigración. Esta reciente condición debería facilitar la necesaria labor de pedagogía social que en cualquier caso es preciso realizar. Por eso, en principio, no debería resultar tan difícil en una sociedad como la española -con una enorme tradición en este sentido- ilustrar sobre la condición migratoria de la humanidad. Refrescar la memoria histórica, para impedir que se pierda en los tiempos de bonanza en los que ahora nos situamos, sería de enorme utilidad.

Nota al margen: un modelo es un esquema intelectual reductor de la complejidad de la realidad estudiada que permite comprenderla (función epistemológica) y/o manipularla (función práctica). Es un tipo ideal, explicativo y orientador. Con respecto al tratamiento de la inmigración, resulta en rigor más apropiado hablar de ciertas prácticas sociales diferenciadas que de auténticos modelos que puedan servir de ejemplos a seguir.

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Las remesas de los inmigrantes: ¿un factor de distribución de la riqueza global?

Resulta bastante improbable que la entrada de inmigrantes procedentes de países pobres acabe afectando negativamente a las economías de los ricos países receptores en términos globales. Los beneficios generados superan ampliamente los perjuicios que pudieran ocasionar en el mercado laboral. Lo que sí es más verosímil, por el contrario, es que los países pobres se vean de hecho afectados positivamente gracias a los envíos de dinero que los emigrantes realizan a las familias que dejaron allí. En este sentido, es bastante difícil exagerar la relevancia de las remesas de dinero enviadas por los inmigrantes a sus países de origen, pues representan un mecanismo de redistribución de la riqueza a escala global más importante y más efectivo que el conjunto de los programas de ayuda al desarrollo impulsados por los países ricos y las agencias internacionales. Si este dato puede darse por cierto, ¿no serían entonces las migraciones un factor relevante a la hora de tratar de implementar la justicia social a escala planetaria?

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